Albert Camus, menorquín de Argelia

Francesc M. Rotger

Periodista y profesor de la Universidad Nacional de Educación a Distancia en las Islas Baleares

Albert Camus, premio nobel de literatura, es el nombre más ilustre entre las decenas de miles de argelinos de origen menorquín que poblaron la colonia francesa hasta su exilio, que llegó con la independencia. Camus creció en un entorno pobre, con referentes de la cultura de origen, y las Islas Baleares fueron el único territorio español que llegó a visitar. El escritor y filósofo denunció como periodista las injusticias cometidas con la población bereber, abogó por la convivencia pacífica entre las distintas comunidades de Argelia y rechazó la violencia de unos y otros. El mar Mediterráneo constituye no solo la clave de su pensamiento, sino también de su espíritu, ya que Camus considera este mar lo más próximo a su verdadera patria.


«Sus padres, menorquines, se habían ido hace tanto tiempo como los padres de su marido para venir a Argelia porque se morían de hambre en Mahón». Es Albert Camus (1913-1960), de cuyo fallecimiento se cumplen sesenta años en 2020, hablando en su texto póstumo El primer hombre de su madre, Catherine Sintes Cardona (Catherine Camus, 1882-1960), de familia originaria de Menorca emigrada a la colonia francesa. Trabajaba como mujer de la limpieza, era pobre y prácticamente sordomuda, y el escritor, premio nobel de literatura de 1957, sentía por ella una verdadera adoración. El primer hombre resulta particularmente revelador, ya porque es lo último que dejó escrito, ya porque el texto se desvela como una autobiografía levemente novelada, tal y como muestran numerosos fragmentos de la obra: «Había nacido en una tierra sin abuelos y sin memoria. […] El único misterio es la pobreza, que hace que las gentes no tengan nombre ni pasado». La obra enlaza, así, con sus primeros textos publicados, especialmente con la primera parte de El revés y el derecho (1937).

La emigración de Menorca a Argelia se produjo en una época muy temprana, antes incluso de que la metrópoli completara la dominación del territorio, pero en el pasado ya se habían establecido toda clase de lazos entre ambas riberas. La isla había disfrutado de un régimen económico privilegiado bajo la dominación británica en el siglo xviii (el puerto franco de Maó), truncado al reincorporarse esta a España. «Se me viene todos los días una porción de hombres y la mayor parte casados y con hijos a ofrecerse para ir allí diciéndome que aquí se mueren de hambre, pues no comen más que un pedazo de pan de cebada y muchos días les falta este alimento», escribía en febrero de 1831 el vicecónsul francés en Ciudadela.

Joan Borràs calcula que unos nueve mil menorquines, cerca del veinte por ciento de la población de la isla, emigraron a Argelia entre 1830 y 1836, mientras que, en 1888, según Marta Marfany, la estimación es de veinte mil argelinos de origen menorquín. Son conocidos como «mahoneses», aunque procedieran de otros municipios o del resto de las Baleares, y se les considera honrados y trabajadores. Así habla Camus de sus abuelos en El primer hombre: «[Para] los mahoneses que desembarcan en pequeños grupos con el baúl y los niños, su palabra equivale a un contrato […]. Ellos hicieron la riqueza del litoral argelino». A mediados del siglo xix fundan Fort-de-l’Eau, actual Bordj El Kiffan y, pese a la marcada cohesión francesa existente en todo el territorio, los «mahoneses» preservaron su lengua, cultura y costumbres. Los indígenas que trabajaban con ellos también aprendieron el catalán de Menorca y aún hoy en la costa argelina, aunque ellos ya han desaparecido, se sigue elaborando el «pan mahonés», según ha registrado el historiador Martí Carbonell.

Felanitx, Pollença, Ibiza capital y Santa Eulalia, y durante el recorrido deja escritos unos bellos párrafos sobre Ibiza y el relato de una noche en un cabaret en Palma.

Sin embargo, donde realmente vive una experiencia de epifanía este joven de poco más de veinte años es en el claustro gótico de San Francisco de la capital mallorquina: «Es posible que nunca comarca alguna, a no ser el Mediterráneo, me haya conducido a un tiempo tan lejos y tan cerca de mí mismo […]. Entonces entendía de verdad lo que podían aportarme países así. Siento admiración por el hecho de que puedan hallarse a orillas del Mediterráneo certidumbres y normas de vida, por que podamos encontrar en ese lugar satisfacción para nuestra razón de ser y justificación para un optimismo y un sentido social. Pues se da el caso de que lo que a la sazón me impresionaba no era un mundo hecho a la medida del hombre, sino que se cerraba en torno al hombre. No, si la lengua de esos países armonizaba con lo que me retumbaba en lo más hondo no era porque respondiera a mis preguntas, sino porque las volvía inútiles. No eran acciones de gracias lo que podían subirme a los labios, sino esa nada [en español en el original] que no pudo nacer sino ante paisajes agobiados de sol. No existe amor por la vida sin desesperación por la vida». Hélène Rufat certifica esta revelación: en las Baleares «entendió que una regla de vida fundamental, que el Mediterráneo ofrece de forma natural, es que “no existe ningún amor a la vida sin el desespero por vivir”. Esta doble tensión vitalista marcaría, en adelante, todas las creaciones de Albert Camus».

Su condición de hijo del mar común resulta nítida en esta afirmación: «La Patria no es la abstracción que aboca a los hombres a la masacre, sino cierto gusto por la vida, común a algunos seres, mediante el cual podemos sentirnos más próximos a un genovés o a un mallorquín que a un normando o a un alsaciano. El Mediterráneo era eso, ese aroma o ese perfume que es inútil tratar de explicar: todos nosotros lo sentimos con la piel»; y en esta: «Nosotros elegiremos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción lúcida del hombre que sabe», tal y como señala en «El pensamiento del mediodía», conclusión de El hombre rebelde.

Tras ese primer viaje, nunca más regresará a las islas debido a su oposición al régimen franquista, pero las Baleares asoman de un modo intermitente a sus Carnets: «Hacer la lista de los lugares donde he pensado que podría vivir y morir. Siempre en ciudades pequeñas. Tipasa, Djemila, Cabris, Valldemossa, Cabrières d’Avignon, etc., etc.»; «Porque hay un señorito, parecido a los que paseaban a unos perros de patas altas por la calle Mayor de Palma de Mallorca antes de asistir, como entendidos, a las ejecuciones del 36» o «Desde el avión, en plena noche, las luces de las Baleares, como flores en el mar».

Tras ser expulsado de Argelia por la guerra, encuentra un refugio mediterráneo en Lourmarin (Provenza), donde se compra una casa y está enterrado. Le gustó tanto el lugar que acabó considerándose provenzal de adopción: «Cuando los bárbaros del Norte hubieron destruido el dulce reino de Provenza, nos hicieron franceses».

El africano

Camus se considera tan argelino como aquellos a quienes denomina «árabes», de un modo genérico e incorrecto, lo mismo que los «franceses», cuyos orígenes también son diversos: «Árabes y franceses, hijos e hijas sin padre que tendrían que aprender a vivir sin lección y sin patrimonio», escribe en El primer hombre. «Lo que en él no querían —es decir, en sí mismo— era el argelino». En París, que no le gustaba, siempre se le considerará un intruso: «Cada vez que salía de París para ir a África, un júbilo sordo, el corazón ensanchado».

Camus nace y se educa en Argelia mediante una beca para estudiar bachillerato gracias a su maestro de primaria, que lo salva de hacerse tonelero. En Argelia descubre su pasión por el fútbol, se le diagnostica la tuberculosis, hace teatro, redacta su trabajo de diploma (sobre San Agustín, otro africano), se inicia en el periodismo y la edición, publica sus primeros libros y se casa por primera vez.

Así, Argelia constituye el principal escenario de su obra, presente en Bodas, El extranjero, La peste, El verano, y en relatos de El exilio y el reino. La peste, que en 2020 ha recobrado una súbita actualidad debido al coronavirus, se desarrolla íntegramente en Orán. La novela no solo nos ilustra de manera inquietante sobre los comportamientos humanos ante una pandemia (la que él sufrió se cobra cada año, aún hoy, la vida de un millón y medio de personas), sino que el mismo Camus se asoma a sus páginas. Ahí están San Agustín, la figura materna reservada, los apellidos españoles, el periodista que prepara un reportaje sobre «las condiciones de vida de los árabes», el papel de la prensa y la política, el argumento de El extranjero, la justicia, el combate contra lo inevitable, el fútbol, la pena de muerte, los baños de mar, el exilio y la miseria como maestra. Las hechuras de Rieux son profundamente camusianas: en lo único en que confía es en hacer bien su trabajo.

En Crónicas argelinas, Camus señala: «Ha habido sin duda explotadores en Argelia, pero seguramente menos que en la Francia metropolitana, y el primer beneficiario del sistema colonial es la nación francesa entera […]. No tienen por qué señalar a los franceses de Argelia como víctimas expiatorias […]. El tiempo de los colonialismos se ha acabado […]. No habrá futuro que no rinda justicia al mismo tiempo a las dos comunidades de Argelia».

La causa «árabe» «tiene razón, y todos los franceses lo saben, cuando denuncia y rechaza el colonialismo y sus abusos […], la mentira repetida de la asimilación nunca realizada […], la injusticia evidente del reparto agrario y de la distribución de la renta […] y la actitud, a menudo despectiva, de los europeos. […] Está fuera de toda duda que se les debe hacer una reparación en toda regla, que les restituya al mismo tiempo la dignidad y la justicia».

La guerra

En el origen de la insurrección de 1954 del Frente de Liberación Nacional (FLN) se encuentra la injusticia, como en todo colonialismo. El joven Camus, periodista de veinticinco años, había publicado en Alger Républicain su serie de siete reportajes Miseria de la Cabilia, a raíz de la hambruna de 1939 en esa región: «Los cabileños tendrán más escuelas el día en que se haya suprimido la barrera artificial que separa la enseñanza europea de la enseñanza indígena, el día en fin en que […] dos pueblos destinados a entenderse empiecen a conocerse […]. Debemos hacer caer los muros que nos separan».

Los árabes son ciudadanos de segunda clase para la metrópoli. El resto, en torno a un diez por ciento de la población, son los llamados pieds noirs [pies negros], así llamados a modo de burla por el color de las botas de los soldados: «Cuando el destino de los hombres y de las mujeres de nuestra propia sangre se encuentra unido […] a artículos que se escriben con gran soltura desde la comodidad del despacho, uno tiene el deber de dudar y de sopesar los pros y los contras», escribe en 1958. «Los hombres de mi familia, pobres y sin odio, nunca explotaron ni oprimieron a nadie […]. Las tres cuartas partes de los franceses de Argelia se les parecen».

En El primer hombre, estalla una bomba cuando el protagonista visita a su madre: «Dos veces esta semana. Tengo miedo de salir […]. Compréndelo, soy vieja. Ya no puedo correr». Cormery (alter ego de Camus) se echa a la calle y salva a un viandante árabe de ser linchado por los franceses como cabeza de turco: «Raza inmunda […]. Hay que matarlos a todos», brama un obrero de origen europeo.

Uno de sus episodios biográficos más conocidos tiene lugar cuando recibe el Nobel (1957) y un joven, evidentemente simpatizante del FLN, le pregunta si acaso no era justa la causa de la independencia argelina, a lo que Camus respondió: «Están poniendo bombas en los tranvías y mi madre viaja en ellos. Si eso es justicia, entre la justicia y mi madre, me quedo con mi madre». Consiguió llevársela una temporada a su casa de Provenza, pero ella no se encontraba a gusto porque «aquí no hay árabes», la misma sensación que tiene el hijo en El primer hombre: «Encuentro con el árabe en Saint-Étienne. Y esa fraternidad de los dos exiliados en Francia».

La Francia republicana y democrática responde con terrorismo de Estado a los ataques del FLN —al que se añadirá el de la Organización de la Armada Secreta (OAS)— y la espiral de violencia ya no tiene marcha atrás. El 22 de enero de 1956, Camus realiza una llamada desesperada pidiendo una tregua para los civiles: «Mi única cualificación es la de haber vivido la desgracia argelina como una tragedia personal». Todavía en 1958 aboga por una solución política: «En el caso contrario, Argelia se perdería y las consecuencias serían terribles, para los árabes y para los franceses. Es la última advertencia que puede formular, antes de callarse de nuevo, un escritor consagrado, desde hace veinte años, al servicio de Argelia».

Y, efectivamente, Camus se calla: muere a principios de 1960 en un accidente de automóvil y distanciado de su amigo del alma Jean Daniel, argelino como él, a causa de su postura ante el conflicto. Este, que reconocería más tarde que era Camus quien tenía razón, recibió la noticia de su muerte por teléfono: «¿Estaba mojada, la carretera? —No, seca. ¿Había mucho tráfico? —No, estaba desierta. ¿Era un camino malo? —No, recto. —El destino. Ha sido el destino», concluye Daniel.

Los «árabes»

Se ha reprochado a Camus referirse a los indígenas argelinos como «árabes», en abstracto, así como el hecho de que la víctima en El extranjero carece de nombre. Sin embargo, El primer hombre y las Crónicas argelinas revelan cómo Camus los valoraba: «El pueblo árabe existe […]. No es esa muchedumbre anónima y miserable en la que el occidental no ve nada que haya que respetar ni que defender. Se trata, por el contrario, de un pueblo de grandes tradiciones y cuyas virtudes, por poco que se quieran abordar sin prejuicios, están entre las más importantes».

En El primer hombre, es una mujer árabe quien ayuda a Catherine Camus a traer al mundo a su hijo Albert, mientras el padre ha ido a buscar al médico. Los vecinos en la escalera de Belcourt son árabes: el señor Tahar y su hijo Omar. Los almaceneros del barrio «venían del Mzab». Abder, el compañero de trabajo del tío Ernest, llama a Albert «colega». La familia de Tamzal vive ahora donde él nació. En la escuela primaria se sienta con compañeros árabes. Su héroe de niñez es un tranviario, «un árabe alto y fuerte». Obreros árabes y franceses viajan juntos en el tranvía. La madre de su amigo Pierre tiene «dos empleadas, una árabe, la otra francesa». Camus recibe en casa a un terrorista, Saddok, «pues el derecho de asilo es sagrado», que besa a su madre «a la manera árabe», mientras que él ya «se había afrancesado». «Es mi madre —dice de ella Saddok—. La mía ha muerto. La quiero y la respeto como si fuera mi madre». «¿Estás de acuerdo con los bandidos? —le pregunta su tío Étienne, refiriéndose al FLN—Con los otros árabes sí, con los bandidos no».

En el recelo existente en el entorno árabe hacia Camus probablemente influye su posición favorable al Estado de Israel, «que se quiere destruir bajo la coartada del colonialismo, pero cuyo derecho a la vida debemos defender, nosotros, que hemos sido testigos de la masacre de millones de judíos y que consideramos justo y bueno que los supervivientes creen la patria que no les hemos podido dar o conservar para ellos». Camus había conocido esas atrocidades de primera mano en su paso por la Resistencia.

En El hombre de las dos patrias, Javier Reverte revela el modo en que la Argelia contemporánea hace como si Camus no hubiera existido. Hasta 2006 no se celebró ni «un pequeño congreso en su homenaje» y cita a Abdelaziz Bouteflika, fundador del Frente de Liberación Nacional y presidente de 1999 a 2019, refiriéndose a Camus: «Cuando dijo que, entre la justicia y su madre, escogería a su madre, demostró ser un verdadero argelino».

Silencio y olvido

«Viejo cementerio de los colonos, el inmenso olvido». En el original de El primer hombre, que se quedó en el automóvil en el que murió Camus el 4 de enero de 1960, «el inmenso olvido» está rodeado por un trazo.

En 1962, tras la declaración de independencia, cerca de un millón de argelinos de origen europeo abandonan su país con destino a una Francia que desconocen. «Con mi tierra perdida, ya no seré nadie», había lamentado Camus sobre ese momento, sin llegar a verlo consumado. El Centro de Documentación de los Franceses de Argelia, en Perpiñán, honra mediante un monolito los apellidos de 2.410 desaparecidos en el conflicto y su pequeño museo dedica a Camus una de sus vitrinas. Para los «árabes» seguirán seis decenios de una durísima trayectoria independiente que incluye una segunda guerra civil.

Las tumbas con apellidos menorquines, como las del cementerio de Kouba, son casi el único resto que queda de los «mahoneses» en la tierra que habitaron. En 2019, dos excursiones organizadas por el Ateneu de Mahón y guiadas por Martí Carbonell visitaron este cementerio. «Las únicas huellas sagradas de su paso por esa tierra, las lápidas ilegibles —leemos en El primer hombre—. Todas aquellas generaciones, todos aquellos hombres venidos de tantos países diferentes […] habían desaparecido sin dejar huellas, encerrados en sí mismos».

Para Josefina Salord, El primer hombre constituye «la novela épica de los héroes humildes que estaban llamados a ser engullidos por el olvido […]. Reconocer a Albert Camus (Sintes) significa reconocer a través de él la menorquinidad argelina, presencia histórica desvanecida y metáfora pura del desarraigo, del exilio absoluto». «Aquí no se conserva nada —dice un pied noir en El primer hombre—. Se demuele y se reconstruye. Se piensa en el futuro y se olvida lo demás».

Según las notas de El primer hombre, el libro podría haberse cerrado así: «Dad toda la tierra a los pobres, a los que no tienen nada y que son tan pobres que ni siquiera han deseado jamás tener y poseer, a los que son como ella en este país, la inmensa tropa de los miserables, casi todos árabes y algunos franceses […]. Por fin están reunidos bajo el Sol de mi nacimiento la tierra que tanto he amado y aquellos y aquella a los que he reverenciado (Entonces el gran anonimato será fecundo y me cubrirá también – Volveré a ese país)».

Lo que puede parecernos lúgubre y oscuro es, en realidad, luminoso, igual que la luz que bañó a Camus, los soles de Argelia, Menorca, Provenza, la Grecia y la Italia que admiraba: «El Sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento». Es la lucha contra lo invencible del doctor Rieux y la felicidad de Sísifo arrastrando su piedra cada día. De acuerdo, no hay esperanza. Por eso, sigamos adelante.