Co-edition with Fundación Análisis de Política Exterior
Ideas Políticas

 La aceleración del orden de diversificación estratégica en Oriente Medio

John Calabrese
Profesor ayudante, Universidad Americana, Washington DC, e investigador principal no residente del Middle East Institute.

El impacto más trascendental de la guerra de Esta­dos Unidos e Israel contra Irán podría ser si el con­flicto redefine la forma en que los Estados de la región perciben la fiabilidad, la moderación y la utilidad es­tratégica de las grandes potencias. La guerra no es me­ramente un acontecimiento militar cuya importancia vendrá determinada por los resultados en el campo de batalla. Es una señal estratégica –que se está interpre­tando con atención en Riad, Ankara, Abu Dabi, El Cairo y más allá– y la señal que se está recibiendo no es la que Washington pretendía enviar.

LOS LÍMITES DE LA PRIMACÍA ESTADOUNIDENSE

Durante casi tres cuartos de siglo, Estados Unidos es­tructuró su estrategia hacia Oriente Medio en torno a una lógica coherente, aunque a menudo controvertida, según la cual el poder estadounidense respaldaba la es­tabilidad regional, sofocaba las amenazas antes de que se extendieran, garantizaba el libre flujo de petróleo a través de estrechos marítimos críticos y extendía un pa­raguas de seguridad que permitía a los gobiernos alia­dos aplazar decisiones difíciles. La lógica nunca estuvo exenta de críticas, y la ejecución nunca estuvo exenta de fallos.

Esa arquitectura se encuentra ahora visiblemente bajo presión por motivos que son anteriores al conflicto con Irán, pero que este ha acelerado significativamente. El problema fundamental no es solo que EEUU haya utilizado la fuerza. Es que la fuerza estadounidense ha producido repetidamente resultados que contradicen la lógica de la estabilidad utilizada para justificarla. La invasión de Irak en 2003 desmanteló el equilibrio de poder regional y permitió la expansión iraní que la política estadounidense lleva dos décadas intentando contener. Las intervenciones en Libia contribuyeron a crear un Estado fallido que se convirtió en un vector de inestabilidad en todo el norte de África. La retirada de Afganistán transmitió un mensaje sobre la capacidad de resistencia estadounidense que la región ya había per­cibido mucho antes del conflicto actual.

La guerra de Irán añade una nueva dimensión a este patrón. Los objetivos de la guerra han sido incoherentes desde el principio, oscilando entre la eliminación de la capacidad nuclear de Irán y aspiraciones más amplias de cambio de régimen o transformación estratégica. La brecha entre la retórica de distensión y el comporta­miento militar ha sido lo suficientemente amplia como para que se haya percibido en toda la región. Las líneas rojas han cambiado; las dinámicas de escalada han re­sultado difíciles de controlar.

El conflicto ha agudizado las dudas no sobre el po­der estadounidense en sí mismo, sino sobre la fiabili­dad, la competencia y el juicio estratégico que guían su uso. No son sinónimos, y no lo han sido desde hace tiempo. La capacidad militar de EEUU sigue siendo sin duda inigualable en potencia de fuego, logística, sofisticación tecnológica y capacidad de destrucción. Pero la capacidad militar es solo un componente de lo que convierte a una potencia externa en un socio es­tratégico útil. Los gobiernos regionales valoran cada

vez más no solo quién es capaz de ejercer su poderío militar, sino también quién puede traducirlo en resul­tados políticos duraderos sin provocar una escalada incontrolada.

El conflicto podría acelerar la transición de una era de primacía estadounidense a otra de desorden competitivo, en el que los Estados de Oriente Medio maniobran entre potencias rivales en lugar de depender de ellas

Los actores regionales no son ingenuos al respecto. Observan que las administraciones estadounidenses cambian de prioridades con cada ciclo electoral. Ven que las garantías de seguridad son condicionales, que las alianzas se instrumentalizan y que Estados Unidos ha reajustado o abandonado en repetidas ocasiones sus compromisos cuando cambian las prioridades nacio­nales o estratégicas. El conflicto con Irán no ha creado estas percepciones, sino que las ha consolidado.

Para muchos gobiernos de la región, el principal riesgo estratégico ya no radica únicamente en los es­fuerzos de Irán por ampliar su influencia y cuestionar el orden regional. También comprende el riesgo de verse involucrados en conflictos promovidos por potencias externas sobre los que apenas tienen capacidad de in­fluencia, así como la creciente incertidumbre acerca de su capacidad para moderarlos o contenerlos.

CHINA: LA BENEFICIARIA DE LA HIPEREXTENSIÓN ESTADOUNIDENSE

La posición de China en el orden cambiante de Oriente Medio se interpreta con frecuencia de forma errónea, ya sea como una potencia hegemónica emergente que se prepara para llenar el vacío dejado por la retirada estadounidense, o como un actor económico distante sin un papel estratégico significativo. Ninguna de estas descripciones refleja la realidad. La ventaja de Pekín es estructural y comparativa, más que absoluta. China no está “ganándose” Oriente Medio. Se está beneficiando de las pérdidas autoinfligidas de Washington.

El punto de partida para comprender la posición de China son sus vulnerabilidades reales en la región. Pe­kín depende en gran medida de la energía del Golfo, una dependencia que persistirá a pesar de la expansión de las energías renovables. Las inversiones de la Iniciativa de la Franja y la Ruta atraviesan entornos políticamen­te inestables. Las rutas marítimas a través del estrecho de Ormuz y el mar Rojo son fundamentales para el co­mercio chino, pero están fuera del alcance de Pekín para garantizar su seguridad. China carece de estructuras de alianzas regionales, de capacidad militar expedicio­naria y de cualquier tipo de compromisos de seguridad que tales funciones requerirían. Por tanto, un conflicto regional prolongado se traduce en una exposición eco­nómica directa.

Sin embargo, la guerra de Irán refuerza la posi­ción diplomática de China, al tiempo que acentúa es­tas vulnerabilidades. Esta aparente paradoja refleja un desajuste entre lo que buscan los Estados de la región y lo que ofrece Pekín. No buscan un nuevo protector; la experiencia histórica con los protectores externos ha sido, en el mejor de los casos, irregular. En cambio, dan prioridad a las alianzas diversificadas que reducen la dependencia de la volatilidad de una sola potencia. China, a pesar de sus limitaciones, se presenta como un país comprometido económicamente, moderado en su retórica y deliberadamente contrario a la escalada.

China no está sustituyendo al orden liderado por EEUU. Se está beneficiando de la erosión
de dicho orden, sin necesidad de asumir las responsabilidades correspondientes

Pekín ha cultivado de forma activa este posiciona­miento, haciendo hincapié en la soberanía y la resolu­ción diplomática, al tiempo que contrasta su enfoque con lo que califica de militarismo estadounidense. Se trata, en parte, de un relato construido. Pero los rela­tos ganan fuerza cuando se alinean con el comporta­miento observado. Para muchos gobiernos regionales, la conducta de EEUU durante el conflicto con Irán ha reforzado la credibilidad de China. El acuerdo de nor­malización entre Arabia Saudí e Irán de 2023, negocia­do por Pekín, ya demostró que China podía producir resultados diplomáticos en áreas en las que Washington se había vuelto más rígido –un acontecimiento que un politólogo emiratí describió como el inicio de una nueva “era posamericana en el Golfo”. El conflicto actual po­dría reforzar esa percepción.

La diferencia analítica clave es que China no está sustituyendo al orden liderado por EEUU. Se está be­neficiando de la erosión de dicho orden. Son cosas fun­damentalmente diferentes. La primera requeriría que China asumiera las cargas de seguridad, los compromi­sos institucionales y los riesgos políticos que conlleva el orden en una región compleja. China no muestra nin­gún interés en ello. La segunda solo exige que China se mantenga relativamente predecible, económicamente relevante y bien posicionada retóricamente, mientras EEUU quema su credibilidad de tal forma que mejora la posición relativa de Pekín sin exigirle que asuma las responsabilidades correspondientes.

RUSIA: OPORTUNISMO EN MEDIO DE UN DECLIVE CONTROLADO

El papel de Rusia en el orden regional cambiante difie­re fundamentalmente del de China. Pekín se beneficia de su peso económico y de una relativa moderación. Moscú opera desde una posición de debilidad estruc­tural gestionada mediante la desestabilización táctica. Su influencia en Oriente Medio sigue siendo real, pero cada vez más oportunista. Rusia está menos interesa­da en construir un nuevo orden regional que en impe­dir que se consolide uno basado en las preferencias occidentales.

El presidente ruso Vladimir Putin y el presidente de EAU, Mohammed bin Zayed Al Nahyan, en la capital rusa, Moscú. Enero 29, 2026. (Foto por Sefa Karacan/Anadolu via Getty Images)

Este enfoque refleja tanto una intención estratégica como una limitación material. Rusia carece de la capa­cidad económica para competir seriamente con EEUU o China como proveedora de bienes públicos regiona­les. Su capacidad militar se ve limitada por la guerra en Ucrania, su economía sigue siendo vulnerable a las sanciones y a la debilidad estructural, y su capacidad para proyectar un poder sostenido en toda la región es limitada. A pesar de haber firmado un amplio pacto es­tratégico con Teherán en enero de 2025, Rusia se limitó a condenar de boquilla los ataques estadounidenses e israelíes durante el conflicto con Irán y se abstuvo de prestar una ayuda militar significativa, lo que reafirma que Moscú ya no puede influir en la dinámica de seguri­dad de Oriente Medio y que, en cambio, se esfuerza por conservar los últimos vestigios de su influencia.

La ventaja de Rusia no radica en ofrecer un orden superior, sino en operar eficazmente en el
seno de la propia inestabilidad crónica

Lo que Moscú aún puede ofrecer es algo diferente: flexibilidad diplomática, relaciones en materia de arma­mento, coordinación energética a través de la OPEP+, y una disposición a desafiar las preferencias estadou­nidenses sin imponer condiciones políticas. El cierre del estrecho de Ormuz ha provocado una subida de los precios del petróleo, lo que ha supuesto unos ingresos muy necesarios al maltrecho presupuesto estatal ruso: una ganancia inesperada obtenida de una crisis que Moscú no hizo nada por evitar. La ventaja comparativa de Rusia no radica en ofrecer un orden superior, sino en operar eficazmente en el seno de la propia inestabilidad crónica.

A diferencia de China, que en última instancia re­quiere un entorno regional relativamente predecible para proteger los flujos comerciales y energéticos, Mos­cú suele ganar influencia precisamente allí donde se intensifican la incertidumbre, la desconfianza y la com­petencia geopolítica. El conflicto con Irán ha acelerado ese tipo de entorno.

EL AUGE DE LA DIVERSIFICACIÓN ESTRATÉGICA

El desarrollo geopolítico más trascendental que surge del conflicto con Irán no se está produciendo princi­palmente en Washington, Pekín o Moscú. Se está de­sarrollando en los cálculos estratégicos de los propios Estados de la región –en la recalibración cada vez más sistemática que se está llevando a cabo en Riad, Abu Dabi, Ankara, El Cairo y otros lugares.

Estos Estados no están tomando partido en una nueva guerra fría. Los gobiernos de Oriente Medio no buscan una alineación ideológica, sino que se plantean cuestiones más inmediatas: qué relaciones refuerzan la autonomía, qué dependencias generan vulnerabilidad y qué actores externos son lo suficientemente fiables como para colaborar con ellos sin generar nuevos riesgos.

La respuesta apunta cada vez más hacia una ali­neación multivectorial y una diplomacia transaccional diseñada para maximizar la flexibilidad. Este patrón se observa en el comportamiento de toda la región.

Arabia Saudí restableció las relaciones diplomáticas con Irán mediante un acuerdo facilitado por Pekín, al tiempo que buscaba garantías de seguridad y coo­peración en materia de defensa por parte de Estados Unidos. Posteriormente, se unió a los BRICS en enero de 2024, un movimiento que el ministro de Asuntos Exteriores saudí, Faisal bin Farhan al Saud, describió como “un canal beneficioso e importante” para la coo­peración económica, más que como un compromiso ideológico.

Emiratos Árabes Unidos ha estrechado sus vínculos tecnológicos con EEUU mediante una alianza de 1.500 millones de dólares con Microsoft a través de su empre­sa insignia de inteligencia artificial, G42, al tiempo que ha mantenido una amplia infraestructura tecnológica china que provocó la presión de EEUU para obligar a G42 a elegir entre Washington y Pekín. Una exigencia que Abu Dabi sorteó desinvirtiendo formalmente en empresas chinas, pero conservando una ambigüedad estratégica más amplia.

Turquía, miembro de la OTAN, adquirió el sistema de defensa aérea ruso S-400 en 2019, lo que provocó su expulsión del programa F-35 –una medida que, según los analistas, tenía como objetivo principal afirmar su independencia estratégica respecto a los aliados de la OTAN, más que alinearse realmente con Moscú. La po­lítica exterior de Turquía en 2025 siguió definiéndose menos por la elección de bandos que por la gestión de la exposición al riesgo y el mantenimiento de la relevancia en múltiples escenarios, incluyendo su papel como me­diador clave entre Rusia y Ucrania.

Estas alianzas no constituyen bloques coherentes ni un realineamiento ideológico. Funcionan, más bien, como mecanismos de seguridad que se solapan en una región marcada por la incertidumbre sobre la fiabilidad de los actores externos. La hipótesis subyacente no es que EEUU se esté retirando de Oriente Medio, sino que ninguna potencia externa –incluido EEUU– puede con­siderarse un garante de la estabilidad totalmente fiable.

Esta trayectoria se ve reforzada por la probable per­sistencia del poder iraní. Si Teherán sale debilitado pero políticamente consolidado y estratégicamente adapta­ble, los gobiernos regionales podrían considerar sus capacidades disuasorias y sus redes de representantes como características estructurales duraderas, en lugar de retos temporales. En tales condiciones, la diversifica­ción de riesgos se convierte menos en una elección que en una necesidad inherente al propio entorno de segu­ridad regional.

El orden emergente no es, por tanto, multipolar en el sentido clásico. Es un orden de diversificación estra­tégica: uno en el que los Estados regionales tratan a to­das las potencias externas como simultáneamente úti­les y potencialmente arriesgadas –fuentes de influencia, pero también fuentes de exposición.

Esto marca un cambio más profundo en la geopo­lítica de Oriente Medio. Incluso los Estados que en su día organizaron sus estrategias en torno a la primacía estadounidense actúan ahora partiendo de la premisa de que la dependencia en sí misma se ha convertido en un lastre. La resiliencia requiere cada vez más diversifi­cación, distancia controlada y maniobrabilidad sosteni­da entre polos externos en competencia, en lugar de la dependencia de uno solo.

CONCLUSIÓN

Al analizar las consecuencias geopolíticas del conflicto con Irán, existe la tentación de recurrir a una narrativa simplista en la que China sustituye a Estados Unidos como nueva potencia hegemónica, llenando el vacío dejado por la sobreexpansión estadounidense. Esa na­rrativa es errónea, no solo porque China carece de la capacidad o la voluntad de garantizar la seguridad re­gional, sino porque da por sentado que el orden regional debe ser necesariamente hegemónico y que la primacía siempre se sustituye, en lugar de diluirse.

La conclusión más acertada es menos ordenada. La guerra con Irán podría marcar un punto de inflexión, no por el surgimiento de una potencia sucesora, sino por la mayor erosión de las condiciones que hacen posible un orden regional jerárquico. La superioridad militar estadounidense seguirá siendo inigualable en el futuro previsible, pero está cada vez más desvinculada de la ge­neración de coherencia estratégica. La cuestión central ya no es quién puede imponerse en un conflicto, sino quién puede proporcionar la previsibilidad y la consis­tencia necesarias para la alineación a largo plazo y las decisiones de inversión.

La característica que define la era emergente no es quién lidera la región, sino la ausencia
total de cualquier elemento que ejerza un liderazgo

En estas dimensiones –legitimidad, previsibilidad y coherencia estratégica– el desempeño de EEUU se ha debilitado de manera más visible, y son estas carencias las que ahora estructuran el comportamiento regional. Rusia seguirá explotando la inestabilidad sin ser capaz de organizarla. China ampliará sus lazos económicos y su presencia diplomática sin asumir cargas de segu­ridad. Los Estados de la región seguirán cubriéndose las espaldas, diversificando y compartimentando sus relaciones, forjando resiliencia precisamente frente a la volatilidad de las grandes potencias, incluida la de EEUU.

El resultado no es una transición de un orden a otro, sino un cambio hacia una situación más duradera: el desorden competitivo. Se trata de un sistema en el que ningún poder externo puede imponer una estructura de forma fiable, en el que los Estados de la región actúan mediante un equilibrio continuo en lugar de una alinea­ción estable, y en el que el dominio militar estadouni­dense coexiste con una centralidad estratégica en decli­ve. La característica que define la era emergente no es quién lidera la región, sino la ausencia total de cualquier elemento que ejerza un liderazgo./

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