Oriente Medio en guerra, ¿hasta cuándo?

n.77

Editorial

Oriente Medio vive la enésima guerra iniciada a espaldas del derecho internacional y del multilateralismo. Al cierre de esta edición, entraba en vigor un frágil alto el fuego de dos semanas – alcanzado después de cinco semanas de guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán con ninguno de los objetivos de Donald Trump y Benjamín Netanyahu cumplidos: la cuestión nuclear sigue sin resolverse y el régimen permanece en el poder. Más bien al contrario: la República Islámica, aunque debilitada por los bombardeos y la recesión que ya había provocado las protestas de enero, ha demostrado ser muy resiliente mientras diezmaba la economía global al cerrar el estrecho de Ormuz.

Trump se ha visto obligado a intentar frenar la guerra; el tiempo dirá si lo conseguirá. La alternativa era clara: o desplegar tropas sobre el terreno, cosa altamente impopular, o detener una escalada cuyas repercusiones económicas y políticas eran ya inasumibles.

Resulta evidente que hubo falta de análisis de las consecuencias a corto y largo plazo. Galvanizado por la operación venezolana, un Trump complaciente con Netanyahu ha subestimado a su adversario e ignorado factores clave como la geografía, proporcionando a Irán un instrumento –Ormuz–, hasta ahora inédito, que ha demostrado ser eficaz desde el primer momento y que podrá volver a emplear en el futuro para desestabilizar la economía global. Asimismo, esta estrategia ha erosionado su relación con parte de su base electoral y perjudica sus opciones de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre de 2026.

Al mismo tiempo, surge una cuestión fundamental: ¿cómo podrá Estados Unidos remediar el daño político infligido a su estrategia en la región? Décadas de política estadounidense en Oriente Medio e históricas alianzas han quedado seriamente debilitadas. La guerra ha perjudicado la seguridad regional y los países árabes del Golfo deberán ahora aprender a convivir con un Irán severamente castigado pero reforzado geopolíticamente, capaz de poner en riesgo tanto sus economías como su imagen como destinos seguros para turistas e inversores. En este contexto, podría abrirse una oportunidad para que los países del Golfo dejen de lado sus rivalidades y avancen hacia una mayor cooperación que les permita contrarrestar la influencia iraní.

Por otro lado, el alto el fuego, negociado por Pakistán entre EEUU e Irán, a espaldas de Netanyahu, también representa un revés para Israel y para la narrativa que ha construido en torno al conflicto. El gobierno israelí sigue mostrándose reticente a la idea de abandonar su estrategia inicial y continúa atacando El Líbano, lo que podría poner en peligro el alto el fuego.

Pero son las sociedades civiles de la región las que están pagando el precio más alto, especialmente en Irán, Líbano y Palestina. Uno de los objetivos de la guerra era provocar un levantamiento interno en Irán; sin embargo, se ha terminado por inhibirlo. Si bien el apoyo al régimen parece reforzado, no cabe duda de que la represión también explica la relativa calma social. Pero la sociedad civil iraní, por desorganizada que sea, ha demostrado de forma reiterada su fortaleza y determinación, levantándose cíclicamente en contra del régimen de los ayatolás, sin necesitar el apoyo externo.

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