Estrategia geopolítica rusa en el Mediterráneo
Las prioridades nacionales de Putin son la base de su estrategia global, pero sus percepciones de la intensidad de las amenazas determinan su pragmatismo en la región.
Mark N. Katz
Moscú tiene intereses geopolíticos variados en la cuenca del Mediterráneo. No obstante, algunos son incompatibles entre sí. Tras repasar cuáles son estos intereses e identificar en qué modo se excluyen mutuamente, comentaremos y evaluaremos la estrategia de Vladimir Putin para impulsar estos objetivos contradictorios.
Un interés geopolítico clave de Rusia en el Mediterráneo es conservar el acceso por mar, a través de los estrechos turcos, para que sus buques militares y comerciales puedan transitar con facilidad entre el mar Muerto (que baña las costas rusas), por un lado, y el Mediterráneo y otras regiones por otro. La consecución de este propósito requiere una Turquía estable, que pueda garantizar un paso ordenado por esos estrechos, así como un gobierno turco no hostil (y, preferentemente, amistoso) con el Kremlin.
Otro de sus objetivos es promover sus intereses económicos en la región, especialmente en el sector petrolero, del que la economía rusa depende en gran medida. En este caso, los progresos no solo dependen del mercado, sino también de la imagen de Rusia como proveedor seguro y socio deseable para los Estados importadores de crudo de la región. Para lograr este objetivo, naturalmente, Rusia debe competir con otros productores, ya sean de la región (como Argelia), importantes exportadores (como Arabia Saudí) o candidatos a hacerlo (como Irán). Sin embargo, hasta los países rivales en el mercado petrolífero (por ejemplo, Argelia y Libia) pueden ofrecer también oportunidades inversoras a las empresas rusas.
Para Putin, Estados Unidos, la OTAN y hasta la UE son hostiles a Rusia, y uno de sus grandes intereses geopolíticos es debilitarlos. Una opción para lograrlo es apoyar a distintos actores (gobiernos, partidos políticos, opinión pública) de la región que también estén enfrentados con todos o algunos de sus adversarios, en mayor o menor grado.
Otro de los principales intereses geopolíticos de Moscú es impedir que en la región sigan creciendo fuerzas yihadistas suníes, que podrían amenazar los intereses rusos y a la propia Rusia. Putin ha querido colaborar con todos y cada uno de los gobiernos mediterráneos (así como con otros activos en la región) para lograr este fin, incluyendo democracias occidentales, dictaduras árabes seculares (entre ellas el régimen de Bashar al Assad en Siria, fuerzas chiíes (Irán y Hezbolá en Líbano) e incluso Israel.
Como en tiempos soviéticos, Putin considera importante mantener una presencia militar permanente en el Mediterráneo. Así logra varias cosas, desde el objetivo concreto de apoyar el régimen de Al Assad (el atribulado aliado de Moscú en Siria) hasta el más general de proyectar la imagen de Rusia como una gran potencia. Y ni que decir tiene que, con ya cierta presencia militar en la región, resulta más fácil alcanzar otros propósitos imprevistos. Para ello se requiere al menos de un gobierno en la zona dispuesto y capaz de proporcionar a Rusia instalaciones militares. Siria desempeña ese papel en la actualidad.
Como ya se ha dicho, el problema de perseguir estos intereses geopolíticos dispares en el Mediterráneo es que algunos son incompatibles. El firme apoyo de Moscú al régimen de Al Assad, por ejemplo, discrepa con el deseo de construir y mantener una buena relación con Turquía, sobre todo cuando Ankara exige al presidente sirio la dimisión. Además, a Rusia le cuesta mantener buenas relaciones (también en el aspecto económico) con países europeos miembros de la OTAN y de la UE, por el apoyo de Putin a partidos de extrema izquierda y de extrema derecha de esos países, con el fin de desgastar a los gobiernos europeos, a las dos instituciones y tal vez incluso a la propia democracia. Asimismo, Moscú no lo tiene fácil para erigir y conservar las relaciones comerciales que necesita con los países europeos en la región; sus acciones político-militares (mediante el apoyo al separatismo en Ucrania o vuelos militares no autorizados en el espacio aéreo de multitud de Estados europeos) minan su atractivo como socio económico. También le resulta difícil persuadir a gobiernos europeos y de Oriente Próximo de que respalden a Al Assad para frustrar las fuerzas del islam radical; para muchos, en ambas orillas del Mediterráneo, las acciones del régimen sirio (y sus partidarios) no hacen sino fortalecer dichas fuerzas.
Naturalmente, Rusia no es el único país con intereses geopolíticos contradictorios en el Mediterráneo (o en otras zonas). El Mediterráneo es un contexto verdaderamente complejo, no solo por estar repartido entre el Viejo Continente y Oriente Próximo (además de la enorme diferenciación existente a cada lado), sino también porque Rusia se siente amenazada tanto por una orilla como por la otra.
Enfoques geopolíticos divergentes
Ha adoptado Putin una estrategia geopolítica eficaz para lidiar con estos retos, así como con los intereses contrapuestos del país en la región? Para responder a esta pregunta, hay que entender qué estrategias geopolíticas tienen a su alcance los países con intereses incompatibles.
Una posibilidad es diseñar una estrategia global, que logre superar las contradicciones inherentes de los objetivos buscados en política exterior y los alcance más o menos a la vez. Otra es decidir que los intereses antagónicos no se pueden hacer realidad simultáneamente; por tanto, es necesario establecer prioridades, mediante una estrategia pragmática que ponga menos énfasis en los considerados menos relevantes o menos alcanzables, y así hacer realidad los más trascendentales y más factibles. Una tercera es subordinar los intereses en política exterior a los de carácter político nacional; perseguir al mismo tiempo intereses geopolíticos contradictorios puede interferir con la consecución de todos o algunos de ellos, pero también puede servir para anticipar cuáles son los objetivos políticos nacionales prioritarios de una administración (o solo de un líder). Una cuarta posibilidad es no adoptar conscientemente una estrategia geopolítica de carácter nacional, global o basada en las prioridades, sino ir tras intereses divergentes de modo fragmentado, a medida que surgen oportunidades para ello.
¿Por cuál se ha decido Putin? Hasta cierto punto, por las cuatro. Al igual que Rusia aspira a objetivos contrapuestos en la región, su presidente ha adoptado enfoques divergentes para hacerlo. La clave para entender la estrategia geopolítica aglutinadora producto de estos enfoques estratégicos discordantes es comprender la prioridad que les da Putin y cuándo se basa más en uno que en otro.
Los problemas internos de Putin parecen inspirar su estrategia geopolítica global en el Mediterráneo. A su modo de ver, el auge de las fuerzas islamistas en Oriente Medio amenaza con extenderse a las zonas musulmanas de Rusia. Asimismo, considera que EE UU, la OTAN y la UE (sobre todo, aunque no solo, la ribera europea del Mediterráneo) pueden poner fin a su mandato, a base de abogar por la democracia.
La actitud adoptada ante esta amenaza doble del Mediterráneo tiene varias explicaciones, que encontramos en los otros tres enfoques. Cuando se siente más optimista, Putin parece seguir una especie de estrategia geopolítica global, consistente, por un lado, en actuar contra la “amenaza” occidental y, por otro, colaborar con Occidente contra las fuerzas islamistas. Esta estrategia parte de la convicción de que, independientemente de las diferencias de Occidente con Rusia, para el primero la amenaza islamista es una preocupación mayor, por lo que debería estar dispuesto a luchar con Rusia para contrarrestarla. Es más, Moscú cree que los países mediterráneos europeos y Turquía (e incluso Israel) lo comprenden, puesto que para ellos el peligro islamista es más inmediato. En consecuencia, deberían actuar para convencer a la Casa Blanca y a ciertos países nórdicos europeos de que este es un problema mucho más grave. Dicho de otro modo, a pesar de que no les gusten determinados aspectos de la política exterior rusa, “la lógica de la situación” llevará –no solo a los aliados de EE UU en el Mediterráneo, sino también al propio Washington– a aparcar los recelos occidentales con respecto a Moscú, para afrontar el desafío islamista común presente en esa región. Fue esta lógica la que, aun con las marcadas diferencias entre Rusia y gran parte de Occidente con respecto a Ucrania, alumbró la llamada de Putin a “unir esfuerzos para plantar cara a los problemas a los que todos nos enfrentamos y crear una coalición internacional realmente amplia contra el terrorismo”, en su discurso del 28 de septiembre de 2015 ante la Asamblea General de Naciones Unidas.
En cambio, cuando Putin es más pesimista y considera que Occidente se preocupa más por perjudicar a su país que por responder a la amenaza islamista –o quizás simplemente cuando surge la ocasión–, adopta un enfoque más táctico y fragmentado con respecto al Mediterráneo, en particular hacia el bando europeo y Turquía. Putin no ha fundado partidos de extrema derecha y extrema izquierda como el Frente Nacional en Francia, Podemos en España, Forza Italia y Liga del Norte en Italia, o SYRIZA y Amanecer Dorado en Grecia, hostiles a Washington, la OTAN y la UE. La popularidad política de estas formaciones, así como su postura generalmente favorable a Putin, no obstante, brindan la oportunidad de socavar los esfuerzos estadounidenses y de ciertas administraciones europeas claramente más antirrusas para aumentar las sanciones contra Rusia, e incluso socavar la OTAN y la UE, sobre todo si –como en Grecia– esos partidos llegan al gobierno.
Sin embargo, parece que, cuando apuesta por el pragmatismo, Putin adopta una estrategia en el Mediterráneo que privilegia ciertos propósitos en detrimento de otros. Es más, en las tres ocasiones recientes en que ha elegido qué intereses perseguir en el Mediterráneo, ha rehuido la confrontación y se ha inclinado por una estrategia pragmática.
Por ejemplo, en muchas ocasiones, Putin ha alzado la voz contra la intervención de varios países occidentales y árabes en 2011 contra Muamar Gadafi, prometiendo que no permitiría que algo similar sucediera en Siria. No obstante, el Kremlin ha establecido discretamente unas relaciones más o menos buenas con el gobierno libio pos-Gadafi, internacionalmente reconocido y con sede en Tobruk; así, se han recuperado varios acuerdos firmados durante el régimen anterior. Moscú también mantiene conversaciones con el gobierno rival de Trípoli. En este caso, a Putin le interesa más recuperar los vínculos comerciales con Libia que mantenerse apartado de las fuerzas responsables del derrocamiento del que fue tanto tiempo aliado de Moscú.
De todos es sabido que el presidente ruso apoyó en Egipto la destitución en 2013 del líder electo de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, encabezada por el antiguo jefe del ejército, Abdelfatah al Sisi. Asimismo, aprovechó que la administración Obama desaprobaba las acciones del militar para mejorar las relaciones de Moscú con El Cairo. Ahora bien, cuando Morsi ocupaba la presidencia en 2012-13, Putin tenía más o menos buenas relaciones con él. Ambos mandatarios se reunieron en las cumbres de los países BRICS en Suráfrica en marzo de 2013 y de nuevo en Sochi, Rusia, en abril de 2013. Al parecer, en esta última, acordaron que Rusia ayudaría a Egipto a construir un reactor nuclear y a desarrollar sus depósitos de uranio. En conclusión, cuando tuvo que decidir qué actitud adoptar ante un presidente egipcio de los Hermanos Musulmanes, Putin optó por un proceder de lo más pragmático.
Es más, cuando el primer ministro griego Alexis Tsipras pidió a Rusia apoyo económico para evitar las estrictas condiciones de rescate que imponían Alemania y la UE para resolver la crisis de la deuda helena, Putin se negó e instó a Tsipras a alcanzar un acuerdo con la Unión. Por lo visto, al mandatario ruso no le pareció que los aparentes réditos geopolíticos que Moscú podría obtener si Grecia se acercaba a Rusia y se alejaba de Bruselas y Washington compensaran la carga económica que su gobierno tendría que asumir si ayudaba a Atenas. Sin olvidar que las repercusiones económicas negativas que toda Europa hubiera sufrido a causa del “Grexit” también habrían perjudicado a Rusia. A pesar de las sanciones de Occidente, Moscú sigue prefiriendo una Europa más fuerte, que pueda permitirse comprar relativamente más petróleo ruso, antes que una más débil que no alcance a hacerlo. Así que, cuando llegó el momento de escoger entre potenciar los intereses económicos nacionales y socavar políticamente las instituciones europeas, un pragmático Putin se decantó por lo primero.
Estos ejemplos sugieren que, aunque hoy el presidente ruso apoye firmemente el régimen de Al Assad, si este se viene abajo, tratará de ser pragmático y forjar unas buenas relaciones con el régimen (o regímenes, si el país acaba fragmentado) que lo sustituya, si está dispuesto a trabajar con Rusia. Entonces tal vez Moscú pueda conservar (o recuperar, si las pierde) sus instalaciones militares en una Siria posterior a Al Assad. Y aunque eso no sea posible, tal vez podría instalar otras en Egipto, Chipre o Grecia. Ni que decir tiene, sin embargo, que Putin preferiría no verse obligado a tomar tales decisiones pragmáticas.
Para los países mediterráneos, y también para los que no lo son pero son activos en la región, es muy distinto cuando el Kremlin pone en práctica una estrategia global (y, por lo general, agresiva) en pro de todos o casi todos los intereses geopolíticos rusos a la vez; una estrategia fragmentada y táctica ante lo que considera maniobras agresivas occidentales (o sencillamente ante la oportunidad de hacerlo), o una estrategia por prioridades que a menudo favorece intereses pragmáticos en detrimento de otros más belicosos. Si es cierto, como hemos planteado, que las prioridades nacionales del líder ruso son la base de su estrategia geopolítica global en el Mediterráneo, sus percepciones variables de la intensidad de las amenazas a las que se enfrenta el país –tanto si provienen de Oriente Próximo como de la ribera europea o de ambos – influirán en las estrategias que escoja, los aliados (aunque sean solo temporales) que crea que pueden combatir tales amenazas y, por encima de todo, sí debe priorizar de un modo pragmático entre los intereses contradictorios de Rusia en la región.