Jóvenes y juventud mediterránea: de la estética a la demografía

Andreu Domingo

Centre d’Estudis Demogràfics, Barcelona

Jordi Bayona

Centre d’Estudis Demogràfics, Barcelona

La sociedad contemporánea ensalza la imagen de la juventud, basada en criterios estéticos, al tiempo que precariza la situación de los jóvenes en tanto que individuos. Esta paradoja es especialmente paradigmática en la cuenca mediterránea, donde la fractura entre las dos orillas resulta relevante para los estudios demográficos y las teorías del choque de civilizaciones. El análisis de factores como las migraciones o las tasas de fecundidad destacan la escasez de jóvenes que experimentará el área mediterránea en las próximas décadas, fenómeno cuyo alcance dependerá en último término del marco político y socioeconómico de cada país. 

La juventud como ideal estético y demográfico

La ordenación de las edades, junto con la ordenación de los sexos, constituye esa gran forma de clasificación que, partiendo de lo biológico, articula a cualquier sociedad. Los papeles de género y la construcción social de las edades se convierten de este modo en una de las características básicas de toda organización social. Lo que nos parece evidente para el estudio antropológico o etnográfico, debido al reconocimiento de la distancia cultural, lo es también para el sociológico. Mucho más para la demografía, que tiene como materia básica de su análisis el sexo y la edad de las personas que componen una población determinada, junto con los cambios en el comportamiento demográfico de las generaciones, asociada a los eventos sociodemográficos que les corresponden.

Una doble paradoja en la consideración del joven y de la juventud caracteriza nuestra sociedad contemporánea, que se extiende con el proceso llamado globalización. La primera tiene que ver con el individuo y la imagen social de la edad: a la reserva con la que se observa al joven le corresponde en cambio la rendición a la imagen de la juventud. Imagen que bebe de un ideal estético centrado en el culto al cuerpo y que se ha alimentado de la lectura hecha a partir del siglo XIX del clasicismo grecorromano. Mientras que, por otro lado, nos encontramos con la transposición de esos supuestos valores asignados a la edad como atributo biológico del individuo a la población, que relacionan la juventud con lo emergente y la vejez con lo decadente. Es así como a las sociedades llamadas envejecidas, como es el caso de los países desarrollados, se les supone valores negativos, como la pérdida de impulso o de creatividad, irremediablemente relacionados con una visión de futuro más que obscura basada en la puesta en duda de la sostenibilidad del sistema de pensiones. Ese decepcionante horizonte de “sociedades de ancianos, viviendo en casas viejas, rumiando acerca de viejas ideas” que pronosticaba el demógrafo Alfred Sauvy. Por el contrario, a las sociedades con estructuras jóvenes o relativamente jóvenes, se las considera casi siempre con optimismo, como potencial de recursos humanos pese a las dificultades evidentes que esas sociedades y los individuos jóvenes que las conforman puedan atravesar. La paradoja pronto aflora al constatar cómo las condiciones económicas y sociales de los países caracterizados por una u otra estructura presentan un balance completamente inverso a ese apriorismo biologicista tan comúnmente aceptado.

La región mediterránea se ha convertido, muy a pesar de los 479 millones de habitantes de los diferentes países que la componen en 2005, en un ejemplo de esa doble paradoja, que enfrentaría a los países por sus diferentes estructuras poblacionales, y en los que los 119 millones de jóvenes se verían sometidos a esa cruel realidad de ver exaltada la juventud al tiempo que su situación, como individuos, se precariza o, lo que es peor, está bajo sospecha. En este sentido, el Mediterráneo se ha convertido en un paradigma de una supuesta fractura demográfica, utilizado para argumentar el llamado “Choque de poblaciones”. Samuel P. Huntington no deja de echar mano de la comparación entre el crecimiento demográfico diferencial de España y del Magreb, de Palestina e Israel, o de Serbia y los albaneses de Kosovo, para explicar los conflictos pasados, presentes o futuros de la región. Cabe señalar cómo el mismo autor hace de la franja de jóvenes la principal amenaza potencial de esos conflictos, acusándolos de ser especialmente proclives a las protestas, la inestabilidad, las reformas (sic!) y las revoluciones[1]. Si no en una visión tan extrema, se observa una tendencia generalizada a centrar en el trasfondo demográfico el tema de la vertebración mediterránea y, dentro de éste, tanto los jóvenes como la juventud, aparecen en primer, pero no en muy buen lugar. Es nuestra voluntad analizar esos prejuicios desde la óptica del demógrafo pero también, no queremos ocultarlo, con una mirada, como diría Ernst Bloch, azul -en nuestro caso, azul mediterráneo[2].

Determinantes demográficos del joven

Como hemos anunciado, el período llamado juventud es una construcción social que, como tal, en cada sociedad determinada puede responder a realidades completamente diferentes desde el punto de vista histórico y antropológico. Tras la Segunda Guerra Mundial, en los países desarrollados eclosionó todo un movimiento juvenil que, junto con el Romanticismo, puede ser uno de los momentos históricos a los que más deba la imagen del joven del siglo XXI. Diferentes realidades confluyeron en esa nueva imagen de la juventud[3], entre las que se han destacado principalmente el papel jugado por la construcción del Estado de bienestar y la universalización de la escolarización en la secundaria que marcaría los años sesenta. En segundo lugar, se ha hablado de la crisis de la autoridad parental, que durante el mismo período se vio reforzada por el éxodo rural y la reindustrialización de numerosos países europeos, y que en algunos de ellos adoptó la forma de migración internacional, ahondando en la fractura generacional. En tercer lugar, de forma paralela, se apunta al descubrimiento de los jóvenes como yacimiento de consumo masivo, que impulsó una creciente presencia de lo juvenil en los medios de comunicación. Por último, se destaca la llamada revolución sexual y la crítica a la moral puritana que encontraría su punto álgido en la estela inspirada en el Mayo del 68 y el movimiento hippie. Todos esos cambios se jalonaron con redefiniciones legales, como por ejemplo la determinación de la mayoría de edad, que en su momento se alargó por abajo hasta los dieciocho años en la mayoría de países, o sociodemográficos, como la inversión de los flujos intergeneracionales de los mayores hacia los menores, la revolución contraceptiva[4] o la propia evolución de la estructura de la población, al coincidir muchos de ellos con la llegada de la generación de los babyboomers a la juventud[5]. Resulta muy tentador relacionar los cambios experimentados por la juventud con el crecimiento extraordinario del número de jóvenes.

Un segundo momento, el más reciente, tiene su origen en la crisis económica de los años setenta, y si bien al principio ésta profundizó en los aspectos más negativos de la juventud, es decir en el miedo al desorden y la marginalidad encarnados por el joven que no había podido entrar en el mercado de trabajo, o del que era expulsado, pronto siguió un derrotero casi opuesto, producto del esfuerzo en la inversión en capital humano, es decir, en la instrucción[6]. Los años añadidos en instrucción con el propósito de mejorar las expectativas de entrada en el mercado de trabajo, conllevaron de facto un aumento en la dependencia de los jóvenes, medida en recursos pero también en términos temporales en el retraso de la emancipación económica, familiar y domiciliar. Especialmente en países donde el Estado de bienestar es débil, sobre todo en relación con los del norte de Europa, como es el caso de la mayoría de los mediterráneos, esa inversión fue sostenida por el entorno familiar, que pagaba así el precio de alargar el período de dependencia. Así pues, la extensión a capas más amplias de la sociedad de los estudios universitarios y ese alargamiento en la dependencia han acabado moviendo las fronteras de lo que llamamos juventud prolongándolas, en esta ocasión, por arriba.

Una vez más, esa evolución que hemos explicado muy sintéticamente tiene su correlato en los cambios sociodemográficos. Junto con el proceso de emancipación de la mujer, las mutaciones experimentadas en la definición social de las edades figuran como una de las causas de lo que algunos demógrafos han calificado como Segunda Transición Demográfica[7], que explica las transformaciones acaecidas desde finales de los años sesenta hasta la actualidad en materia de fecundidad, de nupcialidad, y en la morfología familiar, principalmente. Esos cambios se dieron con cronologías diversas, marcadas tanto por el impacto de la crisis económica como por el entramado institucional y la tradición demográfica de cada región. Los países pioneros fueron los escandinavos, seguidos de los centroeuropeos, a los que a mediados de los setenta se les unieron los del sur de la Unión Europea, como España, Italia, Grecia y Portugal. Las condiciones materiales, pero también la fractura normativa entre viejas y nuevas generaciones explican la celeridad y la intensidad de los mismos. La extensión en los países mediterráneos de la ribera sur puede seguir ese mismo camino que, contra lo que opinan los defensores de esa Segunda Transición Demográfica, ni tiene por qué ser forzosamente convergente en sus indicadores y formas, ni puede ser leído como indicador de modernidad o progreso. Un último fenómeno demográfico debe ser tenido en cuenta para esa redefinición de la juventud. Nos referimos, ni más ni menos, al alargamiento de la esperanza de vida y a las mejoras en la franja de edad de la vejez. Ese sumar años de vida, en condiciones de salud que no pueden compararse con las condiciones experimentadas por las generaciones más antiguas, ha actuado tanto en la redefinición de la vejez como en la de la juventud. Se podría argumentar que, a nivel colectivo, los años de vida ganados en un extremo han permitido también el alargamiento del período que convenimos en llamar “juventud”. En el siglo XXI, en la mayoría de países desarrollados, la entrada de las generaciones vacías en la juventud marca y marcará la concepción del joven, que se convertirá en un bien escaso. Como sucediera en el período anterior, el propio volumen de los jóvenes, en este caso su disminución y su escasez relativa respecto a los mayores, influirá de forma determinante en la percepción del joven y la juventud.

Entre el envejecimiento y el bono demográfico

Dejemos por un momento a los jóvenes y consideremos las estructuras por edad de las poblaciones mediterráneas. Como ya hemos avanzado, mientras que unas se definen por el proceso de envejecimiento, las otras siguen ostentando perfiles de población caracterizados por su juventud. En los dos polos encontramos a Italia, con un 19,7% de personas mayores de 65 años mientras que en Palestina, Siria o Jordania representan tan sólo el 3%. Lo que llamamos envejecimiento demográfico no es más que el crecimiento de la proporción de personas mayores de sesenta y cuatro años, producto del descenso continuado de la fecundidad, el llamado envejecimiento por la base (haciendo referencia a la pirámide de población), y del aumento de la esperanza de vida, lo que se conoce como envejecimiento por la cúspide. En la mayoría de países mediterráneos europeos tanto el descenso de la fecundidad (y la consiguiente reducción de las generaciones más jóvenes) como las mejoras en la esperanza de vida (y, por tanto, el crecimiento de la población anciana) han sido singularmente intensos y concentrados, produciendo como resultado un ritmo de envejecimiento muy agudo. Sirva como ejemplo España, que de los 2,92 hijos por mujer durante el período 1965-70 pasó al 1,18 del período 1995-00. Italia le iba a la zaga: de los 2,49 en el segundo quinquenio de los sesenta pasó al 1,21 del último quinquenio del siglo XX. También en estos dos países ha destacado el alargamiento de la esperanza de vida: durante las mismas fechas pasaban ambos de los 71 años de esperanza de vida a finales de los sesenta, a los 80 años a finales del siglo XX. La proporción de ancianos se ha disparado de casi un 10% en 1970 al 16,8% en el caso de España y el 19,7% para Italia en 2005. Respecto a los jóvenes, sin embargo, hasta los años noventa del siglo XX las generaciones del baby boom eran aún las que componían preponderantemente estos grupos de edad, no será hasta el siglo XXI cuando empiecen a entrar los grupos de las generaciones vacías, menos numerosos correspondientes al baby burst. Para dar una idea de volumen diremos que siguiendo con los casos extremos de España e Italia, el número de jóvenes entre 15 y 29 años pasaría en el primer caso de los 9,7 millones en 1995, cuando alcanzó su máximo, a los 6,7 millones previstos para 2020; en el caso de Italia, de los 13,5 millones máximos en 1990 pasaría a los 8,8 en 2015. Las voces de alarma, como casi siempre, se justifican mediante las proyecciones que se realizan en el futuro de esa estructura de población. Es en esta próxima década cuando el efecto de la disminución de la fecundidad se dejará sentir plenamente en la reducción en el número y la proporción de los jóvenes.

En la orilla meridional del Mediterráneo la situación respecto a la estructura de la población es muy diferente y también contrastada, pero más en el porcentaje que pueden representar los menores (futuros jóvenes) o los ancianos que en el porcentaje que representan en la actualidad esos mismos jóvenes. De este modo, si en Túnez los menores de 15 años constituyen el 26% de la población, en Palestina alcanzan el 45,6%, mientras que los mayores de 64 años obtienen valores mínimos del 3% en Palestina, Siria o Jordania, y un máximo del 7,2% para el Líbano. Aunque la oscilación del grupo joven es menor que en los países de la ribera norte, entre el 32,5% sirio y el 26,5% palestino, se encuentra de todos modos por encima del 16,6% italiano o del 20,5% español. El descenso también rápido de la fecundidad[8], aunque lejano aún de los valores mínimos del norte mediterráneo, así como el ritmo de envejecimiento más moderado, han hecho que algunos autores, al referirse a la estructura por edad de la población, hablen del “bono de oportunidades” o del “dividendo demográfico”[9]. Con estos términos aluden a la beneficiosa coyuntura demográfica de encontrarse con poblaciones donde el número de personas dependientes (menores y viejos) disminuye, mientras que el de población activa alcanza máximos. Este proceso es paralelo a la mejora extraordinaria de los niveles de instrucción entre las generaciones más recientes, tanto masculinas como femeninas. No obstante, el aprovechamiento de ese potencial depende de la capacidad del mercado de trabajo para absorber la entrada de jóvenes, así como de los retos urgentes de mejorar el sistema productivo y luchar contra el desempleo[10].

Hay autores que, ante el contraste de lo que ocurre entre las dos orillas del Mediterráneo, han querido ver en la escasez relativa de jóvenes en una orilla y su relativo exceso en la otra la razón principal de los movimientos migratorios del sur al norte. Como si de la teoría de los vasos comunicantes se tratara, han puesto en evidencia un supuesto principio osmótico de la población, tanto considerando los niveles de fecundidad como las estructuras, lo que el demógrafo Joaquín Arango ha bautizado satíricamente como “teorías hidráulicas de la población”[11]. De este modo, las migraciones serían una forma de paliar la baja fecundidad de los países desarrollados, o de compensar los déficits estructurales. Esa visión ajena a la demografía, y que no hace nada más que replicar los argumentos de la economía neoclásica extrapolando las diferencias de estructura de la población a las diferencias salariales como causa de las migraciones, sólo propone desplazar a lo demográfico el clamoroso desequilibrio económico existente, verdadera causa de la mayoría de movimientos migratorios. Por desgracia, esa simplista explicación se ha popularizado bajo el nombre de “Migraciones de Reemplazo” a partir del informe de la División de Población de Naciones Unidas publicado en el año 2001[12], que pretende tomar visos de rigor escudándose en las proyecciones de población y en una causalidad espuria. Hay que decir que la respuesta de la demografía, que ha sido contundente aunque no carente de humor, cuestiona el principio osmótico en materia demográfica hasta la reducción al absurdo. El demógrafo británico David Coleman demuestra que para suplir el déficit estructural en la relación de dependencia de Corea del Sur, no bastaría con la población mundial[13]. Para desmentir tal hipótesis otros han señalado cómo en estos momentos las migraciones internacionales se dan con gran intensidad entre países con niveles semejantes en lo que se refiere tanto a la fecundidad como a la estructura por edad de sus poblaciones. Los grandes movimientos regionales africanos del Golfo de Guinea o del África Austral, por ejemplo, se han venido dando entre países con una alta fecundidad y estructuras jóvenes, mientras que en el polo opuesto, los indicadores de fecundidad de los países del Este de Europa que migran hacia los países de la Unión Europea, destacan también por valores incluso inferiores a los de los países receptores y por una pirámide notablemente envejecida[14]. Precisamente el caso español, lejos de ser una evidencia, como aparentemente sugeriría un rápido vistazo a los indicadores demográficos, constituye una prueba inmejorable para desmentir esa hipótesis. Si bien es cierto que España ha destacado, junto con Italia, por los mínimos registrados en fecundidad y los máximos en el alargamiento de la esperanza de vida, que a su vez han repercutido en el ritmo de envejecimiento, también lo es que el boom migratorio experimentado durante los primeros años del siglo XXI se ha producido cuando las generaciones llenas del baby boom estaban en el mercado de trabajo[15]. La comparación de los flujos recibidos por España e Italia resulta muy esclarecedora: Italia, que empezó el descenso de su fecundidad con anterioridad y llegó a niveles inferiores que España, ha recibido menos inmigración que ésta, pero lo más importante, ha coincidido en el tiempo y en las edades protagonistas de esos flujos, demostrando así la relación causal de los flujos con la coyuntura económica y no con la demográfica[16].

Los jóvenes, protagonistas de las migraciones

Si la razón de las migraciones no se encuentra en el déficit de jóvenes, ¿cuál es el papel de éstos en las migraciones? En primer lugar, deberíamos señalar que el peso de los movimientos migratorios realizados entre los 15 y los 29 años es muy importante, sobre todo en el último grupo quinquenal de edad, de los 25 a 29 años, que junto con el grupo de los 20-24 años, suelen ser los principales protagonistas del fenómeno (en España, por ejemplo, 1 de cada 3 inmigrantes llegados entre 1997 y 2006 tenía entre 20 y 29 años). En segundo lugar, deberemos recordar que los flujos que se están produciendo en el Mediterráneo, aunque sean los más importantes, no se limitan a aquellos que cruzan el mar del sur al norte. Existen otros focos de atracción extra mediterráneos, como por ejemplo los países del Golfo Pérsico, pero también existen otros flujos de migrantes de países terceros que llegan de forma significativa tanto a los países claramente receptores de inmigración situados en la ribera norte, como a los países que son a la vez emisores y receptores de inmigración. Un ejemplo de estos últimos serían Marruecos o Argelia respecto a flujos subsaharianos, con un 2% de población extranjera en 2005, o Egipto o Libia respecto a flujos de otros países vecinos, con un 2 y un 11% respectivamente. A los que crean que un 2 por ciento es un porcentaje muy bajo deberíamos hacerles notar que España, si exceptuamos los microestados de Liechtenstein y Luxemburgo, hoy por hoy encabeza el listado de países de la UE en cuanto al porcentaje de población extranjera con un 10%, mientras que en 1999 tan sólo alcanzaba el 1,9%.

Pero para entender realmente el papel de los jóvenes en las migraciones, contra la idea de reemplazo basada en el déficit demográfico estructural, nosotros proponemos la idea de complementariedad entre migrantes y no migrantes. Específicamente, la complementariedad entre jóvenes inmigrados y jóvenes autóctonos, y sobre todo entre las inmigradas y las generaciones de jóvenes autóctonas, que atiende a los cambios sociodemográficos en la propia definición de la juventud (pero también de los papeles de género). Junto con una coyuntura económica especialmente positiva, la complementariedad sociodemográfica sería el fenómeno que efectivamente explicaría el inusitado crecimiento de las migraciones recibidas en los países mediterráneos septentrionales durante los últimos años, especialmente en el caso español, que se ha situado a la cabeza de los flujos recibidos en toda Europa. El aumento del nivel de instrucción y con él las expectativas en la entrada en el mercado de trabajo, junto con la inserción masiva de las mujeres en el mismo, serían las piezas clave de ese fenómeno, amplificado efectivamente por el crecimiento del número de personas ancianas. Si por un lado la entrada de generaciones vacías, y con ella la escasez relativa de jóvenes en el mercado de trabajo puede considerarse un acicate a la inmigración, deberíamos considerar, sin embargo, que este fenómeno también representará un sustantivo descenso en el consumo, que debería revertir a su vez en la creación de lugares de trabajo. En todo caso, el ciclo económico seguirá siendo el que tenga la última palabra en la futura demanda de trabajadores. Esta complementariedad representa de hecho un acceso desigual a un mercado de trabajo segmentado en el que los inmigrados entran siempre por debajo de los autóctonos de un mismo nivel de instrucción. Es, pues, un tipo de migración orientado hacia la demanda de trabajos poco cualificados, en contra de las declaraciones programáticas de la Unión Europea, pero también en contra de la declaración de algunos países emisores, que hacen del lamento de la “fuga de cerebros”, un elemento de negociación política. Dicho de otra forma, los jóvenes con menor cualificación tienen más que ganar en este tipo de circuito que los jóvenes instruidos de los países emisores, que se verán abocados a la sobrecualificación. Por otra parte, la mayoría de los jóvenes inmigrados de 25 a 29 años deberían considerarse como adultos si los definimos desde la perspectiva de su autonomía, ya que están emancipados domiciliar, familiar y económicamente.

Por último, sea cual fuere la razón de la migración, no faltan voces europeas que nos amenacen con la substitución étnica de la población en los países de destino, y al hilo del discurso huntingtoniano sigan alertando sobre el posible conflicto generado por las diferencias culturales entre autóctonos o alóctonos, o sobre el inevitable declive de la identidad cultural y étnica de los países receptores[17]. A este respecto, nos gustaría apuntar que buena parte de los temores que despiertan los inmigrantes encubren el miedo al reemplazo generacional. De este modo, el inmigrante y la supuesta distancia cultural se confunde con el joven y la distancia generacional. Dando una vuelta de tuerca más al asunto, entre algunos ciudadanos autóctonos no pocas veces más que distancia lo que se da es una auténtica fractura, pero con los jóvenes no inmigrados, con su propia descendencia. Esto se debe a que están más próximos a los valores representados por algunos de los migrantes jóvenes: el valor del esfuerzo, la realización a través del trabajo, la importancia de los lazos familiares o los papeles de género, por ejemplo, que a los valores que ostentan sus hijos o nietos. A aquellos que profesan tales miedos futuros se les debería advertir, con un primoroso tacto, que el futuro ya ha llegado, y que el país que ellos recuerdan o nunca existió, o sólo existe en su nostalgia.

Jóvenes: entre la estigmatización y la utopización

A una y otra orilla del Mediterráneo se sostiene esa mirada ambivalente sobre el joven y la juventud que, por un lado, mantiene estigmatizado al individuo, sea por la potencial turbulencia que se le supone o por las acusaciones de hedonismo, mientras que lo juvenil se impone como valor estético. La literatura se ha hecho eco de esa extraordinaria paradoja, ahondando precisamente en los factores sociodemográficos que implica, e intentando explicar las transformaciones en los dos segmentos de la vida que más se han transformado en las últimas décadas: la juventud y la vejez[18]. Junto con la redefinición de las edades, esa misma literatura que intenta explorar y participar en la creación del imaginario social, pone de relieve la contradicción entre el comportamiento individual y las necesidades colectivas, que desde su nacimiento ha sido el nudo gordiano que ha ocupado el centro del pensamiento demográfico[19]. Así, encontramos obras que plasman futuros donde borrar el paso del tiempo es una obsesión, y donde el joven debe disimular su condición, como Globalia de Jean-Christophe Rufin[20], en la que el joven es visto como la fuerza de cambio social por antonomasia. O trabajos como el de Michel Houellebecq, con su novela titulada La possibilité d’une île[21]en la que, partiendo de esa misma mistificación de lo juvenil, la mirada hacia el joven es claramente acusadora, en un mundo donde el cuerpo y el atractivo sexual se imponen como fuente de poder, donde las transferencias intergeneracionales benefician a los jóvenes y donde el envejecimiento, el descubrimiento de la obsolescencia, viene acompañado de un indecible proceso de sufrimiento moral.

El alargamiento de la dependencia que comporta la extensión de la formación en la sociedad de la información parece un proceso sin retorno, aún en las coyunturas económicas más favorables que inducen a parte de esos jóvenes a abandonar sus estudios en favor del beneficio inmediato que proporciona la entrada en el mundo laboral. Los discursos que censuran en una u otra dirección a los jóvenes, que apenas ocultan su raíz clasista, son discursos dirigidos contra el trabajador, contra los cambios en los papeles de género, contra la transformación política, o que presionan para una entrada sin condiciones en el mercado de trabajo, por parte de los jóvenes que habitan países tanto septentrionales como meridionales. Una vez más, lo que sucede en la región mediterránea no es una excepción, pero sí que llama la atención por la inusitada intensidad y rapidez con la que se están produciendo esos cambios.

La reducción del número de efectivos de jóvenes en los países de la ribera norte que ahora ya se está verificando se replicará en un futuro en los países de la ribera sur. Los ciclos demográficos en los próximos veinte años, sin embargo, son completamente diferentes: a la escasez relativa de jóvenes en el norte, le va a corresponder la entrada de unas generaciones llenas en el sur, pero también con un calendario diferente, que alcanzará el máximo en 2010 para los países del Magreb (Argelia, Maruecos y Túnez) y en 2035 para los del Makreb (Libia y Egipto). A estas generaciones llenas sucederán más tarde generaciones vacías[22]. Ante una coyuntura económica negativa, un volumen reducido que presione sobre el mercado de trabajo puede ser beneficioso, todo lo contrario de lo que sucede con unas generaciones llenas. La potencialidad demográfica sigue, pues, dependiendo del contexto económico en el que se produce.

La escasez de jóvenes se generalizará en todos los países mediterráneos, estancándose en los 120 millones entre el 2005 y el 2040 según las proyecciones oficiales de Naciones Unidas, como consecuencia de la sucesión de generaciones cada vez más reducidas a causa del descenso de la fecundidad. Su peso también decaerá debido al crecimiento del número de ancianos, gracias a las mejoras en la mortalidad, que se prevé que pueda pasar de los 50 millones en 2005 a los 130 en 2050. La escasez de jóvenes debería jugar a favor de los individuos que transitan por esa edad: las generaciones vacías deberían beneficiarse de su alza en el valor, a la vez que ven reducir la competencia entre sus integrantes. Eso, por lo menos, es lo que se ha visto históricamente[23]. Sin embargo, el marco institucional y político de cada país será definitivo en las condiciones de vida de los jóvenes.

Notas

[1] Samuel P. Huntington. 1997, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Barcelona , Paidós.

[2] Ernst Bloch, 2004, El principio esperanza. Vol I. Madrid, Editorial Trotta.

[3] Carles Feixa, 1998, De jóvenes, bandas y tribus. Barcelona, Ariel.

[4] E. Shorter, 1975, The making of the modern family. London, Fontana Books.

[5] Richard A. Easterlin, 1980, Birth & Fortune. The impact of the number on the Individual Welfar. London, Grant McIntyre.

[6] Gil Calvo, Enrique, 1985,  Los depredadores audiovisuales. Juventud urbana y cultura de masas. Madrid, Tecnos.

[7] Dirk J. Van De Kaa, 1987, «Europe’s Second Demographic Transition». En Population bulletin, vol. 42, 1, March 1987.
Dirk J. Van De Kaa, 1988, «The Second Demographic Transition Revisited, Theories and Expectations». En Synposium on the Population Change and European Society. Florence, European University of Florence, 7-10 decembre 1988.
Ron Lesthaeghe, 1991, The Second Demographic Transition in Western Countries, an interpretation. Brussels, Princeton University Library.

[8] Marruecos ha pasado de los 7,1 hijos por mujer del quinquenio 1965-70 a los 2,4 del primer quinquenio del siglo XXI. En Túnez, la reducción ha sido más drástica todavía, pasando durante el mismo período de los 6,9 hijos por mujer a los 2,1. Argelia, por su parte, ha pasado de los 7,4 a  los 2,5.

[9] D. E. Bloom, D. Canning, y J. Sevilla, 2002, The Demographic Dividend: A New Perspective on the Economic Consequences of Population Change, RAND MR-1274-WFHF/DLPF7RFIUNPF.

[10] Regui Asaad y Farzaneh Roudi-Fahmi, 2007, Youth in the Middle East and North Africa: Demographic Opportunity or Challenge? Population Referente Bureau.

[11] Joaquín Arango, 1994, “La ‘cuestión migratoria’ en la Europa de fines del siglo XX”. En NADAL, Jordi (Coord.) El mundo que viene. Madrid, Alianza Ed. pp. 63-94.

[12] Population Division, 2001, Replacement migration: is it a solution to declining and ageing populations?, Population Division, Department of Economic and Social Affairs, United Nations.

[13] David A. Coleman, 2001, “Replacement migration, or why everyone is going to have to live in Korea: a fable for our times from the United Nations” The Royal Society, 357. 583-598.

[14] Myron Weiner, y Michael S. Teitelbaum, 2001, Political Demography, Demographic Engineering. New York, Oxford, Berghahn Books.

[15] Andreu Domingo, y Fernando Gil, 2007, “Immigration et évolution de la structure de la main-d’oeuvre au Sud de l’Union européenne “. Population, núm. 4, pp. 825-846.

[16] Andreu Domingo, y Fernando Gil, 2007, “Desigualdad y complementariedad en el mercado de trabajo: autóctonos e inmigrantes en Italia y España”, Revista Italiana di Economia, Demografia e Statistica, pp. 75-100.

[17] David Coleman, 2006, “Immigration and ethnic change in low-fertility countries, A Third demographic transition”, Population and Development Review, Vol. 32, Núm. 3, pp. 401-446.

[18] Andreu Domingo, 2008, Descenso literario a los infiernos demográficos. Barcelona, Anagrama.

[19] Demeny, Paul, 1986, “Population and the Invisible Hand”, Demography, Vol. 23, Num. 4, pp. 473-487.

[20] Jean-Christophe Rufin, 2004, Globalia. Paris, Editions Gallimard.

[21] Michel Houellebecq, 2005, La possibilité d’une île. París, Fayard.

[22] Previsiones de Naciones Unidas, 2007, World Populatiom Prospects. The 2006 Revision Population Database. New Cork, United Nations.

[23] Richard A. Easterlin, 1980, Birth & Fortune. The impact of the number on the Individual Welfar. London, Grant McIntyre.