El turismo azul mediterráneo en una encrucijada
El turismo costero y marítimo –o turismo azul– representa uno de los principales segmentos de la industria mundial de los viajes y el turismo. Solo en 2023, el turismo azul contribuyó con el 1,4% del PIB mundial y dio empleo directo a 52 millones de personas (World Travel & Tourism Council, 2024), lo que reafirma su papel crucial en el impulso del desarrollo socioeconómico en todo el mundo.
En el Mediterráneo, una región que acoge aproximadamente entre el 25% y el 30% de las llegadas de turistas internacionales a nivel mundial, el turismo azul sustenta millones de puestos de trabajo en los 22 países costeros (Plan Bleu, 2022). Sin embargo, dado que la mayor parte del desarrollo turístico –alrededor del 70% (Plan Bleu, 2026)– está concentrado a lo largo de costas a menudo frágiles y se caracteriza por un mercado altamente estacional, estos territorios compartidos de la cuenca se enfrentan al exceso de turismo en muchos destinos y, como consecuencia, a una presión cada vez mayor sobre los ecosistemas y las comunidades (UICN et al., 2025), así como a crisis de vivienda y al aumento del coste de la vida (Almeida-García et al., 2025).
Por lo tanto, el turismo azul se encuentra en una encrucijada crítica. Genera un valor económico significativo, al tiempo que ejerce presión sobre los ecosistemas y las comunidades que lo sustentan. El sector también está cada vez más expuesto a crisis geopolíticas, climáticas y sanitarias. Sin embargo, se recuperó rápidamente de la pandemia de Covid-19, que supuso una parada histórica y restricciones para la mayoría de las actividades turísticas (Balestracci y Sciacca, 2023). Esta paradoja revela las limitaciones fundamentales de la gobernanza a escala mediterránea: las políticas han dado tradicionalmente prioridad al número de llegadas frente a los modelos sostenibles que garantizan beneficios socioeconómicos y medioambientales a largo plazo. Este enfoque basado en el volumen ha demostrado sus limitaciones a la hora de responder a los umbrales ecológicos, la vulnerabilidad climática y las necesidades de las comunidades de la región (Comisión Europea, 2022).
Teniendo en cuenta la próxima Estrategia de Turismo Sostenible de la UE, prevista para 2026 (Comisión Europea, 2025), junto con los marcos y mecanismos multilaterales existentes (por ejemplo, la Unión por el Mediterráneo y la Comisión Mediterránea de Desarrollo Sostenible), las oportunidades residen en aprovechar estos instrumentos para mejorar la gobernanza integrada en todos los países costeros del Mediterráneo. Esto permitiría dar respuestas proactivas a las necesidades de la comunidad y del ecosistema mediante la planificación turística. También permitiría el desarrollo de medidas compartidas de “éxito” que sitúen la resiliencia ecológica, la sostenibilidad y el bienestar de la comunidad en el centro, en consonancia con los objetivos de sostenibilidad global de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Escala del turismo azul y puntos críticos
Tras un crecimiento estable en las últimas décadas, el turismo mediterráneo representa ahora el 13% de las exportaciones regionales y el 23% del sector servicios (ASCAME, 2022). En 2024, superando las cifras previas a la pandemia, la cuenca registró casi 360 millones de llegadas de turistas internacionales (UICN et al., 2025) en los 22 países costeros, de los cuales el 91,3% fue en el sur de la Europa mediterránea y el 8,7% en el norte de África. Sin embargo, el 64% se concentra en los puntos costeros más populares de España, Francia e Italia (UICN et al., 2025; Turismo de las Naciones Unidas, 2025), lo que muestra una distribución desigual. El turismo mediterráneo sigue siendo predominantemente un modelo de “sol, arena y mar”, caracterizado por picos pronunciados de llegadas y actividades de ocio en verano.
Para satisfacer la creciente demanda, el Mediterráneo alberga el 20% de la capacidad hotelera mundial (ASCAME, 2022), lo que genera 24.000 millones de euros en valor añadido bruto y da empleo a más de 800.000 personas. Otros servicios relacionados con el turismo aportan otros 16.700 millones de euros, mientras que el transporte contribuye con 9.100 millones de euros (Comisión Europea, 2024).
El turismo de cruceros es uno de los segmentos turísticos azules más rentables de la región. El Mediterráneo acoge el 27% del tráfico marítimo mundial y el 10% de los cruceros, lo que genera 315.000 puestos de trabajo solo en Europa (Balestracci et al., 2025). En 2024, los puertos del Mediterráneo registraron 32,9 millones de pasajeros de cruceros (MedCruise, 2023), destacando los puertos del Mediterráneo occidental –en particular Barcelona y Palma de Mallorca en España, y Civitavecchia en Italia– seguidos por el Mediterráneo oriental y el Adriático (Comisión Europea, 2025).

Además de los cruceros, el Mediterráneo acoge alrededor del 70% de los megayates del mundo, junto con subsectores en crecimiento como la navegación recreativa, el buceo y los deportes acuáticos. Solo el buceo atrae a unos 800.000 viajeros europeos al año, lo que genera más de 1.400 millones de euros (UICN et al., 2025). Algunas de estas actividades traspasan las fronteras marítimas y se concentran en puntos de interés compartidos, lo que requiere una coordinación a escala mediterránea.
También existe un interés creciente por las experiencias basadas en la naturaleza, el ecoturismo y el turismo cultural marino. Estas oportunidades de nicho podrían incentivar el turismo en destinos secundarios, impulsar el turismo durante todo el año y reducir potencialmente la estacionalidad. Sin embargo, si no se gestionan bien, corren el riesgo de crear nuevos puntos de interés en ecosistemas frágiles.
El turismo azul sostiene millones de puestos de trabajo e impulsa el desarrollo socioeconómico de las zonas costeras. No obstante, su concentración estacional en corredores y puntos críticos específicos, su enfoque predominante en maximizar las llegadas y su contribución al aumento de las presiones ambientales y sociales amenazan los propios ecosistemas y comunidades de los que depende.
Presiones sobre los ecosistemas y las comunidades
Con un 25-30% de las llegadas mundiales, el Mediterráneo es un punto caliente de biodiversidad mundial donde el turismo depende de mares limpios, costas estables, disponibilidad de agua dulce y culturas locales vibrantes. Sin embargo, el turismo en la región es cada vez más objeto de escrutinio por sus impactos ambientales y sociales.
La expansión de las infraestructuras turísticas ha provocado la fragmentación del paisaje, el aumento del uso del suelo con fines turísticos y la alteración de la dinámica costera. Los puertos marítimos también afectan a las aguas circundantes y a sus especies endémicas y en peligro de extinción, en particular a la Posidonia oceanica, una especie de pastos marinos fundamental para la protección de las costas, la producción de oxígeno, la captura de carbono y los viveros marinos. A pesar de la normativa, la Posidonia oceanica sigue expuesta a los impactos del fondeo (Mediterranean Posidonia Network, 2026; Celis et al., 2026). La vulnerabilidad ecológica es mayor en algunas zonas del Mediterráneo occidental y del norte del Adriático, donde la densa actividad turística, el elevado número de turistas, el tráfico de cruceros y la expansión marina se superponen a ecosistemas frágiles (UICN y ETC-UMA, 2024).
Los recursos críticos también están sometidos a presión. El cambio climático agrava la escasez de agua en toda la cuenca, donde el turismo añade presión a los ya mermados recursos de agua dulce (Kibaroglu, 2017). Estas crisis son especialmente graves en las zonas del sur del Mediterráneo y en las islas, donde las infraestructuras hídricas suelen estar menos desarrolladas y las inversiones siguen siendo limitadas. La sequía también supone un reto para las actividades turísticas. En 2024, los niveles de los embalses en Sicilia descendieron un 60%, lo que obligó a los hoteles a importar agua a un alto coste y supuso una carga para los presupuestos empresariales (Pappas et al., 2024), especialmente de las pymes.
La contaminación por plásticos añade una presión adicional, con unas 229.000 toneladas de residuos plásticos generados anualmente en todo el Mediterráneo (Boucher y Billard, 2020), debido en gran medida a las poblaciones costeras y a la actividad turística, que siguen un modelo de “tomar, fabricar y desechar”. Además, las tasas de reciclaje siguen siendo inferiores al 13% en la mayoría de los países mediterráneos (Plan Bleu, 2026). El plástico se infiltra en las redes tróficas marinas y degrada la calidad medioambiental que sustenta el turismo costero. Según WWF, la contaminación marina aumenta un 40% durante la temporada estival (WWF, 2018). Los impactos se ven agravados por la desigualdad en las infraestructuras de gestión de residuos y las estrategias de reducción de residuos en los distintos destinos. Mientras que algunos (por ejemplo, las Baleares) están reduciendo los residuos y promoviendo sistemas de reutilización y reciclaje, otros siguen careciendo de infraestructuras de clasificación y reciclaje.
El cambio climático agrava estos factores de estrés con repercusiones directas en los activos turísticos. Más de 100.000 millones de euros en infraestructuras turísticas se enfrentan a riesgos derivados del aumento del nivel del mar y la intensificación de las tormentas en todo el Mediterráneo, lo que socava directamente el atractivo “sol y mar” de la región. En Grecia, por ejemplo, el 40% de las playas han retrocedido entre cinco y 10 metros en la última década, lo que ha provocado pérdidas anuales de 50 millones de euros (Pappas et al., 2024). Además, las olas de calor están modificando los patrones turísticos, sobrecargando los recursos y reduciendo el confort de los visitantes y los trabajadores. Los turistas buscan cada vez más viajar durante las estaciones más frescas. Por ejemplo, Chipre y Malta han registrado un aumento del 10-15% en las reservas de primavera y otoño desde 2020. Este patrón puede incentivar la desestacionalización, pero sigue siendo fundamental equipar los destinos para acoger a los visitantes fuera de temporada (Pappas et al., 2024).
Desde el punto de vista socioeconómico, la demanda inmobiliaria impulsada por el turismo, en particular la de segundas residencias y alquileres a corto plazo, ha reducido el acceso a la vivienda. España es un caso ejemplar, donde las segundas residencias representan más del 14% del parque inmobiliario nacional y más del 30% en algunas provincias muy turísticas (Garriga, 2020). Por ejemplo, en 2022, Valencia registró 1,6 millones de visitas a segundas residencias (DATAESTUR, 2026).
Además, se ha documentado ampliamente la relación entre el exceso de turismo, el aumento del coste de la vida, el empleo estacional precario y el declive de sectores tradicionales como la pesca y la agricultura, lo que ha agravado las tensiones sociales (por ejemplo, el informe de 2025 publicado por la Comisión Europea sobre “Turismo desequilibrado”). Las recientes protestas en las Islas Canarias, bajo el lema “Las Islas Canarias tienen un límite”, ilustran el creciente descontento de la comunidad y la reacción contra el exceso de turismo y sus consecuencias socioeconómicas negativas en el archipiélago (Hughes, 2025).
Estas presiones medioambientales y socioeconómicas revelan que la prosperidad turística en toda la cuenca opera dentro de un sistema socioecológico sometido a estrés. Por lo tanto, las reformas deben ampliar los modelos turísticos existentes que son positivos para la naturaleza e impulsados por la comunidad –iniciativas piloto fragmentadas actualmente– para preservar y valorizar los activos naturales y culturales. Es esencial reforzar las estrategias en la cuenca mediterránea que integren la adaptación al clima, la protección de la biodiversidad y la planificación turística para alinear la vitalidad económica del turismo con la resiliencia ecológica.
Retos de gobernanza y aplicación
El turismo azul sostenible se enfrenta a retos estructurales. Dada la naturaleza transfronteriza del sector, que abarca toda la cadena de valor del turismo, desde los puertos deportivos hasta la gestión de residuos, es esencial una coordinación eficaz. Esto requiere la alineación de las partes interesadas a nivel local, nacional y del Mediterráneo para coordinar las políticas que abordan las dimensiones socioculturales, medioambientales y económicas del turismo (UICN et al., 2025). Sin embargo, la coordinación se ve dificultada por las múltiples jurisdicciones del Mediterráneo, que presentan diferentes capacidades reguladoras, normas de aplicación y prioridades de desarrollo. Esta fragmentación se demuestra en muchas zonas vulnerables en las que los hábitats sensibles siguen sin estar suficientemente protegidos o en las que las normativas se aplican de forma deficiente a pesar de la alta intensidad de las actividades turísticas.
Los recursos financieros suelen seguir favoreciendo los modelos turísticos basados en el volumen, con inversiones que apoyan desarrollos costeros a gran escala y la expansión inmobiliaria. Mientras tanto, las medidas de restauración de la naturaleza, eficiencia hídrica y descarbonización sectorial siguen sin contar con la financiación necesaria. Por consiguiente, se necesitan mayores inversiones en el sector turístico para apoyar la aplicación de soluciones basadas en la naturaleza (NbS), infraestructuras ecodiseñadas y restauración de la naturaleza (Plan Bleu, 2022), especialmente adaptadas a las pymes (UICN et al., 2025).
Sin incentivos estructurales financieros y no financieros para descarbonizar las actividades e infraestructuras turísticas costeras y marinas –incluidas las operaciones de cruceros y los alojamientos que consumen mucha energía–, los objetivos climáticos sectoriales, como los establecidos en la Declaración de Glasgow sobre la Acción Climática en el Turismo, se enfrentarán inevitablemente a retos en su consecución (One Planet Network, 2026).
Muchos gestores turísticos no tienen acceso, o tienen un acceso limitado, a los datos esenciales sobre los riesgos climáticos, las proyecciones sobre el estrés hídrico y las evaluaciones de la biodiversidad necesarios para la planificación a largo plazo de los destinos. Sin sistemas de seguimiento localizados y un intercambio de conocimientos intersectorial, no es posible diseñar, aplicar, evaluar o ajustar de manera eficaz estrategias de turismo azul sostenible. También existe una necesidad creciente de herramientas digitales y sistemas inteligentes que permitan el seguimiento en tiempo real y el análisis predictivo para la toma de decisiones informadas (UICN et al., 2025).
En lo que concierne al sector empresarial, las pymes, que dominan la economía turística, suelen carecer de la capacidad técnica y el capital necesarios para invertir en instalaciones más sostenibles, adoptar soluciones de energía renovable o implementar informes de sostenibilidad exhaustivos en sus operaciones. Desde la perspectiva del mercado, la inestabilidad sociopolítica aumenta aún más estos retos, ya que los conflictos regionales y las tensiones geopolíticas crean volatilidad en los flujos de viajeros y en la confianza de los inversores. En conjunto, la fragmentación de la gobernanza, los incentivos desalineados y las limitaciones de capacidad ralentizan la transición de un modelo turístico basado en el volumen a un desarrollo basado en el valor y de bajo impacto.
Para superar estas barreras es necesario llevar a cabo reformas coordinadas en toda la cuenca con el fin de armonizar las normas medioambientales, aplicar una gestión integrada de las zonas costeras, desarrollar una planificación de infraestructuras resistentes al clima, reforzar los sistemas de datos regionales y establecer mecanismos financieros que apoyen la conservación y la descarbonización. Lo que se necesita es una alineación sistémica en toda la cuenca entre los sistemas de gobernanza, finanzas y conocimientos que aproveche el impulso político actual.
Impulso político para el turismo azul sostenible
En toda la cuenca, el turismo azul debe ir más allá de los enfoques centrados solo en mitigar los impactos negativos y avanzar hacia modelos de resiliencia que protejan los ecosistemas, refuercen las comunidades y garanticen la estabilidad socioecológica de los destinos costeros. Para ello es necesario reposicionar el turismo no solo como fuente de ingresos, sino como palanca estratégica para el desarrollo sostenible de la región.
Una economía azul sostenible reconoce que unos mares sanos, unos ecosistemas que funcionen y unas comunidades empoderadas constituyen la base de la prosperidad a largo plazo. En consecuencia, los marcos de gobernanza del turismo en la cuenca deben incorporar la protección de la biodiversidad, la adaptación al clima, la gestión circular de los recursos y el desarrollo inclusivo en las políticas turísticas y las decisiones de inversión. Debe mejorarse la coherencia y la integración de las políticas para reducir la desconexión entre las políticas turísticas y los planes de conservación marina, los marcos de gestión del agua, los instrumentos de ordenación del territorio y las estrategias de adaptación al clima. Esa fragmentación agrava la presión sobre los recursos, la degradación de los hábitats y la tensión sobre las infraestructuras en toda la cuenca compartida.
El Mediterráneo ya se beneficia de unas sólidas orientaciones estratégicas resultantes de la cooperación multilateral: el Convenio para la Protección del Mar Mediterráneo contra la Contaminación (Convenio de Barcelona) ha establecido siete protocolos, entre ellos el protocolo sobre gestión integrada de las zonas costeras, especialmente relevante para la planificación y la gestión del turismo. El sistema del Convenio de Barcelona apoya la aplicación de la Estrategia Mediterránea para el Desarrollo Sostenible (MSSD) a través de la Comisión Mediterránea para el Desarrollo Sostenible (CMDS). Estos mecanismos promueven una economía verde y azul inclusiva basada en la restauración de los ecosistemas y la resiliencia climática.
Como complemento a estos marcos, la Declaración Ministerial de WestMED Malta (2023) y la Declaración Ministerial de la Unión por el Mediterráneo sobre la Economía Azul (2021), junto con su Hoja de ruta para la aplicación de la Declaración Ministerial de 2021 (2025), hacen hincapié en la armonización de las políticas sobre soluciones basadas en la naturaleza y la cooperación regional para una economía azul sostenible, incluido el turismo.
En el ámbito europeo, la Comunicación sobre la economía azul sostenible de 2021 supuso un cambio fundamental, pasando de un enfoque de “crecimiento azul” a un modelo orientado a la sostenibilidad en consonancia con el Pacto Verde Europeo (Comisión Europea, 2021). Este enfoque pone en práctica los compromisos a través de misiones concretas como “Restaurar nuestros océanos y aguas”, cuyo objetivo es la reducción de la contaminación, el desarrollo neutro en carbono y la transformación de la economía azul circular. En 2022, la Comisión Europea publicó la “Vía de transición para el turismo”, en la que se identifican 27 ámbitos de acción para mejorar la resiliencia del turismo de la UE, y se pide específicamente que los servicios del sector sean circulares y respetuosos con el medio ambiente.
Además, el Pacto por los Océanos de la UE para 2025 unifica las políticas oceánicas en un marco coordinado para promover economías azules prósperas y el bienestar costero (Comisión Europea, 2025). Cabe destacar que su Pacto para el Mediterráneo establece objetivos de cooperación explícitos entre los Estados miembros de la UE y los socios del sur del Mediterráneo, lo que permite directamente la innovación regional y un desarrollo económico más sostenible e integrado (Comisión Europea, 2025).
En particular, la próxima Estrategia de Turismo Sostenible de la UE, prevista para mediados de 2026, tiene un potencial transformador para alinear y complementar estos mecanismos en una acción turística coherente. Se prevé que aborde el problema de la masificación en los lugares más visitados, así como la mejora de las competencias digitales y ecológicas, la promoción de prácticas sostenibles y el fortalecimiento de la competitividad global del sector (Unión Europea, 2025). Su verdadero potencial reside en la integración sistémica coherente de la adaptación al clima, los objetivos de biodiversidad, los objetivos de economía circular y los de inclusión social en la política turística.
La estrategia también podría ayudar a abordar las limitaciones estructurales: las deficiencias en la coordinación de la gobernanza, los desajustes en la financiación, los déficits de datos y la descarbonización de los segmentos con altas emisiones mediante la coherencia en toda la cuenca. Es importante destacar que ofrece la oportunidad de reconocer mejor las vulnerabilidades específicas del Mediterráneo relacionadas con el turismo —incluidas las islas, las regiones con escasez de agua y los puntos críticos de biodiversidad— allanando el camino para mejorar las normas, las herramientas prácticas y la orientación en materia de inversiones para las autoridades locales y las pymes.
El Mediterráneo funciona como un sistema socioecológico interconectado que abarca 22 países costeros, en lugar de una colección de destinos aislados. Las presiones medioambientales, los flujos turísticos y la dinámica económica trascienden las fronteras nacionales, lo que requiere una gobernanza compartida que armonice la vitalidad económica, la resiliencia y el bienestar de la comunidad. Aprovechar los marcos existentes junto con la próxima Estrategia de Turismo Sostenible de la UE será esencial para reforzar la coordinación turística, resolver las presiones, superar las barreras de gobernanza y poner en práctica la sostenibilidad a gran escala./