Coedició amb Estudios de Política Exterior
Diálogos

Deporte, cultura y grandes eventos: el sentido del poder blando

Giuseppe Dentice
Director de la Oficina MENA del Centro de Estudios Internacionales/Centro Studi Internazionali (Ce.S.I.).
JEDDAH, SAUDI ARABIA – DECEMBER 05: Mohammed bin Salman Al Saud, MBS, Saudi Arabian politician who is the crown prince, deputy prime minister, and minister of defense of Saudi Arabia seen during the Grand Prix Formula One of Saudi Arabia on December 05, 2021 in Jeddah, Saudi Arabia. (Photo by Cristiano Barni ATPImages/Getty Images)

La Copa Mundial de Fútbol de la FIFA Catar 2022 es un gran escaparate internacional para el pequeño emirato del golfo Pérsico. Un gran acon­tecimiento internacional, en especial desde el punto de vista de su imagen, que sublima un proceso, que comenzó hace varios años, de crecimiento económi­co sin precedentes para un país muy rico en recursos (sobre todo gas natural), pero de escasa dimensión geográfica y demográfica (un poco menos de tres mi­llones de habitantes en un territorio igual de grande que la región de Murcia). Sin embargo, este evento no es aislado y no queda relegado solo a Catar. El Mundial es, además, un reflejo de parte de los pro­fundos cambios en el sistema internacional, en el que se ha desarrollado una compleja competencia políti­ca, económica, cultural y de seguridad entre las ricas petromonarquías. De hecho, gracias a su importante riqueza derivada del gas y del petróleo, esos países se han convertido en uno de los nudos de la globaliza­ción de los museos, las competiciones deportivas y las universidades occidentales.

¿Cómo entender ese cambio de imagen? ¿El pe­tróleo y el gas contribuyen a explicarlo? Este artículo tiene como objetivo analizar las estrategias de poder blando de los países del golfo Pérsico, en concreto en referencia a los grandes eventos deportivos y cultu­rales, tratando de resaltar sus principales impactos en el ámbito global pero, sobre todo, interno de cada país y si tales estrategias son capaces de crear nuevas (incluso peligrosas) competiciones en la península Arábiga.

Origen y evolución del poder blando y su impacto en Oriente Medio

Desde hace más de una década, se debate, incluso con un tono acalorado, sobre el valor y el potencial estraté­gico que garantiza el concepto de “poder blando”. Exis­te una amplia discusión en todos los ámbitos no tanto sobre cuál es la conceptualización más correcta del término, sino sobre cómo este elemento puede ser una herramienta adecuada para apoyar la acción exterior de un solo Estado o que actúa y se mueve como su instru­mento político público y paralelo a la diplomacia.

En la teoría de las relaciones internacionales, fue Joseph Nye quien introdujo el concepto en 2004, refi­riéndose al “poder de seducción que un Estado ejerce sobre otros”, es decir, al complejo de valores y herra­mientas culturales y comerciales que puede usar para influir y dirigir la acción de otros actores internaciona­les. Contrasta con el poder duro (demografía, fuerza mi­litar) y centra gran parte de su acción en la competencia basada en elementos cualitativos, como la reputación internacional, la influencia cultural o el grado de pene­tración económica.

Más allá de las etiquetas, sin embargo, este fenóme­no existe desde hace siglos y los Estados siempre han hecho un uso diferente de él en función de los objetivos. Si en los años ochenta y noventa fue Estados Unidos el que utilizó esta estrategia para contribuir a la crea­ción del mito de América como máxima expresión de la libertad occidental, hoy nuevos actores como China e India o las ricas monarquías árabes del golfo Pérsico, están tratando de aumentar su poder blando. Incluso en el mundo árabe, este concepto se ha vuelto central para el desarrollo e implementación de estrategias de políti­ca exterior, a pesar del gran obstáculo que representa el terrorismo, un espectro que dificulta la construcción de una reputación positiva para todo Oriente Medio en Occidente.

De hecho, gracias a la enorme riqueza energética acumulada durante las últimas décadas, las monarquías árabes más ricas del Golfo han comenzado a realizar grandes inversiones, especialmente en eventos depor­tivos, culturales y religiosos. Por ejemplo, fondos cata­ríes han comprado equipos de fútbol en media Europa (París Saint-Germain y Málaga son los casos más lla­mativos), han albergado grandes eventos deportivos (campeonatos mundiales de atletismo o competiciones de motociclismo en Losail) o se han hecho con casas de moda (veáse Valentino). No menos importantes fueron las inversiones de Abu Dabi, que mostró un gran dina­mismo, no solo en lo deportivo (con las adquisiciones del Manchester City o con la formación del UAE Team Emirates, un equipo ciclista profesional) sino yendo más allá quizá incluso que el vecino catarí, en sus com­promisos financieros, con la apertura de una sucursal del Museo del Louvre o de la Universidad de Nueva York en la Federación o la organización de la Expo 2020 en Dubai. Aunque menos llamativa, pero no menos rele­vante, fue la acción de Arabia Saudí, que especialmente tras la llegada al trono del heredero Mohamed bin Sal­man (MBS), ha realizado importantes inversiones en equipos de fútbol en los últimos años (Newcastle Uni­ted) y en la organización de eventos deportivos (Super­copa de España e Italia).

Todos estos ejemplos tienen en común una impor­tante inversión inicial a través de entidades estatales como Qatar Investment Authority (QIA), Abu Dhabi Investment Authority (ADIA) o Saudi Public Invest­ment Fund (PIF) que, con el tiempo, se han convertido en las mayores expresiones del poder blando árabe del Golfo en el escenario internacional. De hecho, al explo­tar estos canales, estos gobiernos han tratado de limpiar y, en parte rehabilitar, su imagen internacional, a menu­do condicionada por prejuicios y estereotipos negativos. Pero, en el fondo de esta carrera por la visibilidad hay mucho más que una simple manifestación de opulencia. El objetivo final es mostrar un grado creciente de in­fluencia, apertura a la modernidad y dinamismo social y económico extremo capaz de convertir en exitoso el modelo de transiciones (política, económica, social y de seguridad) que persiguen las monarquías del Golfo, re­cogidos en sus programas, conocidos como “Visión”. Un éxito que puede garantizarse también y, sobre todo, gra­cias al entretenimiento deportivo y cultural, entendidos como elementos que tienen un gran e inmediato reco­nocimiento, incluido comercial, con los que desarrollar un modelo ganador nacional e internacionalmente. En otras palabras, el deporte y la cultura se perciben como herramientas fundamentales en la proyección y reflejo del propio poder y peso internacional. Al mismo tiem­po, sin embargo, son elementos fundamentales en el plano interno, ya que son medios para alcanzar el poder o fortalecer sus herramientas.

El poder blando de EAU

Si el deporte, la religión o la cultura pueden ser instru­mentos de afirmación exterior, es evidente, sin embar­go, que cada realidad de la península arábiga persigue una estrategia diferente según cánones y características más propias de la tradición e historia del país. Tomemos el caso de Emiratos Árabes Unidos (EAU), por ejemplo.

EAU es, al igual que Catar, el país que más ha plani­ficado y utilizado el poder de persuasión para aumentar su influencia no solo en Oriente Medio, sino también en muchas dinámicas internacionales. En un intento de capitalizar y hacer que esta herramienta y los medios disponibles sean más eficientes, en 2017 se estableció la “UAE Soft Power Strategy”, una estrategia lanzada por el UAE Soft Power Council que tiene cuatro objetivos principales: desarrollo de un plan de acción unificado­para el sector económico, las humanidades, el turismo, los medios de comunicación y la ciencia; promoción de EAU como principal puerta de entrada a la región; re­conocimiento de EAU como capital de la cultura, el arte y el turismo; reconocimiento externo de EAU como un Estado tolerante y tierra acogedora para todas las et­nias y nacionalidades.

Para lograr estos objetivos, EAU ha utilizado y con­tinúa utilizando diversos eventos y oportunidades de di­plomacia pública nacionales e internacionales. Además de los ya citados, hay otros casos como la apertura de una sede Guggenheim y de la Sorbona en la Federación, la construcción de un circuito propio de Fórmula 1 en Abu Dabi, pero también la organización de numerosas competiciones internacionales de equitación, un torneo de tenis ATP500 y el Mundial de Clubes. En virtud de ello, EAU ocupa el décimo lugar en el indicador mun­dial de “influencia”, el Global Soft Power Index (GSPI) 2022, desarrollado por Brand Finance.

La estrategia emiratí es, por tanto, de amplio al­cance y refleja muchas de las diferentes herramientas y enfoques que la Federación también ha adoptado en su política diplomática hacia su llamado “extranjero próximo”. Es decir, una política compuesta por ayuda al desarrollo, inversiones en infraestructuras de doble uso y operaciones industriales en numerosos países de la zona del océano Índico y el Cuerno de África. Desde hace al menos 10 años, EAU ha puesto en marcha nu­merosos proyectos humanitarios y de apoyo económico a estos países, sobre todo debido a la creciente presen­cia en el país de trabajadores de estas zonas. La ayuda es necesaria para perseguir dos objetivos: la legitimación de la presencia de bases militares emiratíes en el Cuer­no de África, como la de la ciudad portuaria de Berbera en la autoproclamada República de Somalilandia, y el intento de exportar un modelo de sociedad diferente al occidental o el chino.

Esta es, sin duda, una política destinada a tener éxito a medio plazo, pero depende de dos factores de­terminantes y complementarios: el condicionamiento geopolítico y el condicionamiento saudí. El primer factor viene determinado por una de las reglas car­dinales de la política emiratí: el rechazo categórico a cualquier forma de extremismo religioso y político, lo que se traduce, desde el punto de vista político, en una búsqueda de equilibrio e independencia respecto a los dos gigantes regionales, Arabia Saudí e Irán. Esta con­dición se traduce en la búsqueda y mantenimiento de una relación robusta con Arabia Saudí, una verdadera potencia regional. Esta relación única ha hecho que Abu Dabi respalde muchas de las opciones y políticas de Riad de la última década en Oriente Medio, desde la guerra en Yemen hasta las tensiones con Irán y Catar, antes de que se recompusieran las fracturas que sur­gieron en 2017.

Evidentemente, la relación entre Arabia Saudí y EAU no puede reducirse a una mera subordinación de este último: de hecho, conviene subrayar que Abu Dabi ha perseguido sus propios objetivos. En Yemen se ha asegurado una salida al mar Rojo, mientras que en la tensión intra-Golfo con Catar ha mantenido una postu­ra mucho más dura e intransigente hacia Doha, acusada repetidamente de financiar a algunas organizaciones te­rroristas, así como de haber intensificado las relaciones con Irán.

Sin embargo, el condicionamiento saudí ha ayu­dado a diversificar las acciones de los emiratíes, que se han centrado cada vez más en el uso de su fuerza económica en campos que se remontan al poder blan­do, un terreno en el que los saudíes están mucho más rezagados, sin entrar directamente en conflicto con in­tereses saudíes.

En los próximos años, con el previsible descenso de los ingresos petroleros, la plena sucesión de Arabia Sau­dí y la consolidación de la nueva presidencia de Moha­med bin Zayed, veremos si la ansiada búsqueda de equi­librio e independencia será suficiente para fortalecer el peculiar modelo de multilateralismo de EAU.

El poder blando de Arabia Saudí

Muy distinta a la estrategia de Abu Dabi es la de Riad, que solo en los últimos años, gracias sobre todo a las presiones provenientes de la “Saudi Vision 2030” (2016), ha conseguido definir una política o línea a se­guir en el terreno del poder blando.

En el caso de Arabia Saudí, el año 2015 supone un punto de inflexión, coincidiendo con el ascenso a la corte de nuevas figuras, especialmente Mohamed bin Salman en 2017. Fútbol, Rally Dakar, golf, lucha libre son solo algunos de los deportes a los que ha recurri­do para llamar la atención internacional sobre el nuevo rumbo de Riad. Una dinámica completamente nueva que pretende ayudar a construir una sociedad diferente, con una economía pos petróleo, flexible, competitiva y diversificada en la que el deporte se convierte en un ac­tivo fundamental para garantizar ingresos y una mejor reputación, tanto nacional como internacionalmente.

Es decir, el príncipe heredero utiliza el deporte tan­to para ganar reconocimiento dentro del país como para posicionarse como actor internacional, a pesar de las enormes polémicas relacionadas con su figura debido a la represión interna, el manejo de la guerra en Yemen y el asesinato del periodista saudí Yamal Khashoggi, aprobado, según la inteligencia estadounidense, por el propio MBS y que causó mucho revuelo en todo el mun­do, convirtiéndose en un boomerang peligroso incluso para el príncipe.

La apertura de cines, la organización de conciertos de estrellas internacionales (como el DJ set de David Guetta) o de un Gran Premio de Fórmula 1 en Yeda forman parte de una misma estrategia de diversifica­ción socioeconómica interna dirigida más que nada hacia los jóvenes saudíes: en la práctica, supone un intento de cooptación para construir consensos a tra­vés de la diversión y la satisfacción de las necesidades de su población joven. Desde este punto de vista, por tanto, el decisor político considera el deporte como un vector de estabilidad política interna con un gran potencial, incluso internacional. De hecho, el gobierno quiere explotar los eventos deportivos para atraer tu­rismo e inversiones del exterior con el fin de incentivar y garantizar un desarrollo más articulado y sostenible que la Visión 2030. Con estas inversiones, Arabia Sau­dí quiere convertirse en un punto de referencia en la organización de grandes eventos deportivos interna­cionales. Una ambición y una búsqueda de reconoci­miento que podría empujar al país a intentar albergar, en colaboración con Egipto y Grecia, la organización de la Copa Mundial de la FIFA 2036. Hay que preci­sar además que el reino saudí tiene un triple objetivo a través del deporte: diversificar su economía, que en la actualidad sigue dependiendo fundamentalmen­te de los hidrocarburos; utilizar el poder blando para destacar en el escenario internacional; y fortalecer su posición en este ámbito frente a sus vecinos y rivales árabes, Catar y EAU.

Aquí es donde surge la mayor diferencia entre los modelos saudí, emiratí y catarí. A diferencia de Doha y Abu Dabi, que se centran principalmente en invertir en clubes y empresas en el extranjero, Riad busca tomar el camino inverso, invirtiendo fuertemente en el reino, en un intento de crear futuras generaciones de depor­tistas saudíes capaces de competir internacionalmente en todas las disciplinas. Una operación decididamente más compleja destinada a construir una suerte de nue­vo contrato social. Por tanto, el poder blando deportivo saudí se convierte en un instrumento para legitimar el poder y afirmar los intereses del reino en el escenario internacional.

Poder blando o ‘sportwashing’

Podríamos resumir esta efervescencia y gran interés por el deporte en tres conceptos: geopolítico, econó­mico y de marca. Tres elementos fuertes que unen a Arabia Saudí, EAU y Catar también en las acusaciones de “lavado deportivo” por parte de organizaciones de derechos humanos. Como hemos subrayado en varias ocasiones, la búsqueda mezclada con la necesidad de rehabilitar o mejorar la imagen y reputación interna­cional de un determinado país se ha producido en los últimos años sobre todo gracias al deporte, identifica­do como un gran vehículo agregador positivo, capaz de generar importantes ingresos y desplazar el cálculo de los intereses nacionales incluso mucho más allá de la competición deportiva. Las denuncias de violaciones de derechos humanos son comunes en los tres países, al igual que el intento de cooptar el mundo del deporte (pero también de la cultura) con el objetivo de silenciar las voces disonantes con el único poder central reco­nocido. No obstante, está claro que estas herramientas de diplomacia pública altamente exitosas son medios necesarios para que las monarquías árabes en el Golfo apoyen sus ambiciones internacionales. Sin embargo, nada de esto sería plausible sin estabilidad interna, el principal ámbito de intervención necesario para garan­tizar este proceso de transformaciones más complejo y extraordinario. Estos Estados consideran el deporte, y el poder blando asociado a él, un elemento vital capaz de garantizar prestigio e influencia en un escenario re­gional e internacional lleno de competencias e incerti­dumbres./

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