La resiliencia del activismo de la sociedad civil y las continuadas oleadas de la Primavera árabe

Khaled Hroub

Profesor de Estudios sobre Oriente Próximo y de Estudios sobre Medios de Comunicación Árabes, Universidad Northwestern, Catar

Este artículo pretende plantear algunas observaciones sobre las dinámicas y los cambios que se han producido en el seno de la sociedad civil del mundo árabe, y en torno a esta, en tres períodos distintos: antes, durante y después de las revueltas que en la Primavera árabe aspiraron a lograr un cambio político en la región. Tras dos oleadas de revueltas, parece claro que en los próximos años seguirán produciéndose nuevas oleadas, aunque de forma intermitente. El cambio político requiere la consolidación de nuevas estructuras con mejores prácticas democráticas a las que se adhieran todos los partidos rivales. Las oleadas de revueltas masivas en la región árabe son parte integrante de este cambio histórico actualmente en curso. En el marco de este proceso, los próximos años presenciarán un aumento de la tensión y el conflicto entre dos formas de resiliencia que actualmente chocan en la región árabe: por una parte, la resiliencia «desde abajo» de la oposición política organizada y el activismo cívico, que se perfila en diversas formas familiares o novedosas y, por otra, una resistencia autoritaria «desde arriba» que se reinventa a sí misma tanto a escala local como regional. El activismo de la sociedad civil reside en el corazón de este proceso; un proceso histórico que probablemente será largo.


Introducción

En marzo y abril de 2019, años después de la «primera oleada» de 2011, una «segunda oleada» de revueltas árabes recorrió las costas de Sudán y Argelia para originar un nuevo ciclo de esperanza y optimismo en la voluntad pública y la acción colectiva de la región. Estas revueltas han puesto en ridículo las necrológicas que daban por muerta la Primavera árabe. Desafiando a los autócratas autoritarios de Jartum y Argel, las rejuvenecidas fuerzas de la sociedad civil cuestionaron el Estado policial, lideraron a millones de manifestantes en una demostración pacífica del poder popular y, finalmente, lograron echar del poder a dos presidentes despóticos. Junto con estos hombres corruptos y sus camarillas, también se desterraron las concepciones orientalistas que, tras la Primavera árabe, retrataban a la sociedad civil y la acción cívica como hostiles a los contextos árabe y musulmán, y concebían la propia Primavera árabe como una anomalía pasajera. Aparte de las incertidumbres que suscita el posible resultado de las revueltas sudanesa y argelina, todavía en curso, ambas proporcionan una potente evidencia de la genuina resiliencia «desde abajo» de la sociedad civil en toda la región árabe, aun cuando los regímenes autoritarios logren reprimirla bajo la superficie durante largos periodos de tiempo. Esta sociedad civil reactivada lucha contra la resiliencia «desde arriba» del estado profundo y controlador de los países árabes que, supuestamente, derrotaron a la oleada de revueltas árabes de 2011. Esta capacidad de resistencia del autoritarismo solo fue posible gracias al «incívico» y renovado apoyo occidental, estadounidense y ruso a los dictadores árabes y a sus «antiguos regímenes» en la región en contra de la voluntad del pueblo.

A tenor de lo arriba expuesto, este artículo aspira a plantear algunas observaciones sobre las dinámicas y los cambios que se han producido en el seno de la sociedad civil del mundo árabe, y en torno a esta, en tres períodos distintos: antes, durante y después de las revueltas de la Primavera árabe. Para reflejar la diversa naturaleza y dinámica de la sociedad civil y sus manifestaciones en cada uno de dichos periodos hemos optado por utilizar tres epígrafes sucesivos: «controlada, pero en proceso de maduración»; «sorprendente y revolucionaria», e «impredecible, pero resiliente». Considerar la Primavera árabe un punto de inflexión en torno al cual centrar el análisis apenas requiere justificación. En el núcleo de los movimientos populares de masas que recorrieron diversos países árabes a finales de 2010 y se prolongaron durante uno o varios años, la acción cívica tuvo un papel extraordinario y eficaz en un contexto de colectividad y expresión pacíficas. Obviamente, las limitaciones de este breve trabajo no permiten realizar un análisis exhaustivo de la sociedad civil árabe, ni abordar la vasta bibliografía existente sobre las revueltas de la Primavera árabe. En consecuencia, el presente análisis está lejos de ser inclusivo, y no se propone abordar individualmente la sociedad civil de cada uno de los países árabes que han experimentado o eludido dichas revueltas. Antes bien, esta investigación pretende ofrecer algunas ideas generales en relación con los principales argumentos subyacentes a la cuestión de la sociedad civil árabe, y ofrece ‒no sin cierta cautela‒ algunas especulaciones sobre el papel, la dinámica y las concepciones futuras de la sociedad civil en el mundo árabe en el contexto de la resiliencia paralela del autoritarismo. 

La sociedad civil antes de la Primavera árabe: controlada, pero en proceso de maduración

En el marco de los países árabes, y durante las largas décadas que precedieron a la Primavera árabe, la esfera pública se había visto sometida a tensiones de intensidad variada bajo un estado autoritario caracterizado por la mano dura. Los focos de acción cívica eran objeto de una fuerte supervisión y restricción, lo que limitaba su potencial influencia. Los largos períodos de represión e invisibilidad de la sociedad civil conjuraban la frustración de cualquier cuestionamiento sobre la posibilidad misma del surgimiento de dicha sociedad en los entornos árabes o musulmanes, aparentemente por su falta de fundamentos liberales. Si bien muchas opiniones subrayaban que el predominio de las tradiciones religiosas, las estructuras tribales y las arraigadas afinidades culturales y étnicas hacía a estas sociedades poco receptivas a los modelos de sociedad civil de estilo occidental, otras investigaciones más matizadas y mejor informadas desacreditaban tales puntos de vista que condenaban a las sociedades árabes a un estado de eterno estancamiento. De este modo, liberaban el debate de su ortodoxia occidental y posibilitaban otras formas de civilidad. En este aspecto, resulta útil hacer un par de observaciones sobre la conceptualización de la sociedad civil que ayudarán a contextualizar el siguiente análisis.

Las definiciones y concepciones de la sociedad civil difieren, pero coinciden en algunos temas principales, que denotan la existencia de una serie de actores individuales y colectivos que operan de manera activa y voluntaria fuera del control de la autoridad superior del Estado o la comunidad, defendiendo y potenciando los intereses y la libertad de la sociedad. Son, pues, las formas de resistencia colectiva y activismo, junto con su ámbito de expansión y su contexto histórico específico, las que constituyen el núcleo de este análisis. Debido a las limitaciones de espacio, y dado que el presente trabajo se centra en la Primavera árabe, dejamos aquí de lado la concepción de la sociedad civil como marco analítico, como perspectiva en la que basar la formulación de políticas públicas u otros enfoques similares. Los agentes del activismo cívico operan de diversas maneras y en distintas direcciones pero, básicamente, cuestionan las autoridades formales e intentan limitar su deseo intrínseco de imponer un control total sobre la sociedad. Aunque el término se presta a su interpretación en el marco de la intelectualidad occidental moderna, el debate se ha visto enriquecido con las largas y heterogéneas historias de diversas culturas y naciones de todo el mundo, que han aportado experiencias variadas que convergen de manera significativa y, en muchos casos, han precedido al «moderno» constructo esencial de este concepto. En ese sentido, y dentro del contexto musulmán, el reconocido teórico político John Keane señala que «la esencia de la asociación civil protegida por la ley era común en todo el mundo de las sociedades musulmanas ya antes de la conquista europea». En resumen, pues, y sin ahondar en un debate exhaustivo y ya agotado, la sociedad civil existía y existe en un contexto no occidental ya sea de formas similares o distintas de las dinámicas y manifestaciones que se perciben como habituales en los contextos occidentales.

La imagen de la realidad política árabe es mucho más compleja que un simple binomio de fuerzas cívicas enfrentadas al autoritarismo. Las formaciones islamistas/religiosas constituyen otra poderosa fuerza que ocupa igualmente una parte considerable tanto del espacio público como del espacio autoritario. Lejos de ser monolíticas, estas formaciones islamistas resultan, de hecho, diversas y compiten entre sí. Situar el posicionamiento individual de cada una de esas fuerzas en el controvertido ámbito «Estado versus sociedad civil» de la región requiere de cierta cautela adicional, dado que los islamistas se distribuyen a lo largo de un amplio espectro de acción y/o inacción. Ya antes de la Primavera árabe, algunos islamistas participaron en la transformación gradual hacia las prácticas y la participación democráticas, especialmente los grupos de la órbita de los Hermanos Musulmanes, y ganaron y perdieron elecciones parciales en determinados países; en cambio, otros segmentos religiosos, en su mayoría con tendencias salafistas, se aliaron con los regímenes dictatoriales vigentes. Los movimientos islamistas «democráticos» formaron parte de las revueltas masivas de la Primavera árabe, y resultaron ser la fuerza más poderosa y mejor organizada. Casi en cada país, los islamistas se han dividido en diferentes grupos en función de un amplio abanico de ideas y prácticas, cuya amarga rivalidad interna supera en muchos casos la lucha de algunos de ellos contra los regímenes opresores.

Aparte del predominio religioso, otra área extremadamente disputada en la mayoría de los países árabes ha sido siempre el ámbito de los medios de comunicación, especialmente los canales de televisión internacionales. Estos últimos suscitaron una gran euforia y unas elevadas expectativas en relación con lo que se conoce como el «efecto Al Jazeera», iniciado en 1996: dentro y fuera de la región árabe se crearon docenas de canales de televisión al margen del control de los gobiernos nacionales, con un nivel sin precedentes tanto de libertad como de cobertura crítica de los diversos regímenes. Aunque estos medios lograron proporcionar una plataforma a las voces disidentes, fueron incapaces de generar un cambio político. Los gobiernos lograron refrenar la relativa libertad de estos canales de televisión, permitiéndoles descargar la ira reprimida, al tiempo que volvían a recuperar gradualmente el control total de las grandes corporaciones. En cambio, en vísperas de la Primavera árabe, las redes sociales habían escapado a la capacidad de control de los gobiernos.

La Primavera árabe y la sociedad civil: sorprendente y revolucionaria

¿Qué sucedió entonces, y cuáles fueron las condiciones que llevaron a la Primavera árabe? En primer lugar, las formaciones y los elementos tradicionales de la sociedad civil, como los sindicatos, las asociaciones de estudiantes, algunos medios de comunicación críticos y determinadas expresiones religiosas existían antes de 2010 y desafiaban el statu quo, pero con muy poco éxito. Más interesantes resultan las formaciones de acción cívica de nuevo cuño que empezaron a adquirir mayor influencia y atención: una combinación de energía juvenil y activismo en línea. Estos nuevos actores sorprendieron a los observadores en el momento en que estallaron las revueltas populares, primero en Túnez, luego en Egipto y en otros países árabes. En los años precedentes a la Primavera árabe, en dichos países, la participación de grandes segmentos de jóvenes en las redes sociales parecía quedar fuera del radar de la seguridad del Estado policial. El personal de seguridad de la vieja escuela se había entrenado y acostumbrado a vigilar reuniones visibles y disturbios callejeros, por lo que la invisibilidad del activismo fuera de las calles y en la red escapaba a su férrea vigilancia.

La acelerada energía y eficacia del movimiento de masas liderado por nuevos tipos de jóvenes activistas superó y, de hecho, conmocionó a las fuerzas tradicionales e ideológicas como los islamistas, los liberales, los izquierdistas y otros. Mientras los acontecimientos se desarrollaban con rapidez, importantes sectores de dichas fuerzas se unieron a las revueltas. También se subieron al carro, aunque a regañadientes, otros grupos más antiguos que esperaban a ver qué dirección tomaban los acontecimientos para decidir su próximo movimiento con un espíritu oportunista. En concreto, hubo dos grupos que esperaron a que las cosas se asentaran para alinearse con quien terminara llevando las de ganar: los liberales tradicionales y los islamistas salafistas. Históricamente, muchos liberales tradicionales mediocres solían apoyar a regímenes represivos. Estos liberales pragmáticos y oportunistas eran conscientes de su incapacidad para desafiar la creciente popularidad de las fuerzas islamistas. A fin de compensar su debilidad, depositaron sus esperanzas en regímenes antidemocráticos y represivos contrarios a los islamistas «intolerantes reaccionarios», aun en el caso de que estos últimos fueran democráticamente elegidos. El argumento liberal consistía en optar por el mal menor. Además, como subrayaban algunos liberales, aunque esos regímenes impopulares fueran represivos, seguían manteniendo la promesa y el potencial de liberalizar la sociedad cultural y socialmente. En cambio, cualquier partido islamista que pudiera controlar el poder, aunque fuera mediante unas elecciones, impondría una serie de normas conservadoras que retrasarían el «proceso histórico» de la liberalización, a la vez que alimentarían la tendencia intrínseca a utilizar la represión política, así como la intolerancia cultural y social. Se trataba de una elección entre una cierta represión política que era cultural y socialmente abierta, y una potencial represión política que sería cultural y socialmente cerrada.

El segundo grupo renuente y oportunista con respecto a la Primavera árabe fue el de los islamistas salafistas, cuyo resentimiento contra la democracia siempre se había basado en el supuesto de que esta era occidental y antiislámica. También se oponían, a la vez que rivalizaban, con los Hermanos Musulmanes y otros islamistas que habían adoptado una política democrática. El apoyo de los salafistas a los regímenes represivos vigentes se justificaba desde una perspectiva religiosa por la prioridad de mantener a la comunidad unida y en orden. De modo que ellos percibieron las revueltas como una invitación al caos que, a la larga, llevaría a la fragmentación y las luchas internas. Estos dos grupos mencionados eran especialmente visibles en Egipto, donde permanecieron entre dos aguas para inclinarse a la izquierda o la derecha en función de los acontecimientos cambiantes. Tras la caída de Mubarak como resultado de la revolución, tanto los liberales oportunistas como los islamistas salafistas fundaron partidos ‒o se unieron a formaciones ya existentes‒ que compartieran sus tendencias, tras lo cual se presentaron a las elecciones. Sin embargo, cuando en 2013 intervino el ejército y prácticamente devolvió el poder al represivo estado profundo, ambos volvieron a sus posiciones anteriores y pasaron a apoyar al nuevo/antiguo régimen.

Desde una perspectiva global, las escenas de concentraciones masivas de personas en las principales plazas de las capitales árabes sorprendieron al mundo entero y suscitaron grandes simpatías. Un aspecto eficaz de estos movimientos de masas fue el uso de medios pacíficos, lejos de la violencia, que era el signo distintivo de las fuerzas policiales que intentaban aplastar las revoluciones. Sin duda este carácter pacífico de las revueltas generó un atractivo muy potente que pronto trascendió las fronteras nacionales y garantizó el apoyo de gentes, activistas y medios de comunicación de todo el mundo. Ello reflejaba uno de los principales elementos aglutinadores que definen a la «sociedad civil global» y sus formaciones, tal como sostiene John Keane, que es el hecho de que «sus efectos pacíficos o «civiles» se dejan sentir por todas partes, aquí y allá, en todo lo largo y ancho, hacia y desde los ámbitos locales, a través de regiones más extensas, hasta el propio nivel planetario».

En resumen: una combinación de jóvenes bien conectados y globalizados, nuevas formas de medios de comunicación no controladas y sectores islamistas ilustrados que creían en la unión de fuerzas con grupos laicos (además del apoyo de la sociedad civil global) creó la masa crítica que desembocó en las revueltas árabes y permitió su triunfo. La unificación de estas subesferas posibilitó la extraordinaria acción cívica que, en las revueltas, desafió a los antiguos regímenes y finalmente los expulsó del poder. Así, a finales de 2010 y principios de 2011, lo que durante tanto tiempo había parecido un espacio público fragmentado y controlado, y una sociedad civil débil, se reveló potente y lleno de energía que sorprendió a todo el mundo.

La sociedad civil después de la Primavera árabe: impredecible, pero resiliente

La caída de Hosni Mubarak en Egipto a manos de la revolución, en enero de 2011, hizo sonar todas las alarmas: si un régimen tan poderoso y con una base tan sólida en materia de seguridad como el de Mubarak había caído ante una revolución de las masas, ningún otro régimen árabe podría salvarse. Los temores de que las revueltas árabes se extendieran de forma contagiosa por toda la región llevaron a los nerviosos regímenes a absorber rápidamente el impacto y, después, a preparar estrategias ofensivas destinadas a preservar el statu quo, largo tiempo corrompido, que habían creado y controlado. Estas estrategias pasaron de la protección del ámbito nacional de las políticas autocráticas a la creación de un bloque regional de regímenes similarmente nerviosos con la determinación de atacar de manera proactiva y colectiva cualquier acción cívica que aspirara al cambio. Desde la perspectiva del «eje de las contrarrevoluciones», había que cortar de raíz dos elementos de empoderamiento de la gente interrelacionados e inherentes a la Primavera árabe: la capacidad de rebelarse y la capacidad de efectuar cambios en el nivel más alto del poder. Para lograr ese objetivo, se formó una alianza contrarrevolucionaria integrada por Egipto (tras el golpe militar de 2013, que redirigió al país hacia el modo autoritario previo a la Primavera árabe bajo el gobierno de Al-Sisi), Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Baréin.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, el siguiente análisis pretende abordar dos aspectos interrelacionados. Para empezar, examina las estrategias de los regímenes contrarrevolucionarios, cuyos objetivos se centraron en revertir los cambios producidos tanto en cada país individual como en el conjunto de la región a la situación previa a la Primavera árabe, y abortar cualquier posible revuelta que pudiera emular a las de 2011. Un elemento central de estas estrategias ha sido la selección como objeto de ataque y el intento de desmantelamiento de la dinámica, las estructuras y el espíritu de la sociedad civil que surgió en la región durante la Primavera árabe. En segundo término, analiza brevemente las recientes revueltas masivas producidas en Sudán y Argelia como una manifestación de la resiliencia de la sociedad civil en esta área geográfica, que desafía la hegemonía regional de la alianza contrarrevolucionaria. En el contexto de una atmósfera de frustración y pesimismo generalizados en la región, en la medida en que se percibía que la Primavera árabe y sus fuerzas cívicas habían sido derrotadas, estas dos revueltas cambiaron las tornas e hicieron que el activismo público y su potencial de cambio volvieran a asumir un papel protagonista.

En un primer momento, las estrategias para contrarrestar las revueltas de los estados rentistas del golfo Pérsico, como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Catar, se centraron en ofrecer nuevos privilegios a sus ciudadanos, entre los que se incluían una subida de los salarios y un incremento de los subsidios. Su intención era contrarrestar cualquier tendencia de protesta creciente en su ciudadanía y, a la vez, comprar su  lealtad. Los estados del Golfo menos ricos, como Baréin y Omán, donde surgieron protestas serias de diversa intensidad, recibieron apoyo financiero inmediato de otros gobiernos de la zona. En el caso de Baréin, donde la protesta llegó a constituir realmente una amenaza para el régimen, los saudíes y emiratíes apoyaron al gobierno enviando tropas para ayudar a reprimir la revuelta, y así la región del Golfo se mantuvo limpia de protestas, e incluso de cualquier elemento que pudiera inspirarlas. Otros monarcas árabes que carecían de recursos, como los de Jordania y Marruecos, emprendieron reformas constitucionales inmediatas que tenían como objetivo contener la protesta e incluir a los partidos de la oposición en el gobierno. Paralelamente, se emprendieron diversas medidas de seguridad y vigilancia para ejercer mayor presión y control sobre todas las formas de acción cívica en estos países, ya fuera en la calle o en la red. Una vez fortalecido el frente interno, saudíes y emiratíes lideraron una ofensiva y una intervención de ámbito regional, que tuvo como primer objetivo Egipto, seguido después de Túnez, Libia y Yemen (los países donde las revueltas habían logrado derrocar a los respectivos regímenes), en la que apoyaron abiertamente a las fuerzas contrarrevolucionarias. Sus esfuerzos dieron fruto en Egipto con la intervención militar de julio de 2013, un año después de que los Hermanos Musulmanes y el presidente Mohamed Morsi ganaran las elecciones y asumieran el poder.

A una escala más amplia, en el ámbito de la política dura y el contexto militar, Arabia Saudí y los Emiratos dirigieron su apoyo a diversos sectores del llamado «estado profundo» en los países afectados por las revueltas, donde desplegaron una campaña política y mediática masiva contra lo que agruparon bajo el denominador común de «las fuerzas del terrorismo». Esos mismos países, además de Irán, desempeñaron un papel fundamental en Siria al apoyar a partidos rivales que, en la práctica, no hicieron sino prolongar y regionalizar la guerra. La revuelta pacífica siria, que se prolongó durante casi seis meses (aproximadamente entre marzo y septiembre de 2011), se transformó en una sangrienta guerra civil de índole subsidiaria tras la intervención de grupos yihadistas extremistas rivales de ámbito regional. Se dio completamente la vuelta al efecto de la «revuelta como ejemplo», que los regímenes contrarios a la Primavera árabe utilizaron ahora para transmitir a su pueblo el audaz y aterrador mensaje de que las revueltas llevaban al caos, el derramamiento de sangre y la inestabilidad, además de crear un ambiente propicio para el terrorismo. Y empleando justamente el pretexto de combatir al terrorismo, en los países contrarrevolucionarios se encarceló a los activistas, se ilegalizaron partidos y se cerraron medios de comunicación. El partido que había ganado unas elecciones libres y justas en Egipto, los Hermanos Musulmanes, junto con todos sus grupos afiliados en la región, fueron calificados como «organizaciones terroristas» no solo por el gobierno egipcio, sino también por Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin.

Otra estrategia para combatir la acción cívica y el cambio político potencial se centró en pedir el apoyo de Occidente y de Estados Unidos a los regímenes contrarrevolucionarios. Esta estrategia se vio enormemente favorecida por la llegada al poder en 2016 del presidente estadounidense Donald Trump, cuya agenda de prioridades con respecto a esta región venía a cargarse prácticamente la democracia y los derechos humanos. Los intereses primordiales de Trump en esta área geográfica incluían el incremento de los acuerdos armamentísticos en el Golfo, el apoyo sin fisuras a Israel y el enfrentamiento con Irán. Esos objetivos requerían mantener a la ciudadanía árabe marginada y silenciada, dado que la opinión pública de toda la región está radicalmente en contra de esas prioridades impuestas. Las políticas europeas, tímidas e hipócritas, se mantuvieron en la sombra pero, al mismo tiempo, se sumaron a la competición para vender más armas a los estados del Golfo, y eludieron toda retórica sobre la democracia, la sociedad civil y los derechos humanos.

En el ámbito de influencia del poder blando, los regímenes contrarrevolucionarios descubrieron el papel discreto pero crucial de las redes sociales, y procedieron de inmediato a paralizarlas en sus respectivos países. Como muchos han señalado, «los regímenes autoritarios han descubierto el valor de los medios digitales… los servicios de seguridad de Baréin, Irán, Arabia Saudí y Siria observaron cómo los partidarios de la democracia utilizaban las redes sociales en Egipto y Túnez, y desarrollaron estrategias de contrainsurgencia que permitían vigilar, engañar y atrapar a los manifestantes». De hecho, sus tácticas pasaron de silenciar las voces de protesta a inundar los medios con noticias falsas en contra de los activistas y desplegar «ciberejércitos» con la misión de inundar las redes sociales de propaganda pro-régimen y crear tendencias informativas centradas en cubrir actividades delictivas.

Otra estrategia utilizada por estos regímenes ‒aunque en absoluto la última‒ ha sido la adopción y promoción de lo que ellos han proclamado como «islamismo moderado» con la intención de deslegitimar a aquellos grupos islamistas caracterizados por su «moderación» política, principalmente los Hermanos Musulmanes y otros similares. En ese contexto, se crearon instituciones religiosas para emitir fetuas, y organizaciones panárabes y panislámicas de eruditos religiosos leales a dichos regímenes. Paralelamente, los gobiernos patrocinaron laboratorios de ideas intelectuales y culturales, además de empresas editoriales, dedicados a debatir y refutar los argumentos de los grupos islamistas rivales. Un buen ejemplo de ello es Creyentes sin Fronteras, una fundación con financiación emiratí y filiales en varios países árabes, desde Jordania hasta Marruecos.

Pese a todo ello, en 2019, en Sudán y Argelia, los acontecimientos y la acción cívica evolucionaron gradualmente de una manera que repetía lo que el mundo había presenciado en 2010 y 2011. El activismo, tanto en la calle como en la red, unió sus fuerzas para crear un sólido frente que exigió la renuncia de los autócratas que ocupaban el poder. Estas revueltas pasaron por dos grandes fases similares a las de la primera oleada. La primera es el éxito a la hora de derrocar al régimen mediante la persistencia revolucionaria y la ocupación del espacio público. Esta parece ser la fase más fácil pese a las muertes y sacrificios que a veces comporta (durante la revuelta sudanesa murieron decenas de personas). La segunda fase, más espinosa, afecta a la naturaleza del cambio y las estructuras por las que posteriormente se decanta el sistema político. En todos los países donde los revueltas tuvieron éxito en la primera fase, el Estado profundo se esforzó por conservar sus principales estructuras en la segunda mediante lo que aparentaban ser soluciones de compromiso. El ejército, las fuerzas de seguridad, la comunidad empresarial basada en el amiguismo y otros grupos atrincherados en el antiguo régimen intentaron mantener y controlar las palancas del poder y de las nuevas estructuras en su propio beneficio. El caso egipcio tras la caída de Mubarak representa el ejemplo típico en el que aparentemente parece haberse producido un cambio mientras que, en realidad, el Estado profundo sigue siendo poderoso, organizado y capaz de asimilar a los jóvenes activistas inexpertos y sus objetivos. En los casos sudanés y argelino, los activistas recibieron un torrente de «consejos» de revolucionarios egipcios y de otros países advirtiéndoles que estuvieran atentos al papel y a las tácticas engañosas del ejército y otros centros del poder tradicional. Además, a unos y otros se les hicieron un par de recomendaciones más: lograr que sus demandas fueran claras y consensuadas, y rechazar cualquier intervención extranjera, fuera cual fuese. En el momento de redactar estas líneas, el desarrollo de los acontecimientos sigue sin mostrar un resultado claro ni en Sudán ni en Argelia.

Conclusión

En política siempre es difícil hacer predicciones, más aún cuando se trata de la política de Oriente Próximo. Sin embargo, la marcha en favor de unas sociedades libres y en contra del autoritarismo se halla en sintonía con el progreso de la historia y está respaldada por los fuertes deseos y anhelos de la gente. Una década antes de la Primavera árabe, y en contra del pesimismo entonces dominante, pocos supieron predecir el futuro papel crucial de la sociedad civil. Entre ellos cabe destacar una predicción de un activista iraquí pro derechos humanos realmente notable: «En un artículo publicado en el año 2000 en la revista Journal of Democracy, Laith Kubba proclamaba que «el despertar de la sociedad civil» en el mundo árabe sería el factor decisivo de cara a desafiar a los regímenes autoritarios de la región y, a la larga, llevar a los árabes a la «tierra prometida» de la democratización». En esa misma línea de esperanza y optimismo, hay que decir que la propia sociedad civil que llevó a la Primavera árabe en 2011 seguirá manteniendo su resiliencia de formas sorprendentes, uniendo fuerzas con otros actores de la región, y llevando la libertad y la democracia a sus respectivos pueblos.

Una persistente lección de la última década en la región árabe pone de relieve la enorme y renovada capacidad de la gente pese a tener que luchar contra la represión en sus países y la vergonzosa indiferencia de los países extranjeros. La resiliencia de la sociedad civil árabe, sus manifestaciones, sus energías intrínsecas, y sus movimientos repentinos y sorprendentes, junto con la creatividad de sus jóvenes, ciertamente han pasado a formar parte de ese futuro. Mientras el autoritarismo primigenio siga dominando la esfera pública en la mayoría de los países árabes, sus intensos y profundamente arraigados problemas socioeconómicos seguirán sin resolverse. Eso significa que, bajo la superficie, seguirán fermentando las condiciones para un potencial surgimiento de la protesta pública. Por lo tanto, en los próximos años seguirán produciéndose sucesiva oleadas de revueltas populares, aunque sea de forma intermitente. El cambio político requiere la consolidación de nuevas estructuras políticas con mejores prácticas democráticas a las que se adhieran todos los partidos rivales. Las oleadas de revueltas masivas en la región árabe son parte integrante de este cambio histórico actualmente en curso. En el marco de este proceso, los próximos años presenciarán un aumento de la tensión y el conflicto entre dos formas de resiliencia que actualmente chocan en la región árabe: por una parte, la resiliencia «desde abajo» de la oposición política organizada y el activismo cívico, que se perfila en diversas formas familiares o novedosas y, por otra, una resistencia autoritaria «desde arriba», que se reinventa a sí misma tanto a escala local como regional. El activismo de la sociedad civil reside en el corazón de este proceso; un proceso histórico que probablemente será largo.