Compartir en la diversidad

Tahar Ben Jelloun

Escritor y pintor

No sabemos hasta dónde puede llevarnos la pandemia causada por el Covid-19, que en este año 2020 ha sacudido a la humanidad entera. Esta debe reaccionar ante la desgracia que actualmente alcanza al mundo entero y encontrar maneras de compartir para conseguir su salvación. No se trata de compartir en términos absolutos, sino de compartir nuestros recursos, nuestra investigación y nuestros conocimientos para hallar un modo de acabar con esta señal tan clara de sufrimiento por parte del planeta. Un planeta al que, hasta ahora, no hemos cesado de maltratar, y actualmente nos muestra ese sufrimiento mediante fenómenos como la ira de los océanos, el fuego de los bosques o los virus que se propagan y matan. Esta inmensa crisis sanitaria ha puesto las cosas en su sitio: la necesidad de compartir es inherente a la cultura, el diálogo y el respeto hacia los demás, en cuanto que constituyen las bases de una democracia creativa, inventiva y viva.


Ahora mismo el mundo nos ofrece un regusto amargo. El Covid-19 ha llegado cual profeta de la desgracia para recordar al ser humano, ya sea rico o pobre, poderoso o débil, negro o blanco, que forma parte de la humanidad entera y que las divisiones que se ha empeñado en crear para protegerse se han revelado artificiales y sin ningún fundamento.

En este camino largo, arduo, imprevisible y complicado que debemos transitar en el mundo, el ser humano no sabe, o quizá se niega a saber, que para poder vivir y expandirse necesita compartir. No se trata de compartir en términos absolutos, sino de compartir cosas concretas como nuestros imaginarios, pensamientos, recursos y descubrimientos, que son para todos y debemos ponerlos al alcance de todos para no destruirlos. Cada uno de nosotros constituye un archipiélago de diversidades. Somos todos diferentes, pero, al mismo tiempo, somos muy parecidos. Sí, nos parecemos y estamos condenados a vivir juntos en un planeta que nos pertenece al tiempo que nos posee. Hasta ahora lo hemos maltratado y lo hemos hecho sufrir, y él nos ha mostrado ese sufrimiento a través de la ira de los océanos, el fuego de los bosques o los virus que viajan y matan por doquier.

La cultura, es decir, todo aquello que el imaginario del ser humano puede crear, inventar, valorar, acercar a la luz del saber, toda la poesía del mundo, todas las músicas, los libros, los bailes, los cantos, las invenciones, la risa, el humor y el amor, todo eso hace que el mundo sea un lugar habitable y la vida merezca vivirse plenamente, con pasión, embriaguez y locura.

El temblor de nuestro mundo no procede de la buena salud bursátil, allí donde reina el dinero real o virtual, no, el temblor del mundo procede del corazón de los hombres y las mujeres, late para embellecer la vida y convertirla en algo aceptable para todos aquellos que sufren. Hay que aguzar el oído para poder escuchar las voces del mundo, y también ver la vida vibrar bajo la luz de todas ellas. Reconocerse en las creaciones de los otros, en la cultura, las tradiciones, los ritos e invenciones de los demás. Reconocerse es aceptarse y vibrar con el triunfo de la cultura de los otros.

Édouard Glissant ha escrito sobre la noción del «pensamiento del temblor». Para él, ese temblor no es el miedo, ni una catástrofe, sino, antes bien, el rechazo al servilismo y la esclavitud que, aunque oficialmente abolida, pervive entre nosotros disfrazada de otras formas. Así, Glissant afirmó en su obra que «nuestro pensamiento debe seguir el temblor del mundo» para poder descifrarlo mejor, para poder extraerle la poesía que necesitamos tanto como el pan o la dignidad.

La actual e inmensa crisis sanitaria ha puesto las cosas en su sitio: la necesidad de compartir es inherente a la cultura, el diálogo y el respeto hacia los demás, en cuanto que conforman las bases de una democracia creativa, inventiva y viva.

Estamos ya cansados de ver a nuestro bello mar Mediterráneo ensuciado por tantas guerras, brutalidades e injusticias. Por una parte, este mar baña un país donde un bárbaro se ha permitido asesinar metódicamente a su pueblo con la ayuda de otros países, un bárbaro llamado Bachar al Assad. Por otra parte, nuestro bello mar se ha convertido en el mayor cementerio marino del mundo, donde tantos hombres y mujeres desesperados se ahogan porque quieren partir en busca de una vida mejor para sus hijos.

Hoy en día, este Mediterráneo herido se encuentra falto de cultura, arte, poesía, dicha y vida.

El verdadero diálogo no se entabla en las oficinas de los ministerios, sino en los encuentros humanos, en el descubrimiento de los otros, sea cual sea su religión, origen, lengua o color de piel.

Tengo la costumbre y la pretensión de afirmar que la poesía salvará el mundo, cosa que aún creo. Hay que retomar el camino cada día, adentrarse en los bosques del país de la sabiduría, la belleza y el misterio, recorrer los campos de lo posible y confiar en la inteligencia del ser humano sin bajar por ello la guardia. Ha habido tantos dictadores que han explotado la disponibilidad humana para esclavizarla y humillarla… Y ahora vemos las reacciones a la pandemia de los jefes de estado elegidos según principios democráticos. Todos ellos, ante el dilema de las finanzas o la vida, se han decantado por la primera opción. Primero es la economía, mientras que la vida y la salud quedan atrás… ¡muy atrás! El resultado de esta elección han sido cientos de miles de muertos. En cuanto a la cultura, las botas de esos mismos dictadores elegidos según principios democráticos se han dedicado a pisotearla o ignorarla.

Soy realista y creo en la cultura, la educación, los encuentros, el diálogo, la disputa y la reconciliación. No veo el mundo como un objeto de color de rosa donde el ser humano es bueno para sí mismo. Veo el mundo sembrado de una inmensa y profunda diversidad que pertenece a todos los seres humanos por el hecho de habitarlo. La diversidad no es comodidad o tranquilidad, sino un movimiento que sacude las certezas y provoca una reflexión.

Un ejemplo vergonzoso de esta humanidad es la declaración del laboratorio farmacéutico Sanofi, según la cual, si encuentra una vacuna contra el Covid-19, proveerá primero a Estados Unidos porque este país le ha dado más dinero que Europa. Esta clase de mundo me parece repulsivo, y ese laboratorio merecería que lo cerraran. Una vez más, el dinero pasa por delante de la vida y la salud. Esta es la barbarie en que nos encontramos inmersos hoy en día.

Ojalá después de la pandemia el ser humano cambie de algún modo su manera de ver el mundo. Ya lo veremos. Aunque soy realista, a veces me da por ser optimista.