Reconocernos más allá de las culturas: el virus activa el relato

Maria-Àngels Roque

Directora de Quaderns de la Mediterrània

«La unidad ya no está en la creencia, sino en la esperanza» Albert Camus, «La culture indigène, la nouvelle culture méditerranéenne».

«A partir de la primavera de 2020 se puede decir que el coronavirus fue “nuestro único asunto”, como un manto de silencio que cubrió todas las ciudades del Mediterráneo, negando su estampa eterna de la gente en las calles y plazas. El hastío del confinamiento aparece trasplantado en forma de apatía hacia los envilecidos responsables públicos. Las decisiones que se toman olvidan gravemente lo ocurrido en otras grandes epidemias. Y en medio de esta sensación, una vez más, los acontecimientos mundiales, como la guerra de Siria o el movimiento de las pateras, quedan condicionados por un mundo que ha decidido pararse». Este es el relato que nos hace el historiador José Enrique Ruiz-Domènec del Covid-19, y que a su vez nos introduce en otros relatos, testimonios de epidemias y pestes que han asolado los territorios mediterráneos a lo largo de los siglos. Con ellos, el historiador nos manifiesta las diferentes respuestas que han configurado nuestro mundo. ¿Puede la pandemia actual desempeñar una función transformadora positiva, tal y como manifiestan algunas asociaciones de la sociedad civil? Sin pecar de ingenuos, pero desde un enfoque esperanzador, los autores de este número de Quaderns de la Mediterrània también nos alertan de los peligros que nos acechan a la hora de acceder a un futuro mejor.

Cuando concebimos el dosier titulado «Diálogo intercultural: reconocernos en la cultura del Otro», el virus todavía no había aterrizado plenamente en la zona euromediterránea. No obstante, éramos conscientes de que, transcurridos veinticinco años de la Conferencia Euromed, el Proceso de Barcelona y las diversas políticas que lo siguieron, el mundo había cambiado mucho en ese cuarto de siglo y no se trataba de rememorar el proceso, sino de presentar apuestas de futuro dentro de una serie de secuencias que se extienden hasta nuestros días.

Si hace unos años sabíamos del deterioro medioambiental, ahora nos hallamos ante la certeza del cambio climático y sus consecuencias. Incluso los políticos —aunque no todos— son conscientes de la necesidad de cumplir los Objetivos del Desarrollo Sostenible a partir de la Agenda 2030, reducir la huella de carbono y maximizar las energías renovables. En las dos últimas décadas, las tecnologías de la información y comunicación se han convertido en el paradigma de la civilización del siglo xxi, junto con la economía neoliberal de carácter depredador y el trabajo precario, especialmente para los jóvenes y las mujeres. Los conflictos bélicos que llevan años arrasando la zona de Oriente Próximo con las interesadas injerencias de las grandes potencias internacionales, las grandes migraciones producto de los conflictos armados y de la miseria, así como los desencuentros culturales fruto de estereotipos enraizados que dificultan el cambio de las mentalidades, son hechos muy conocidos que necesitan de una intervención urgente.

Diversos científicos y analistas llevan años avisando de los riesgos de una pandemia, aunque sus advertencias no solían traspasar los seminarios académicos. Aun así, también se han escrito libros que han tenido una gran difusión y cuyos autores nos ilustran sobre los futuros escenarios posibles. Al igual que ocurre con el cambio climático, muchos gobiernos llevan años quitando importancia al peligro que suponen las epidemias. La crisis financiera de 2008 incidió en los recortes sanitarios y sociales, cuyas consecuencias han puesto en peligro a miles de personas. Nos quedan menos de diez años para el cumplimiento de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS), que pasa por la implicación de la sociedad civil para obtener sociedades más democráticas y participativas, tal y como señaló por primera vez la Conferencia Euromediterránea de 1995. Sin una transformación social y un acuerdo sobre la interdependencia de todos los países, difícilmente podremos alcanzar las metas propuestas para el año 2030.

La crisis del Covid-19 no supondrá el fin de la globalización o la desintegración europea, sino que será, más bien, un incentivo para configurar de otro modo las relaciones entre Europa y los países mediterráneos.

La interdependencia global continuará siendo una característica de nuestro tiempo. Debemos aprovechar esta oportunidad para reinventarnos y construir alternativas con el fin de crear un relato eficiente, una propuesta reflexiva bajo el concepto de «comunidad internacional», entendida como grupo social del que forman parte todos los seres humanos, en palabras del filósofo Jürgen Habermas. En efecto, lo que hoy en día llamamos globalización no debe limitarse a la mera idea, muy popular en el debate público desde los años noventa, de un sistema económico capitalista mundial, caracterizado por la integración global de los mercados y unas relaciones centro-periferia basadas en la dominación. La globalización es un fenómeno histórico mucho más complejo, cuya naturaleza no es solo económica y política, sino también social, cultural e incluso ambiental , tal y como ha explicado en diversos estudios la socióloga Saskia Sassen. Así, esta afirma: «Procesos transnacionales como la globalización política, económica y cultural enfrentan a las ciencias sociales con una serie de desafíos teóricos y metodológicos que surgen debido a que lo global (ya sea una institución, un proceso, una práctica discursiva o un imaginario) trasciende el marco exclusivo del Estado nación y, al mismo tiempo, habita parcialmente los territorios y las instituciones nacionales». Por otro lado, corremos el riesgo de asistir a una multiplicación de los estímulos comunicativos: las nuevas normas de consumo, a partir de la irrupción de internet y las aplicaciones que las acompañan, presagian un futuro de batallas por adueñarse del relato más que un verdadero interés por comunicar.

Por esta razón, y como ya venimos haciendo desde la creación de Quaderns de la Mediterrània en el año 2000, que nació el objetivo de promover un mayor diálogo, creemos ahora que es necesario reflexionar desde el conocimiento de las culturas de nuestro entorno geoestratégico mediterráneo. Así, debemos reconocer su diversidad, pero también darnos cuenta de la existencia de un «aire de familia», como manifestaron hace más de tres décadas los antropólogos mediterraneístas. A veces, en las familias encontramos una gran diversidad porque las diferencias adquieren una mayor relevancia en relación con la unidad que contienen.

Dicha unidad es ya característica, debido a que contamos con una base geográfica y climática que ha marcado el ciclo de las cosechas y sus fiestas rituales. Asimismo, en nuestros territorios se han asentado las grandes civilizaciones antiguas y las religiones del libro, y se ha establecido un continuo flujo migratorio, fruto de conquistas e intercambios comerciales y culturales. Actualmente, gracias a las tecnologías de la comunicación, los jóvenes son los que han desarrollado un proceso más significativo de fusión cultural, no solamente musical y artística, sino también en lo referente al estilo de vida, especialmente en las ciudades. Estimular el diálogo sobre los modos de vida y las creencias del otro lado del Mediterráneo ayudaría a cuestionar el discurso dominante que, con frecuencia, promueven los medios de comunicación. Asimismo, fomentaría la implantación de herramientas relacionadas con las percepciones mutuas, la historia compartida, la memoria colectiva y las visiones de espiritualidad y compasión básica de las religiones de ambas orillas del Mediterráneo.

En este número, «Diálogo intercultural: reconocernos en la cultura del Otro», participan una veintena de autores pertenecientes a diversas disciplinas y representantes de la sociedad civil, y todos ellos aportan, a través de sus artículos, grandes dosis de sensibilidad, experiencia y conocimiento para mejorar el futuro del diálogo intercultural. Para ello, reconocen los riesgos presentes, debidos a una serie de carencias que, de manera trágica, han hecho emerger la pandemia. El remedio, como apuntan, no es separarse y levantar muros, sino mantenerse unidos y colaboradores. El dosier está estructurado en dos partes transversales: «Tiempos de transformación y resiliencia» e «Identidades y tradiciones compartidas», seguidos de un Panorama cultural complementario.

Tiempos de transformación y resiliencia

Hemos visto que podemos organizar nuestras vidas de una manera menos estresante en un entorno más silencioso y amable. Hemos descubierto la importancia de los vínculos sociales y el hecho de que, justamente, los trabajos de cuidado de las personas y los bienes comunes son los más imprescindibles. Y hemos aprendido que la protección de cada uno depende de lo que hacen los demás, y que todos somos responsables de la salud de todos. Esto nos obliga a avanzar hacia un modelo de gestión del tiempo y el espacio más sostenible y socialmente más justo, reforzando las políticas de cooperación y las alianzas con el resto de los países del mundo.

En este sentido, el escritor Tahar Ben Jelloun nos insta a compartir: «Esta inmensa crisis sanitaria ha puesto las cosas en su sitio: la necesidad de compartir es inherente a la cultura, el diálogo y el respeto hacia los demás, en cuanto que constituyen las bases de una democracia creativa, inventiva y viva». El historiador José Enrique Ruiz-Domènec, por su parte, nos invita a reflexionar sobre las epidemias conocidas que se han propagado por el mundo mediterráneo en los últimos tres mil años: desde la llegada de los pueblos del mar, hacia 1177 a.C., hasta el Covid-19. En su reflexión histórica, explica los diversos cambios que estas mortandades supusieron para las sociedades que han configurado nuestro mundo actual, a la espera de ver lo que produce esta última pandemia. Sobre la espera y a modo de crónica anunciada, Lucía Vázquez, experta en educación y sostenibilidad, analiza cuáles podrían ser la contribución y el papel de cada uno en esa transformación que busca la Agenda 2030. Al mismo tiempo recuerda que, en un mundo cada vez más globalizado, es necesario respetar y proteger los orígenes, saberes y tradiciones de las comunidades, como parte fundamental del desarrollo sostenible: «Debemos avanzar hacia una educación que nos permita adquirir conocimientos y promover hábitos en armonía con la naturaleza. Del mismo modo, [fomentar] el arte, ya que este posee la capacidad de erigirse en estímulo y motor de cambio social apelando a nuestras emociones más profundas».

La educación y el cambio de mentalidad son los aspectos que más preocupan a la experta libanesa Nayla Tabbara, directora de la Fundación Adyan, que repasa las desigualdades que la pandemia del Covid-19 ha puesto en evidencia al mostrar que las comunidades marginadas de todo el mundo están mucho más expuestas a los efectos del virus que los grupos más privilegiados, y que no estamos en el mismo barco pese a estar en la misma tormenta. Por otra parte, Tabbara insiste en el hecho de que, a la hora de relacionarnos, nadie es la norma: «Ni los blancos, ni los negros; ni los hombres, ni las mujeres; ni los europeos, ni los árabes… Eso es lo que realmente puede enseñarnos la diversidad, y lo que necesitamos que nuestras mentalidades asimilen, sea cual sea nuestra posición en el espectro colonial o imperial (opresor, oprimido u oprimido que adopta la dinámica del opresor)».

La conmemoración de los veinticinco años del Proceso de Barcelona constituye, para el politólogo Ricard Zapata-Barrero, una buena ocasión para identificar nuevas vías de mantener vivos los ideales que ya forman parte del imaginario del Mediterráneo como un espacio de paz y de prosperidad, de valores comunes compartidos y de libre circulación de personas, mercancías y saberes. Ante el avanzado estado de desencanto en que nos instauramos ya desde la primera década del aniversario de dicho proceso, incluso antes de la puesta en marcha de la Unión por el Mediterráneo, en 2008, y teniendo en cuenta que las ciudades son los focos principales de la diversidad, Ricard Zapata-Barrero nos propone una agenda urbana de la gobernanza de la migración, muy vinculada a los procesos de urbanización que tienen lugar hoy en día en el Mediterráneo. En la misma tesitura y apoyándose en las tecnologías de la comunicación, el investigador José Carlos Cabrera nos señala en su artículo que encontrar un lugar en el que «reconocernos» implica, de alguna manera, empatizar con el otro, cosa que puede darse tanto en el ámbito cultural como social y, en concreto, en los problemas comunes que todos los pueblos mediterráneos han vivido a lo largo de su historia. Para ello nos muestra algunos proyectos, bajo un prisma intercultural y en forma de herramientas tecnológicas, que se han creado con el fin de reducir el impacto de las dificultades relacionadas con el movimiento de personas en nuestro mar común.

Mujeres y jóvenes: la necesidad de un verdadero cambio de paradigma

«Estar en la misma tormenta, pero no en el mismo barco» es algo que las mujeres y los jóvenes conocen muy bien. El cambio de mentalidad es quizás lo más difícil: reconocernos en el otro o en la otra, verlos con los mismos derechos y deberes que tenemos nosotros. Es cierto que en la última década de nuestro siglo han desaparecido algunos miedos a la hora de manifestarse contra los abusos autoritarios de diferentes tipos, y los ecos de esas manifestaciones no han dejado de resonar de forma global. Así, hemos sido testigos de las Primaveras árabes en los países del sur del Mediterráneo, en 2011, seguidas del movimiento Hirak, del que hablamos ampliamente en el número anterior de Quaderns de la Mediterrània, o la campaña Fridays for Future, que ha demostrado la profunda consciencia social de los jóvenes y ha logrado sonrojar a los grandes mandatarios del planeta al ponerlos ante el espejo de la realidad. El movimiento Me Too también ha resonado ampliamente entre las mujeres víctimas de abusos sexuales en diferentes ámbitos y países. Finalmente, el último movimiento en saltar a la palestra en plena pandemia ha sido el Black Lives Matter, tras el asesinato del joven afroamericano George Floyd en Estados Unidos a manos de la policía de Minneapolis. Como señala Nayla Tabbara, este ha dejado claro que el trabajo realizado hasta ahora en los ámbitos del derecho y la educación de los derechos humanos, la dignidad de la igualdad humana y la importancia de la diversidad debe complementarse con un cambio de mentalidades capaz de romper con toda clase de hegemonías.

La pandemia del Covid-19 nos ha revelado, asimismo, que los países liderados por mujeres han gestionado mejor los efectos del virus. Por otra parte, también han sido las mujeres quienes han asumido las mayores sobrecargas en la gestión de la crisis sanitaria y la responsabilidad de los servicios domésticos y cuidados suplementarios. Sin embargo, todo ello no ha impedido que también hayan sido las principales víctimas de la pandemia, puesto que la crisis ha agravado las desigualdades ya existentes entre los sectores laborales más vulnerables y el resto. Durante este período, las mujeres han sufrido más violencias y acoso en numerosos países del mundo a causa del encierro obligado por las políticas de confinamiento. ¿Cuál es el origen de esta paradoja —se pregunta la jurista tunecina Soukaina Bouraoui— entre el reconocimiento de la aportación y el compromiso femeninos y la negación de los mismos que supone tal aumento de la violencia contra las mujeres? En su artículo, esta activista feminista defiende el modo en que muchas organizaciones de la sociedad civil están luchando para que la pandemia pueda desempeñar una función transformadora a la vez que positiva y, para ello, tratan de señalar la importancia del liderazgo femenino y la igualdad de sexos.

Hemos considerado interesante introducir en ese contexto de emergencia mediterránea y revuelta ciudadana un artículo sobre el viii Encuentro de la FACM Jóvenes del Mediterráneo, celebrado en Barcelona en noviembre de 2019 y organizado por la Fundación Asamblea de Ciudadanos y Ciudadanas del Mediterráneo (FACM). Esta organización ha construido, mediante la práctica de la diplomacia ciudadana, una red de veintinueve círculos ciudadanos en veintinueve ciudades y veinte países de la región. Vicent Garcés, presidente de la FACM, nos relata este encuentro internacional, en el que se abordó la situación de la juventud en el Mediterráneo y que ofreció a los jóvenes la oportunidad de diagnosticar y proponer diversas perspectivas en cuatro ágoras: Cultura e identidad; Economía, movilidad y cambio climático; Empoderamiento y ciudadanía y Nuevas tecnologías y democracia. El encuentro contó, asimismo, con un mensaje virtual que el pensador Edgar Morin envió a los jóvenes del Mediterráneo y que Garcés resume mediante un breve lema: «¡Reflexionar, aprender de la realidad y resistir!».

Sin duda, muchas veces no nos detenemos a considerar la gran riqueza de la interculturalidad, especialmente aquella que proviene de los jóvenes que se encuentran entre dos culturas, como nos señala Mohamed El Amrani en su artículo «Hijos de la Utopía». Estos desempeñan, en efecto, un papel fundamental en nuestra sociedad, ya que su experiencia les permite crear sinergias contra la polarización y encontrar espacios de diálogo y reflexión lúcida. Para este joven emprendedor y activista social, la tecnología puede resultar una herramienta muy útil en dicho proceso, puesto que permite generar ecosistemas más abiertos donde la cooperación internacional pueda ser una prioridad para los distintos países. Asimismo, considera que «es necesario que esos jóvenes de origen diverso sean capaces de ejercer un liderazgo social sano, empático y transversal que nos ayude a avanzar hacia un mundo, y un Mediterráneo, más inclusivo, justo y pacífico».

Identidades y tradiciones compartidas

Aunque ya han pasado sesenta años de la muerte del escritor Albert Camus, quizás, en este momento, sea él quien mejor represente el ideal de un Mediterráneo intercultural, de la diversidad y de la unidad, donde el centro resida en los valores del humanismo y no en los conflictos por las creencias religiosas o por el dominio político y económico. Camus, en cuanto que testigo comprometido de su tiempo, nunca dejó de luchar contra todas las ideologías que separan a las personas y las naciones. El humanismo, basado en la conciencia del absurdo de la condición humana y en la revuelta como respuesta, recorre toda la obra del escritor nacido en Argelia, de cultura francesa y orígenes menorquines. En este sentido, su obra La peste, escrita en 1947 y convertida en gran éxito de ventas durante el actual confinamiento, resulta premonitoria. Se trata de una inquietante advertencia, una metáfora del mal encubierto por una epidemia mortal en la ciudad de Orán en la que también se muestran los valores de la fraternidad humana. Tanto los ensayos como las novelas de Camus pueden contemplarse desde la perspectiva de una filosofía de la ética.

El periodista Francesc Rotger escribe al respecto: «El escritor y filósofo denunció como periodista las injusticias cometidas con la población bereber, abogó por la convivencia pacífica entre las distintas comunidades de Argelia y rechazó la violencia de unos y otros. El mar Mediterráneo constituye no solo la clave de su pensamiento, sino también de su espíritu, ya que Camus considera este mar lo más próximo a su verdadera patria». El sociólogo y politólogo marroquí Mohamed Tozy, antes de introducirnos en el análisis de las tres grandes encuestas llevadas a cabo por la Fundación Anna Lindh entre 2007 y 2017, que intentaron esbozar un horizonte de posibilidades interculturales entre los ciudadanos de la Unión Europea y la región mediterránea, alerta de que la actual situación de confinamiento «resulta propicia para tratar de enfrentarse a uno mismo, a la vez que invita a reencontrarse con un tiempo más lento, más amplio, distinto del linear de los balances, las acumulaciones y los recursos; un tiempo que, a día de hoy, carece de horizontes y nos desafía a pensar en el instante y reponer fuerzas a partir de la densidad de lo que los árabes llaman addahr (tiempo largo y denso) para buscar aquello que se encuentra en las profundidades de uno mismo y asegurarse, así, una buena dosis de resiliencia».

¿Acaso las dos riberas compartimos democracia y constitucionalismo? El profesor Gustavo Gozzi aborda el asunto de las Primaveras árabes haciendo especial hincapié en el caso tunecino y las características de la nueva democracia constitucional instaurada tras la caída del régimen de Ben Ali. Se trata de un neoconstitucionalismo árabe que, pese a mostrar una gran afinidad con las democracias occidentales, se diferencia de estas en lo que respecta a su carácter de democracia constitucional con referencias arabo islámicas. El análisis señala, asimismo, el compromiso cultural entre tradición y modernidad que ha producido la actual forma de democracia tunecina, así como el compromiso entre las fuerzas políticas relacionadas con estas dos orientaciones. De esta forma, Gozzi nos recuerda que «la democracia tunecina está inmersa en un proceso de aprendizaje que, tal vez, contiene en sí mismo la capacidad de superar la inestabilidad del compromiso adquirido».

Una visión distinta nos presenta la antropóloga argelina Tassadit Yacine, partiendo de la crisis global del Covid-19, que ha puesto en evidencia un cúmulo de fracasos en numerosos países de todo el mundo. En Argelia, manifiesta la profesora, el problema es aún más grave, en la medida en que un movimiento de considerable peso como el Hirak, caracterizado por su pacifismo y apertura al pluralismo político, se viene extendiendo por todo el país desde el pasado 22 de febrero de 2019. Ahora, con ocasión de las medidas de prevención que se están llevando a cabo durante la crisis sanitaria, el gobierno argelino puede legitimar la lucha contra este movimiento. La falta de anticipación de dichas medidas contra el contagio (sanitarias, económicas y sociales) y la ausencia de un acompañamiento real de la población revelan la gravedad de la situación argelina. Con todo, la antropóloga constata, a través de varios ejemplos, que «es importante alentar las iniciativas procedentes de abajo para salvar el país: las poblaciones cabilas, por ejemplo, han demostrado un gran espíritu de civismo que los ha llevado a auto confinarse y tomar todas las medidas necesarias para evitar la propagación del virus». A través de estas iniciativas, vemos que los habitantes de cada región pueden contribuir a reactivar la economía y el desarrollo plural del conjunto del país.

La creación artística y la espiritualidad pueden crear mayor empatía que los discursos y pueden reconocer la animación de la naturaleza humana y el yo entendido como parte integrante del todo a pesar de la diversidad de las culturas. Todo ello lleva a la profesora e investigadora turca Nesrin Karavar a presentarnos la trilogía de inspiración sufí del cineasta turco Semih Kaplanoǧlu: Huevo, Leche y Miel. Nacido en Esmirna, en la costa del mar Egeo, una ciudad ligada a la filosofía antigua, Kaplanoǧlu creció en un barrio mixto, judío y cristiano, escuchando la antigua lengua sefardí, el griego y el italiano.

Dicho ambiente multicultural, a caballo entre Oriente y Occidente, aparece reflejado en sus películas, así como la doble personalidad cultural turca, construida a base de tradición y modernidad. En la biblioteca de sus padres, Kaplanoǧlu descubrió la figura del místico sufí andalusí Ibn Arabi (1165-1240), de cuya obra el propio cineasta ha afirmado: «Uno de los libros que más me ha influido es Los engarces de la sabiduría, de Ibn Arabi». Por ello, la investigadora nos introduce, a través de su análisis, en el modo en que las obras del cineasta constituyen en sí mismas un trabajo espiritual, «como una oración que acontece en las profundidades del individuo y acaba transformándolo. Así, el espectador del cine de Kaplanoǧlu, al igual que el lector del poeta sufí turco Yunus Emre, tiene que perderse en el film, como en la naturaleza, tiene que dejarse caer en él, perderse en sus profundidades como en un cosmos».

Que los filmes y los libros sean grandes inspiradores y sirvan como nexos universalistas e interculturales a la vez que creadores de identidad es algo que sostiene el escritor y psicólogo Saïd El Kadaoui Moussaoui, quien propone un breve ensayo sobre el tema basado en sus autores predilectos. Así, manifiesta que «según buena parte de los estudios de psicología que han tratado con niños de familias migrantes en varios países, la estructura identitaria humana viene caracterizada por su naturaleza dialéctica e integradora de contrarios. Escritores como Hanif Kureishi o Edward Said hacen gala de la misma en buena parte de sus obras y el primero cuestiona en sus novelas, asimismo, algunas costumbres atávicas, como el matrimonio de conveniencia. Con el fin de que los individuos desarrollen todo su potencial y no queden encerrados en una identidad prisión a la que, muchas veces, la sociedad pretende reducirlos», El Kadaoui Moussaoui advierte a los profesionales que atienden a la población migrante que deben ser conscientes del gran reto que tienen entre manos.

¿Por qué hablamos de tradiciones compartidas? Como he dicho más arriba, la geografía y el clima han desarrollado formas económicas y anímicas similares. En este sentido, hemos pedido a dos especialistas que traten dos temas centrales que se reflejan en ambas orillas. Así, en primer lugar, tenemos la trashumancia del ganado ovino, un trabajo que ha supuesto para los hombres pastores pasar una serie de meses fuera de sus residencias buscando pastos y agua para sus ganados en invierno, en zonas menos montañosas, para regresar a las praderas frescas de su territorio en estío. Las rutas de trashumancia, algunas de las cuales son ya milenarias, representan hoy en día un potencial importante de territorio verde común que debe luchar contra las construcciones y apropiaciones indebidas, por lo cual es importante que estén protegidas. La especialista francesa Anne-Marie Brisebarre, que ha basado sus investigaciones en la trashumancia del norte y el sur del Mediterráneo, constata que, en la cuenca mediterránea, las actividades pastorales extensivas, a menudo basadas en la movilidad de los rebaños, constituyen culturas que la modernidad del sector no ha conseguido abocar a la desaparición. En relación con la trashumancia, afirma que los pastores son depositarios de una cultura y unas técnicas que siguen muy vivas, y que cumplen las expectativas de la sociedad en cuanto que practican una agricultura y ganadería respetuosas. Aunque la sabiduría y las destrezas del arte del pastoreo se hayan modernizado con el paso de los años, y los pastores tengan actualmente la posibilidad de formarse en escuelas especializadas, la trashumancia de la cuenca mediterránea se encuentra amenazada porque los pastos suelen ser un bien común, un patrimonio público sometido a las necesidades agrícolas o a la construcción inmobiliaria en los diferentes territorios. Brisebarre alerta de que los países de la región deben considerar la trashumancia como una práctica milenaria fundamental para la tradición cultural, la economía y el respeto al medioambiente.

El otro tema de gran importancia es el nacimiento humano, momento crítico donde se juntan todos los miedos y las esperanzas centrados en el devenir de un nuevo ser. Nos interesa conocer, no solo en el pasado, sino también en el presente, y a pesar de los modernos conocimientos médicos, el modo en que esos momentos de riesgo son vividos, creyendo o no creyendo, dentro de algunas tradiciones comunicadas entre las mujeres para conseguir una buena gestación, un buen parto y el nacimiento de hijos sanos. Para hablar de la cultura del nacimiento, la antropóloga y matrona Clara Moreno Llopis ha realizado una serie de encuestas entre mujeres migrantes marroquíes y mujeres urbanas y rurales españolas de la zona de Valencia. Desde tiempos antiguos, el estudio de los cuidados y las creencias tradicionales en torno al nacimiento ha interesado a los estudiosos de la antropología. La mayoría de las investigaciones se han centrado en grupos de personas mayores, y se han estudiado los recuerdos que, sobre este particular, tenían de las costumbres y tradiciones de las distintas sociedades de antaño. Son escasos los trabajos que recogen el pensar de las mujeres jóvenes y el grado de conocimiento que estas tienen en el momento actual. Por ello, este trabajo resulta muy interesante, ya que nos habla del imaginario y registra percepciones mutuas.

Finalmente, la sección Panorama cultural refuerza las manifestaciones que componen el dosier a través de ejemplos identitarios de carácter intercultural de larga duración. Así, la arabista catalana Dolors Bramon nos recuerda que la invasión de las etnias árabe y bereber en la península ibérica, que dio lugar al territorio de al-Ándalus, supuso el asentamiento de ambas etnias en la actual Cataluña, lo que dio lugar a una serie de influencias de la cultura islámica. De todas ellas, hasta hoy, las que han persistido claramente son los arabismos, que figuran en los ámbitos del léxico y la onomástica de las lenguas peninsulares. Esma Kukucalic, periodista y directora de la Fundación Asamblea de Ciudadanos y Ciudadanas del Mediterráneo, esboza el modo en que la tradición sufí de los Balcanes se remonta al siglo xv, momento en que se asientan en el territorio diversas órdenes que ejercerán una influencia directa en la transmisión del islam, así como en el entramado sociocultural, económico y arquitectónico de la región. Finalmente, a partir de la reciente muerte del periodista y crítico de arte tunecino Bady Ben Naceur, la periodista Maria Elena Morató nos muestra, a través de las obras y los artículos de este maestro, su larga y amplia influencia en la cultura tunecina. Naceur constituye un referente no solo en su país, sino también entre lectores y especialistas externos; una forma de vivir, de entender la cultura y el ejercicio periodístico como un trabajo multidisciplinar con un enfoque humanista y comprometido.

Quisiera cerrar esta presentación de «Diálogo intercultural: reconocernos en la cultura del Otro» con las palabras del casi centenario pensador Edgar Morin, que ha colaborado en diversos números de Quaderns de la Mediterrània con artículos que podemos encontrar en la web de la revista libremente. Las palabras que sirven de colofón pertenecen a la cápsula virtual con la que quiso acompañarnos en el viii Encuentro de la FACM Jóvenes del Mediterráneo, celebrado en Barcelona. Sus recomendaciones están dirigidas a todas las mujeres y los hombres que quieren compartir un futuro de paz y reconocimiento mutuo: «Solo la fraternidad y el entendimiento pueden paliar la tragedia mediterránea. En este sentido, las civilizaciones del Mediterráneo podrán proseguir porque la “matria” equivale a una tierra de destino donde todos somos, ante todo, ciudadanos. No nos olvidemos de que el/la ciudadano/a es alguien que ha adquirido derechos y deberes, y tiene responsabilidades hacia aquello de lo que forma parte. Si consideramos esta responsabilidad, podremos sobreponernos a los conflictos, pero solo mediante el intercambio, la fraternización, los encuentros, la amistad y el entendimiento, con el fin de sacar a flote las raíces de las distintas civilizaciones y regenerarlas en el seno de un mar entendido como nuestra madre. Debemos entender que hay una comunidad de destino, un destino humano bajo amenaza, una amenaza que se cierne sobre todo el mundo, y ante la que los pueblos mediterráneos deberíamos ser los primeros en actuar».