Co-edition with Fundación Análisis de Política Exterior
Gran angular

Las monarquías del golfo ante la guerra de Irán

Fatiha Dazi-Héni
Investigadora, especialista en la península arábiga, IRSEM (París) y Sciences Po Lille.

La guerra contra Irán desencadenada por iniciativa de Israel y Estados Unidos el 28 de febrero de 2026 constituye la mayor crisis del suministro mundial de hidrocarburos que ha conocido la economía mundial en la época contemporánea, tal como subrayó Karen Young en Foreign Affairs. Desatada sin el conocimiento de las seis monarquías árabes del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), las ha situado desde el primer momento en la posición de espectadoras que sufren un conflicto del que no controlan ni las dinámicas ni las consecuencias.

Antes del comienzo de las hostilidades, cerca del 20% del petróleo mundial y el 20% del gas natural licuado mundial –principalmente procedente de Catar– transitaban libremente por el estrecho de Ormuz. Esta cifra ha caído a una media del 5% desde que Irán tomó el control de este enclave geoestratégico el 30 de marzo de 2026, acompañando este bloqueo con un derecho de paso de pago, en flagrante violación de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Según un informe publicado por el Middle East Council on Global Affairs en abril de 2026, al integrar el control del estrecho como instrumento de disuasión en su respuesta a los ataques israelí-estadounidenses, Teherán ha ejercido una presión directa sobre la economía mundial y, por consiguiente, sobre el propio poder estadounidense.

En respuesta, Washington decretó un contrabloqueo sobre los puertos iraníes a partir del 13 de abril de 2026, tras el fracaso inicial de las negociaciones de paz lideradas por Pakistán, lo que redujo a cero el tráfico en el estrecho. Tres meses después, la guerra no solo no ha logrado derrocar al régimen iraní, sino que lo ha radicalizado. De hecho, Bajoghli y Nasr afirman que la nueva generación de la Guardia Revolucionaria Islámica –la anterior quedó diezmada tras los primeros ataques– se muestra menos dispuesta al compromiso y adopta un modelo de gobernanza tecnocrático y estructurado, con la convicción de haber defendido con éxito los intereses de la nación iraní. Decidido a imponerse como el actor clave en la reconfiguración del orden de seguridad regional, el régimen está transformando su control del estrecho en una nueva fuerza de disuasión duradera.

En el contexto de esta tercera guerra del Golfo, como explicamos en el artículo publicado por Orientxxi, las monarquías del CCG se enfrentan a restricciones estructurales de una naturaleza sin precedentes. Este artículo examina, en primer lugar, por qué estas monarquías, atrapadas en un conflicto sobrevenido, apenas logran formular una respuesta de seguridad coherente ante las deficiencias del socio estadounidense. A continuación, analiza cómo la guerra ha cristalizado una ruptura estratégica preexistente entre Riad y Abu Dabi, dando lugar a dos visiones regionales posconflicto irreconciliables.

EL CCG, SUMIDO EN UN DOBLE DILEMA ESTRUCTURAL

Atrapadas entre dos potencias militares con pretensiones hegemónicas –Irán e Israel–, dependientes de un socio estadounidense cuya fiabilidad está hoy en entredicho, y atravesadas por profundas disensiones internas, las seis monarquías del Golfo intentan adaptar sus respuestas de forma descoordinada.

Desde el inicio del conflicto, se han visto enfrentadas a un doble dilema. Por un lado, gestionar la amenaza inmediata de represalias iraníes dirigidas contra su territorio. Por otro, evitar verse arrastradas al conflicto del lado de Washington y Tel Aviv, ya que tal implicación entrañaría riesgos considerables para su seguridad debido a su proximidad geográfica con Irán y a la vulnerabilidad de sus infraestructuras estratégicas.

La paradoja principal de su situación es clamorosa: atrapadas en una guerra que no han buscado, las monarquías del Golfo siguen relegadas a un papel de espectadoras en lo que respecta a las decisiones en materia de seguridad que se debaten sin ellas en la región, en particular sobre la cuestión de Ormuz. Ciertamente, el CCG nunca ha constituido un pacto de seguridad regional relevante, ya que depende estructuralmente del sistema de defensa estadounidense, en el cual estos seis Estados han realizado inversiones colosales durante 35 años. La toma de conciencia que ha suscitado este conflicto es, pues, la de una dependencia asimétrica que coloca a las monarquías del Golfo en situación de vulnerabilidad, ya que su protector extrarregional supedita su seguridad a sus propios compromisos con Israel.

DECEPCIÓN RESPECTO A LA FIABILIDAD ESTADOUNIDENSE

La profunda decepción respecto a las garantías de seguridad estadounidenses es, sin duda, anterior a este conflicto: se remonta a la era Obama y se confirmó bajo los gobiernos de Biden y Trump I y II. Sin embargo, la guerra de Irán constituye el punto de ruptura más evidente. La decisión de Washington de subordinar la protección de sus socios del Golfo a sus compromisos con Israel sitúa a los Estados del CCG en una incertidumbre fundamental en lo que respecta a la reconfiguración del orden regional posconflicto.

A lo largo de los primeros 40 días del conflicto, las capitales del Golfo tuvieron que hacer frente a una guerra de información muy agresiva dirigida conjuntamente por Washington y Tel Aviv, con el apoyo de Abu Dabi. Los principales medios de comunicación estadounidenses difundieron ampliamente declaraciones atribuidas a fuentes anónimas, supuestamente saudíes, según las cuales los líderes del Golfo habrían alentado a la Administración Trump a sumarse a la reapertura por la fuerza del estrecho. El Ministerio de Asuntos Exteriores saudí desmintió sistemáticamente estas informaciones. Según Claire Hage, el mordaz insulto del presidente estadounidense dirigido al príncipe heredero saudí pone de manifiesto su resentimiento ante la persistente negativa de Riad a autorizar el uso de su espacio aéreo para operaciones ofensivas contra Irán.

La operación “Project Freedom”, decidida precipitadamente por Trump el 4 de mayo de 2026 y destinada a reabrir por la fuerza el estrecho, pero interrumpida de inmediato sin explicación alguna, constituyó un episodio revelador de estas divergencias de fondo. El resultado es un cambio estratégico evidente: la mayoría de los países del Golfo se ven obligados a replantearse la arquitectura de su seguridad. Sin embargo, esta reconfiguración se produce en un contexto de desenlace incierto, sobre todo cuando Riad y Abu Dabi defienden dos proyectos estratégicos antagónicos.

LA DOBLE PRESIÓN DE IRÁN E ISRAEL

La principal reflexión que se desprende de este conflicto es de carácter geográfico: las monarquías del Golfo están condenadas a coexistir a largo plazo con dos potencias con pretensiones hegemónicas regionales y dotadas de capacidad militar y tecnológica avanzada.

Por una parte, Irán, cuya capacidad de despliegue y de amenaza –en particular mediante el control de las rutas marítimas– ha quedado ampliamente confirmada por este conflicto. Por otra parte, Israel, un fenómeno estratégicamente inédito: la mayoría de los miembros del CCG ya no lo perciben como un posible socio, sino como una potencia cuyas ambiciones hegemónicas constituyen una amenaza para su soberanía. Desde el 7 de octubre de 2023, Tel Aviv impone en la región su aplastante superioridad militar, tras haber devastado la Franja de Gaza y emprendido de facto la anexión de Cisjordania. El 8 de abril de 2026 –el día en que Trump decretó unilateralmente un alto el fuego en su guerra contra Irán–, se llevaron a cabo ataques israelíes sin precedentes en el sur de Líbano y en Beirut, marcando lo que los observadores regionales, como Alamedine y Hayek, califican de “miércoles negro”.

Las monarquías del Golfo se enfrentan ahora a la necesidad de elaborar un proyecto de seguridad más coherente y diversificado que integre simultáneamente estas dos restricciones –la iraní y la israelí–, un ejercicio de una complejidad inédita para unos Estados cuya cultura estratégica ha sido moldeada por la tutela estadounidense. Es precisamente en este punto donde se sitúa el núcleo de las desavenencias en el seno del CCG y, en particular, entre Riad y Abu Dabi.

DOS VISIONES REGIONALES NO CONCILIABLES: LA FRACTURA ESTRATÉGICA EN EL SENO DEL CCG

Ante las nuevas restricciones en materia de seguridad, han surgido dos orientaciones fundamentalmente opuestas en el seno del CCG. La primera, liderada por Arabia Saudí, Catar y Omán, que, de acuerdo con su propia agenda, prioriza la preservación de un margen de autonomía estratégica, la diversificación de las alianzas y una diplomacia activa de distensión. La segunda, encarnada por Emiratos Árabes Unidos –a la que se suma parcialmente Barein–, se inscribe en el marco del orden de seguridad promovido por Israel y Estados Unidos, a riesgo de un aislamiento creciente dentro de su propio entorno golfo-árabe-islámico. Kuwait, muy afectado por los ataques iraníes, se mantiene a la expectativa.

BEIJING, CHINA – APRIL 14: Sheikh Khaled bin Mohamed bin Zayed Al Nahyan, Crown Prince of Abu Dhabi, United Arab Emirates(C), attends a meeting with China’s President Xi Jinping at the Great Hall of the People on April 14, 2026 in Beijing, China. (Photo by Haruna Furuhashi – Pool/Getty Images)

Solo el emirato de Abu Dabi parece no asimilar que el mundo ha cambiado al optar por alinearse decididamente con Tel Aviv y Washington, mientras que los demás miembros del CCG constatan los límites de la dependencia de los paraguas externos.

LA ARRIESGADA APUESTA DE ABU DABI

Con 579 lanzamientos de misiles balísticos y 2.252 ataques con drones registrados hasta el 10 de mayo de 2026, según el Gulf Research Center saudí, EAU concentra más de la mitad de todos los ataques sufridos por las monarquías del Golfo. Estos ataques han tenido como objetivo instalaciones estratégicas de carácter civil y militar: refinerías, puertos, aeropuertos, centros de datos, hoteles de lujo y bases estadounidenses.

Ante esta situación excepcional, Mohamed bin Zayed (MBZ) decidió pasar a la ofensiva. Rompió toda relación institucional con Teherán, intentó sin éxito reunir a los demás Estados del CCG en torno a acciones políticas comunes e intentó que el Consejo de Seguridad aprobara una resolución que autorizara la reapertura forzosa del estrecho de Ormuz. Fuentes coincidentes indican que Abu Dabi también habría intentado convencer a Riad y a Doha para coordinar una respuesta militar colectiva a los ataques iraníes, propuesta que ambas capitales rechazaron rotundamente. Este rechazo es el que explica el fuerte resentimiento emiratí y las acusaciones públicas del asesor diplomático Anwar Gargash sobre la falta de solidaridad de los socios del CCG.

La salida de Emiratos de la OPEP, efectiva a partir del 1 de mayo de 2026, debe interpretarse en este contexto. Aunque Abu Dabi la justificó por sus reiterados desacuerdos sobre las cuotas de producción, esta decisión, tomada en pleno bloqueo del estrecho, reviste ante todo una dimensión política: desestabilizar la posición dominante de Arabia Saudí en la regulación de los precios de los hidrocarburos y ofrecer a Estados Unidos la oportunidad de reforzar su posición en el mercado mundial de la energía.

Al decidir finalmente emprender acciones coordinadas con Tel Aviv y Washington –llegando incluso a solicitar el apoyo del sistema antimisiles israelí Cúpula de Hierro–, y al permitir que el ejército estadounidense utilizara su espacio aéreo y sus islas para llevar a cabo ataques conjuntos sobre suelo iraní, el Estado federal emiratí se ha convertido en el único miembro del CCG que participa como beligerante en este conflicto. Fuentes israelíes informaron de que MBZ habría recibido en secreto al primer ministro israelí y al jefe del Estado Mayor. A pesar del desmentido emiratí, esta revelación agrava el aislamiento regional de Abu Dabi y sitúa a MBZ en una posición delicada respecto a sus homólogos en el seno de la propia federación.

Y es que la postura de halcón asumida por MBZ no es compartida unánimemente por el conjunto de los Emiratos. La retórica sumamente agresiva hacia Irán contrasta con las reservas, tácitas pero perceptibles, de Dubái –cuyo modelo económico se basa en la estabilidad regional y los intercambios comerciales con Irán– y, más aún, con las de Sharjah, cuya posición se aproxima más al pragmatismo propugnado por Riad. Esta tensión intrafederal, generalmente ocultada tras la fachada de unidad institucional, corre el riesgo de verse exacerbada por las consecuencias duraderas de la opción estratégica de Abu Dabi. El Estado federal emiratí ha cimentado su legitimidad en la estabilidad, el atractivo económico y la prosperidad. La postura cobeligerante asumida por MBZ, que ha convertido a Emiratos en un blanco directo de las represalias iraníes y los expone a un creciente aislamiento regional, cuestiona los fundamentos mismos de este modelo.
Es el propio futuro político del presidente de la federación y la cohesión del sistema federal lo que podría estar en juego al terminar el conflicto. Esta delicada situación podría explicar el progresivo protagonismo del discreto príncipe heredero de Abu Dabi, Jaled, hijo mayor de MBZ, quien ha aparecido en primera línea para representar a EAU a escala internacional, en particular en una visita oficial a Pekín y en la cumbre de los BRICS en Nueva Delhi. Esta maniobra podría servir como solución de recambio para evitar una crisis institucional cuando la situación se vuelva insostenible para MBZ.

LA ESTRATEGIA DE AUTONOMIZACIÓN PROGRESIVA DE ARABIA SAUDÍ

Ante las mismas restricciones estructurales, Riad lleva a cabo una reevaluación significativa de su postura estratégica. El reino busca capacidad de disuasión frente a Irán, al tiempo que desea protegerse contra un riesgo militar estadounidense no solicitado y contra una influencia israelí creciente. Mantendrá y profundizará su alianza con Washington, pero al mismo tiempo desarrollará vínculos militares más estrechos con Turquía y Pakistán, y se apoyará en una coalición geopolítica ampliada que agrupa a Jordania, Siria, Egipto, Catar y Omán. Esta arquitectura de “doble cobertura estratégica” (dual hedging) persigue un objetivo preciso: contrarrestar las ventajas acumuladas por Israel desde 2023 y promover, a medio y largo plazo, una solución de dos Estados.
Abdulaziz Sager sostiene que la magnitud del fracaso estadounidense, junto al hecho de que los Estados del Golfo no sean tomados en consideración como actores de pleno derecho en la seguridad regional, son factores susceptibles de acelerar la fase de autonomización en materia de seguridad de Arabia Saudí. La clara diversificación de las alianzas de cooperación en este ámbito –ampliadas a Turquía y Pakistán principalmente en términos de transferencia tecnológica y disuasión nuclear, pero también, en menor medida, a Egipto y Siria en cooperación logística, infraestructuras y recursos humanos– ha experimentado así un nuevo impulso durante la guerra.
Riad impulsa activamente una arquitectura de seguridad inclusiva que asocie a Turquía, Pakistán y Egipto en un marco regional ampliado, un modelo que Abu Dabi, alineado con Tel Aviv, rechaza tajantemente.

Riad presiona en favor de una arquitectura en materia de seguridad inclusiva que asocie a Turquía, Pakistán y Egipto en un marco regional ampliado, un modelo que Abu Dabi, alineado con Tel Aviv, rechaza

En el plano diplomático, Riad mantiene un canal de diálogo con Teherán con la perspectiva de establecer mecanismos de no agresión, un enfoque pragmático adoptado sin engañarse respecto a las intenciones iraníes, pero que responde a un cálculo racional: la coexistencia forzosa es preferible a una confrontación de consecuencias intolerables para las economías del Golfo. Así, pese a la creciente desconfianza hacia Teherán debido a sus múltiples ataques contra los países del CCG, Riad adopta, por pragmatismo, la idea defendida desde hace tiempo por Mascate de integrar a Irán en la arquitectura de seguridad regional. A pesar de las considerables presiones ejercidas por la Administración Trump y de una campaña de desinformación dirigida conjuntamente por Washington y Tel Aviv con la complicidad de Abu Dabi, Arabia Saudí ha mantenido su postura de no beligerancia, rechazando en particular que la base militar de Al Kharg fuera puesta a disposición para operaciones ofensivas contra Irán.

CONCLUSIÓN

Se perfila ya un primer balance, provisional, de los efectos diferenciados de la guerra sobre los miembros del CCG. Arabia Saudí –cuya profundidad estratégica del territorio la ha protegido a pesar de los ataques sufridos– y Omán, afectado de forma muy marginal, salen reforzados de este conflicto debido a su resiliencia y a la visión regional pragmática que encarnan, la cual resuena también entre los grandes Estados de la región (Turquía, Egipto, Pakistán). Por su parte, Omán se inscribe ampliamente en el enfoque regional saudí, al tiempo que hace de su soberanía un principio intangible, lo que le permite mantener una relación singular con Teherán. Según Omar Ahmad, ante las presiones ejercidas por la Administración Trump sobre Mascate a propósito del estrecho de Ormuz, el sultanato se esfuerza por convencer a sus socios del CCG, con Riad a la cabeza, de que la preservación del estrecho responde a una responsabilidad colectiva: garantizar la libertad de navegación y evitar que Ormuz se convierta en el escenario de una escalada.
Por el contrario, los pequeños emiratos costeros –Kuwait, Barein y, sobre todo, EAU– aparecen como los grandes damnificados, debido a su sobreexposición geográfica, su dependencia estructural y las decisiones estratégicas que los han llevado a alinearse con las partes beligerantes. Al encomendarse a la protección israelí-estadounidense, afirma Andrew Leber, EAU hace la arriesgada apuesta de sustraerse de su entorno regional, como si la opción de alinearse con Israel y Estados Unidos pudiera borrar la proximidad. Ahora bien, es precisamente la geografía la que sale ganadora de este conflicto: cualquiera que sea el escenario de posguerra, el régimen iraní, por muy devastado que quede, seguirá siendo un vecino y, por tanto, una limitación estructural permanente para Abu Dabi.


El periodo posconflicto tendrá un fuerte impacto en los equilibrios políticos dentro y entre el CCG y, más allá, en los equilibrios de toda la región, cuya arquitectura de seguridad debería cambiar sensiblemente en el contexto de un orden multipolar que baraja de nuevo las cartas de un sistema internacional que ya ha tocado a su fin./

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