La identidad vista por algunos de mis autores predilectos: un breve ensayo

Saïd El Kadaoui Moussaoui

Escritor y psicólogo

¿Era posible ser —desarrollar la aptitud de ser— no desarraigado sino múltiplemente arraigado? ¿No padecer la pérdida de las raíces sino beneficiarse de un exceso de ellas?
La identidad se componía tanto de sus orígenes como de su viaje.
Eso era lo que la literatura sabía, lo que siempre había sabido. La literatura intentaba abrir el universo, aumentar, aunque fuera solo un poco, la suma total de lo que para los seres humanos era posible percibir, comprender y, por tanto, en último extremo, ser.

Salman Rushdie, Joseph Anton

Según buena parte de los estudios de psicología que han tratado con niños de familias migrantes en varios países, la estructura identitaria humana viene caracterizada por su naturaleza dialéctica e integradora de contrarios. Escritores como Hanif Kureishi o Edward Said hacen gala de la misma en buena parte de sus obras y el primero cuestiona en sus novelas, asimismo, algunas costumbres atávicas como el matrimonio de conveniencia. Con el fin de que los individuos desarrollen todo su potencial identitario y no queden encerrados en una identidad prisión a la que, muchas veces, la sociedad pretende reducirlos, los profesionales que atienden a la población migrante deben ser conscientes del gran reto que tienen entre manos.


A lo largo de este artículo trataré de articular un discurso sobre la identidad invocando las dos disciplinas que más me han ayudado a comprender la naturaleza del comportamiento humano, las dos lentes que más han contribuido a fijar mi mirada en el ser humano: la psicología y la literatura. De forma muy sucinta, acudiré a dos grandes teorías sobre la identidad que ha dado la psicología, y que trataré de refrendar con las aportaciones de cuatro escritores admirados, cuyas historias, en su mayoría autobiográficas, utilizaré a modo de viñetas clínicas: Hanif Kureishi, Percival Everett, Edward Said y Philip Roth.

En el fabuloso ensayo, recopilación de artículos de eminentes psicólogos y psiquiatras, L’enfant entre deux cultures, descubrí que el reto que tenemos en Cataluña, y también en España, en cuanto a la integración de la población migrante y la de sus hijos, tenía muchas cosas en común con la experiencia francesa, que nos aventaja tanto en experiencia como en la elaboración de todo un corpus teórico sobre la complejidad identitaria.

Al estudiar a los niños de la inmigración española, portuguesa, italiana y magrebí, Vinsonneau y Camilleri (y otros autores) habían postulado un modelo dinámico de la identidad, en el que afirmaban que el proceso identitario de los grupos sociales, así como el individual, se construye en relación con el entorno social. Aquello que somos —la identidad, de hecho— busca entenderse con aquello que aspiramos a ser —la identidad reivindicada— y con aquello que los otros querrían que fuéramos (o piensan que somos) —la identidad prescrita—. Lo que caracteriza la estructura identitaria es, pues, su naturaleza dialéctica, integradora de contrarios. El mayor de los peligros es la construcción de una identidad prisión, puesto que esta recluye al individuo en una parcela muy pequeña de sí mismo.

A lo largo de buena parte de su obra, Hanif Kureishi reflexiona sobre la identidad del inmigrante, atrapada con frecuencia entre una mirada extranjerizante y excluyente y una reacción comunal defensiva que la reduce a su mínima expresión. Nos habla tanto de la identidad prisión como, en su caso, de una identidad cuya naturaleza es dialéctica e integradora de pertenencias dispares, a menudo presentadas como contrarias.

He aquí algunos ejemplos de la identidad prescrita de Kureishi: «Mi padre también había sufrido abusos racistas en la India y en Gran Bretaña. Pero, en su cabeza, eso no le convertía en víctima. Trabajaba entre paquistanís y no tenía que sufrir ese racismo degradante y persistente que algunos de nosotros conocimos en la calle y en el colegio […]. Por entonces parecía que nunca podríamos recuperarnos de aquel desencanto. Imagino que en parte esto era porque el racismo que sufrimos mis primos y yo se producía cuando éramos pequeños. Y por tanto acabamos creyendo que la exclusión y el vilipendio eran nuestro destino definitivo; nada iba a cambiar y nadie iba a hacernos un sitio».

«Y cuando trató de hablar sobre Byron en los pubs de barrio, nadie le había avisado de que no todos los ingleses sabían leer y que lo último que querían aguantar era a un indio que les diera lecciones de poesía y encima de un loco pervertido»

«Lo cierto es que, aunque se suponía que éramos ingleses, para los ingleses éramos moros, negros, paquis y todo lo demás».

Muchos pacientes, según mi propia experiencia, relatan estas mismas experiencias: jamás, se quejan, dejan de ser mirados como inmigrantes, moros, sudacas, etc. A continuación, algunos ejemplos de la identidad prisión a la que antes me he referido:

Karim, el protagonista de la novela El buda de los suburbios, mantiene una conversación con Anwar, el padre de su amiga Jamila, quien afirma:

«—Quiero que [Jamila] se case con el chico que mi hermano y yo hemos elegido.

—Pero eso está pasado de moda, tío Anwar, estás anticuado. Hoy en día, ya nadie hace esas cosas.

—Esa no es nuestra costumbre, muchacho. Nuestras tradiciones son firmes. Así que hace lo que le mando o me moriré. Me habrá matado ella».

Anwar, tal y como hemos visto, alude a «nuestra costumbre, nuestra cultura, nuestro mundo». ¿Cuántos hijos de personas inmigrantes se sienten culpables cuando cuestionan algunas costumbres atávicas de los países de sus padres?

A continuación, quiero ofrecer un ejemplo de la identidad dialéctica de Kureishi: «Para mí y para los otros chicos de mi generación, nacidos aquí, Inglaterra siempre fue el país al que pertenecíamos, incluso aunque nos dijeran —a menudo en términos de maltrato racial— que eso no era así. Lejos de resultar un conflicto de culturas, nuestras vidas parecían sintetizar elementos dispares: el pub, la mezquita, dos o tres idiomas, rock and roll, películas indias. Nuestra amplia familia y nuestra individualidad británica se entremezclaban».

Afortunadamente, muchos de nuestros pacientes tienen experiencias similares. Son capaces de unir sus diferentes culturas, sus diferentes imaginarios sociales. Cuando lo consiguen, están mucho mejor preparados para vivir en nuestro mundo contemporáneo; un mundo más globalizado.

Más reciente es la teoría del self dialógico 6 de Hermans, que incide del mismo modo en naturaleza dialéctica de la identidad. La construcción identitaria, dice Hermans, se ve influida por las relaciones frecuentemente asimétricas entre el país de acogida y el país de origen, así como por las experiencias de racismo, discriminación y othering (práctica que consiste en remitir siempre a la otredad y la diferencia para marcar distancia).

Para entender este último concepto de othering, nada mejor que la novela de Percival Everett X (de «tachadura» —erasure en inglés—). Un breve resumen de la novela tomado del crítico literario Alberto Mengual sería el que sigue: «X (Erasure, el título original quiere decir “borradura”) fue publicada en inglés en 2001. El narrador es un cierto Thelonious Monk Ellison, nombre que combina el del célebre músico de jazz y el del igualmente célebre autor de la novela Invisible Man. Thelonious es un escritor de literatura “difícil”, inspirada (como la de Everett) por los clásicos, y cuyos libros no solo no se venden, sino que ya nadie quiere publicarlos. En su vida privada las cosas tampoco andan bien: su madre sufre de Alzheimer, su hermano no acaba de definir su identidad sexual, su hermana debe enfrentarse a extremistas religiosos en la clínica donde hace abortos. Al mismo tiempo que Thelonious debe hacer frente a todas estas dificultades, una cierta Juanita Mae Jenkins, autora de una melodramática novela “afroamericana”, con su fárrago de lugares comunes (de los cuales Everett nos da desopilantes ejemplos) que implícitamente prolongan ancestrales nociones racistas, se ve consagrada como la gran estrella del mundo literario norteamericano. Para vengarse (del público, de la literatura, del implacable destino que los griegos llamaron Moira), Thelonious, bajo el seudónimo de Stagg R. Leigh, trama una novela aún más convencional que la de Jenkins, que su agente vende por un adelanto gigantesco a Random House.

Para colmo, esa novela, bajo el título Porculo (los editores quieren que se llame Porkulo, para que quede menos ofensivo) es presentada a un prestigioso premio literario donde Thelonious forma parte del jurado; si gana, el pobre Thelonious deberá recompensarse a sí mismo por una literatura que abomina. X concluye con la célebre respuesta de Newton a quienes le preguntaban las razones de la ley de gravedad: “Hypotheses non fingo”. Tampoco Thelonious (y Everett) pretenden explicar nada».

He aquí algunos fragmentos de X: «Como a todo en la vida, a las clases también les llegó su final, un final puntual y acompañado de la noticia de que mi ascenso a profesor titular estaba aprobado. Sin embargo, esa noticia no contribuyó a borrar la depresión en la que me había sumido el rechazo de mi novela, que a esas alturas ya era el decimoséptimo rechazo.

—Lo que siempre dicen es que no eres lo bastante negro —me dijo mi agente.

—¿Qué significa eso, Yul? ¿Cómo saben siquiera que soy negro? ¿Eso qué más da?

—Esto ya lo hemos hablado. Lo saben por la fotografía de tu primer libro. Lo saben porque te han visto. Lo saben porque eres negro, por el amor de Dios.

—Y entonces, ¿qué? ¿Hago que mis personajes lleven un peinado a lo afro y se digan negro esto, negro lo otro para complacer a esa gente?

—Daño no te haría».

«Las discusiones telefónicas con los miembros del jurado resultaron exasperantes, descorazonadoras y frustrantes. Todos, como un solo hombre, se habían enamorado de la obra de Stagg R. Leigh Porculo.

—La mejor novela de un afroamericano en años.

—Una obra auténtica, descarnada y absorbente.

—Tan real, tan como la vida misma…

—La energía y el salvajismo del negro arquetípico aportan tanta frescura al relato…

—Creo que, a pesar de la crudeza de su lenguaje, se convertirá en lectura obligatoria en los institutos. Es muy potente.

—Un libro importante».

Muchos de los pacientes con los que trabajo, adolescentes y jóvenes especialmente, acaban sometiéndose a la mirada estereotipada de la sociedad y se identifican con algunas proyecciones de las que son depositarios, amputando así su riqueza identitaria.

Según la teoría del self dialógico, estamos influidos por diferentes voces: las de los padres, las de nuestros iguales, las del país de origen o de acogida, las de la escuela, etc. En nuestro interior tiene que darse lo que se denomina un proceso de polifonía. Es decir, que las distintas voces dialoguen las unas con las otras (para así desarrollar una identidad compleja). Por el contrario, el proceso de expropiación supone el dominio de una voz que vence al resto de voces contrarias (y da lugar a una amputación en la identidad, así como una identificación con el estereotipo).

En su libro autobiográfico titulado Fuera de lugar, Edward Said describe con gran belleza este proceso de polifonía con las siguientes palabras: «A veces me percibo a mí mismo como un cúmulo de flujos y corrientes. Prefiero esto a la idea de una identidad sólida, a la que tanta gente atribuye una enorme relevancia. Esos flujos y corrientes, igual que los motivos recurrentes de la propia vida, flotan durante las horas de vigilia, y en el mejor de los casos no requieren ser reconciliados ni armonizados. Están “desplazados” y puede que estén fuera de lugar, pero al menos están siempre en movimiento, asumiendo la forma de toda clase de combinaciones extrañas y en movimiento, no necesariamente hacia delante, sino a veces chocando entre ellas o formando contrapuntos carentes de un tema central. Me gusta pensar que son una forma de libertad, aunque no estoy del todo seguro de que sea así. Ese escepticismo es uno de los motivos recurrentes a los que quiero aferrarme. Después de tantas disonancias en mi vida he aprendido finalmente a preferir no estar del todo en lo cierto y quedarme fuera de lugar».

Por su parte, Philip Roth, en su libro también autobiográfico Los hechos, habla del proceso de expropiación, de una voz que trata de vencer a las otras, conformando una identidad siempre a la defensiva cuando relata la reacción del establishment judío a uno de sus relatos: «Sigo sin creer que fuera inocente por mi parte el hecho de quedarme tan atónito a los veintiséis años, cuando me encontré enfrentado a la oposición social más antagónica de mi vida, no integrada por gentiles de uno u otro extremo del espectro, sino por encolerizados judíos pertenecientes a la clase media y al establishment, así como por cierto número de rabinos eminentes, acusándome, todos ellos, de ser un antisemita y de odiarme a mí mismo. Algo que jamás se me había ocurrido que pudiera formar parte de la brega literaria, pero que ahora se manifestaba en toda su vital importancia.

Lo que desencadenó la ristra de acusaciones judías contra mi persona fue la publicación en The New Yorker de abril de 1959 de “El defensor de la fe”, relato sobre unos soldados judíos que, en tiempos de guerra, tratan de sacarle favores a su poco predispuesto sargento, también judío».

Aprovechemos todo este saber que tanto la psicología como la literatura nos brindan para trabar con nuestros jóvenes relaciones que fomenten el desarrollo de todo su potencial y ellos lleguen, así, a adquirir una identidad dialéctica, polifónica. Y seamos conscientes, todos los profesionales que atendemos a la población migrante, del gran reto que tenemos entre manos.