La presencia rusa en Siria en un contexto global

Los intereses de Moscú no difieren tanto de Occidente: acepta la idea de una Siria pos-Al Assad, simplemente quiere garantizarse un lugar en ella.

Nikolay Kozhanov

La eliminación de las amenazas se ha vuelto crucial para Moscú tras el comienzo de su actual enfrentamiento con Occidente. Las tensiones con la Unión Europea y Estados Unidos a causa de Ucrania exigen todos los recursos y la atención de Rusia. En consecuencia, el Kremlin no puede permitirse el lujo de distraerse con otros desafíos exteriores. En estas circunstancias, las autoridades rusas intentan reducir el número de obstáculos con los que podrían encontrarse. Por lo que respecta a Oriente Próximo, esto supone una intensificación de los esfuerzos por resolver la cuestión nuclear iraní, que en teoría podría provocar la desestabilización de Irán. Las autoridades rusas también han mostrado su interés por la situación de Siria, para impedir que la inestabilidad se propague por las zonas musulmanas de Rusia y del espacio pos-soviético.

De las ambiciones políticas a la preocupación por la seguridad

En el caso de Siria, el enfrentamiento ruso con Occidente ha tenido, de forma inesperada, una importante influencia en el modo de afrontar el problema por parte de Rusia. Su postura inicial respecto a Siria estaba determinada en gran medida por las ambiciones de Moscú. En 2011-2012, el Kremlin decidió emprender lo que consideraba una venganza contra EE UU por sus anteriores pérdidas en Oriente Medio. Lo sucedido en Irak y Libia ha enseñado a las autoridades rusas que la caída de los socios de toda la vida inevitablemente desemboca en la pérdida de influencia económica y política en los países afectados. Tanto si Rusia se mantiene fuera del conflicto (como en Irak) como si ayuda a derrocar a sus antiguos aliados (como en Libia, donde el gobierno de Moscú fue el primero en interrumpir las exportaciones de material militar a Muamar Gadafi), el resultado es el mismo: Rusia se ve obligada a marcharse de los países liberados de sus dictadores. Tras la caída de Saddam Hussein en 2003, las empresas rusas se quedaron sin participaciones en el sector energético iraquí y tardaron más de seis años en emprender su lenta vuelta. En consecuencia, con su firme apoyo al régimen de Bashar al Assad, Moscú ha intentado demostrar a Occidente que podría causar problemas graves si sus intereses no se tienen en cuenta.

No obstante, en 2015, el auge de los yihadistas en Siria y la amenaza que suponen para la seguridad del espacio pos-soviético han llevado al Kremlin a replantearse sus prioridades e interesarse más por la resolución de la crisis. La necesidad de destinar al conflicto con Occidente todos los recursos políticos y económicos disponibles ha contribuido a reforzar ese interés: desde que empezaron las concentraciones de la oposición ucrania en la plaza de la Independencia de Kiev a finales de 2013, a los dirigentes de Moscú les ha preocupado no ser capaces de afrontar de manera eficaz la crisis ucrania y el reto de los yihadistas sirios a la vez.

¿Quiénes son los ‘yihadistas’ rusoparlantes y qué quieren?

En la actualidad, la mayor preocupación de las autoridades rusas tiene que ver con los llamados combatientes rusos que intervienen en el conflicto del lado de la oposición siria y las fuerzas islamistas. Según han afirmado los servicios de seguridad, el número de esos combatientes está aumentando. Si a principios de 2013 se calculaba que eran unos 250, en 2015 esta cifra ha crecido hasta los 2.000 (según algunos cálculos, alrededor del 20% de los extranjeros que combaten en Siria). De estos, 1.500 son chechenos, 200 daguestaníes y unos 100 proceden de otras repúblicas del Cáucaso Norte. A finales de 2015, estas cifras han aumentado aún más, y se calcula que el número total de combatientes extranjeros rusoparlantes de Siria e Irak oscila entre 3.000 y 5.000. Los combatientes rusos están bien representados tanto en el Frente al Nusra, afiliado a Al Qaeda, como en el grupo Estado Islámico (EI). Han demostrado ser eficaces en el campo de batalla. Sin embargo, los expertos se muestran unánimes en su creencia de que estos combatientes no ven como algo propio la causa del EI o el Frente al Nusra en Siria e Irak. Para ellos, representa una preparación para su regreso a Rusia, donde iniciarán su propia batalla. Supuestamente, las autoridades rusas encontraron vínculos con Siria durante su investigación del ataque terrorista de Grozni en diciembre de 2014.

A los analistas rusos les preocupa mucho la diversidad, cada vez mayor, de nacionalidades de los combatientes de la Federación Rusa y el espacio pos-soviético que se unen a los radicales. Aparte de chechenos, el llamado grupo ruso de yihadistas incluye representantes de distintas minorías del Cáucaso Norte y la región del Volga. Algunas pruebas apuntan a la participación de tártaros de la organización extremista Jamaat Bulgar en el conflicto sirio. Esto, a su vez, supone la movilización de radicales islamistas en regiones que están mucho más cerca de Moscú que el Cáucaso. En estas circunstancias, Siria se convierte en un terreno apto para la colaboración entre distintas agrupaciones extremistas. También es alto el número de voluntarios de Azerbaiyán y las repúblicas de Asia Central que se unen a los islamistas de Siria e Irak.

Los yihadistas rusos, que antes estaban separados y dispersos, cada vez se ven más a sí mismos como un frente unido. Además, crean vínculos con organizaciones terroristas internacionales y, de este modo, pasan a formar parte de la red extremista mundial. Los expertos y funcionarios rusos no dudan de que, tras su vuelta a Rusia, estos radicales utilizarán sus contactos y su experiencia en la batalla contra las autoridades centrales. En 2013, los dirigentes de la principal agrupación radical norcaucásica, Imarat Kavkaz, empezaron incluso a animar a sus miembros a combatir en Siria, por considerar esta experiencia una práctica útil para la futura lucha contra Moscú.

Tomar una decisión difícil

En estas circunstancias, el despliegue militar ruso en Siria no debería considerarse el objetivo fundamental de la diplomacia de Moscú, sino su instrumento. También es un error grave presentar las intervenciones rusas en ese país como la consecuencia de un juego entre Moscú y Occidente para ver quién se rinde primero. En septiembre de 2015, justo antes de las trágicas acciones militares rusas, el Kremlin temía que el régimen de Al Assad estuviese a punto de caer. Los análisis indicaban que con la ayuda militar, tecnológica y económica de entonces por parte de Rusia, el régimen sirio no haría más que prolongar su agonía, y no lo salvaría. La intervención se basó en optar por una situación “mala” u otra “muy mala”: una costosa operación militar para apoyar a Al Assad, o no hacer nada mientras su poder se derrumbaba. A los dirigentes rusos les motivaba su percepción de lo que había sucedido en Libia e Irak, donde –en su opinión– no había surgido nada bueno de la completa destrucción de los antiguos regímenes. No querían que en Siria ocurriese lo mismo.

No obstante, el Kremlin sigue teniendo un gran interés en que acabe la guerra siria y, como ha vuelto a confirmar Vladimir Putin en Nueva York en septiembre de 2015, este desenlace solo es posible mediante el inicio de un diálogo nacional entre el régimen y la coalición. Sin embargo, al Kremlin le gustaría propiciar este proceso de reconciliación poniendo sus propias condiciones. Entre estas se encuentra la preservación de la integridad territorial de Siria, la creación inmediata de una coalición unida contra el EI, la conservación de las estructuras estatales que queden y la transformación del régimen sirio únicamente dentro del marco de los mecanismos gubernamentales existentes. Putin sigue insistiendo en un acuerdo de paz para Siria basado en las estructuras e instituciones del Estado actual y en algún reparto del poder entre el régimen de Damasco y los elementos “saludables” de la oposición.

Moscú también insiste en que el abandono del poder por parte de Al Assad no debe ser un requisito previo para el comienzo del diálogo nacional. El Kremlin opina que la caída del régimen de Al Assad o su derrocamiento precoz convertirían a Siria en una nueva Libia y conducirían inevitablemente a una mayor radicalización de Oriente Próximo y a la propagación del radicalismo islámico a Rusia, el Cáucaso y Asia Central. Esta visión de la situación difiere drásticamente de la de Occidente y de muchas potencias de Oriente Próximo, que consideran a Al Assad el origen del problema sirio, y no su solución. Sin embargo, el Kremlin está decidido a hacer que la opinión internacional cambie. Las autoridades rusas han adoptado una estrategia de dos vías. Por un lado, desde la primavera de 2015, han intensificado su diálogo con la comunidad internacional (estos esfuerzos han dado pie al relativamente productivo encuentro de Viena entre defensores de la oposición, Rusia e Irán, el 30 de octubre de 2015). Por otro lado, los rusos han aumentado el volumen y la calidad de los suministros militares, además de iniciar una operación militar en el país, a fin de garantizar que el régimen sirio sobreviva hasta que el Kremlin consiga avances importantes por la vía diplomática.

Acercarse a Europa

Sin embargo, la visión rusa del futuro de Siria también está cambiando. Las declaraciones realizadas por Putin y su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, en septiembre ponen de manifiesto que Moscú por fin ha dejado de tachar de “terroristas” a todas las fuerzas combatientes de la oposición y ha admitido que al menos algunas de ellas son actores legítimos. Antes, Moscú solo había accedido a negociar con el ala política de la oposición siria (preferiblemente, la oficial). No hay duda de que tiene previsto entablar relaciones con los kurdos sirios, pero también con aquellos a los que Putin ha denominado, de forma vaga, oposición “saludable”, entre los que se encuentran representantes del Consejo Nacional Sirio, el Comité Nacional de Coordinación, los Hermanos Musulmanes y otros movimientos. Supuestamente, los rusos también intentan cooperar con el Ejército Libre Sirio. Finalmente, a principios de octubre de 2015, el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso declaraba que Moscú estaba dispuesto a negociar con el Ejército Libre Sirio.

En septiembre de 2015, las autoridades rusas también se mostraron más claras sobre la posibilidad de llevar a cabo reformas políticas en el país y la perspectiva de una Siria pos-Al Assad. Hasta ahora, han considerado a Al Assad la única persona capaz de garantizar la integridad de lo que queda de las instituciones estatales y militares que han sobrevivido a los últimos años de conflicto y aún pueden luchar contra el EI. Pero Moscú no descarta que Al Assad pueda ser sustituido en el futuro. Sin embargo, esto no debería ocurrir antes que no esté claro que los nuevos dirigentes son capaces de controlar la situación en Siria. En última instancia, Moscú considera inevitable la transformación gradual del régimen y ha planteado la posibilidad de que se celebren pronto elecciones parlamentarias.

Seguir actuando

Por el momento, Moscú tiene pocas dudas de que ha optado por la estrategia adecuada. En vista de esto, cualquier intento de intimidarlo para que deje de abastecer militarmente a Siria, por no hablar de que modifique su postura de siempre respecto al conflicto, es una pérdida de tiempo. El Kremlin ha orquestado cuidadosamente todo este plan que ha convertido su presencia militar en Siria en un nuevo factor regional. Moscú sigue decidido a cambiar la postura internacional sobre el futuro de Siria mediante una estrategia de dos vías. Sin embargo, lo que al final vaya a conseguir el Kremlin no es, necesariamente, del todo opuesto a los intereses occidentales: Moscú acepta la idea de una Siria pos-Al Assad y simplemente quiere garantizar la presencia rusa en ella.