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Norte de África: para Rusia ‘con amor’

Youssef Cherif
Director del Columbia Global Centers, Túnez
Marwan Naamani/picture alliance via Getty Images

Pocos se esperaban que la guerra de Ucrania adquiriera una dimensión tan internacional. Por tanto, fueron pocos los que predijeron las repercusiones que, lo que al principio parecía un problema ruso-ucranio, iba a tener en lugares tan lejanos como Oriente Medio y el Norte de África (región MENA). Sin embargo, desde que empezó el conflicto bélico, la zona se ha visto sacudida por la onda expansiva.

Los efectos colaterales de la guerra resultan patentes en dos aspectos. El más inmediato es el aumento del precio del petróleo y el gas. Si bien la subida beneficia a Argelia y Libia a corto plazo, para el resto de la región se está convirtiendo en un problema. En Túnez, por ejemplo, el presupuesto aprobado a finales de 2021 se basaba en un precio por barril de 75 dólares. Con los precios por encima de los 100 dólares el barril al poco de empezar la guerra, los problemas del país –que se han ido acumulando a lo largo de los años– se agravan. La segunda consecuencia es la interrupción del mercado de cereales. Más de un 50% de las importaciones de trigo de Egipto, Libia y Túnez proceden de Rusia y Ucrania, mientras que en Marruecos representan alrededor del 30%. Debido a las restricciones a las exportaciones impuestas por Rusia y Ucrania y a los problemas económicos de muchos países norteafricanos, la inseguridad alimentaria ha aumentado. Además, el pan y la pasta, elaborados a base de trigo, son dos de los alimentos más baratos de la zona, lo que significa que las clases desfavorecidas son las más afectadas.

En tan solo unos días se informó de la escasez de pan en Egipto y pudieron verse imágenes de tiendas de alimentación vacías en Túnez y Argelia. Ya en 2021, Túnez tuvo dificultades para pagar parte de los envíos de trigo de Ucrania. Ahora, las autoridades dicen que sus reservas de cereal durarán hasta junio. Los egipcios anunciaron fechas parecidas. En Marruecos, que está sufriendo la sequía más grave en décadas, el Estado impuso la prohibición de exportar determinados productos agrícolas, en lo que constituye cierta forma de proteccionismo alimentario. Egipto ha tomado medidas similares. En Mauritania, las autoridades alertan de que se avecina una hambruna. En Libia, la renovada polarización política ha retrasado cualquier medida eficaz para solucionar el problema del trigo.

Los gobiernos de Occidente, las organizaciones internacionales bajo liderazgo occidental y las ONG, así como las fundaciones y centros de investigación occidentales, están poniendo en marcha planes de contingencia para hacer frente a los inminentes problemas de hambre en sus vecinos del Sur. De hecho, las costas de Europa pueden ser escenario de la llegada masiva de refugiados si el Norte de África se ve golpeado por la hambruna y los problemas políticos. El orden mundial liberal, que tiene sus pilares en la Unión Europea y Estados Unidos, se verá aun más desestabilizado si convulsiones como estas tienen lugar tan cerca de las fronteras europeas. Las organizaciones pro-derechos humanos y los medios de comunicación también están presionando a sus gobiernos para que la ayuda se dirija al Sur.

Rusia, por su parte, no parece que esté adoptando ninguna medida para aliviar los problemas de los países del Norte de África, aunque la responsabilidad de la guerra es mayormente de Moscú. En primer lugar, Rusia está lejos; los problemas del Norte de África no tendrán consecuencias directas para ella. En realidad, supondrán un problema para la UE, lo cual conviene a Rusia actualmente. Al mismo tiempo, en la guerra de desgaste que libra en Ucrania, Rusia está excediendo los límites de sus fuerzas. Es más, las sanciones occidentales están condenando a Moscú al ostracismo, y los problemas económicos del país se han agravado. Por ello, a primera vista cabría esperar que los norteafricanos albergaran un fuerte resentimiento hacia Moscú y empujaran a sus gobiernos a un mayor acercamiento al bando occidental. Pero, ¿es así?

En teoría, todas las capitales, desde El Cairo hasta Nuakchot, con la excepción de Argel, son aliadas de Occidente. Egipto, Túnez y Marruecos son aliados importantes no OTAN (MNNA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos. Los puertos del Norte de África, incluidos los de Argelia, son utilizados frecuentemente como paradas logísticas por los buques de la organización. Los ejércitos de todos estos países llevan a cabo periódicamente maniobras conjuntas con los de la OTAN, y reciben importante ayuda militar y económica de la UE y de Estados Unidos. La mayoría de sus ciudadanos emigrados viven en Europa. Sin embargo, mientras los tanques rusos avanzaban hacia Kiev y los europeos y los estadounidenses levantaban sus escudos, el Norte de África guardaba silencio. La excepción fue Libia, el único país norteafricano que ha condenado la invasión rusa; Trípoli no está de acuerdo con Moscú en lo que se refiere a la presencia de mercenarios del Grupo Wagner en su territorio.

Pero ningún país norteafricano ha impuesto sanciones a Rusia, ni tampoco ha habido expulsiones de diplomáticos. Por el contrario, el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, tuvo una conversación telefónica con Vladímir Putin para hablar de futuros proyectos rusos, entre ellos la preparación de la construcción conjunta de una planta nuclear por valor de 25.000 millones de dólares; los tunecinos y los marroquíes anunciaron que los turistas rusos, muchos de los cuales actualmente no pueden visitar Europa, son bienvenidos, y aunque los argelinos han afirmado que estaban dispuestos a seguir suministrando petróleo y gas a Europa, todavía está por ver. Un hecho digno de mención es la reciente retirada del embajador de Argelia en España, oficialmente en protesta por la postura de Madrid con respecto al Sáhara Occidental.

Los gobiernos occidentales parecen desconcertados por este giro de los acontecimientos. Los políticos, diplomáticos, centros de investigación y medios de comunicación de Occidente expresaron su sorpresa por la “traición” de sus supuestos aliados. Algunos incluso creyeron que la reacción de los regímenes norteafricanos iba en contra de la opinión de sus ciudadanos. En realidad, está ocurriendo exactamente lo contrario. Por muy autoritarios que sean, los gobiernos del Norte de África suelen evitar adoptar medidas impopulares. El hecho es que, entre la población norteafricana, la balanza se inclina más a favor de Putin que del presidente del Ucrania, Volodímir Zelenski. ¿En qué se concreta esto?

El apoyo de la población del Norte de África a Rusia se explica por su mentalidad antiimperialista, crítica con el doble rasero occidental y crédula con la propaganda rusa

Es cierto que en la zona hay un grupo importante abiertamente crítico con Rusia: los Hermanos Musulmanes y sus filiales. Los simpatizantes del islam político ven a Rusia a la luz de los recientes acontecimientos en Siria y Libia. Desde su punto de vista, los rusos son responsables de la victoria de Al Assad en Siria y la consolidación del poder del caudillo militar Jalifa Haftar en Libia, ambos en primera línea de la guerra contra el islam político en la región. También acusan a Rusia de matar a muchos militantes islamistas (y a civiles musulmanes en general) en los dos países, y antes de eso en Chechenia, así como en Afganistán durante la época soviética. Moscú se puso de parte de los serbios durante la guerra de los Balcanes cuando se produjeron las matanzas de musulmanes, y Rusia es la sucesora de la URSS, célebre por combatir activamente el islam. Existe también una alianza tácita de los Hermanos Musulmanes y sus filiales con Catar y Turquía, los dos países de la región que más se han enfrentado a Rusia en la última década. En la bibliografía del islam político, por tanto, Rusia es el eterno enemigo desde hace décadas. No obstante, el islam político ha perdido su fervor, y sus adeptos no son capaces de movilizar la calle como hicieron a principios de los años 2010. Ahora son un grupo minoritario.

También hay otro grupo contrario a la guerra que lucha por hacerse oír. Lo componen una minoría de intelectuales, activistas pro-derechos humanos y defensores de la democracia que han expresado su oposición a la invasión rusa. Este grupo es aún más marginal que el primero, especialmente tras el fracaso de la democratización y su denigración sistemática por parte de los partidarios del autoritarismo. Los demócratas, al igual que los islamistas políticos, forman parte de los “perdedores” de la Primavera Árabe y no son representativos.

Razones para apoyar a Rusia

Cuando se leen los periódicos norteafricanos de mayor difusión y se escuchan los principales medios de comunicación, parece que la culpa de esta guerra se atribuye tanto a Estados Unidos y a la UE como a Rusia, si no más. Las redes sociales están inundadas de memes y publicaciones a favor de Putin. Charlando con los tunecinos o los egipcios en los cafés, se percibe más comprensión por la postura de Rusia que simpatía por Ucrania u Occidente. En otras palabras, Ucrania no ha ocupado el lugar de Palestina en el subconsciente colectivo de los norteafricanos, aunque la imagen del ejército ruso invasor con sus tanques y su uso desproporcionado de la fuerza está al alcance de cualquiera que quiera verla. Se pueden aducir cinco razones para explicarlo.

Primero de todo, está el perenne sentimiento antiimperialista. Los Estados poscoloniales del Norte de África establecieron sólidas relaciones con sus antiguas metrópolis y con la UE, pero nunca dejaron de alimentar las actitudes anti-imperialistas de sus poblaciones, ya fuera a través de la retórica de sus líderes, de sus libros de texto de historia, o de las ocasionales disputas diplomáticas con la Unión Europea. Las poblaciones, en parte por esta propaganda oficial, en parte por lo que han aprendido de sus abuelos y de la historia, y en parte por el racismo europeo, albergan un resentimiento latente contra Europa. Por eso, cuando estalla un conflicto como este, las poblaciones norteafricanas están predispuestas a culpar a los europeos, a los que se considera imperialistas por naturaleza. Da igual que Putin esté llevando a cabo contra Ucrania una campaña que es el ejemplo perfecto de campaña imperialista.

Pero esto no es todo. La propaganda rusa y prorrusa, o lo que hoy en día llamamos bulos y desinformación, se ha ganado muchos corazones y muchas mentes. El canal de televisión Russia Today Arabic es uno de los más vistos por los norteafricanos. Mientras que sus emisiones en inglés y francés fueron retiradas de las redes europea y estadounidense, sigue emitiéndose libremente a través del satélite Nilesat, con sede en El Cairo, una de las televisiones por satélite árabe con más audiencia.

Al Mayadeen, un canal de televisión con sede en Beirut que apoya abiertamente a los regímenes de Al Assad y de Teherán, también es muy popular en la región. La emisora lleva años difundiendo una retórica prorrusa y antioccidental, y desde que empezó la guerra, ha adoptado totalmente el relato del Kremlin, desde los crímenes ucranios en el Donbás hasta las fábricas químicas de Ucrania controladas por Occidente.

Incluso en los medios de los regímenes tradicionalmente prooccidentales, como los imperios mediáticos saudí, emiratí y egipcio, se sigue oyendo el mensaje de Rusia. Los analistas prorrusos lo difunden de manera habitual, y solo se les contradice suavemente. En estas televisiones aparecen pocas voces prooccidentales. También es curioso constatar que los mensajes que transmiten la catarí Al Yazira y la turca TRT Arabic no difieren radicalmente y es frecuente la presencia de expertos antioccidentales. Y, hablando de bulos y desinformación, las redes están desempeñando un papel importante a la hora de difundir una visión parcial de la guerra. Lo que ven la mayoría de los norteafricanos es una provocación occidental y un cerco a Rusia, no una invasión rusa de Ucrania.

En realidad, la actual situación recuerda a la guerra del Golfo de 1990-1991. En aquel entonces, Saddam Hussein había ocupado descaradamente Kuwait y había cometido enormes abusos. A pesar de ello, la mayoría de los pueblos árabes, desde el extremo occidental de Mauritania hasta las fronteras de Irán, lo apoyaban. La razón era una combinación de sentimientos anti-imperialistas y una fuerte propaganda panárabe. No obstante, la diferencia es que, a principios de la década de 1990, muchos regímenes árabes se alinearon con Occidente contra sus propias poblaciones. Esta vez, posiblemente debido a que la época unipolar ha llegado a su fin, o a consecuencia de la Primavera Árabe y el empoderamiento de los ciudadanos, los gobiernos son más cautelosos.

En tercer lugar, está el doble rasero de Occidente con Ucrania. De hecho, a la mayoría de la población de la región MENA le resulta difícil no comparar el caso con Palestina: al igual que en Ucrania, hay una ocupación o un asedio militar (por parte de Israel) de territorios ajenos (los territorios palestinos), y la demanda de autonomía (de los palestinos). También se lleva a cabo una campaña de terror organizada por algunos grupos palestinos (que a muchos norteafricanos les recuerda en cierto modo la actual resistencia de los ucranios contra Rusia). Asimismo, en Ucrania ha habido víctimas civiles como en Palestina. La escala es mayor que en Palestina, pero la situación trae a la memoria las ocasiones en las que Israel lanza a su fuerza aérea y a su ejército de tierra contra las ciudades palestinas. Sin embargo, los países occidentales en general alaban a los ucranios y, en cambio, condenan a los palestinos, y mientras censuran a Rusia, apenas critican a Israel. Los norteafricanos son conscientes de esta dicotomía.

La cuarta razón es que existe otro doble rasero: el de los regímenes norteafricanos. Cuando se trata de la seguridad, la economía y la cooperación cultural, están del lado occidental, pero en su retórica, y más aún en sus conversaciones extraoficiales, los líderes de estos países muestran una actitud crítica hacia Occidente. Están presentes las tradicionales quejas anti-imperialistas, y el temor a que se les imponga una nueva forma de colonialismo, neocolonialismo, o alguna clase de protectorado occidental. También está la sospecha de que a Europa le gustaría convertir sus países en un enorme centro de detención –una cárcel– para los emigrantes de sus territorios y de África subsahariana. A esto se suma la negativa sistemática a aceptar las críticas relacionadas con los derechos humanos y la democracia procedentes de Occidente. Por tanto, estos regímenes, aunque estén vinculados orgánicamente a este último, tienden a inclinarse hacia la Rusia de Putin.

En quinto y último lugar está la posición de la propia Ucrania. El país nunca ha sido activo en las causas árabes; reconoció Jerusalén como la capital de Israel y mantiene estrechos lazos con el Estado judío. Durante la guerra, el presidente Zelenski se ha dirigido específicamente a Israel y al pueblo israelí y ha desplegado una estrategia de presión para ganarse su simpatía y ayuda. En cambio, apenas ha intentado ningún acercamiento a los regímenes o los países árabes. Ucrania es abiertamente proeuropea, en gran medida proisraelí, pero no tiene redes en el Norte de África. Es más, los norteafricanos varados en el país han relatado los frecuentes casos de racismo que han sufrido por parte de las autoridades ucranias y de las guardias fronterizas polacas y de otros países europeos. Han sido tratados como refugiados de segunda clase, a diferencia de los ucranios que huyen de la guerra. Ucrania vende trigo y manda turistas al Norte de África, pero la relación no va más allá. En consecuencia, mientras que los europeos se identifican con el sufrimiento de los ucranios, los norteafricanos no tienen ninguna conexión.

A medida que la Unión Europea se vuelve más asertiva, es probable que imponga nuevas condiciones a sus socios. La invasión rusa de Ucrania ha despertado un sentimiento de “con nosotros o contra nosotros” en Europa, y las presiones ejercidas por las autoridades europeas sobre los vecinos del Sur y del Este para que se pongan de su parte contra Rusia podrían ser el principio de una “doctrina de Bruselas”. Por ahora parece que las poblaciones de la región MENA son más partidarias de Rusia que de Ucrania, lo cual se explica por su mentalidad anti-imperialista, crítica con el doble rasero occidental y crédula con la propaganda rusa. Sus regímenes han adoptado una postura similar, y su reprobación de la Unión Europea y Estados Unidos se ha intensificado en los últimos años. Los países de la zona MENA intentan mantener una “neutralidad positiva” y preservar su carácter de no alineados al mismo tiempo que trabajan con ambas partes como si nada hubiera cambiado. Pero, como decía extraoficialmente un diplomático europeo, “los países ricos [es decir, los Estados del Golfo] pueden permitirse jugar ese juego, pero los pobres, que dependen de la ayuda y del comercio con la Unión Europea, sufrirán graves consecuencias si siguen así”./

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