Coedición con Estudios de Política Exterior
Tendencias económicas

Relanzar la integración Euromediterránea en tiempos de crisis

Blanca Moreno-Dodson
Directora del Centro para la Integración del Mediterráneo (CMI).
Foto tomada el 13 de septiembre de 2022 muestra el puerto de Argel en Argelia, durante el Día Internacional para la Protección de la Capa de Ozono. (Foto de APP/NurPhoto via Getty Images)

 A menudo nos referimos a las crisis como ventanas de oportunidad. Pero estas solo pueden aprovecharse si existe la voluntad política de superar los desafíos de acuerdo con la magnitud de la transformación requerida, algo especialmente difícil cuando esa trans­formación implica la participación de varios países entre los cuales el diálo­go es débil o incluso está paralizado, ya sea por decisiones diplomáticas o como consecuencia de conflictos.

Sin embargo, las crisis también pue­den reforzar la solidaridad entre países que sufren carencias semejantes e inclu­so dar lugar a cambios históricos capa­ces de transformar la vida de poblacio­nes enteras. Incluso en una situación en la que la voluntad política sigue siendo débil, la necesidad puede estar en el ori­gen de la implementación de soluciones comunes.

La magnitud del choque exógeno provocado por la pandemia de la Co­vid-19 en todo el mundo no tuvo pre­cedentes y puso en peligro todas las cadenas de suministro comerciales, provocando numerosos bloqueos e impidiendo a los ciudadanos acceder a bienes y servicios a los que estaban acostumbrados. Posteriormente, la in­vasión rusa de Ucrania, acontecimien­to tan inesperado como devastador cuyo final aún no se vislumbra, con­tribuyó a la reducción de la oferta y al aumento generalizado de los precios asociado, sobre todo, a las dificultades en el suministro de energía y productos alimenticios, lo que provocó que sur­gieran nuevos cuellos de botella en el comercio mundial, así como una esca­sez de determinados productos básicos que afectan a los países y sus poblacio­nes de manera errática y desigual.

Hacia una diversificación y relocalización de las cadenas de valor mundiales

Para Europa en concreto, la gran de­pendencia de las importaciones de Asia, especialmente de China, se ha mani­festado en muchos sectores, como el automóvil, la informática o los produc­tos químicos. Sería imposible prever de la noche a la mañana un cambio en los acuerdos de importación, la logística o la conectividad del transporte. Sin em­bargo, es evidente que las soluciones re­gionales y locales son extremadamente necesarias y pueden ofrecer las únicas alternativas viables para superar esta doble crisis sin precedentes.

Estudios en profundidad muestran que los países del Sur y el Este del Me­diterráneo tienen una capacidad de pro­ducción y exportación suficiente para cubrir las necesidades de Europa en un gran número de sectores y, en particu­lar, en determinados productos especí­ficos (Post Covid-19: opportunities for growth regional value chains and Me­diterranean integration, Augier, P.; Mo­reno-Dodson, B.; Blanco, P.; Gasiorek, M.; Mouley, S.; Tsakas, C.; Ventelou, B., CMI y FEMISE, 2022). Si Europa re­curriera más a estos países para abaste­cerse, se beneficiarían todos. El impacto positivo para los consumidores euro­peos se manifestaría en términos de dis­ponibilidad y suministro de productos a precios competitivos. Al mismo tiempo, esta demanda europea también podría tener un efecto multiplicador tanto en el crecimiento económico como en la creación de empleo en los países expor­tadores de la orilla sur.

Sin embargo, esta alternativa, que nos parece tan evidente en el plano ana­lítico, tropieza con varios obstáculos. En primer lugar, el comercio de productos entre el Norte y el Sur del Mediterráneo se enfrenta a diversas medidas arance­larias y no arancelarias que representan en torno al 30% del coste total del co­mercio y desaniman a los importadores europeos (Commercer ensamble: vers un relance de l’intégration de la región Mo­yen-Orient et Afrique à l’ère post-covid, Arezki, R.; Moreno-Dodson , B.; Yuting Fan, R.; Gansey, R.; Nguyen, H.; Cong Nguyen, M.; Mottaghi, L.; Tsakas, C.; Wood, C., Banco Mundial, 2020). Los acuerdos comerciales bilaterales firma­dos con países como Marruecos, Túnez o Egipto no incluyen a todos los sectores y se han visto superados por los aconte­cimientos actuales. Aunque se reconoce que estos acuerdos necesitan ser revi­sados, puesto que ya no responden a las necesidades actuales, las perspectivas de esa revisión son muy divergentes y distan mucho de tener un enfoque con­ciliador en el Norte y el Sur. También sería importante a este respecto ampliar la vía de la sociedad civil, porque son las poblaciones civiles quienes sufren los efectos de los acuerdos tal como existen hoy.

En segundo lugar, las brechas de eficiencia en el transporte y la logística entre el Norte y el Sur son considera­bles. Mientras que los países europeos actúan de acuerdo con las normas co­munitarias, los países del Sur no dis­ponen del mismo marco normativo y están sometidos a otras rigideces ligadas principalmente a su entorno empresarial. Existen trámites que se consideran todavía complicados y ex­cesivos (esta situación es diferente en cada país) provocando así retrasos en los puertos y/o elevados costes de espera, lo que también desanima a los importadores.

Por último, el clima de confianza de los inversores es una variable clave en este sentido. Cada país tiene su grado de estabilidad política y social específico, por lo que cualquier comparación sería demasiado simplista. Pero está claro que los inversores europeos están a fa­vor de aquellos países del Sur y del Este capaces de ofrecer más garantías de sos­tenibilidad y capacidad de resolución de conflictos, si llegara el caso. La confian­za en el sistema judicial es, por tanto, un elemento esencial.

Los acuerdos comerciales bilaterales entre la UE y los países MENA ya no responden a las necesidades actuales, pero las perspectivas de revisión están lejos de un enfoque conciliador entre el Norte y el Sur


Proporción de las importaciones de alimentos en las exportaciones totales

Fuente: Post Covid-19: opportunities for growth, regional value chains and Mediterranean integration, CMI y FEMISE, 2022 con datos de UNCTAD-COMTRADE. Gráfico: Adriana Exeni

Pero los obstáculos no vienen úni­camente del Sur. También es necesario que los modelos de inversión que se uti­licen en los países europeos respondan a una auténtica visión de cooperación con particulares y empresas de los paí­ses receptores de la inversión. Esto de­bería traducirse en oportunidades para el intercambio de experiencias e inno­vaciones tecnológicas y en una mayor implicación de los actores locales, en particular de las pequeñas y medianas empresas, todo ello en un marco que incluya objetivos concretos para la crea­ción de empleo. Hay ejemplos positivos de grandes empresas que han invertido en el Sur con buenos resultados (en los sectores del transporte aéreo, el auto­móvil y los seguros, por ejemplo). Sin embargo, hay menos ejemplos de aso­ciaciones con externalidades positivas cuando se trata de pymes locales.

Esta situación única que atravesa­mos debería ser el punto de partida para el relanzamiento de una zona eurome­diterránea más integrada a través del comercio y la inversión. Ha llegado el momento de superar los obstáculos que impiden a los ciudadanos beneficiarse de las ventajas que conllevaría esta in­tegración.

Integración por medio de la descarbonización

En este contexto general, no debemos perder de vista los objetivos de descar­bonización que todos los países siguen con diferentes grados de ambición, por supuesto. Por un lado, estos objetivos de descarbonización para 2030 y 2050 podrían constituir un incentivo añadi­do para diversificar y reubicar cadenas de valor en el ámbito regional, dada la consiguiente disminución del tiempo de transporte, la reducción de la contami­nación y la menor huella de carbono que se derivarían de ello. Por otro lado, en el caso que nos ocupa, el de la región euro­mediterránea, ni los países europeos ni los países de la orilla sur y este podrán alcanzar sus objetivos de descarboniza­ción si no colaboran y comercian más entre sí, incluso en el sector de la energía. Una vez más, es necesario poner en marcha proyectos que ofrezcan solucio­nes comunes.

Por un lado, la oferta actual de recur­sos energéticos de Europa no tiene ni el volumen ni la flexibilidad de suministro necesarios para satisfacer las crecientes necesidades energéticas de las pobla­ciones, especialmente a la vista de las restricciones adoptadas por Rusia. Por otro lado, el Sur ofrece un gran potencial tanto para el gas y su transporte a Eu­ropa como para las energías renovables. Estas son muy abundantes (solar, eóli­ca) y se pueden producir (hidrógeno) eficientemente en el Sur; merecen ser explotadas conjuntamente con inversio­nes que establezcan objetivos comunes de codesarrollo e integración.

Valor de las importaciones de la UE en 2019 (en millones de US$)

Fuente: UNSTAT-UN Comtrade via WITS (by tradeSift)

El sector energético constituye hoy el vector de integración euromediterrá­nea más evidente y urgente. Las nuevas inversiones deben canalizarse hacia so­luciones que permitan a Europa reducir su dependencia energética de Rusia, mientras los países del Sur ricos en re­cursos renovables diversifican y trans­forman sus economías. Los efectos se­rían triplemente positivos si tenemos en cuenta los avances que se derivarían de una lucha unida contra el cambio climá­tico. También es necesario que mejoren la colaboración y el diálogo entre países y que los incentivos económicos y socia­les faciliten la toma de decisiones, que de otro modo se vería obstaculizada por la falta de diálogo político.

Para ello habría que recurrir a la normativa de la Unión Europea, en con­creto al nuevo Pacto Verde. Para que los países socios del Sur y el Este del Medi­terráneo puedan perseguir sus propios objetivos de descarbonización teniendo en cuenta las nuevas reglas que vienen de Europa, el diálogo y la colaboración Norte-Sur y Sur-Sur son ineludibles. También será necesario reforzar la ca­pacidad para reforzar la absorción de las inversiones en beneficio de la población y compartir las experiencias.

En este contexto, los países del Sur deben prepararse para enfrentarse a las consecuencias del impuesto al car­bono. Esto significa que en los sectores más contaminantes que son objeto de exportaciones a Europa, se tendrán que poner en marcha las medidas necesarias para que el contenido y/o las emisio­nes de carbono se reduzcan para seguir siendo competitivos con los productos europeos, que se supone que deben re­ducir gradualmente su contenido de carbono. De lo contrario, se volverían menos competitivos y tendrían más di­ficultades para exportar a determinados mercados europeos. La colaboración y coordinación, así como el intercambio de conocimientos, son también funda­mentales en este ámbito.

Inseguridad alimentaria: ¿Otro factor de inestabilidad?

Entre los factores más desestabilizado­res derivados de esta doble crisis, tanto en el plano económico como en el social, existe el riesgo de no poder satisfacer las necesidades alimentarias básicas de las poblaciones. Este riesgo se ha vuelto más evidente en los últimos años debi­do a la sequía y a las temperaturas ex­tremas que afectan al Mediterráneo de forma más grave que al resto del mundo.

Incluso antes del conflicto en Ucra­nia, la inseguridad alimentaria amena­zaba a la orilla sur del Mediterráneo (op. cit), y a algunos países en particu­lar. Aunque las importaciones de deter­minados productos agrícolas seguirán necesarias, porque la autosufi­ciencia alimentaria no se presenta como un fin en sí misma, es cierto que una gran dependencia de las importaciones de los productos esenciales para la dieta y los hábitos de cada país crea importantes situaciones de vulnerabilidad que deben corregirse.

Las nuevas inversiones deben canalizarse hacia soluciones que permitan a Europa reducir su
dependencia energética de Rusia, mientras los países del Sur, ricos en recursos renovables, diversifican y transforman sus economías


La pregunta que se plantea es por qué los modelos de producción agrícola no han dado necesariamente prioridad a los productos importantes y emble­máticos, como el trigo y otros cereales. Con la crisis de Ucrania, las dificulta­des de suministro y la subida de precios han puesto de manifiesto una vez más el peligro de una dependencia excesi­va de las importaciones de productos esenciales. Con la caída de los ingre­sos generados por las exportaciones y la ralentización de los flujos de capital, la capacidad importadora de los países del Sur se ha reducido y, en este senti­do, su situación se ha vuelto extrema­damente frágil.

En un contexto de cambio climá­tico, en el que es necesario tener en cuenta el estrés hídrico y adaptar las prácticas agrícolas de forma eficiente y productiva, primero convendría identi­ficar qué productos se debería favore­cer para la producción agrícola local, en respuesta a las demandas locales. Des­pués sería necesario que los gobiernos invirtieran en bienes públicos regio­nales, como la extensión agraria y los métodos de riego eficientes, y crearan los incentivos económicos necesarios para que los agricultores produzcan estos alimentos básicos que necesitan las poblaciones, a la vez que preservan y aumentan sus ingresos, así como su capacidad para llevar una vida digna en las zonas rurales.

Invertir más en las zonas rurales también debería tener como objetivo preservar los ecosistemas existentes y buscar soluciones basadas en la natura­leza que también producirían empleo y oportunidades empresariales, especial­mente para los jóvenes (por ejemplo, el CMI presta su apoyo a los jóvenes em­prendedores de Mediterranean Youth for Water Network -MedYWat, apoyán­dolos en la incubación de sus proyectos innovadores y la creación de start-ups). Al mismo tiempo, estas inversiones con­tribuirían a frenar el éxodo de las po­blaciones rurales hacia las ciudades y a equilibrar mejor las distintas fuentes de crecimiento de cada país. La agricultura aún ofrece un gran potencial para ali­mentar a las poblaciones y aumentar las exportaciones, además de servir de base para el sector agroindustrial, por lo que no debe ser descuidada.

ExeniUE: cuota de importación por grupos de productos en 2019

Fuente: Post Covid-19: opportunities for growth, regional value chains and Mediterranean integration, CMI y FEMISE, 2022 con datos de UNSTAT- UN Comtrade via WITS (TradeSift). Gráfico: Adriana Exeni

En el campo de la seguridad alimen­taria, el diálogo entre países y la cola­boración entre los responsables de las políticas económicas también son fun­damentales en la región. Aunque en este momento la idea de una política agraria común en el Mediterráneo parece remo­ta, dada la falta de un marco normativo común, todavía es posible, sin embargo, que los países del Sur y el Este del Me­diterráneo colaboren entre sí y con los países de la orilla norte en la gestión de los recursos hídricos y la adecuación de los cultivos agrícolas, teniendo en cuen­ta las buenas prácticas existentes y los últimos avances tecnológicos. También será necesario que el sector agrícola en­tre en las negociaciones en el marco de los tratados de libre comercio que deben ser revisados y actualizados.

Hacia un futuro inmediato

Los desafíos actuales en el Mediterrá­neo solo pueden convertirse en opor­tunidades si los países involucrados son capaces de coordinar sus acciones y sus políticas en un marco coherente, aunque no esté armonizado. La Unión Europea se enfrenta a la necesidad de revisar al­gunos acuerdos con sus países vecinos del Mediterráneo, incluso en el marco de los acuerdos comerciales bilaterales, la integración del mercado energético, la coordinación de las políticas agrarias y la gestión de los recursos hídricos.

Esto es necesario no solo para sacar partido a un movimiento hacia la regio­nalización de las cadenas de valor, que hay que aprovechar, sino también para preservar la estabilidad económica y so­cial de los países mediterráneos menos desarrollados.

Europa podría poner fin a su situa­ción de dependencia tanto en lo refe­rente a las importaciones de productos intermedios como de recursos energé­ticos, reforzando la política de vecindad y dotándola de los medios para que sus objetivos de cooperación y desarrollo en el Sur se materialicen por fin y cosechen resultados concretos. Al mismo tiempo, los países del Sur también deben dar sus propios pasos para reducir su inseguri­dad alimentaria y promover un desarro­llo rural integrado y sostenible.

La crisis de Ucrania no debe ser una distracción que aparte a Europa de su relación con el Mediterráneo. Al contra­rio, precisamente en el Mediterráneo se podrían encontrar soluciones beneficio­sas para todos./

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