Coedició amb Estudios de Política Exterior
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Le trauma colonial. Enquête sur les effets psychiques et politiques de l’offense coloniale en Algérie

Sadja Guiz
Periodista, Argelia
Karima Lazali, Ediciones Koukou, Argel,
278 pág.

Una investigación clínica que conduce a un difícil y arduo reconocimiento de los efectos psíquicos del trauma colonial, transmitidos inconscientemente por los pacientes, tanto en Argelia como en Francia. La investigación realizada por la autora, psicoanalista de formación, cuestiona a historiadores, políticos y profesionales de la salud mental sobre el estancamiento transgeneracional, en el que lo subjetivo se entremezcla en una zona blanca de memoria y política.

Un estudio que demuestra cómo la historia moldea nuestro inconsciente, donde la irrupción colonial con su extrema violencia sufrida durante 132 años, desde los exterminios masivos hasta la falsificación de genealogías a partir del siglo XIX, ha impreso en los autóctonos un sentimiento masivo y duradero “de individuos reducidos a cuerpos sin filiación”. En cuanto a los descendientes de los colonos, el sentimiento de agudo malestar que los confunde tiene su origen en la traición, la vergüenza y la responsabilidad. ¿Cómo elaborar su historia personal cuando al silencio mantenido por los padres se une el espacio en blanco de lo político, instaurado desde hace más de medio siglo tras el fin de las colonias? Solo Frantz Fanon había analizado, en la década de 1950, el daño psicofísico debido a la colonización. Muy pocas investigaciones clínicas posteriores han arrojado luz sobre estas consecuencias psicológicas y sus formas de supervivencia. ¿Cómo analizar este punto ciego en los campos clínico, psicoanalítico y político?, se lamenta la psicoanalista.

La “colonialidad”, el manual de uso del sistema colonial, fue una máquina infernal de borrado de memorias que llegó a falsear el sentido mismo de la historia. Hasta ahora, el trabajo de los historiadores no es suficiente y no ayuda a los pacientes a dar forma a “lo impensado”, porque la subjetividad va más allá del hecho histórico, tanto entre los “indígenas” ahora independientes, como entre los “excolonos” repatriados muy a su pesar a la metrópolis.

Desde el concepto psicoanalítico del desempoderamiento, de la negación, del borrado, de los agujeros, de las líneas de puntos, de la desaparición de los padres, de la mutilación de los cuerpos, de la hogra (ofensa, humillación y desprecio)… tantas heridas imposibles de sanar.

Según la autora, estas huellas que quedaron fuera de la memoria estructuraron y mancharon durante mucho tiempo el sistema político argelino. La “maldición del fratricidio” hizo estragos durante la “guerra interna” de la década de 1990, descrita como “años de sangre y terrorismo”, hundiendo sus raíces en el conflicto fratricida que enfrentó a los hermanos revolucionarios en los albores de la guerra de independencia. Desde la marginación de Messali Hadj, padre fundador del nacionalismo argelino, hasta el asesinato del presidente Mohamed Budiaf, asistimos a esta “ilegitimidad de los hijos” tan permanente en los esfuerzos de desestructuración de los lazos tribales durante la colonización. La analista reconoce una reiteración permanente del trauma colonial que sobrevuela y orienta las grandes decisiones que comprometen el vínculo social.

Este análisis clínico se apoya constantemente en las obras de historiadores especialistas en el conflicto franco-argelino, como Benjamin Stora y Charles-André Julien. Y para comprender mejor lo impensado y lo indecible de esta transmisión traumática, la autora se atreve con una lectura singular de las obras de autores argelinos francófonos que vivieron los tormentos de la “colonialidad” activa: Kateb Yacine, Mohamed Dib, Jean el Mouhoub Amrouche, Mulud Mammeri, Yamina Mechakra… Examinando minuciosamente sus textos, redescubre los espacios en blanco, lo impensado de los hechos históricos.

Argelia exige hoy a Francia el reconocimiento de los crímenes coloniales cometidos contra su población. Analizar este episodio de la historia sería útil para ambas sociedades. El sentido de la ofensa golpea a generaciones de inmigrantes que se ven a sí mismos como depositarios de una historia indigna, llevándolos a cometer delitos y a causar disturbios en los barrios de la periferia. Seguir negando la historia tendría ciertamente consecuencias en el plano político e ideológico, en la relación con el Otro, “el extranjero”, con el auge del racismo y el comunitarismo.

Para poner fin a la maldición colonial, la psicoanalista recurre a las lecciones de Frantz Fanon, que se negó a ejercer como psiquiatra en una situación de opresión colonial. Le resultaba imposible liberar a un sujeto de sus trastornos mentales, conocidos como “patologías de la libertad”, en una sociedad “en la que su libertad, su voluntad y sus deseos se ven constantemente destrozados por las obsesiones, las contraórdenes y las ansiedades”.

Por tanto, la libertad no se puede decretar, y menos aún organizar. Se experimenta en actos, y solo se da cuando el sujeto acepta sus propias alienaciones. Hoy sigue siendo un proyecto permanente de devenir.

Solo un debate público salvador, aquí y allí, acabaría con esta dificultad de liberarse del espíritu colonial y lograría devolver a la historia su estatuto confiscado por lo político.

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