Mediterráneo, juventud y música

Mª Elena Morató

Periodista y crítica de arte

La música, como arte inmediato, es lo que con mayor claridad ejemplifica la movilidad y los cambios de la sociedad en un entorno en el que los artistas se mueven más por afinidades y feeling que por teorías. Así que, partiendo de la premisa de que a los músicos no se les puede imponer ningún tipo de frontera física o mental sin coartar su creatividad, abordaremos el tema de los jóvenes y la música en el ámbito mediterráneo refiriéndonos a cómo se adecua socialmente, a nivel cotidiano y político, la práctica creativa de la música y de qué manera ésta llega a los consumidores.

Nuevos espacios, nuevas fronteras

El devenir de la política en los últimos tiempos ha tenido una influencia notoria en el desarrollo y la evolución del arte, que ha dejado de ser una actividad perteneciente al ámbito privado para transformarse en uno más de los actores decisivos para el desarrollo de la sociedad. Desde aquel lejano 1982 en que Melina Mercuri reclamaba en la isla griega de Hidra una mayor cooperación cultural entre los países mediterráneos, el auge de la Unión Europea y la paralela intensificación de las relaciones Norte-Sur (a pesar de los escollos que la ralentizan) han propiciado nuevos escenarios teóricos para el acomodo y desarrollo de la música como arte transfronterizo. Basta con ver la gran cantidad de encuentros, premios, becas y programas de todo tipo, auspiciados desde las más diversas entidades y organismos, que han surgido en los países del entorno mediterráneo y que, junto con la creciente proliferación de festivales, han propiciado la intensificación de la interacción cultural a todos los niveles, desde el ámbito del estudio al de la promoción. El ya cotidiano término “euromediterráneo”, junto al cada vez más presente “afromediterráneo”, patentizan esos nuevos escenarios teóricos para esas nuevas realidades sociales y políticas. El Mediterráneo como nexo de unión es más que nunca testimonio de un intercambio que hoy se reivindica y se potencia como factor de crecimiento compartido en todos los ámbitos de nuestras sociedades.

Las necesidades de la música. Políticas de promoción y carencias

Las nuevas realidades, que otorgan un papel crucial al desarrollo de la cultura como factor de crecimiento y estabilidad social, han visto cómo la música cobraba un mayor peso específico en el conjunto de actividades que intentaban potenciarse. Pese a ello, la difusión de la música en los nuevos espacios geográficos como parte de ese intercambio cultural que deseaba favorecerse se ha encontrado de manera continuada con una serie de dificultades que impedían una práctica fluida. Las conclusiones coincidentes al respecto que se observan en numerosos seminarios y reuniones a los más diversos niveles que han tenido lugar en los últimos años en los países de la zona mediterránea (reuniones ministeriales del Parlamento Europeo, a nivel político;  Forum Francophone des Affaires, a nivel económico,  o encuentros informales en el marco de la celebración de festivales, a nivel artístico, por citar tres ejemplos) señalan que son cuatro los puntos fundamentales en los que el mundo de la música centra sus actuales necesidades, teniendo en cuenta que el objetivo marcado es potenciar la diversidad cultural y asegurar su supervivencia en todo el territorio. Estos cuatro objetivos son la movilidad de los artistas (acabar con el sempiterno problema de los visados); la ampliación y diversificación de la industria musical (mediante el apoyo, por ejemplo, de la microedición); la implicación de un modelo de turismo como consumidor de cultura (que favorezca la población local y permita a los músicos desarrollarse en su propio país);  y la creación de una red efectiva de intercambio de información que facilite las gestiones conjuntas entre los distintos agentes de la promoción musical.

Las reuniones celebradas, tanto institucionales como privadas, abordan sistemáticamente la urgente necesidad de establecer y aplicar protocolos específicos para facilitar y agilizar el movimiento de los artistas entre los países que tienen una voluntad explícita de cooperación cultural. Pese a las continuas recomendaciones e iniciativas con el objeto de minimizar el impacto negativo que suponen los interminables meandros burocráticos (que acaban por agotar y abortar muchas propuestas entusiastas e interesantes surgidas en los diversos ámbitos), y a pesar de los esfuerzos considerables desplegados y los fondos millonarios invertidos en programas específicos de intercambio y desarrollo (Unión Europea, UNESCO, Fundación Anna Lindh, …) vemos que, año tras año, las demandas siguen siendo las mismas, lo cual evidencia que no se ha logrado canalizar las soluciones apuntadas.

Si en el año 2000 la movilidad de artistas y profesionales era una prioridad del Programa Cultura de la Comisión Europea, para el período 2007-2013 se ha convertido en uno de sus objetivos específicos, contando para ello con la necesaria concurrencia de estructuras culturales ya existentes (como la World Music Expo WOMEX, por citar alguna). Sin embargo, es evidente que las soluciones no podrán hacerse efectivas si no existe previamente una declaración de compromiso tácito y unánime por parte de los colectivos de artistas a través de sus representantes (consejos consultores para las artes, asociaciones de creadores y corporativas, entidades de gestión) como base sobre la que puedan sustentarse los poderes públicos para esa deseada movilidad (que deberá ser pactada) de los artistas, sin la cual el “intercambio cultural y mutuo conocimiento” seguirán siendo, salvo excepciones, un complicado camino hacia el encuentro.

Desarrollo de nuevos mercados

En este amplio escenario de espacios que se entrecruzan el músico, especialmente el joven, trata de encontrar su lugar. El músico, no hay que olvidarlo, es un representante de una parte de la sociedad, con la que comparte inquietudes y deseos, de manera que cualquier acción que promueva un intercambio o trabajo conjunto de músicos de distintas nacionalidades, en realidad, está poniendo en contacto a las sociedades que aquéllos representan. Así lo han entendido quienes apoyan determinados programas o encuentros musicales, algunos de ellos como parte de proyectos de más amplio alcance y dirigidos específicamente a los jóvenes, como Juventud en Acción de la Comisión Europea, o la Asociación Bienal de Jóvenes Creadores de Europa y del Mediterráneo. Son muchas las posibilidades que, desde instituciones y organismos, se ofrecen para el aprendizaje y desarrollo de las actividades musicales (sobre todo en el espacio europeo) a las que pueden acceder los estudiantes de otras nacionalidades a través de los programas de intercambio y cooperación.

Aparte de las vías de formación e investigación, que corresponderían al apartado teórico del desarrollo musical, en el apartado de la práctica de la profesión habría que hacer una mención especial a los festivales[1], porque su impacto es el más inmediato y porque congregan tanto a músicos como a público. Son numerosos y revisten formatos muy diversos: la itinerancia del Siete Soles Siete Lunas (fruto de una red cultural promovida por treinta ciudades de nueve países mediterráneos), el reconocimiento y la proyección específicos de un colectivo en el Festival Gnawa de Esauira; la voluntad de constituirse en plataforma para las nuevas corrientes urbanas y estilos de los jóvenes de L’Boulevard de Casablanca. Otros se erigen como cita con los artistas más emblemáticos de cada país, como es el caso del Pirineos Sur de Huesca, o bien como extensión de un centro de documentación de tradiciones populares, el Centro FLOG Tradizioni Popolari, como es el caso de Musica dei Popoli de Florencia. En todos ellos se favorece de alguna manera la proyección pública de los jóvenes, ya que suelen significar para los grupos e intérpretes que empiezan el primer espaldarazo a su carrera.

Los festivales son, además, un foro abierto de intercambio tanto a nivel teórico como práctico. Muchas de las evoluciones estilísticas y líneas innovadoras que se observan dentro del panorama musical en todo tipo de estilos tienen su origen en encuentros ocasionales realizados bajo los auspicios de estos festivales. Por otra parte, es tan importante la incidencia local de éstos, cultural y económicamente hablando, que su proliferación ha sido poco menos que espectacular, sobre todo en el espacio afromediterráneo.

En la escena europea asistimos a principios de esta década al nacimiento de un nuevo tipo de festivales: las Noches de Ramadán. Surgidas en Francia y propugnadas como un acercamiento laico a la cultura de los musulmanes, se conciben no únicamente como tribuna para la divulgación de la música de estos países, sino también de otros aspectos de su cultura a través de muestras gastronómicas y talleres diversos. La particularidad de estos festivales, celebrados en numerosas ciudades francesas y, en España, en Madrid y Barcelona, es que además de constituir para el público local una posibilidad excepcional de acercarse a estos intérpretes, tienen como finalidad incluir a las poblaciones emigradas en una celebración festiva conjunta… con una gran respuesta por parte de las distintas comunidades.

Llegados a este punto, hay que insistir en la importancia de conseguir para los músicos una mínima libertad de movimientos que les permita, por un lado, desarrollar su carrera profesional y, por otro, trabajar en circunstancias favorables con un mínimo de oportunidades que posibiliten su subsistencia para que no se vean necesariamente obligados a abandonar su entorno. El fenómeno de la emigración de talentos musicales a los grandes centros europeos podría minimizarse con una mayor perspectiva de movilidad temporal (estancias de estudio o intercambio) y puntual (participación en conciertos), tal y como los mismos artistas reconocen.

Se ha apuntado en numerosas ocasiones que el papel de la industria cultural se evidencia cada vez más como factor de desarrollo social y de reducción de la pobreza en países emergentes con carencias en otros sectores, y los festivales contribuyen a ello de forma muy clara. Y no por obvio vamos a dejar de remarcar la importancia de los medios de comunicación y de algunos profesionales entusiastas[2] en este complejo entramado de conocimiento y difusión. Porque no es sólo el eco puntual que proporcionan sus crónicas, sino la gran amplitud de posibilidades que para un músico joven supone tener acceso directo a un público potencialmente extenso, estar en la agenda de los programadores y tener acceso a espacios de radio y televisión, lo que a fin de cuentas se traducirá en oportunidades de actuaciones, contratos y, posiblemente, la realización de ediciones de difusión internacional.

Si la música, como actividad lúdica y de consumo, ha sido señalada como uno de los principales factores de integración social para el colectivo juvenil, en el caso del fenómeno musical emergente en la zona mediterránea los jóvenes pueden transformarse, en tanto que creadores, en motor de una evolución nueva hacia la integración y convivencia de las viejas sociedades. El reto está en que sepamos abrirles los caminos para ello.

Notas

[1] Destacamos, entre los muchos existentes, el European Forum of World Wide Music Festival (www.efwmf.org) o Mediterrània FM (www.mediterraniafm.cat)

[2] Destacamos, en este sentido, la labor de  difusión que desde Barcelona lleva a cabo Mingus B. Formentor como programador de www.icatjazz.cat, www.musicatles.cat, www.mediterradio.cat y www.xahrazad.cat