El movimiento Gen Z 212 y la privación en la era de la globalización digital
La aparición del movimiento Gen Z 212 a finales de 2025 marca un punto de inflexión en la “gramática de la protesta” en Marruecos. Esta coalición sin líderes, nativa digital, que toma su nombre del prefijo telefónico internacional del país, supone una ruptura con las formas tradicionales de protesta y cuestiona eficazmente el repertorio de medidas de contención del Estado. Aunque sus reivindicaciones –que van desde la exclusión económica y el deterioro de los servicios públicos hasta la corrupción sistémica– reflejan las principales demandas del movimiento del 20 de febrero de 2011 y del Movimiento Popular del Rif (Hirak del Rif) de 2017, su composición demográfica y su infraestructura tecnológica representan una nueva frontera en la vida política marroquí.
Entre septiembre y octubre de 2025, una ola de movilización nacional exigió una revisión fundamental del contrato social. Estos disturbios se produjeron en un momento crítico: un periodo delicado marcado por una posible transición en el poder, centrada en la salud del rey Mohamed VI y el ascenso al poder del príncipe heredero Moulay Hassan. Al mismo tiempo, la atención internacional suscitada por la organización en Marruecos de la Copa Africana de Naciones (entre diciembre de 2025 y enero de 2026) y de la Copa Mundial de Fútbol 2030, ha creado un contexto en el que la respuesta tradicional del régimen, basada en “la zanahoria y el palo”, se ha visto sometida a una presión sin precedentes.
La intensidad y la dimensión de las manifestaciones plantean una cuestión sociológica fundamental: ¿por qué se rebelan los jóvenes marroquíes? Esta pregunta nos remite directamente a la obra del politólogo estadounidense Ted Robert Gurr, cuyo estudio publicado en 1970, Why Men Rebel, sigue siendo una referencia para comprender la violencia política. Gurr sostiene que el principal motor de la rebelión nunca es la pobreza absoluta, sino la “privación relativa”; es decir, la brecha percibida entre las “expectativas de valor” (los bienes y las condiciones de vida a los que las personas consideran que tienen derecho) y las “capacidades de valor” (las condiciones que consideran que realmente pueden alcanzar y mantener). Cuando esta frustración se vuelve colectiva y se dirige contra el sistema político, genera una fuerte propensión a la protesta y al cambio sistémico.
Este artículo se propone recuperar este marco conceptual para analizar el surgimiento de los movimientos de protesta de la generación Z en el Marruecos contemporáneo, caracterizado por una fase de “hipermodernización”. Examinamos cómo el despliegue de infraestructuras de prestigio –auténticos “escaparates” de un Estado en busca de modernidad– ha dilatado artificialmente las expectativas de valor de una juventud conectada. Este diagnóstico revela una colisión brutal entre estas aspiraciones de progreso y el estancamiento de las capacidades de valor reales, que se ve agravado por el declive de las redes de seguridad social.
Inversiones ‘escaparate’ frente a agravios socioeconómicos de larga duración
El catalizador inmediato del movimiento Gen Z 212 fue la muerte de varias mujeres en agosto de 2025 en la unidad de maternidad del hospital regional Hassan II de Agadir. En apenas 10 días, ocho mujeres fallecieron debido a complicaciones durante el parto. Estos sucesos sirvieron como símbolo visceral de la disparidad estructural entre los grandes proyectos de infraestructura del Estado y la realidad que viven sus ciudadanos. Mientras el Ministerio de Sanidad intentaba calificar estas muertes de “anomalías estadísticas”, unas imágenes filtradas que mostraban gatos callejeros y basura en los quirófanos del hospital desmantelaron la versión oficial.
El escándalo puso de manifiesto la existencia de un “Marruecos a dos velocidades”: una nación en la que el Estado destina miles de millones a un tren de alta velocidad ultramoderno y a estadios relucientes para espectáculos mundiales, mientras que casi la mitad de los hogares rurales carecen de acceso a los servicios sanitarios básicos, al agua corriente o a la electricidad.
De hecho, desde un punto de vista puramente macroeconómico, el Marruecos de 2024-2025 mostraba una resiliencia que alimentaba las expectativas de la población. Los indicadores globales apuntaban al alza: tras una consolidación en 2024, las proyecciones del Fondo Monetario Internacional y del Alto Comisionado de Planificación (HCP) pronosticaban una aceleración del crecimiento del PIB, que alcanzaría el 4,4% en 2025. Paralelamente, el Estado logró la proeza de estabilizar la inflación, situándola por debajo del umbral del 2%, ofreciendo así una imagen de control monetario y dinamismo recuperado.
Esta aparente salud de los agregados nacionales, unida a una política de grandes obras públicas, proyecta la imagen de un país en pleno ascenso. Sin embargo, siguiendo la lógica de Gurr, esta progresión de los indicadores “escaparate” no hace más que acentuar la sensación de privación cuando los beneficios de este crecimiento no se filtran hacia las capacidades individuales, especialmente para una generación Z que observa este despegue económico desde la periferia del mercado laboral.
Según una encuesta de 2025 realizada a 585 marroquíes por la Moroccan Center for Youth and Democratic Transition y la Fundación Friedrich Ebert, la elevada tasa de desempleo figura entre las causas más citadas para explicar la crisis socioeconómica. De hecho, el paro juvenil, que superó el 35% en 2024 (y rozó el 47% en los centros urbanos), ha creado un “horizonte bloqueado” para una generación cuyos logros educativos ya no se traducen en movilidad social. Según esta encuesta, el 90,4% de los encuestados declaró que la falta de un trabajo decente era la principal motivación para emigrar, lo que revela una “crisis de confianza en el mercado laboral local”. Otros señalan también la mediocridad de los servicios sociales y sanitarios (60,5%), así como unos servicios educativos deficientes (39,7%), como causas de su malestar.
Estos agravios se basan en un sentimiento de negación de la dignidad, o hogra, la humillación sistémica del ciudadano por parte de un Estado indiferente. Este sentimiento ha cristalizado aún más a raíz de una gestión de la crisis considerada deficiente. El terremoto del Alto Atlas en 2023 es un buen ejemplo: la parálisis inicial del aparato estatal transformó la urgencia humanitaria en una crisis de legitimidad. En las regiones aisladas, mayoritariamente amazigh, el retraso de los equipos de rescate se vivió como una prueba tangible del abandono estatal, lo que ahondó la brecha entre el “Marruecos útil” de las infraestructuras emblemáticas y el “Marruecos profundo” de las zonas marginales abandonadas.

Al mismo tiempo, la gestión de la sequía histórica de 2022-2024 asestó un golpe fatal a las capacidades de subsistencia de la población rural. Como principal proveedor de empleo, el sector agrícola sufrió una presión sin precedentes que conllevó la destrucción de 140.000 puestos de trabajo. Con una producción de cereales reducida en casi un 50%, la inflación alimentaria actuó como un impuesto sobre la supervivencia, precipitando el éxodo rural masivo. Este trasvase de la precariedad hacia los centros urbanos saturó unas infraestructuras ya frágiles, transformando la desilusión del campo en un polvorín social en el corazón de las metrópolis.
Para una parte significativa de la juventud marroquí, este “horizonte bloqueado”, agravado por una deficiente gestión de la crisis, ha reducido durante mucho tiempo la migración a una necesidad estructural, la única vía de escape ante un contrato social fallido. Las estadísticas de 2025 confirman esta tensión: revelan que alrededor del 42,6% de los marroquíes menores de 30 años expresan el deseo de marcharse. Sin embargo, se está produciendo un profundo cambio en el seno de la generación Z: con más formación que sus predecesores e “hiperconectada”, esta generación ya no se conforma con huir.
Este fenómeno puede analizarse a través de los mecanismos de regulación social salida-voz-lealtad (exit-voice-loyalty), teorizados por Albert Hirschman en 1970. Así, la huida ya no es la única vía contemplada por la generación Z marroquí. Su capacidad para comparar, en tiempo real, los estándares de gobernanza mundiales con la realidad local alimenta, en esta categoría generacional, la exigencia y la reivindicación de dignidad nacional (voz). Conscientes de que la migración no resuelve las causas profundas de la hogra, estos jóvenes transforman su desilusión en un compromiso cívico y digital sin precedentes. El acceso a la información ya no actúa como un mero espejo de las desigualdades; funciona como un catalizador de conciencia política, transformando el deseo de abandonar el país en una férrea voluntad de transformar Marruecos desde dentro (lealtad). Este cambio de rumbo de la juventud marroquí ilustra perfectamente la transición de la huida (la deserción mediante el exilio) a la voz (la protesta) y, finalmente, hacia la lealtad (hacia el país, aunque sea crítica).
El análisis del surgimiento del movimiento Gen Z 212 muestra, por tanto, que la protesta no se desencadenó por una pobreza absoluta, sino por la brecha percibida entre las expectativas y las capacidades. Los proyectos de modernización “escaparate” del Estado marroquí han alimentado las expectativas de la juventud al proyectar la imagen de una nación próspera de talla mundial. Sin embargo, las capacidades del Estado para responder a las exigencias de dignidad de la población siguen siendo deficientes. Para una generación mejor informada y conectada, esta brecha se vuelve más visible y más intolerable, transformando la frustración privada en una disposición colectiva a la contestación política, incluso en un contexto autoritario.
La digitalización de la protesta
Si bien la organización de la acción colectiva a través de las redes sociales es un legado ya clásico de las primaveras árabes, la transformación de estas plataformas en auténticas ágoras democráticas en contextos autoritarios supone, en el caso marroquí, una ruptura paradigmática. El movimiento Gen Z 212 cristalizó sus primeras acciones a mediados de septiembre en la plataforma Discord, siguiendo los pasos del movimiento nepalí que, ya en septiembre de 2025, había transformado un servidor de 160.000 miembros en un verdadero “parlamento virtual”.
Para la juventud marroquí, esta plataforma, concebida inicialmente para la comunidad de gamers, ha permitido una agilidad y una seguridad sin precedentes. Tras la tragedia en el hospital de Agadir, el servidor de Gen Z 212 experimentó un crecimiento exponencial, pasando de 1.000 a más de 250.000 miembros en tan solo unos días. Convertida en un auténtico “laboratorio político”, esta red ha permitido conectar a ciudadanos de todas las metrópolis del Reino (Casablanca, Rabat, Agadir, Tánger), logrando forjar un consenso orgánico sobre la necesidad de coordinar manifestaciones a escala nacional.
Lejos del arrebato ciego de los disturbios espontáneos, la generación Z ha sabido canalizar su frustración en una movilización digital, horizontal y anónima. Al apostar por Discord, ha cortocircuitado deliberadamente a los intermediarios (partidos y sindicatos), percibidos como obsoletos o comprometidos. Esta ausencia de estructura piramidal ha neutralizado también, por extensión, los resortes estatales clásicos, haciendo que cualquier intento de apropiarse del movimiento resultara especialmente difícil para el Estado.
La respuesta del Estado a esta nueva forma de movilización ha seguido una doble estrategia que combina retórica reformista y medidas coercitivas. Sin embargo, la eficacia de esta estrategia de contención diferida ahora se ve cuestionada de forma más sistemática. Si bien el discurso pronunciado por el rey Mohamed VI ante el Parlamento en octubre de 2025 apelaba a la rápida puesta en marcha de reformas sociales –especialmente mediante un aumento significativo del 16% en los presupuestos de sanidad y educación–, evitaba mencionar directamente las manifestaciones, presentando la crisis como un problema de ineficacia administrativa más que de legitimidad política.
Simultáneamente, los servicios de seguridad lanzaron una dura represión, deteniendo a más de 2.000 manifestantes e imponiendo largas penas de prisión a los acusados de “incitación a la agitación”. Solo el tribunal de apelación de Agadir dictó 162 años de penas acumuladas contra 17 jóvenes, una decisión que puso de manifiesto el temor subyacente del régimen ante la naturaleza difusa e incontrolable del movimiento. No obstante, esta severidad no hace más que reforzar la legitimidad de la ira que pretende reprimir, erosionando aún más la credibilidad interna del Estado.
El movimiento Gen Z 212 sugiere que la “excepción marroquí” –la idea de que el Reino podría evitar las turbulencias de la primavera árabe mediante reformas cosméticas– ha llegado a su límite. La juventud de la generación Z no tiene ni la paciencia ni las ilusiones de la generación de 2011. La supervivencia del actual contrato social depende ahora menos de la capacidad del Estado marroquí para redistribuir la riqueza o reprimir la disidencia que de su capacidad para devolverle el sentido y restablecer la confianza institucional. El Estado marroquí debe decidir si considera a esta generación nativa digital como una amenaza que debe gestionar o como una oportunidad para reinventar un relato colectivo capaz de mantener la estabilidad del Reino en las próximas décadas. La incapacidad del Estado para integrar esta transformación digital lo condena a la impotencia.
Repercusión global del movimiento de protesta
El movimiento Gen Z 212 se define no solo por sus reivindicaciones locales, sino también por una profunda repercusión mundial que inscribe a la juventud marroquí en una red transnacional de protestas. Al adoptar símbolos universales de la cultura pop, en particular la bandera pirata del manga One Piece, los jóvenes marroquíes muestran su pertenencia a una generación “pirata” global. Esta generación rechaza las jerarquías tradicionales y el capitalismo “mudo” en favor de una justicia social “resonante”, demostrando que el movimiento Gen Z 212 es el capítulo local de un imaginario mundial que exige una reinvención total del contrato social, que se basaría en la reciprocidad mutua más que en la indiferencia sistémica.
Para la cohorte Z 212, el Estado marroquí se ha convertido en un instrumento mudo de alienación, que prioriza los proyectos de prestigio mundial mientras permanece sordo a las necesidades fisiológicas y de dignidad de sus ciudadanos. El movimiento de la generación Z es, por tanto, un intento de establecer una esfera de resonancia donde sus voces generen un eco tangible. En un mundo digital sin fronteras, la generación Z marroquí ya no compara su calidad de vida con la de la generación de sus padres (que podría haber aceptado una monarquía reformista), sino con la de sus pares en París, Madrid, Antananarivo o incluso Katmandú. Al ser testigos de la “rebelión global” de los levantamientos liderados por los jóvenes en países como Nepal, Indonesia, Madagascar y los Balcanes, sus expectativas en cuanto a la responsabilidad del Estado han aumentado. Se podría argumentar que la caída del gobierno nepalí en septiembre de 2025 actuó como una “prueba de concepto”, reduciendo drásticamente el coste psicológico de la disidencia. El triunfo electoral de Balendra Shah el 7 de marzo de 2026, seis meses después del levantamiento de la generación Z nepalí, transforma la insurrección en un éxito político institucional. Un precedente de este tipo envía un mensaje contundente: la generación Z podría derribar las estructuras establecidas e imponer una nueva forma de gobierno.
En Marruecos, esta visión internacionalista de la protesta se refleja claramente en la movilización en torno a la causa palestina. Tras la normalización de las relaciones con Israel en 2020, muchos jóvenes marroquíes comenzaron a considerar esta política exterior como el símbolo de una brecha cada vez mayor entre el Estado y la sociedad. Los datos del Barómetro Árabe subrayan este cambio: el apoyo a la normalización cayó del 31% en 2022 a tan solo el 13% en 2024. Para estos jóvenes manifestantes marroquíes, la lucha palestina es un símbolo localizado de la hogra. Al adoptar el eslogan “no hay justicia allí sin justicia aquí”, los manifestantes han vinculado eficazmente su lucha contra la corrupción local y la injusticia social a una condena más amplia de un sistema mundial que, en su opinión, prioriza los intereses políticos y económicos globales en detrimento de la vida humana.
Esta resonancia transnacional se ve amplificada por la participación activa de la diáspora marroquí, que también sirve de puente entre el activismo local y la visibilidad internacional. Un ejemplo elocuente es el de Zineb El Kharroubi, una militante de Gen Z 212 residente en París que ha pagado un alto precio por su compromiso; es la primera activista de la diáspora de esta generación en ser procesada en Marruecos por “incitación a alterar el orden público” a través de las redes sociales. Su caso revela, asimismo, que el Estado marroquí considera el activismo de la diáspora como una amenaza potencial. Gracias a un sofisticado sistema de retroalimentación digital, la diáspora selecciona y traduce sin editarlos testimonios procedentes de Marruecos para un público global. Al difundir este contenido entre los medios internacionales y los grupos de defensa de los derechos humanos, aumenta considerablemente el coste diplomático y reputacional de la represión estatal.
Conclusión: hacia una nueva gramática del reconocimiento
El movimiento Gen Z 212 ha redefinido fundamentalmente las fronteras de la protesta en Marruecos. Al ir más allá de las explosiones episódicas de décadas anteriores, ha institucionalizado una nueva “gramática de la protesta” que se basa tanto en la infraestructura digital como en la ocupación física. Aunque las movilizaciones masivas de finales de 2025 han dado paso a una fase de “baja intensidad pero alta visibilidad” en este inicio de 2026, el impacto del movimiento sigue siendo profundo. Pasar de los disturbios a la defensa en sede judicial de activistas como Zineb El Kharroubi, junto con la focalización digital en el “precedente de Agadir”, demuestra una madurez táctica: el movimiento ha transformado la respuesta carcelaria en un espectáculo recurrente de la hogra, alimentando sin descanso la indignación pública.
La reacción del Estado –un aumento del 16% del gasto social y la rebaja de la edad para las candidaturas políticas– supone una admisión tácita de este nuevo poder. Sin embargo, desde la perspectiva de la privación relativa de Ted Gurr, estas concesiones corren el riesgo de quedar en nada. El Estado intenta ajustar las “capacidades de valor” (el presupuesto), pero no logra satisfacer las “expectativas de valor” de una generación cuya dignidad se mide ahora en función de un estándar global. Mientras los proyectos emblemáticos de la Copa del Mundo 2030 proyecten su sombra sobre el deterioro de los hospitales regionales, la brecha psicológica que alimenta la rebelión seguirá abierta.
Más allá de lo material, lo que se plantea es la cuestión de la intersubjetividad. La Gen Z 212 se niega a ser un mero “objeto” de gobernanza; exige ser reconocida como un “sujeto” con aspiraciones globalizadas. Frente a un Estado que prioriza la eficacia administrativa muda, la juventud reclama “resonancia”. Al obstinarse en la gestión policial de las amenazas, el Majzén alcanza su límite estructural: la juventud no solo pide una redistribución de la riqueza, sino una redistribución del sentido.
En un giro histórico sorprendente, mientras las libertades democráticas se desvanecen en el corazón de una Europa sumida en el repliegue, la llama del ideal democrático y de la solidaridad parece encontrar hoy a sus defensores más ardientes en la generación Z de los países del Sur. Esta juventud marroquí ya no se conforma con aspirar a Occidente; reclama sus principios allí donde nacieron, recordando al mundo que la democracia está ahora en manos de aquellos a quienes el orden global intentaba mantener en la periferia.
Así pues, la supervivencia del contrato social marroquí depende ahora de la capacidad de la monarquía para superar la lógica de “la zanahoria y el palo” e instaurar una resonancia auténtica. Los procesos judiciales abiertos en 2026 contra los manifestantes de la generación Z no son, por tanto, un epílogo, sino el preludio de una nueva era en la que la responsabilidad y el reconocimiento se han convertido en exigencias no negociables./