Redefinir las relaciones UE-Magreb
Lejos de las aspiraciones de sus primeros firmantes, el 30 aniversario del Proceso de Barcelona ha suscitado más discursos fúnebres que celebraciones. A pesar de iniciativas como la Unión por el Mediterráneo (UpM) de 2008 para dinamizar el proceso, o del Nuevo Pacto para el Mediterráneo presentado por la Unión Europea (UE) en 2025, el Proceso de Barcelona sigue resultando poco convincente. En 1995 se prometieron paz, estabilidad, desarrollo, coprosperidad y un diálogo Norte-Sur descolonizado y desacomplejado. Sin embargo, el panorama actual es exactamente el inverso.

Octubre de 2025. /Abu Adem Muhammed, Anadolu (vía Getty Images).
¿Es culpa de la UpM, de la UE o de los Estados que gobiernan las costas mediterráneas? No solo. El clima – atmosférico y geopolítico– ha sufrido grandes cambios. La tecnología ha dejado obsoletos muchos conceptos y ha despertado pulsiones identitarias e históricas que se creían superadas. La migración y el terrorismo globalizado son dos constantes. Es la suma de todos estos factores lo que explica el resultado actual: la cooperación es hoy más frágil que nunca. ¿Cómo pueden los países del Magreb y los del Sur de Europa repensar, en este clima enrarecido, su relación para responder a sus aspiraciones mutuas? Hay que mantener el diálogo abierto y evitar la espiral violenta del Sahel, centrarse en lo parcial más que en el todo; crear proyectos de impacto visible y rápido y, por último, explorar el futuro tanto como el pasado.
El camino desde Barcelona
Sin embargo, conviene matizar la crítica. En estos 30 años se han dado pasos importantes, como la creación de múltiples instrumentos de cooperación (acuerdos de asociación entre la UE y la mayoría de países del sur mediterráneo, instrumentos financieros, la política europea de vecindad –para las relaciones de la UE con sus vecinos–, la UpM, etc.). Todo ello ha revolucionado los intercambios comerciales, la movilidad de profesionales y estudiantes (del sur hacia el norte) y la formación de investigadores, estudiantes, artistas y otros perfiles (del norte hacia el sur). También ha conducido a la mejora de infraestructuras (en el sur), así como a alianzas industriales, energéticas y en muchos otros ámbitos.
Treinta años después de Barcelona, la relación entre la UE y el Magreb sigue siendo asimétrica y más frágil que nunca. Se necesita una nueva visión estratégica basada en la reciprocidad
Es evidente que ambas regiones tienen mucho que ganar trabajando juntas. El dossier fundamental de la seguridad energética es inseparable de la transición ecológica: el Magreb tiene potencial para aportar buena parte de las materias primas (gas, energía solar, renovables) y obtener grandes ventajas si coopera con el norte en la adaptación y la resiliencia frente al calentamiento y la desertificación.
Regular la migración también podría ser beneficioso para ambas partes. A los países del norte les interesa atraer migración cualificada y mantener una diáspora próspera que reforzaría los puentes con el sur. Los países del Magreb, por su parte, dependen de las remesas de su diáspora. También reclaman más programas de formación para sus profesionales, investigadores y estudiantes, que necesitan vías legales para desplazarse desde sus ciudades a los centros de formación europeos.
En el plano económico, como muestran las cifras de estas tres décadas, las relaciones Europa-Magreb tienen un potencial importante. Además del desarrollo exponencial de importaciones y exportaciones, el intercambio ha comportado más conectividad y, para el Magreb, la modernización de infraestructuras y la digitalización acelerada.
En los planos político y de seguridad, el Magreb afronta una inestabilidad difícil de controlar. Entre el conflicto libio y el del Sahel, a los que se añaden los problemas del terrorismo, la droga y la trata de seres humanos, la necesidad de apoyo militar y de seguridad externo sigue siendo elevada. La UE –a través de sus propios programas, los de sus Estados miembros y a menudo en colaboración con la OTAN– continúa siendo un socio clave.
Y están, por último, los valores y las relaciones entre sus sociedades. Aunque los regímenes magrebíes se preocupan poco por los derechos humanos y la democracia, muchos de sus ciudadanos los reclaman. La sociedad civil magrebí a menudo encuentra una válvula de escape en Europa –junto a gobiernos y sociedad civil–, lejos de la amenaza de sus regímenes. La juventud magrebí, mayoritaria en número pero minoritaria en el poder, representa el futuro de la región. Y ante la falta de iniciativas locales para su desarrollo, los programas europeos de apoyo a la juventud siempre serán bienvenidos. Para Europa, el Magreb sigue siendo una zona en la que el poder normativo aún tiene recorrido. Y las empresas privadas, magrebíes o europeas, tienen interés por prosperar bajo regímenes más transparentes y menos autoritarios.
Pero la matización no debe ocultar las deficiencias. Para empezar, existe una dependencia clara en los intercambios: el Viejo Continente sigue marcando el paso y actuando como director de orquesta, y deja al Sur al papel de secundario. Y aunque esta situación sea fruto de múltiples factores –y no de un complot, como a algunos les gusta creer–, no deja de ser problemática. Además, una parte de las grandes inversiones europeas en el Magreb es fruto de acuerdos bilaterales, y no del trabajo de la UpM o de las instituciones de Bruselas. El ciudadano magrebí –como el europeo– no ha percibido una transformación económica atribuible al Proceso de Barcelona.
Por otro lado, los programas de intercambio y formación solo han producido progresos mínimos en materia de respeto de los derechos humanos y del Estado de derecho. Los Estados siguen siendo autoritarios y coercitivos, y la sociedad civil, débil y aislada. Las ONG tunecinas o marroquíes, por ejemplo, dependen del dinero europeo y tienen poca influencia sobre el terreno. En cuanto a los ideales de paz, igualdad y convivencia, quedan impotentes ante las realidades de la guerra, el racismo y el repliegue de la «fortaleza Europa». Es cierto que el número de migrantes magrebíes ha aumentado en Europa, pero al precio de enormes dificultades y sacrificios para ellos y sus familias. Europa quiso convertir la orilla sur en su reflejo en materia de gobernanza, en nombre de ese poder normativo que esgrime. Pero ha fracasado.
Un camino plagado de obstáculos
Así pues, los desafíos siguen siendo numerosos. Para empezar, la política europea hacia el sur mediterráneo está regida, de facto, no por Bruselas, sino por las capitales del Sur de Europa. La proximidad geográfica, las presiones migratorias, el peso de la diáspora y de la historia, así como los intereses económicos y de seguridad, hacen que la política mediterránea sea patrimonio de los países del Sur europeo –sobre todo Francia, Italia y España, y en cierta medida Grecia, Portugal y Malta. El enfoque difiere: cada nación tiene sus prioridades y actúa de forma oportunista y táctica a la hora de gestionarlas, lo que va en detrimento de una visión estratégica y consensuada como la enunciada desde Bruselas o Barcelona.
Así, por ejemplo, cuando se firmó el Memorando de Entendimiento (MOU) de 2023 entre Túnez y la UE, varios Estados miembros se opusieron y hubo reuniones tensas en las instancias europeas. El hecho de que el MOU ignorase la cuestión de los derechos humanos, su naturaleza transaccional y la forma casi unilateral en que fue redactado contradecían las posiciones de ciertos países del Norte de Europa. Aun así, el MOU salió adelante; Italia, impulsora del documento, impuso su visión. Por otra parte, mientras retrocede la cooperación entre Argelia y Francia, Roma se convierte en socio privilegiado de Argel. Del mismo modo, cuando las relaciones entre Marruecos y Francia se resquebrajan, es España quien recoge los dividendos. Esta fragmentación de la posición europea, acompañada de una competencia constante, hace más complejas las relaciones entre ambas orillas.
Del lado magrebí, las divisiones entre países son aún más acusadas: el Magreb sigue siendo la región menos integrada del mundo; Argelia y Marruecos libran una guerra fría; Túnez parece haberse alineado con Argelia en la cuestión del Sáhara Occidental, lo que ha irritado a Marruecos; Libia continúa dividida, y Mauritania mira cada vez más hacia África Occidental. En este contexto, la Unión del Magreb Árabe, llamada a ser el alter ego de la UE, es un cascarón vacío cuyo secretario general apenas logra conservar su papel ceremonial.
La sociedad civil magrebí a menudo encuentra una válvula de escape en Europa. Ante la falta de iniciativas locales para su desarrollo, los programas europeos de apoyo a la juventud siempre serán bienvenidos
A estos problemas estructurales se suma un fenómeno que caracteriza hoy la política a ambas orillas: el populismo. Aunque siempre ha existido, este modo de gobernanza está en auge. Entre populistas golpistas en el Sur y populistas electos en el Norte, hay rasgos comunes: demonizan al otro y elevan la polarización a cotas extremas; apelan a una soberanía arcaica y practican un revisionismo histórico constante; exhiben una xenofobia sin límites; actúan sin autocrítica, y su enfoque se basa en un uso desmedido de las redes sociales y en la creación de un público crédulo con su propia realidad alternativa. En este juego perverso, el gran otro para el norte populista son los magrebíes y sus países; y, recíprocamente, para el Magreb populista, el otro es Europa y sus ciudadanos.
Sopla además un nuevo viento de soberanía que acompaña a ese populismo en la orilla sur. Los Estados perciben cada vez peor las condicionalidades europeas, consideradas abiertamente como injerencia. Se alzan voces críticas ante las desigualdades económicas, financieras, tecnológicas y científicas en todos los estratos sociales. Los Estados del Magreb parecen mostrar –como sus vecinos del Sahel– una voluntad creciente de definir por sí mismos los términos de la colaboración. Y al igual que los Estados del Sahel –que, pese a su fuerte dependencia económica y militar de Europa, se han apartado de ella–, los Estados del Magreb podrían tomar ese mismo camino.
Al mismo tiempo, llegan otros actores: China y Rusia, pero también Turquía, los Estados del Golfo, e incluso India y Corea del Sur. Ofrecen una alternativa política y económica a los países del Magreb, como ha ocurrido en el Sahel. Su llegada se acompaña de campañas de relaciones públicas sostenidas –medios de comunicación, redes de influencia y redes sociales. Para los magrebíes, Europa ya no es el aliado por defecto; existe una gama de opciones. Esto permite a los populistas del Sur mostrar a sus poblaciones que buscarán otros socios, y a los populistas del Norte señalar las diferencias culturales e ideológicas con sus vecinos del Sur.
En consecuencia, los Estados del Norte de África constatan que hoy cuentan más para la UE que la UE para ellos. Marruecos, Túnez y la miríada de actores libios saben que controlan las puertas de la migración hacia Europa y que este es uno de los asuntos más apremiantes para los responsables europeos. Argelia ve que, en ausencia del gas ruso, sus recursos son los más codiciados por los europeos. En cambio, todo lo que la UE puede ofrecer al Magreb está disponible a través de otros socios. Así, Marruecos puede retirar embajadores y derogar convenios cuando aumenta la presión desde la UE; del mismo modo, Argelia puede hacer chantaje a Francia o España; y, en Túnez o Libia, no es raro que funcionarios europeos sean humillados.
La política europea hacia el Sur del Mediterráneo está regida, ‘de facto’, no por Bruselas, sino por las capitales del Sur de Europa, ya que cada país tiene sus prioridades y se muestra oportunista y táctico a la hora de gestionarlas
Más recientemente, se plantea el problema de la pérdida de credibilidad de Europa. En relación con Gaza, y pese a sus críticas a Israel, la UE es percibida por una parte importante de las sociedades y dirigentes del Magreb como proisraelí e incoherente en materia de derechos humanos. A menudo se compara Gaza con Ucrania. Esta guerra suscita poca empatía en el Magreb: se percibe como un conflicto europeo lejano y como el ejemplo paradigmático del doble rasero cuando se compara con la reacción frente a Gaza. Aun así, los Estados europeos siguen pidiendo a los regímenes magrebíes que los apoyen contra Rusia, se vuelcan por socorrer a los ucranianos y parecen casi pasivos ante Israel. Así, el poder blando europeo se erosiona y aumentan las críticas soberanistas y antioccidentales.
Con expectativas insatisfechas en ambos lados, se instala una crisis de confianza que afecta a gobernantes y gobernados. En 30 años, las poblaciones del Sur no han visto reformas, ni prosperidad, ni resultados rápidos y visibles, y lo logrado quedó salpicado durante la década de 2010. Sus regímenes contemplan con creciente escepticismo las políticas del Norte, sucumbiendo a teorías conspirativas. Las poblaciones del Sur de Europa también se enfrentan a un coste de vida más alto y crisis de seguridad, políticas e identitarias que parecen no tener fin. Algunos de sus líderes políticos, igualmente conspiracionistas y populistas, echan parte de la culpa a sus homólogos del Sur. La desinformación y la información errónea, en parte de origen ruso, no hacen sino agravar las decepciones en ambas orillas.
Perspectivas de renovación
Pero estas dos regiones son limítrofes y seguirán siéndolo. Los responsables europeos y magrebíes deberían apostar por los sectores que funcionan, reforzarlos y crear otros nuevos. El diálogo debe continuar –ya sea a través de foros regionales como la UpM o el Diálogo 5+5, o de conferencias que reúnan a sociedad civil y gobiernos, como los Med Dialogues del ISPI o la Conferencia Anual de EuroMeSCo–, u otras instancias que unan Norte y Sur y se centren en el espacio mediterráneo. Todo el mundo debería sentarse a la misma mesa y debatir intereses comunes y puntos de tensión.
En esta óptica de diálogo, las colaboraciones entre autoridades locales, regiones y ciudades del Sur de Europa y del Magreb deberían continuar y revitalizarse. Son menos políticas y más técnicas, por lo que resultan menos controvertidas y más efectivos. Esta cooperación a pequeña escala debe ir más allá del marco folclórico y obsoleto de los hermanamientos entre ciudades, y centrarse en los proyectos conjuntos: por ejemplo, intercambios entre responsables técnicos, discusiones sobre buenas prácticas y amenazas comunes, etc. La diplomacia de las ciudades es el marco adecuado para esta reactivación.
En el Magreb, la UE debería priorizar proyectos concretos de impacto visible para la población: infraestructuras, salud, educación, transiciones energética y digital, agua o clima. Bruselas también debería trabajar la credibilidad de su discurso sobre derechos humanos y derecho internacional, empezando por la coherencia en sus posiciones sobre Ucrania, Gaza y el Magreb. Por su parte, los regímenes magrebíes deberían centrarse en los activos de sus países: invertir en renovables, movilizar a su diáspora en Europa y mostrar al público europeo qué pueden ofrecer.
China y Rusia, pero también Turquía, los Estados del Golfo e incluso India y Corea del Sur, ofrecen una alternativa política y económica a los países del Magreb, tal y como ha pasado en el Sahel
Además, mucha investigación se centra en el pasado –a veces para rehabilitar el papel del Norte en la época colonial (en los Estados del norte) o para acentuar los rendimientos de la renta colonial (en los del Sur). Otra parte se centra en el presente y el corto plazo, a menudo con enfoques técnicos y descriptivos. Sin embargo, europeos y magrebíes deberían trabajar en prospectiva: ¿cómo podría ser la relación entre el Magreb y Europa del Sur en 2035 si estas vías de renovación se ponen en marcha? Este trabajo merecería realizarse con un grupo de investigadores y profesionales de ambos lados. Una vez concluido, sus impulsores deberían presentarlo al gran público con medios de difusión de gran calado. Así, quizá, la ciudadanía y los responsables mediterráneos comprenderían la importancia de estos vínculos y de este conjunto.
Conclusión
Treinta años después de Barcelona, la relación sigue siendo asimétrica y frágil. Las fracturas relacionadas con los derechos humanos, en Gaza y Ucrania, han acentuado las diferencias. Ambas partes necesitan un relato renovado y coherente, que interpele tanto a las sociedades magrebíes y europeas como a sus gobiernos. Hay que insistir en la necesidad de una nueva visión, no solo de corto plazo, sino estratégica y construida sobre la reciprocidad. Solo así ambas regiones podrán transitar hacia una colaboración equilibrada, regionalmente integrada, energéticamente sostenible y geopolíticamente sólida. Esta región necesita, ante todo, una reconocida interdependencia mutua./