Co-edition with Fundación Análisis de Política Exterior
Ideas políticas

Los límites estratégicos de la doctrina militar de Israel

Aicha Elbasri
Investigadora del Centro Árabe de Estudios de Investigación y Políticas de Doha.

Estados Unidos e Irán firmaron en junio un memorando de entendimiento de 14 puntos para poner fin a la guerra de tres meses, al tiempo que han dejado pendientes muchas de las cuestiones más polémicas para un acuerdo definitivo que se negociará en un plazo de 60 días, prorrogable. El memorándum también prevé el levantamiento del bloqueo, las sanciones y las restricciones de EEUU sobre las exportaciones de petróleo iraní, junto con un plan de reconstrucción de 300.000 millones de dólares. A cambio, Irán se compromete a restablecer la libertad de navegación por el estrecho de Ormuz y a no adquirir ni desarrollar armas nucleares.

Las vagas disposiciones del memorándum sobre las restricciones nucleares, la distensión regional y el futuro del estrecho de Ormuz entrañan varios riesgos. Sin embargo, la durabilidad de cualquier acuerdo de paz, incluso si se resolvieran estas cuestiones, seguiría dependiendo de actores ajenos al acuerdo, sobre todo de Israel, que se ha perfilado como un posible saboteador. Aunque el texto prevé el cese de las hostilidades en todos los frentes, incluido Líbano, las autoridades israelíes han dejado claro que no se consideran obligadas a cumplir ningún acuerdo que pueda limitar sus operaciones contra Hezbolá.

El memorándum también pone de manifiesto diferencias entre el presidente Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. El acuerdo parece contradecir la postura de Netanyahu, quien ha subrayado en repetidas ocasiones que los objetivos clave siguen sin cumplirse y ha afirmado que Israel está dispuesto a reanudar las operaciones militares en cualquier momento, en consonancia con su estrategia general de “cortar el césped”.

Este concepto militar –“cortar el césped”–, teorizado en 2014 por los investigadores israelíes Efraim Inbar y Eitan Shamir, ha guiado inicialmente el enfoque militar israelí a la hora de lidiar con el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) en la Franja de Gaza. Los autores sostienen que la estrategia de Israel contra Hamás se basa en la premisa de que el conflicto es prolongado y sin solución. En consecuencia, el uso de la fuerza no se concibe como un medio para obtener objetivos políticos inalcanzables, sino como una estrategia de desgaste a largo plazo destinada a mermar las capacidades del enemigo. Tras períodos de relativa moderación, Israel recurre a operaciones contundentes y a gran escala destinadas tanto a debilitar a su enemigo como a generar una disuasión temporal, creando así intervalos de relativa calma. Las capacidades del enemigo se comparan con la hierba que inevitablemente vuelve a crecer y que, por tanto, debe ser cortada periódicamente mediante la fuerza militar.

Este enfoque se ha puesto en práctica en sucesivas campañas israelíes contra Hamás en Gaza, a pesar de haber sido criticado por su metáfora deshumanizadora, así como por la naturaleza indiscriminada de la violencia y el número desproporcionado de muertes de civiles que infligió a los palestinos. La estrategia se extendió a Hezbolá en Líbano, combinando asesinatos selectivos, ataques aéreos y la destrucción sistemática de infraestructuras tanto militares como civiles. También se ha visto reforzada por la Doctrina Dahiya, adoptada durante la guerra de Líbano de 2006. Para disuadir a Hezbolá de atacar a Israel, esta doctrina legitima el uso de una fuerza abrumadora y desproporcionada para degradar sus capacidades militares y dañar a sus elementos civiles y su infraestructura en Dahiya, un suburbio de Beirut.

Israel amplió su estrategia regional, pasando de atacar a actores no estatales a atacar a un Estado, al intervenir en Siria y aprovechar la erosión de la soberanía del Estado desde el levantamiento de 2011. Intensificó sus ataques tras el colapso del régimen en diciembre de 2024, apoderándose de territorio y desmantelando sistemáticamente las capacidades militares que le quedaban a Siria. Tras haber debilitado a Hamás y Hezbolá y haber dejado a Siria casi indefensa, Netanyahu, con el firme respaldo de Trump, ha tratado de extender esta estrategia a Irán. Esto marca un cambio importante: pasar de luchar contra actores no estatales y un Estado en colapso a intentar debilitar a un poder regional mediante campañas militares cíclicas. Aunque algunos analistas creen que una doctrina de este tipo, diseñada para adversarios de alcance limitado, puede aplicarse con éxito a Irán, este artículo sostiene que este cambio se enfrenta a varios retos en la República Islámica.

DE LA GESTIÓN DE CONFLICTOS A LA EXTRALIMITACIÓN ESTRATÉGICA

La aplicación de la doctrina de “cortar el césped” a Irán refleja una escalada de la gestión táctica de conflictos a la extralimitación estratégica. En Gaza, la doctrina logró varios objetivos, como reducir el lanzamiento de cohetes, erosionar las redes de túneles e imponer una disuasión temporal. Los límites de la doctrina se hicieron evidentes con el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, lo que dio lugar a llamamientos radicales para desarraigar a Hamás de Gaza. Aunque Israel ha debilitado gravemente a Hamás mediante una ofensiva militar masiva en Gaza –que podría constituir un “genocidio”–, matando a miles de sus combatientes y a gran parte de sus líderes, no ha destruido completamente a la organización. Aunque muy mermados y habiendo aceptado ceder el control de Gaza, los líderes supervivientes de Hamás, que se niegan a desarmarse, parecen estar definiendo el papel futuro del movimiento.

De manera similar, Israel asesinó a los líderes de Hezbolá e infligió daños significativos a su infraestructura durante los ataques con buscapersonas de septiembre de 2024. Sin embargo, la guerra de EEUU e Israel contra Irán puso de manifiesto los límites de la estrategia de “cortar el césped”. En comparación con 2024, Hezbolá está debilitado, pero sigue desafiante y lanzando cohetes, drones y misiles contra el norte de Israel.

Israel ha intentado aplicar a Irán la doctrina de “cortar el césped”, diseñada para conflictos con actores no estatales o con un Estado en colapso. Pero Irán posee profundidad estratégica, resiliencia institucional e influencia global.

En Siria, Israel se enfrentó a poca o ninguna resistencia, ya que el país se había convertido en un blanco fácil. Tras el levantamiento y la guerra civil de 2011, el régimen de Bashar al Assad perdió el control efectivo sobre gran parte de su territorio a manos de potencias externas, lo que erosionó su autoridad por tierra, mar y aire. A finales de 2021, Israel había adoptado una estrategia de “cortar el césped de Siria”, combinando ataques aéreos discretos y abiertos contra instalaciones militares vinculadas a Irán y milicias chiíes aliadas. Esta campaña se intensificó drásticamente tras el colapso del régimen el 8 de diciembre de 2024, con cientos de ataques que degradaron las capacidades militares que quedaban en Siria, junto con la toma de la zona de amortiguación supervisada por la ONU y la ampliación del control en varias provincias.

Animado por estos precedentes, Israel ha decidido replicar este enfoque contra Irán, tomando como base su campaña de décadas de operaciones silenciosas y encubiertas contra el país. Desde principios de la década de 2010, Israel está embarcado en una prolongada guerra en la sombra que incluye ciberataques encubiertos, sabotajes y asesinatos dirigidos contra los científicos e infraestructuras nucleares de Irán.

Sin embargo, como respuesta al ataque de Hamás del 7 de octubre, Israel puso en marcha una poderosa campaña militar contra el eje de la resistencia de Irán. Esto dio lugar al desmantelamiento de la mayor parte de la estructura de mando, el liderazgo y las capacidades operativas de Hezbolá. Israel luchó en muchos frentes, desde Gaza y Líbano hasta Siria y Yemen, allanando finalmente el camino hacia la primera guerra directa contra Irán en junio de 2025. Durante la Guerra de Doce Días, Israel llevó a cabo asesinatos de alto nivel y atacó instalaciones nucleares, emplazamientos militares e infraestructuras del régimen. Esto sugirió que había entrado en un estado de guerra cíclico y potencialmente indefinido con Irán.

Al alegar que la capacidad nuclear de Irán no puede eliminarse por completo, los expertos en seguridad israelíes comenzaron a abogar por repetidas operaciones de “cortar el césped” en Irán. Estas peticiones encontraron respuesta en la segunda guerra entre EEUU e Israel contra Irán en menos de un año, cuyo objetivo era el cambio de régimen y el deterioro grave de sus capacidades para asegurar el dominio regional israelí. El ataque militar masivo contra Irán lanzado el 28 de febrero acabó con la vida del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y de varios miembros de alto rango del régimen.

Además de atacar las capacidades de defensa aérea iraníes, las bases de misiles, la Armada y otros objetivos militares, la campaña atacó a civiles e infraestructuras, incluyendo escuelas, universidades, centrales eléctricas, instalaciones de petróleo y gas, y plantas desalinizadoras de agua. Sin embargo, la reacción de Irán ha desencadenado un proceso de escalada sistémica, alterando de manera fundamental la ecuación estratégica. El resultado no es la contención ni el dominio inmediato, sino la resiliencia y la escalada sostenida.

LOS LÍMITES DE LA DECAPITACIÓN: LA RESILIENCIA INSTITUCIONAL EN IRÁN

Una hipótesis inicial clave de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán era que la eliminación de las principales figuras del liderazgo iraní perturbaría la toma de decisiones, debilitaría la cohesión del régimen, lo desestabilizaría y provocaría su colapso. Sin embargo, esta hipótesis ha fracasado hasta ahora, en gran parte debido a la naturaleza del Estado iraní, que gobierna un vasto país de más de 90 millones de personas. La República Islámica no depende de un único líder, sino que se estructura en torno a múltiples instituciones religiosas, militares y burocráticas, en las que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica desempeña un papel central. Esta arquitectura de múltiples capas está diseñada para absorber los golpes y garantizar la continuidad en momentos de crisis aguda.

En lugar de debilitar al régimen iraní e incitar a un levantamiento popular, hasta ahora la guerra parece haber reforzado su compromiso con la resistencia, al tiempo que se mantiene la represión interna y el estricto control de la información. La guerra puede incluso haber generado resultados contraproducentes con la aparición de un liderazgo más intransigente, cada vez más dispuesto a la escalada para garantizar la supervivencia del régimen. Este desafío se refleja en la continua resistencia de las principales instituciones, así como en la sucesión de Mojtaba Jamenei como líder supremo.

Por lo tanto, es poco probable que la estrategia de decapitación provoque el colapso inmediato del régimen. De hecho, en la tercera semana de la guerra, Netanyahu reconoció que no podía estar seguro de que los iraníes derrocaran el régimen, argumentando en cambio que Israel estaba “creando las condiciones óptimas” para aprovechar tal resultado.

EFECTO BUMERÁN: LA ESTRATEGIA DE ESCALADA DE IRÁN

Uno de los reveses más graves de la guerra de EEUU e Israel contra Irán ha sido que ha empujado a Teherán hacia una escalada drástica. Su estrategia se ha basado en una represalia amplia y sin restricciones en respuesta a los ataques de EEUU e Israel, lo que ha supuesto una clara ruptura con su patrón anterior de respuestas más moderada ante este tipo de acciones militares.
Demostrando resiliencia tras los ataques de decapitación estadounidenses, Teherán lanzó rápidamente represalias a gran escala, dirigidos contra al menos nueve países, la mayoría de los cuales acogen fuerzas estadounidenses en la región del Golfo, lo que extendió el conflicto a nivel regional. De esta forma, Irán ha impuesto los máximos costes no solo a EEUU e Israel, sino también a la región en general y más allá mediante respuestas de amplio alcance y cada vez más intensas, con el objetivo de disuadir tanto a Washington como a Israel de llevar a cabo futuros ataques.

GEOPOLÍTICA ENERGÉTICA Y LA GLOBALIZACIÓN DEL CONFLICTO

Uno de los factores más importantes que suponen un reto para la estrategia de Israel a largo plazo es la capacidad de Irán para ejercer influencia en los mercados energéticos mundiales, utilizando el estrecho de Ormuz como herramienta estratégica definitiva para influir en la economía mundial. La estrategia de Teherán ha pasado de las amenazas iniciales de cerrar la vía marítima a regular activamente el tránsito mediante restricciones selectivas. En lugar de imponer un cierre total que habría perjudicado a su propia economía, Teherán adoptó un enfoque moderado, permitiendo el paso a buques de China, India y otros países “no hostiles”, mientras que atacaba u obstaculizaba el paso de buques vinculados a EEUU y sus socios. En abril de 2026, algunas informaciones indicaban que Irán había comenzado a exigir el pago de peajes de hasta dos millones de dólares por buque para el paso por el estrecho.

Al ejercer control sobre el estrecho de Ormuz y atacar infraestructuras energéticas regionales críticas en varios países del Golfo, Irán ha demostrado su capacidad para interrumpir la producción y el suministro de una parte sustancial de las reservas mundiales de petróleo y gas. El cierre casi total del estrecho de Ormuz provocó un fuerte repunte de los precios del petróleo y de otras materias primas, desencadenando caídas en los mercados bursátiles mundiales. Más allá de la energía, se espera que el impacto se extienda a toda la economía, afectando especialmente a amplios sectores relacionados con el consumo.

Irán también ejerce influencia sobre el estrecho de Bab el Mandeb, frente al mar Rojo, mediante su apoyo a los rebeldes hutíes de Yemen, cuya entrada en la guerra podría tener un impacto significativo si atacan el transporte marítimo e intentan cerrar el estrecho. Esto provocaría una nueva subida de los precios del petróleo y del gas natural, con importantes consecuencias económicas a nivel mundial.

En respuesta, Washington impuso un bloqueo naval contra los puertos iraníes para frenar las exportaciones de petróleo y el comercio no petrolero. A mediados de abril de 2026, el estrecho de Ormuz se había convertido efectivamente en una zona de doble bloqueo, con Irán reforzando su control sobre el tránsito por la vía marítima, mientras que EEUU imponía un bloqueo naval. A pesar de ello, Irán demostró su capacidad para soportar las perturbaciones, manteniendo una influencia sobre el tráfico marítimo que pretende conservar más allá del fin de la guerra. Para transformar su control temporal sobre la vía navegable internacional en un sistema nacionalizado e institucionalizado, el Parlamento iraní habría aprobado, según diversas fuentes, una ley para cobrar peajes a los buques que atraviesen el estrecho.

TEHRAN, IRAN – APRIL 15: A giant banner depicting the Strait of Hormuz is displayed at Fatemi Square, featuring Ali Reza Tangsiri, commander of the Islamic Revolutionary Guard Corps Navy who was killed in a US-Israeli attack, and Iranian military leader Rais Ali Delvarion April 15, 2026, in Tehran, Iran. (Photo by Fatemeh Bahrami/Anadolu via Getty Images)

Irán ha aprovechado su posición geográfica en la costa norte del estrecho para convertirlo en una herramienta estratégica de coacción. Es evidente que su estrategia de escalada se extiende mucho más allá del campo de batalla, transformándose en un problema económico global que limita la capacidad de EEUU e Israel para llevar a cabo campañas militares prolongadas y repetidas.

EL RETO DE LA REPETICIÓN EN UN ENTORNO DE ALTO COSTE

La estrategia de escalada y desgaste de Irán supone costes militares y económicos a sus adversarios, especialmente de una manera que evoca la lógica de “cortar el césped”. Teherán se embarcó en una respuesta de ojo por ojo que refleja los ataques contra sus propios activos, manteniendo un ciclo de escalada continuo destinado a disuadir futuros ataques. Teherán intenta redefinir la guerra en curso como una confrontación decisiva y final que afianza la posición regional de Irán.

Al elevar el precio de cada enfrentamiento, Teherán busca disuadir futuros ataques y alterar el cálculo estratégico de Israel y EEUU. Por consiguiente, es posible que la eficacia de la doctrina de “cortar el césped”, que depende de la capacidad de Israel para repetir operaciones militares, ya no sea válida frente a Irán. Y es que cada ciclo de escalada conlleva ahora el riesgo de un conflicto regional más amplio, lo que eleva los costes políticos y militares hasta límites insoportables para EEUU, Israel y el mundo.

En este contexto, la sostenibilidad de campañas repetidas se vuelve altamente improbable, especialmente dada la ventaja de Irán en el terreno geográfico, lo que supone un obstáculo importante para la doctrina de Israel. A diferencia de Gaza, Líbano o Siria, Irán es un territorio vasto con paisajes diversos y a menudo accidentados que refuerzan sus capacidades defensivas. Los elementos clave de la infraestructura militar y nuclear de Irán están altamente fortificados y, en muchos casos, ubicados en túneles y búnkeres subterráneos. Estas instalaciones están diseñadas específicamente para resistir los bombardeos aéreos, el modo de guerra preferido de Estados Unidos e Israel. De este forma, es poco probable que incluso las campañas aéreas más intensas logren un cambio de régimen y la destrucción total de las capacidades de Irán, incluidas las fábricas que producen su armamento. En el mejor de los casos, pueden infligir reveses graves y temporales.
Al aprovechar sus múltiples fuentes de poder estratégico, el régimen iraní ha señalado su disposición para una guerra de desgaste prolongada. Ahora impone condiciones que cuestionan la premisa misma de la guerra cíclica. La primera cláusula del memorándum tiene por objeto evitar futuros ataques contra Irán, comprometiendo a EEUU y a sus “aliados en la guerra actual” a poner fin de forma inmediata y definitiva a las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano. Al ampliar explícitamente la obligación a los aliados, el acuerdo afecta indirectamente a Israel a pesar de que no sea signatario, creando así un marco en el que EEUU se ve presionado política y estratégicamente para frenar o disuadir cualquier nueva acción militar israelí contra Irán con el fin de respetar los términos del acuerdo.

CONCLUSIÓN

El intento de Israel de aplicar la doctrina de “cortar el césped” a Irán representa una aventura, dada la naturaleza del adversario al que se enfrenta. Una estrategia diseñada para gestionar conflictos con actores no estatales o con un Estado en colapso no se traslada fácilmente a un Estado que posee profundidad estratégica, resiliencia institucional e influencia global. En última instancia, lejos de someter a Irán, lo ha empujado a mostrarse más desafiante. Esto pone de manifiesto los límites de la fuerza militar a la hora de determinar los resultados políticos en conflictos regionales complejos.
Si bien EEUU e Israel buscaban degradar las capacidades nucleares y de misiles de Irán, su ataque ha proporcionado a Teherán una nueva palanca estratégica: el control sobre el estrecho de Ormuz. Al aprovechar su posición sobre un punto crítico de paso por el que transita una parte significativa de los suministros energéticos mundiales, Irán ha podido convertir su ventaja geográfica en influencia estratégica y económica de una manera que constituiría un obstáculo para los planes de Israel de una guerra cíclica.

Aunque los bombardeos estadounidenses-israelíes han logrado acabar con figuras clave del liderazgo e infligir daños significativos a la infraestructura crítica y a la economía, la eficacia de la doctrina de “cortar el césped” depende en última instancia de la capacidad de Israel para repetir tales operaciones cíclicas. Es precisamente esta condición la que Irán pretende ahora negar a Israel. Al insistir en garantías firmes de que ni EEUU ni Israel reanudarán tales ataques, Teherán está intentando cortar la hierba bajo los pies de Israel privando a la doctrina de su requisito previo esencial: la capacidad de repetición periódica y sin obstáculos./

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