n.25 Musulmanes de Europa / Energías limpias

Editorial

La prohibición de construir nuevos minaretes en Suiza, la reflexión sobre la identidad nacional en Francia y la posible prohibición del velo integral en sus lugares públicos, han reabierto el debate sobre el establecimiento de millones de musulmanes en Europa, al que se añaden los frecuentes conflictos de convivencia. En tiempos de crisis, falta de empleo e inseguridad, la perversa asimilación entre inmigración y delincuencia, la culpabilización del Otro, el racismo y el victimismo encuentran suelo firme en el que anclar.

Hoy viven en Europa occidental al menos 18 millones de hombres y mujeres que pueden considerarse “culturalmente” musulmanes, lo que convierte al islam en la segunda mayor religión, con toda su diversidad de prácticas y formas. La presencia musulmana supone un cambio cultural radical para las sociedades occidentales, en su mayoría acostumbradas a una homogeneidad religiosa y a un papel marginal de la religión en la sociedad. Sin embargo, la pregunta es obligada: ¿se está convirtiendo el islam en una parte del escenario europeo religioso, social, político e institucional? En los últimos tiempos, sobre todo a partir del 11 de septiembre de 2001, predomina en Occidente la política del miedo frente a los musulmanes. Los europeos ven amenazados unos valores y principios arraigados en su vida colectiva y, en cierto modo, exclusivos.

Por otra parte, el debate sobre la integración de los musulmanes en Europa se centra en componentes simbólicos, en especial en los usos vestimentarios de las mujeres, y se desarrolla a escala local o regional, obcecado a menudo en cuestiones de visibilidad y de reivindicación de la identidad. Por esta razón es necesario reorganizar el espacio público europeo para lograr una convivencia más armónica. En este sentido, varios factores entran en juego: el modelo de integración adoptado por cada país, la situación socioeconómica, pero también el origen de la población musulmana, su faceta ideológica y cultural. La idea más generalizada es que la presencia musulmana en Europa responde a una situación temporal, ante la que simplemente son necesarias algunas formas de proteccionismo moral y de supervivencia. Sin embargo, esta opinión no tiene en cuenta a los millones de musulmanes que han elegido de forma voluntaria Europa como su hogar permanente, al cual desean pertenecer y contribuir de forma positiva.

El islam se ha convertido en una realidad humana y de culto en Europa. Por ello los musulmanes reclaman igualdad de derechos y oportunidades a cambio de responder con los mismos deberes que cualquier otro ciudadano europeo, sin excepción. Si antes se hablaba de islam y Occidente, ahora hay que hablar de islam en Occidente y, en un futuro, a través de las segundas y terceras generaciones de inmigrantes, podremos hablar de un islam de Europa, un islam genuinamente europeo. El reto reside en esforzarse por lograr una integración armónica. Por el lado europeo, hay que acabar con la idea de que el islam es una religión distinta y que el musulmán tiene una visión del mundo incompatible con el resto de los europeos.

El determinismo cultural propio del orientalismo más decimonónico enlaza ahora con las llamadas a combatir la “islamización” de Europa, que tantos votos granjea a políticos con un discurso populista, simplista y xenófobo, como el de Jean-Marie Le Pen en Francia o el de Geert Wilders en Holanda. Acabar con este discurso no es fácil, sobre todo cuando la situación económica dificulta la capacidad de las instituciones públicas para hacer frente a la injusticia social en que viven tantos inmigrantes y que constituye terreno abonado para los repliegues identitarios.

Por su parte, los musulmanes deben esforzarse por “actualizar el islam”, es decir, liberarlo de varios arcaísmos en los que algunos siguen anclados. Los discursos públicos islámicos necesitan un giro ético para reflejar más claramente una aspiración a servir al bien público y no sólo al “bien musulmán”. La integración no consiste en la asimilación y la negación de los propios orígenes. Significa no poner de relieve, con ostentación, lo que distingue a uno de aquellos a quienes desea pertenecer de pleno derecho, sino incidir en aquello que les une y que es mucho más de lo que, en una primera lectura, puede parecer.

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