Això era casa meva: esto era mi casa. Entrevista a Gabriel Garroum y Xavier Segura

Teresa Gil Ricol

Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE)

Gabriel Garroum y Xavier Segura son los jóvenes autores de Això era casa meva [Esto era mi casa], un documental que explora la guerra de Siria y lo que significa ser «sirio» de una manera sutil, humana y empática. Segura, director y realizador, acompaña a su amigo Garroum, politólogo hijo de padre sirio y madre catalana, en el viaje a su casa en Alepo siete años después de que empezara la guerra. El documental se aleja de un análisis frío del conflicto para ofrecer un atisbo de cómo penetra la guerra en el día a día de las personas, cómo rompe la frontera que separa los espacios público y privado, y cómo reconfigura la identidad de las personas que la sufren.


View of Aleppo (Xavier Segura).

Teresa Gil Ricol: Vuestro viaje empieza en Barcelona y acaba en Alepo, pasando por las capitales del Líbano y Siria, Beirut y Damasco, recopilando testimonios de habitantes de la región y de la propia familia de Gabriel. En él se reflexiona sobre el modelo de reconstrucción de la ciudad de Alepo, tanto en el plan urbanístico, como en aquello intangible: las identidades, las heridas y la paz. ¿Cómo nació la idea de hacer el documental Això era casa meva?

Xavier Segura: Gabriel y yo somos amigos desde la adolescencia. La idea del documental nace el día en que leí su artículo en El Confidencial, «El librero de Alepo que no cerró en toda la guerra». El artículo trataba sobre su viaje a Alepo en octubre de 2017 y su conversación con Jabra, el librero que también aparece en el documental. Le comenté a Gabriel cuánto me había gustado, cómo me había sorprendido el hecho de que hubiera ido a un sitio que me parecía inaccesible y contara esa historia. Yo me dedico al mundo audiovisual, y le propuse acompañarlo en su próximo viaje a Siria para grabar más entrevistas. Al cabo de un mes, me dijo «Si quieres, vamos a intentarlo». Y así empezó.

Gabriel Garroum: En un inicio no teníamos la idea de hacer un documental. Yo estoy cursando mi doctorado en el King’s College de Londres, en el departamento de Estudios de la guerra. Tenía que ir a Siria para realizar unas entrevistas y Xavier vino conmigo. Fuimos a Alepo las dos primera semanas de agosto de 2018, acompañados por mi padre, con la idea de hacer el documental, pero éramos conscientes de las posibles limitaciones al tratarse una zona complicada, con difícil acceso a las personas, material limitado, y sin saber qué pasaría.

T.G.R.: ¿Contasteis con financiación del King’s College o de alguna otra entidad? ¿Teníais fecha límite para hacerlo?

X.S.: Presupuesto cero. Al hacerlo nosotros por nuestra cuenta, no teníamos fecha límite, pero fijamos mediados de mayo de 2019 como fecha indicativa. Y así ha sido, porque el documental se estrenó el 3 de mayo. Yo nunca había grabado un documental. Fuimos con lo mínimo: un trípode, un micro de corbata y una cámara Canon 5D Marc III, lo bastante manejable y con suficiente calidad, pero lo bastante pequeña para no intimidar. Jordi Artola, el editor, hizo maravillas con el material que le di. 

G.G.: Tuvo una actitud muy colaborativa. Nos ayudaron también, de forma desinteresada, Sergi Comabella en grafismo, Francisco Gosalves en la postproducción de audio y Nieves Tirado y Wael Mejri en la traducción. Fue bonito ver interés de todos ellos en nuestro proyecto, y la libertad que suponía no rendir cuentas a nadie más que a nosotros, aunque la situación de precariedad en la que realizamos el documental también fue dura. 

T.G.R.: A pesar de haber sido un proyecto que se ha creado sobre la marcha, debíais de tener unos objetivos iniciales.

G.G.: Sí. Quería presentar la guerra de Siria, algo que queda muy lejos, que está rodeada de mucha violencia y genera mucho rechazo, y acercarla sin agresividad, no hacer el típico análisis de guerra. Nos llega tanta, tanta información sobre el conflicto: noticias, imágenes, vídeos, y todo parece tan lejano. Deseaba acercar la situación de Siria a las personas que vieran el documental, para hacerles comprender qué significa el día a día de vivir un conflicto armado, o de tener familia que vive el conflicto. 

X.S.: Por mi parte, tenía tres objetivos: personal, profesional y de amistad. Personal, porque era una decisión que debía tomar: ir a un país en una situación delicada, en la que nunca había estado; profesional, porque nunca había hecho un documental y quería ver hasta dónde podía llegar con lo que teníamos; y de amistad, porque me permitió entender a Gabriel de una manera más profunda. 

T.G.R.: ¿Creéis que estos objetivos se han alcanzado?

G.G.: Sí, sí. Creo que además de generar empatía, Això era casa meva es un documental honesto. No busca venderte nada ni genera empatía facilona. Desde mi punto de vista, es lo más honesto que hemos podido hacer. En lo que respecta a los temas políticos que aparecen, intento moderar mucho, de la manera más franca que puedo. Y los testigos son muy empáticos. Aparecen mi tía, mi prima, un señor que vende libros, un panadero. Creo que cualquier persona que lo ve puede verse reflejada en ellos. 

X.S.: Yo también creo que los hemos alcanzado. Al final hemos creado un documental bien hecho, que ha gustado a la audiencia. Y porque Gabriel y yo pasamos dos semanas en Siria trabajando juntos, ¡y no acabamos enfadados!

T.G.R: Uno de los temas más importantes del documental es la identidad, y tú hablas de tu identidad siria. En Las identidades asesinas, el escritor Amin Maalouf reflexiona sobre el peligro de compartimentar identidades, de reducir y simplificar los aspectos que definen a una persona. ¿Qué elementos consideras que definen tu identidad, en este momento de tu vida?

G.G.: Es un tema sobre el que he reflexionado mucho. Cuando era pequeño, no tenía descodificada la identidad siria. He crecido en Barcelona, ​​en una familia medio catalana medio siria. De pequeño, me sentía más identificado con mi madre y mi abuela, catalanas, que con mi padre, sirio. Y me molestaba un poco que algunos compañeros de clase me preguntaran: «¿Tú te sientes más catalán o más sirio?» o bien «¿Tú eres 50‒50? ¿90‒10?». Me rebotaba mucho porque no entendía cómo se suponía que me tenía que sentir. Y todo ello estaba relacionado con el hecho de no haber descodificado mi parte siria. Maalouf es interesante porque expone el concepto de la identidad reticular, que es muy útil en este caso. Lo que él explica es que, en lugar de estar en compartimentos estancos, la identidad está en una retícula y, por tanto, pasa por diversos grados de intensidad.

T.G.R.: Nos hace entender la identidad no como un mosaico, sino como una tela tensa. En palabras de Maalouf : «Qu’une seule appartenance soit touchée, et c’est toute la personne qui vibre» [Solo con que se toque una pertenencia, ya vibra la persona entera].

G.G.: Exacto. Vibra una identidad más o menos intensamente según el momento dado. La guerra no me ha decodificado únicamente la identidad siria, también me ha hecho tomar consciencia de ella. El proceso de decodificación y comprensión de una identidad es un paso, y el proceso de asumirla y hacerla tuya es otro. El primero ya lo había hecho con anterioridad, a los catorce o quince años, las últimas veces que había ido a Siria antes de la guerra. Ya empezaba a entender cómo funcionaba el país y su gente. 

T.G.R.: La guerra en Siria supuso un antes y un después en tu manera de relacionarte con tu pertenencia siria. 

G.G.: Las guerras en general, y la violencia en concreto, siempre despiertan y transforman cosas en el ámbito de la identidad. La guerra me despertó vivencias de la ciudad de Alepo. En Barcelona, das por sentado que convives con la presencia de la Sagrada Familia de Gaudí. Si alguien la destruyera con un barril bomba, le darías otro significado. Te darías cuenta de cuán importante era el edificio para tu manera de entender el mundo, tu ciudad, tus recuerdos, tu familia. Entonces, eso se convierte en un núcleo de tu identidad. A la mínima que la violencia roza las identidades, estas aparecen, se despiertan y vibran en ellas nuevos significados. Es un proceso psicológico que lleva algo del subconsciente al consciente.

T.G.R.: ¿Consideras que después de Això era casa meva tu identidad está más definida, o por el contrario, resulta más caótica?

G.G.: Mi identidad es mucho más caótica que antes, está mucho más mezclada y me gusta que así sea. Asimismo, soy mucho más consciente de las distintas partes que la constituyen. Sin embargo, todo ello resulta de un trabajo personal: podría haber elegido no hacerlo, la guerra podría no haber significado tanto para mí. La parte siria podría tanto estar allí como no estarlo. 

T.G.R.: Las identidades no siempre se forman mediante un proceso consciente.

G.G.: El liberalismo tiene la idea de que somos propietarios de nuestra identidad e historia, pero no siempre es así. No siempre decidimos de manera consciente qué sujeto político somos. Podemos estar sujetos a estructuras, violencias, opresiones, etc. No siempre somos propietarios de nuestra identidad. 

T.G.R: ¿Qué conforma ahora tu identidad?

G.G.: La identidad europea, la catalana, la siria. La española no la siento como propia. Compartimentar es muy complicado y tampoco me siento cómodo marcando líneas muy claras. No me genera rechazo, simplemente no me siento identificado. De la misma manera, puestos a hilar fino, me siento más alepino que sirio.

T.G.R.: Hablemos ahora del futuro de Siria, de la reconstrucción del país. ¿Qué actividades impulsadas por sociedad civil para la reconstrucción de Siria conocéis?

G.G.: Dentro del país, el margen de actuación es muy pequeño. La reconstrucción de Alepo se ha conseguido a través de financiación puramente privada. Las asociaciones de beneficencia, tanto musulmanas como cristianas, han desempeñado un papel importante en ello. Uno de los miedos con respecto a la reconstrucción es que los actores locales no tengan mecanismos de presión suficientes para negociar. En su época, Líbano tampoco tuvo la capacidad necesaria para hacer presión desde el ámbito nivel local, y lo que se estableció en su reconstrucción fue un modelo totalmente neoliberal, de arriba abajo. En Siria, hay iniciativas locales que van en el sentido de quitar escombros, intentar generar un poco de diálogo: queremos la plaza así o la queremos asá. Asimismo, son iniciativas con muy poca capacidad crítica e independencia. Más que un mecanismo de presión, es un mecanismo de demanda: nos agrupamos para que nuestra demanda llegue a la autoridad. Nunca llega a saberse si realmente se trata de una iniciativa local o si es el resultado de una coerción.

T.G.R.: ¿Puedes dar algún ejemplo concreto de este tipo de iniciativas?

G.G.: La plaza al-Hatab, al lado de mi casa, que sale en el documental, voló por los aires. Se celebró un concurso entre estudiantes de arquitectura para decidir cómo debería ser la nueva plaza. Pero estaba todo tan dirigido, el fondo era tan poco crítico, que resultaba evidente que la iniciativa no tenía profundidad real alguna.

T.G.R.: Hemos hablado de la sociedad civil a nivel local. ¿Qué me puedes decir del papel de la diáspora en la reconstrucción de Siria?

G.G.: Siria es un país que ha producido muchos ingenieros y arquitectos, y hay muchos en la diáspora. Existen proyectos y maquetas que ofrecen alternativas para rehabilitar, por ejemplo, el centro de la ciudad de Alepo. Se está generando una corriente de arquitectura y urbanismo críticos por parte de los sirios en el extranjero, que tienen en cuenta los modelos que se están aplicando en Damasco y Alepo y los peligros que estos suponen. Desde la diáspora se cuenta con muchos más mecanismos de presión, así como mucha más concienciación desde el punto de vista legal: esto no deja de ser, en el fondo, un debate sobre la propiedad.

T.G.R.: ¿Hasta qué punto tienen todas estas iniciativas capacidad real de transformación?

X.S.: Yo no puedo dar una visión tan elaborada como Gabriel, pero cuando fuimos a Alepo, el proyecto de la plaza no parecía una iniciativa genuina de la gente del barrio, sino dirigida desde arriba. Al entrevistar a las personas que viven allí, nos dimos cuenta de que repetían un discurso aprendido que se imponían a sí mismos. No sé si lo decían porque lo creían o porque tenían una cámara delante. Lo que sí vi como iniciativa local fue a un grupo de jóvenes de la unión de estudiantes de la Universidad de Alepo que se organizaban para recoger los escombros, ya que ninguna otra persona o autoridad había venido a hacerlo.

T.G.R.: Por lo que explicas, parece que haya una disonancia cognitiva entre el discurso que imparten y la realidad sobre la que construyen el discurso. 

G.G.: Exacto. El concepto de disonancia cognitiva que mencionas me hace pensar, de hecho, en el de seguridad ontológica. No se trata de seguridad física, en el sentido de no sufrir ningún tipo de ataque, ni de seguridad humana, en el sentido de disponer del dinero y la vivienda suficientes para llevar una vida digna. La seguridad ontológica trata sobre tener un ego, una identidad propia estables. El día que tu identidad, tu ontología, se ve completamente truncada y cambian los parámetros en los que vives, experimentas una gran ansiedad y dificultad para gestionar tu vida. En Siria, desde hace cuarenta años, los mismos que lleva gobernando la familia Al-Assad, se ve cómo las personas repiten un discurso automáticamente, aunque nosotros sintamos que no se lo creen. Si la gente fuera consciente de que lo que dice no cuadra, el sistema caería derribado. Hay un libro fantástico sobre Siria de la politóloga Lisa Wedeen, Ambiguities of domination, que describe la política que tienen los sirios de «actuar como si». Todo lo que hacen y dicen es «como si» tuviera sentido. Basan toda su vida en este discurso. Al realizar el documental veíamos, según el entrevistado, quién lo creía con más o menos convicción.

T.G.R.: Hay que reconstruir Siria físicamente, pero también hay que reconstruir una identidad. Y esto es una empresa que puede llevar generaciones, incluso una vez que ya se puedan garantizar las seguridades física y humana. 

G.G.: La identidad siria no existe. Es una identidad tremendamente compleja, ya que Siria es un país de regiones muy fuertes. La identidad local en Siria tiene un enorme peso: ser damasceno, ser alepino. Decir «soy sirio» supone aludir a una identidad extremadamente vaga, muy sencilla de manipular para atribuirle los referentes que uno le quiera dar en un determinado momento.

T.G.R.: Hay más países que Siria que definen lo que significa ser sirio. ¿Se trata de un concepto incómodo?

G.G.: Mira lo que ocurre en Palestina. No, no me sentiría nada cómodo con ello, en absoluto. Pero tampoco me siento cómodo cuando se define lo que significa ser sirio desde dentro del país. Fijar la identidad no es buena idea. Nos encontramos en un momento muy frágil. El talento sirio o bien ha muerto o bien está en la diáspora. La gente que queda dentro intenta producir desde lo que la situación permite a cada uno, para no jugársela, para que su seguridad no se vea comprometida. Puede que el día de mañana vuelva a emerger una nueva corriente crítica que se plantee la identidad y el nacionalismo de otro modo.

Això era casa meva premiere in Barcelona.

T.G.R.: Las potencias extranjeras han jugado un papel crucial en la guerra de Siria, entre otras cosas, a través de la venta de armas. Rusia, Irán, Iraq y Hezbollah han apoyado al gobierno de Al-Assad, mientras que Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Turquía y la Liga Árabe han apoyado a la oposición, la Coalición Nacional Siria. ¿Qué papel han desempeñado todas estas potencias en la reconstrucción, la facilitación de diálogo y la ayuda humanitaria?

G.G.: Al hablar de la reconstrucción de Siria, muchas veces se olvida el hecho de que el país aún está en guerra. No hay que esperar a la paz para reconstruir, porque el negocio debe hacerse pronto. En Damasco ya hay aprobados un par de proyectos urbanísticos, faraónicos, con ubicaciones privilegiadas y grandes vistas. Se han dado contratos a empresas japonesas y chinas para recoger los escombros en Alepo. El negocio es el negocio, y tanto Rusia como China e Irán, junto con algunos países del Golfo, están y estarán involucrados. Europa no parece, de momento, un actor tan presente, pero podría serlo en el futuro. Depende del pacto final de la guerra y de la normalización. La reconstrucción es un tema extremadamente político, ya que comprende provisiones legales, gestiones económicas, proyectos urbanísticos, iniciativas locales, así como la garantía del derecho de retorno de los refugiados que se fueron.

T.G.R.: ACNUR, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, declaró recientemente que el regreso a Siria era seguro, aunque en muchas zonas del país eso no esté tan claro. Podría ser una maniobra para evitar que lleguen más flujos de refugiados a Turquía y, finalmente, a la Unión Europea, en medio de la actual reforma del Tratado de Dublín de 2013 y del Sistema Europeo Común de Asilo. 

G.G.: Es una manera muy conveniente de quitarse el problema de los refugiados de encima, así como un modo muy eficaz de normalizar el gobierno de Al-Assad.

T.G.R.: La ciudad de Alepo contaba, tradicionalmente, con una mayoría musulmana suní. ¿El retorno de los refugiados podría cambiar la configuración religiosa o étnica de la ciudad?

G.G.: No, por una sencilla razón. Alepo era una de las ciudades con más habitantes cristianos, a pesar de que estos eran una minoría, y la gran mayoría de ellos han muerto. Es terrible. Mi familia es cristiana, vive en el barrio de al-Jdeideh. Todos mis amigos están fuera, especialmente en Canadá, donde hay una importante diáspora de alepinos cristianos desde los años sesenta. Por tanto, es difícil que cambie la configuración de Alepo, la población suní seguirá siendo la dominante. Damasco es otra historia. Existe el miedo de que llegue una afluencia de musulmanes chiíes y construyan viviendas en la frontera de Damasco cerca de Líbano. 

T.G.R.: Hemos hablado de las diferencias entre religiones y etnias en la configuración del centro urbano. ¿Qué papel juega la clase social?

G.G.: En el este y el sur Alepo y la periferia de Damasco había barrios informales, que se iban construyendo sin entrar en la planificación urbanística. La gente, simplemente, levantaba las casas. Si en lugar de viviendas de este tipo, se comienzan a construir apartamentos para personas con más recursos económicos, con piscina comunitaria, ¿quién va a comprar esto? Los refugiados, claramente, no. Lo comprará el damasceno de clase media, que no supone una amenaza. Hay muchos más proyectos urbanísticos en Damasco que en Alepo, ya que es una zona menos problemática. 

T.G.R.: ¿Quién financia estos proyectos? ¿Está involucrada la Unión Europea? En 2016 se estableció el fondo europeo en respuesta a la crisis siria, el llamado Fondo Madad, que cuenta con 1,5 billones de euros para proyectos humanitarios.

Gabriel Garroum’s father at Aleppo’s Great Bazaar (Xavier Segura).

G.G.: Hay financiación tanto pública como privada. Naciones Unidas participa a través de pequeñas rehabilitaciones en ámbitos como la distribución de agua potable, las infraestructuras sanitarias o la reparación de puertas y ventanas. La Unión Europea se posicionó en contra del régimen de Al-Assad en un inicio, y ahora está más preocupada por el problema de los refugiados en Turquía y cómo gestionarlos. Del Fondo Madad, una pequeña partida del dinero destinado a Turquía para gestionar el enorme flujo de refugiados sirios ha llegado a las comunidades sirias en su lugar de origen. La Unión Europea está ayudando a Siria, pero lo hace a través de la derivación los fondos destinados a la gestión de refugiados en Turquía. Es muy diferente.

T.G.R.: Volvamos a ti. ¿Con qué frecuencia ibas a Alepo de niño?

G.G.: La primera vez que fui tenía seis o siete años. Me fascinó y lo recuerdo de manera muy vívida. Desde entonces, empecé a ir cada año, en verano, por Navidades o por Semana Santa. Cada vez que teníamos vacaciones íbamos allá. La última vez que fui antes de la guerra fue en diciembre de 2010, cuatro meses antes de que estallara el conflicto. La primera vez que volví después de la guerra fue en octubre de 2017.

T.G.R.: ¿Antes de la guerra ya notabas la escalada de tensión?

G.G.: La última vez que fui antes de la guerra tenía unos dieciocho años. Estábamos en al-Jdeideh, un barrio que, a pesar de ser mixto, contiene un gran porcentaje de cristianos. Lo que me sorprendió, especialmente desde 2006, fue el gran incremento de mujeres que llevaban velo y burka. Antes era extrañísimo ver mujeres con burka en Siria. También vi más pobreza, a más gente pidiendo caridad en la calle. Una cosa que recuerdo de la Navidad de 2010 fue, de camino a la misa del gallo, ver coches grandes dando vueltas por las iglesias del barrio. En la parte trasera de los coches había chicos jóvenes observando fijamente y lanzando algunos insultos. Eso no lo había visto nunca antes. Se apreciaba un aumento de la tensión social, paralelo a la islamización de la ciudad.

T.G.R.: Para terminar, ¿te ves viviendo en Alepo?

G.G.: Insha’Allah. Tenía planes de ir a vivir en Alepo en 2011 para hacer un curso intensivo de árabe de cinco meses en la Universidad de Alepo, pero tuve que cancelarlo todo al estallar la guerra. Sí, me gustaría ir allí. Me gustaría poder ir allí. Al Alepo de antes sí quisiera volver. 

T.G.R.: ¿Y te ves viviendo en un Alepo que acabe siendo como Beirut, que describes en tu documental como una ciudad esquizofrénica?

G.G.: Si el futuro de Siria es el Líbano, ahora mismo, por supuesto. Me gustaría volver a aquello que fue mi casa.