La nueva estrategia de la OTAN en Libia

La Alianza prefiere actuar militarmente a través del Africom o de las fuerzas especiales y, al mismo tiempo, prestar apoyo técnico al poder libio.

Moncef Djaziri

Desde hace varios meses, la posibilidad de una nueva intervención de la OTAN en Libia se plantea con regularidad, e incluso ha sido solicitada expresamente por algunas partes libias, como el Parlamento de Tobruk. Egipto también la ha solicitado. De hecho, el 4 de noviembre de 2015, el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, pidió a la OTAN que “actuase para reconstruir Libia, que está sumida en la violencia desde el derrocamiento del régimen de Muamar Gadafi por una insurrección apoyada por la OTAN”.

Aunque la intervención militar de la OTAN pueda parecer pertinente, no parece que esté a la orden del día. El 6 de diciembre de 2015, el secretario general, Jens Stoltenberg, declaró que la “OTAN no debería plantearse una intervención militar en Libia”. Sin embargo, dijo, “estamos dispuestos a ayudar al gobierno libio y a prestarle apoyo, pero no interviniendo militarmente, una intervención que yo no recomiendo”. La OTAN prefiere actuar indirectamente para conseguir los mismos resultados, o parecidos, pero con un menor coste y sin intervención directa.

Por tanto, el objetivo de este texto es analizar el papel de la OTAN en Libia y mostrar que, con la experiencia del pasado y del fracaso de 2011, y teniendo en cuenta la configuración internacional y el aumento de las tensiones entre los países occidentales y Rusia, la organización militar transatlántica prefiere actuar militarmente a través del Africom (el mando militar estadounidense para África) o de las fuerzas especiales, y al mismo tiempo prestar apoyo técnico al poder en Libia.

El fiasco de la OTAN y su reposicionamiento

La operación llamada “Protector unificado” de marzo de 2011, que se supone que debía ayudar a los libios de Bengasi que corrían el riesgo de ser masacrados, se convirtió rápidamente en una operación militar de apoyo a los rebeldes libios en su guerra contra el régimen de Gadafi, y todo ello en el marco de una mala lectura, intencionada o no, de la Resolución 1973 del 16 de marzo de 2011 del Consejo de Seguridad de la ONU, que autorizaba el uso de todas las medidas necesarias para “proteger a los civiles de los ataques de las fuerzas de Gadafi, en concreto estableciendo una zona de exclusión aérea”. Ahora sabemos que la intervención de la OTAN no se ajustó al mandato de la ONU y se convirtió en una operación de guerra contra el régimen de Gadafi. Esto se ha reconocido en informes oficiales, como el del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de junio de 2011. Por otra parte, Seumas Milne escribía en mayo de 2012 enThe Guardian: “Mientras que el mandato que la ONU otorgó a la OTAN era para proteger a los civiles, la Alianza, en la práctica, modificó esta misión. Al prestar todo su apoyo a uno de los bandos en el transcurso de una guerra civil cuyo objetivo era derrocar el régimen de Gadafi, se convirtió en la fuerza aérea de las milicias rebeldes en tierra”.

La intervención de la OTAN en los asuntos libios se remonta, por tanto, a marzo de 2011. Desde esa fecha, la Alianza es, más o menos, parte implicada en la estabilización de Libia. Sin embargo, su participación en el conflicto que enfrentó a Gadafi y a los rebeldes libios, con las consecuencias que conocemos, ha hecho que reconsidere su postura al intervenir indirectamente mediante el apoyo que presta al Africom , que parece que ha tomado el relevo en la estabilización de Libia. Se trata, por tanto, de una retirada estratégica de la OTAN en favor de las fuerzas especiales y del Africom, todo lo cual forma parte de una política de reposicionamiento y de jerarquización de sus objetivos. Se trata también de una división del trabajo entre las dos organizaciones, que refleja la voluntad de la OTAN de que los libios ya no la consideren un actor militar clave y hegemónico y de evitar también cualquier enfrentamiento con Rusia, que ahora está muy presente en la escena política libia a través de Egipto.

Daesh y la nueva estrategia de la OTAN

El control de Sirte por parte del grupo Estado Islámico (EI) en 2015 constituyó un punto de inflexión e hizo que algunos actores se planteasen, e incluso pidiesen, la intervención de la OTAN. Sin embargo, el 6 de diciembre de 2015, su secretario general, Stoltenberg, afirmó que su organización no debía plantearse una nueva operación militar en Libia, pero, en cambio, consideró que era posible plantearse ayudar al gobierno del Acuerdo Nacional reconocido por la comunidad internacional. El 5 de febrero de 2016, la OTAN, a través de Stoltenberg, declaró que estaba dispuesta a apoyarlo, ayudándole a reconstruir sus instituciones de defensa, como el ejército, para luchar contra la creciente presencia del grupo yihadista Daesh, con la condición de que las nuevas autoridades lo solicitasen. Esta postura se reafirmó en la cumbre de la OTAN de Varsovia del 8-9 de julio de 2016 (punto 30 del comunicado final).

Para la OTAN, ya no se trata de intervenir militarmente en Libia, como hizo en 2011. Además, una nueva operación militar de la Alianza requiere una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, porque no se puede ampliar automáticamente a Libia el mandato otorgado a la OTAN para atacar al EI en Irak y Siria. Esto es lo que ha solicitado Italia a través de su ministra de Defensa, Roberta Pinotti, quien, en la cumbre de Hanover del 25 de abril de 2016, pidió que la operación actual de la OTAN, “Esfuerzo Activo”, dejase de ser una operación antiterrorista en el Mediterráneo oriental para convertirse en una operación que incluyese las costas libias.

Además, Rusia se opone a cualquier intervención militar de la OTAN en su forma clásica. De hecho, el 13 de junio de 2016, las autoridades rusas declararon que vetarían toda resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que autorizase tal operación. Gennady Gatilov, el viceministro de Asuntos Exteriores, se mostró aún más categórico al afirmar que Rusia nunca la autorizaría. Este posicionamiento ruso ayuda a explicar el cambio de actitud de la OTAN, que prefiere dejar que actúen las fuerzas especiales estadounidenses y británicas, así como el Africom, en vez de intervenir directamente. En un comunicado del 2 de agosto de 2016, el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso recordó la necesidad de que haya una “estrecha coordinación internacional en la guerra contra el terrorismo”, y subrayó al mismo tiempo que esta guerra debe librarse en “el más estricto respeto del derecho internacional”. Este posicionamiento pone de manifiesto la evolución de la actitud de Rusia, que parece que aprueba una intervención estadounidense, lo que confirma que se ha iniciado un acercamiento táctico entre Rusia y EE UU en la lucha contra el terrorismo y Daesh, ya sea en Irak, en Siria o en Libia.

Teniendo en cuenta todos estos elementos, parece que la OTAN ha llegado a la conclusión de que una intervención directa no es ni deseable, ni factible, y que, en cambio, y de acuerdo con “la iniciativa para incrementar la capacidad de defensa y la capacidad de seguridad” (DCB) iniciada en 2014, podría prestar apoyo técnico al gobierno libio. En su reunión del 17 de junio de 2016 con el ministro libio de Asuntos Exteriores del gobierno reconocido internacionalmente, Mohamed Taha Siala, el secretario general Stoltenberg indicó a su interlocutor que los avances conseguidos por el gobierno del Acuerdo Nacional, bajo la dirección del primer ministro reconocido por la ONU, Fayez al Sarraj, le parecían alentadores, y le aseguró el apoyo de la OTAN para el proceso de diálogo político que se lleva a cabo bajo los auspicios de la ONU. Durante este encuentro, Stoltenberg y Taha Siala hablaron de la ayuda que la Alianza podía prestar a Libia en el ámbito de la defensa y de la seguridad dentro del marco de los esfuerzos internacionales encaminados a ayudar a estabilizar Libia, siempre que el gobierno del Acuerdo Nacional lo solicite, y de manera complementaria a Naciones Unidas y la Unión Europea.

Retirada estratégica y mediación del Africom

Todo transcurre como si la OTAN hubiese delegado en el Africom la tarea de la intervención militar y el apoyo logístico al gobierno y a las fuerzas progubernamentales en su guerra contra el EI en Sirte. Las autoridades estadounidenses han concebido el Africom, creado en 2007 tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, como una organización que debe servir los intereses económicos, geoestratégicos y en materia de seguridad de EE UU en África. Su objetivo es aumentar la capacidad técnica y militar de los países de la región para garantizarles una estabilidad y una eficacia que protejan los intereses estadounidenses en la zona. La lucha a favor del desarrollo y la democracia y contra el terrorismo es el eje principal del Africom en Libia.

En su visita al cuartel general del Africom en Stuttgart, en el suroeste de Alemania, el 24 de agosto de 2016, el primer ministro libio, Al Sarraj, manifestó el deseo del gobierno de Acuerdo Nacional de que EE UU y el Africom contribuyesen al “aumento de la capacidad militar libia, especialmente mediante la instrucción de militares y compartiendo información”. Por su parte, el enviado estadounidense en Libia, Jonathan Winer, así como el comandante de las fuerzas estadounidenses en África, el general Thomas Waldhauser (nombrado recientemente para ese puesto), han reiterado su apoyo a los esfuerzos del gobierno de Acuerdo Nacional para expulsar de Sirte a los yihadistas de Daesh, con la ayuda, desde el 1 de agosto de 2016, de los ataques aéreos estadounidenses.

En efecto, en el marco de la operación “Odissey Lightning” y a petición del gobierno de Fayez al Sarraj en Trípoli, el Africom, acudiendo de manera determinante en ayuda de las fuerzas progubernamentales “Al Bunyan Al Marsus” ha reconocido que ha llevado a cabo desde el 1 de agosto de 2016 más de 74 ataques aéreos contra el EI en Sirte. Además, si las fuerzas libias, básicamente de Misrata, vencen al EI en Sirte se lo deberán a la decisiva ayuda militar aérea del Africom y al apoyo logístico y a la información de las fuerzas especiales estadounidenses y británicas que se encuentran en suelo libio. También es cierto que la victoria sobre el EI en Sirte, lograda con el apoyo de las fuerzas estadounidenses, puede debilitar al gobierno de Trípoli porque parecerá que depende del Africom y que está supeditado a él.

Las operaciones militares llevadas a cabo en Libia por las fuerzas especiales estadounidenses, inglesas, e incluso francesas, así como los bombardeos estadounidenses contra el EI en Sirte para ayudar a las milicias progubernamentales “Al Bunyan Al Marsus” despiertan interrogantes. La cuestión que se plantea es la de la pertinencia de sus operaciones que pretenden expulsar al EI por el riesgo de que los terroristas del grupo se dispersen también por el resto de Libia, hacia el Sur, hacia el Este y Argelia, hacia el oeste y Túnez o hacia el Mediterráneo, y amenazar así a Italia. Por tanto, podemos preguntarnos si la estrategia de guerra total que se sigue contra el EI en Sirte no representa un peligro y si no habría que haber utilizado la estrategia de la contención, es decir limitar la presencia del EI a Sirte y dejarlo morir poco a poco en vez de tratar de destruir totalmente el foco terrorista.

Sea cual sea la modalidad de la intervención militar indirecta y la naturaleza de los actores (OTAN, Africom y/o fuerzas especiales), es recomendable que ésta sea lo más corta y lo más precisa posible. Sus objetivos deben estar claramente definidos y la agenda estratégica bien detallada. Una intervención así debe producirse a petición de los distintos actores políticos, incluidos los del este del país, y no solo del gobierno de Trípoli. Cualquier otra forma de intervención que se pareciese a la de marzo de 2011 sería contraproducente, aumentaría las diferencias entre los libios y las potencias occidentales y desacreditaría aún más las acciones de la OTAN. El peor de los escenarios sería que el Africom-OTAN interviniese para apoyar a una parte de los libios contra la otra; o que intervenga para apoyar solo al gobierno de Trípoli, que Bengasi se niega a reconocer. Esa sería la peor solución, porque dejaría el poder en el Este en manos de Rusia. Es decir, cualquier intervención debe llevarse a cabo teniendo en cuenta a Rusia, porque cualquier otro tipo de acción que ignorase o dejase de lado a los rusos estaría condenada al fracaso, como ocurrió en marzo de 2011.

Teniendo en cuenta el peligro que representa el EI en Libia, hay que actuar urgentemente y con prudencia haciendo un balance político real de la situación en el que se identifique al verdadero enemigo y a los verdaderos aliados, y se preocupe solo de los intereses de Libia y de la reconstrucción del país. La intervención militar del Africom debe ir acompañada de un análisis global y enmarcarse en una política de reconstrucción sin exclusiones, en la que participen las principales tribus del país, como hemos recomendado a menudo, así como las fuerzas gadafistas, sin cuyo consentimiento no es posible ninguna solución duradera. Esta intervención debería conseguir el visto bueno de las grandes potencias, incluida Rusia, un país cuya influencia geoestratégica es cada vez mayor en Oriente Medio y en el norte de África, y que no parece que se oponga a las operaciones militares contra el EI en Sirte ni a prestar apoyo técnico, siempre que se respete el derecho internacional. Esta intervención con distintas modalidades también debe tener en cuenta el reforzado papel político y militar de Egipto, que ahora es un actor fundamental en la escena política libia y con el que la OTAN y el Africom tendrán que contar.