PALESTINA/48. Poemas del Interior

Prólogo, selección y traducción de Luz Gómez, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2024
196 pág.
Se dice que escribir es recordar, y para los palestinos, añadía Refaat Alareer, profesor y poeta asesinado en Gaza, recordar es resistir ante una ocupación que intenta obliterar el relato: “incluso cuando un personaje está muriendo, su último deseo es que otros cuenten su historia, como hacía Hamlet. Y contar en sí mismo la historia se convierte en un acto de vida”.
Luz Gómez, una de las figuras más destacadas del arabismo español, ha tenido el arrojo y acierto de recoger en esta antología poética bilingüe (español-árabe) tres historias con nombres y apellidos: Rashid Hussein (1936-1977), Samih al Qasim (1939-2014) y Taha Muhammad Ali (1931-2011), tres poetas de Palestina apenas conocidos por el lector hispano.
Si bien disímiles en lenguaje y procedimiento poéticos, indicativo de lo diverso de esta literatura, los tres integraron una misma generación de un grupo usualmente ignorado: los palestinos del Interior, aquellos que permanecieron tras la proclamación de Israel en 1948. Los testigos oculares de la Nakba, el proceso de desposesión y limpieza étnica del pueblo palestino. Quienes coexistieron con deportaciones, expoliación de tierras, castigos colectivos, toques de queda, marginalidad, sumisión… La imposición de una ciudadanía de segunda: “árabes” israelíes, que les despojaba nominalmente de su palestinidad; extranjeros en su propia patria a tenor de la ley y el imaginario sionista, una realidad sistemáticamente perpetuada por los sucesivos gobiernos israelíes hasta nuestros días. Se trata, en fin, de ese conjunto de poetas que, inmersos en un clima cultural poco propicio –estrechamente vigilado por la censura militar y cercado al exterior, a fin de asfixiar cualquier atisbo de identidad–, conseguirán erguirse sobre las cenizas aún candentes de la Nakba para enarbolar sus versos frente a la ocupación, hacer de la poesía patria.
En el documentado prólogo a la obra, Luz Gómez nos introduce tanto a los autores como a los acontecimientos que marcaron su respectivo quehacer poético y sentir humano, unos sucesos asimismo cruciales para la comprensión de la historia de Palestina/Israel hasta nuestros días.
De Rashid Hussein cuenta que le apodaron “el primer poeta árabe del Estado de Israel” (11), muestra de la realidad cultural en la que se desenvolvió. Fue pionero de la poesía de resistencia, a través de la cual la tierra se reverencia y cobra temperamento (61). En 1965 obtuvo una beca para estudiar en Estados Unidos, donde se verá obligado a permanecer. La actualidad de una manera u otra siempre sale a relucir en esta antología: en el poema “Gaza, mi amada”, recuperado por varios medios árabes tras el inicio de la masacre que ahora presenciamos, Hussein parece haber perdido la confianza en apoyos y discursos estériles: “cansado de los discursos de los enanos,/ ay Gaza,/ cansado. Detrás de mí está el mar/ y el fuego enfrente” (57).
De entre los tres poetas, Samih al Qasim quizá sea el más conocido en el ámbito español gracias a la antología también procurada por Luz Gómez con motivo de la visita del autor a Madrid en el año 2000. Periodista, maestro de escuela, militante comunista y exponente de la unión y las letras árabes, fue el primer druso que rehusó participar en el servicio militar, valiéndole la prisión. Hacia la década de los sesenta del siglo pasado, sus poemas ya corrían de boca en boca por diferentes regiones de Palestina: “A nadie pido permiso./ Muerdo la manzana de mi muerte,/ y le canto/ ¡a la libertad!” (87).
Taha Muhammad Ali se describe a sí mismo como “un musulmán que vende baratijas cristianas a los judíos” (19). Se dio a conocer algo más tarde que sus compañeros (algunos poemas recogidos están fechados en la década de los 2000), diferenciándose en tono, estética y lenguaje más sobrio: “es el poeta que sabe que cuando muramos ‘el odio será/ lo primero que se pudra/ con nosotros’” (19). Fue considerado un “presente ausente”, aquellos que no figuraron en el primer censo israelí durante el inicio de la Nakba, “una suerte de apátridas refugiados en su propia tierra” (14).
Luz Gómez apunta que hubo un tiempo en el que la poesía favoreció cierta convivencia entre judíos y palestinos, y cómo estos amagos serán frustrados tras la guerra de 1973; “los poemas no bastan: un poema no es más que un puente de papel”, decía Amon Kenan, periodista israelí (18). A la luz de los acontecimientos actuales, Palestina/48 demuestra que la poesía por sí sola tampoco bastará para detener ninguna guerra, mas, como en estos versos de Rashid Hussein, testimoniará la injusticia, nos hará cómplices del dolor ajeno, reconocerá la humanidad y dignidad de quienes la padezcan: “Me opongo a que mi hijo sea un héroe con diez años/ a que del corazón de un árbol brote una bomba/ a que los troncos de mi huerto den patíbulos/ a que los rosales de mi casa sirvan de trinchera./ Me opongo a lo que queráis…/ pero si el fuego se ha tragado/ a mis camaradas/ mi juventud/ mi tierra/ ¿cómo no habrán de ser mis versos un fusil?” (50-51).
— Alberto Benjamín López Oliva, Université Saint-Joseph de Beirut