Cultura y nacimiento, juego de espejos en las dos orillas

Clara Moreno Llopis

Antropóloga y matrona

Desde las civilizaciones más arcaicas hasta la actualidad, a todos los grupos humanos les ha preocupado la gestación de sus mujeres, por lo que, para preservar el embarazo y que este llegue a buen fin evitando el tan temido aborto, se han transmitido de generación en generación una serie de cuidados y creencias ancestrales dentro del entorno doméstico de la mujer grávida que constituyen, junto a las celebraciones del nacimiento, el cuerpo central de lo que llamamos «cultura del nacimiento». Desde antiguo, el estudio de los cuidados y las creencias tradicionales en torno al nacimiento ha interesado a los estudiosos de la antropología. La mayoría de las investigaciones se centraron en grupos de personas de mayor edad, y se estudiaron los recuerdos que, sobre este particular, tenían ellas de las costumbres y tradiciones de las distintas sociedades de antaño. Son escasos los trabajos que recogen el pensar de las mujeres jóvenes y el grado de conocimiento que estas tienen en el momento actual.


En épocas anteriores, los historiadores, al ser preferentemente hombres, dejaron muy poca constancia documental de los cuidados y las creencias de algo tan fisiológico como es el parto y de la cultura que subyace en torno a él: «No ha quedado documentado casi nada sobre la vida doméstica de este periodo y, como los historiadores eran hombres, no sorprende que el parto les pareciera demasiado insignificante para mencionarlo» (Towler y Bramall, 1997: 28). Por tanto, si las mujeres, para aleccionar a sus congéneres acerca de las creencias y los cuidados, no hubieran realizado la transmisión oral de sus conocimientos, esa parte de la cultura popular no habría llegado a nuestros días y se habría perdido parte del folclore de los usos y costumbres populares del nacimiento.

Para este periodo, cada sociedad tiene unas costumbres que son producto de la contaminación cultural. España, en particular, es una mezcla de múltiples culturas (desde los íberos, griegos y cartagineses a los romanos, que permanecieron en Hispania siete siglos) que han ido dejando una herencia compartida con otros países del Mediterráneo. Asimismo, necesariamente tiene que haber nexos de unión con los países del Magreb, dada la larga permanencia de los musulmanes en la península ibérica (de 711 a 1614) y el flujo continuo, tanto humano como comercial, entre ambas orillas a lo largo de los siglos. Para la valoración de estos vínculos debemos tener en cuenta el tiempo transcurrido desde que concluyó la convivencia entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, no ya desde la expulsión ordenada por los Reyes Católicos en 1492, sino el tiempo acontecido hasta la expulsión definitiva de los moriscos, acaecida a lo largo del siglo xvii bajo el reinado de Felipe iii, más concretamente en 1609, cuando la región valenciana perdió un 30% de su población (Benítez y García, 2009: 41).

Desde el empirismo

De todas las culturas con las que me relaciono por mi trabajo, la que más me sedujo para su estudio en profundidad fue la marroquí, por afinidad personal, pero también por el etnocentrismo imperante en la sociedad occidental que menosprecia, desde el desconocimiento más profundo, su modo de vida, sus costumbres, sus tradiciones, así como por los estereotipos con los que se observa a la mujer del país vecino y su planteamiento vital. Finalmente, elegí Marruecos por ser, de los países del Magreb, el que mayor número de inmigrantes tiene en los municipios donde realicé mi trabajo de campo: Quart de Poblet y Chiva, en Valencia (Observatori Valencià d’Inmigració, 2016: 6).

Trabajar como matrona en un centro de atención primaria de un área rural con mucha población inmigrante supone estar en contacto diario con mujeres de distintos países y culturas en un momento trascendental de sus vidas que une a todas por igual, sin diferencias de etnias, banderas ni religiones: su embarazo, la espera de un futuro hijo, hecho este que va a cambiar para siempre sus vidas. Para poder adecuar los cuidados a las diferentes culturas, es necesario conocer cómo se vive la cultura del nacimiento en cada uno de los países: «Se trata de conocer desde dentro el mundo social, a partir de la visión del Otro, en un profundo ejercicio de empatía» (Sánchez, 2014: 69).

Un día, en la consulta, al recordar a una gestante marroquí que tenía que hacerse una ecografía en la que le dirían el sexo fetal, ella me aseguró conocer ya, de antemano, el sexo de su futuro hijo, por la forma en que tenía su abdomen (de punta). Lo que me extrañó no fue lo que me dijo, sino que al hacerlo había empleado casi las mismas palabras que yo había oído en múltiples ocasiones a otras mujeres españolas, y la explicación del significado era exactamente igual al de aquellas: «Según la forma de la barriga, si está de punta, es chico, y si es redonda, es chica. A mí sí que se me ha cumplido, personalmente» (Silvia, informante valenciana de Quart de Poblet, España). También ofrece una versión similar una informante de Burriana, en la Edición crítica de la información promovida por la sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid en el campo de las Costumbres Populares en los tres hechos más característicos de la vida: nacimiento, matrimonio y muerte (1901-1902) (Limón et al, 1990) que dice: «Si el vientre tiene forma puntiaguda será niño y si es redondo, es niña». En Turquía, según Nicolas (1972: 69), las informantes manifiestan en trabajos de investigación realizados: «Tienes la barriga puntiaguda, como una maceta, así que parirás a un niño».

Desde mi posición privilegiada, al ser la profesional con la que habían establecido vínculos de confianza, a la que habían dado la llave de su intimidad, la persona que había acompañado y cuidado a las mujeres de los dos países a lo largo de todas las etapas en torno al nacimiento, decidí conocer más de la cultura del nacimiento marroquí para corroborar que no había sido un hallazgo casual, una experiencia individual en una mujer concreta. La base empírica impulsó este trabajo, a la que luego se fueron sumando la intuición de que podía ser un tema interesante y la curiosidad por lo desconocido, con un punto de rebeldía por tratarse Marruecos de un país musulmán, dada la islamofobia imperante en la sociedad. Cuando me cercioré de que existían conexiones culturales con España, pude iniciar la programación del trabajo de campo, la fase de estudio e investigación de la cultura de nacimiento marroquí, que posteriormente amplié con el análisis comparativo de ambas culturas. De este modo pude enfocar el empirismo de mi profesión de matrona con una mirada antropológica.

Mirar, escuchar, conocer al Otro

En la presente etnografía, mi objetivo era descubrir qué conocen en la actualidad las mujeres valencianas y marroquíes en edad fértil sobre las costumbres tradicionales en ese periodo y cuáles son sus conocimientos de los significados, así como averiguar si se mantiene la trasmisión de dichas costumbres en el ámbito familiar. Además, quise desentrañar si existen cuidados y creencias similares en culturas tan distintas en apariencia como la española y la marroquí, que afiancen la tesis de la herencia mediterránea, aquella que considera el mare nostrum no como una frontera, sino como un camino de tránsito cultural de costumbres, creencias y significados. Así, realicé una investigación en profundidad de las dos culturas con el posterior estudio comparativo entre ambas, con la idea de dar voz a las jóvenes mujeres de las dos orillas para que narrasen en primera persona su experiencia sobre el legado familiar que les ha sido transmitido.

El trabajo de campo se realizó en etapas distintas en los dos países, con seis estancias en el país vecino. En total se realizaron cincuenta y ocho entrevistas con mujeres marroquíes y españolas y algunos hombres. Las entrevistas se realizaron en Quart de Poblet y Chiva a mujeres que nacieron y viven en un medio rural. No entrevisté a mujeres procedentes de otros puntos de España. Las informantes marroquíes en Valencia provenían, mayoritariamente, del medio urbano de la costa y de ciudades del interior, y todas ellas eran del norte del país, solamente una era de medio rural. Las entrevistas en Marruecos se hicieron en Thimahdit, un pueblo de montaña del Medio Atlas; en Missour, un pueblo de un oasis del desierto cercano a la frontera con Argelia, y en Chefchaouen, una ciudad turística del norte. En total se estudiaron las costumbres y creencias de tres grupos étnicos diferentes: yebalís, bereberes y árabes. Nos interesaba conocer la procedencia geográfica y el nivel de estudios de las informantes porque suponíamos que. pertenecer al mundo rural y tener un escaso o nulo nivel de formación conllevaba un mayor anclaje de la tradición. Autores como Pérez (2010) corroboran esta idea mediante el argumento de que, en los entornos tribales o rurales, la estructura familiar, y por tanto sus creencias, aún permanece anclada en un modelo tradicional.

Para desentrañar todos los conocimientos que atesoraban las informantes del periodo en torno al nacimiento, los dividimos en dos grandes apartados (cuidados y creencias tradicionales), por considerar que, de este modo, abarcamos esta etapa desde distintas perspectivas, racional e irracional, y en tres momentos concretos: gestación, parto y posparto/ crianza. En el apartado de cuidados estudiamos, entre otras cosas, los cuidados para la mujer, las recomendaciones sobre alimentación, posturas, sueño y descanso, higiene, relaciones sexuales y cuidados del recién nacido. En el apartado de creencias evaluamos las convicciones contra el mal de ojo, los vaticinios del sexo fetal, las características físicas del bebé y el tratamiento dado a la placenta o al cordón umbilical, entre otros aspectos. Finalmente, describimos las celebraciones de la madre y el niño en Marruecos y el bautismo cristiano en España.

Pointed tummy and rounded tummy (Clara Moreno Llopis).

El juego de espejos en torno al nacimiento

En las dos culturas, la noticia de la llegada de un nuevo ser es recibida con alegría por toda la familia. La gestante se ve rodeada de atenciones impensables en otros momentos de su existencia. Se la exime del trabajo doméstico pesado o peligroso, y tiene la obligación de cuidarse para que el embarazo llegue a buen fin.

En la transmisión de los cuidados tradicionales intervienen las mujeres de la familia, fundamentalmente la madre y la suegra, en ambas culturas, aunque también colaboran amigas y vecinas: «Cuando la mujer está embarazada, su madre y su suegra la aconsejan. La embarazada pregunta más a su madre, que le da más consejos que su suegra» (Naima, informante marroquí bereber de Chiva, España). «La familia: fundamentalmente la madre y la suegra» (Nuria y María José, informantes españolas de Chiva, España)

Durante la gestación, en ambos países se aconseja descansar y estar tranquilas, así como dormir evitando posturas peligrosas (boca arriba): «Sí, bueno, dormir de lado, ¡eso tenía que estar bien!, boca arriba no, porque te falta la respiración» (Laura, informante española de Chiva). «No [hay que] dormir boca arriba, porque puede traer angustia y muerte» (Naima, informante bereber marroquí de Quart de Poblet, España)

Cabe señalar, también, la inconveniencia de cruzar las piernas, porque creen que el niño puede ahogarse al enredarse el cordón umbilical en el cuello: «También tenemos la costumbre de no poder poner un pie encima del otro, [cruzar] no es bueno para nosotras» (Dounia, informante marroquí árabe, entrevista en profundidad, España). «Me dijeron que no cruzara las piernas, que no era conveniente porque podría causar al bebé como un estrangulamiento por el cordón umbilical, o que no le llegara bien el oxígeno» (Marina, informante española, entrevista en profundidad, España). Según Nicolas (1972: 64), «la futura mamá debe evitar cruzar las piernas durante el embarazo para que, en el momento del parto, el bebé no resulte estrangulado por el cordón umbilical».

Existen divergencias en cuanto a la higiene debido a que ambos países tienen costumbres diferentes al respecto. En Marruecos, el hammam se utiliza tanto en las zonas rurales como en las urbanas, aunque pueden utilizar la sala templada. En las viviendas urbanas, el equipamiento del baño es similar al español. En las zonas rurales, dada la idiosincrasia de la vivienda árabe clásica, que no dispone de baño propio, se debe realizar la higiene general del cuerpo en el hammam, y en casa se lavan por partes. «En el hammam hay que bañarse en la habitación que está un poco más fría, para que no sufra el niño, y hay que tener mucho cuidado cuando se va» (Naima, informante bereber marroquí de Quart de Poblet, España). Del mismo modo, en Turquía «una mujer encinta no va al hammam, puesto que dicen que si no, su hijo no vivirá, o si vive, tendrá una enfermedad mental» (Nicolas, 1972: 63).

En cuanto a la alimentación recomendada, también existen similitudes: esta debe ser rica y variada. Ambas culturas confieren a determinados alimentos propiedades como limpiar el cuerpo, calmar los nervios, calentar a la mujer o reponer fuerzas. Los alimentos y las bebidas deben estar preferiblemente calientes, y a algunas mujeres les aconsejan comer por dos: «Lo que fuera, pero que comiera mucho, que comiera por dos» (Natalia, informante española, grupo focal de Chiva). «Cosas buenas, alimentos calientes» (Rachida, informante árabe marroquí de Chiva).

En ambas culturas están muy arraigados los antojos, ya que comparten la creencia de que determinados deseos no cumplidos pueden acarrear manchas en la piel de los hijos con la forma del capricho no satisfecho. Para que al niño no le salga la mancha, deben evitar tocarse el cuerpo, y de hacerlo, se aconseja tocarse en una parte oculta, para que la mancha no salga en la cara y lo afee. «Me decían que, si tenía un antojo, mejor me tocara en el culo, para que le saliera en esa zona. Si le tenía que salir un antojo, que no le saliera en la cara, ni en algún otro sitio que sea visible… Les sale una mancha que tiene la forma de lo que se te ha antojado» (Laura, informante española de Chiva, España). «Si te gusta algo, lo tienes que coger o comprar; si no, le sale en el cuerpo al niño. Allí, al pasar, cuando ves a otra mujer, te dirá: “Coge algo, toma algo”» (Souad, informante árabe marroquí de Quart de Poblet, España).

También existe la creencia compartida de que las relaciones sexuales, al principio y al final del embarazo, pueden ser desaconsejables, y deben reanudarse tras la cuarentena: «Hay que mantener pocas relaciones sexuales, porque puede no ser bueno para el bebé» (Mamma, informante bereber marroquí de Chiva, España). «Ah, y en el embarazo ¡nada! No se pueden tener relaciones sexuales. ¡Ninguna!» (María, informante valenciana gitana de Chiva, España).

Coinciden en las predicciones del sexo fetal. Hay varios signos indicadores; aparte de la forma del vientre está la belleza de la madre, entre otros: la mujer está guapa si el feto es un niño y fea si es una niña, ya que la hija roba la belleza de su madre. «Sí, a mí me decían que, cuando es chico, estás más guapa y cuando es chica, se te deforma la cara, la nariz, los labios» (Elena, informante valenciana de Quart de Poblet, España). «Si la madre está más fea y gorda, es niña, y si está más guapa y delgada, es niño. Si le salen manchas en la piel de la cara [cloasma gravídico], es una niña» (Kaoutar y Sana, informantes yebalís marroquíes de Chefchaouen, Marruecos). «Si la mujer está fea en el embarazo, es niña; si está guapa, es niño. La niña roba la belleza de la madre» (Mamma, informante bereber marroquí de Chiva, España).

Además, comparten la creencia de asociar el ardor estomacal con el nacimiento de un bebé con mucho pelo: «Si tenía ardor, era porque el chiquillo iba a ser muy peludo, pero ha salido calvo, sin pelo» (Cristina, informante española, entrevista en profundidad, España). «Cuando tienes ardor es porque el niño tiene mucho pelo, le está saliendo mucho» (Mamma y Hanane, informantes bereberes marroquíes de Chiva, España).

En ambas sociedades están interiorizadas las creencias mágico religiosas con múltiples amuletos que ya se conocían en antiguas civilizaciones como la romana, así como los remedios preventivos —lavados rituales del hogar, quemar adelfas, incienso o piedra de alumbre [chba-lhmal en árabe] para purificar el aire—. Hay amuletos contra el mal de ojo, de protección y buena suerte como el color rojo, el coral, las figas o las azoras del Corán debajo del colchón, como hacían los antiguos moriscos: «[Teníamos] talismanes con invocaciones a Alá escritas en pergamino, enfundadas en bolsitas de tela de colores que se colgaban al cuello a modo de escapularios o se cosían a la ropa. También se colgaban al cuello placas que llevaban esculpida la mano de Fátima, la luna o versículos del Corán» (Mendiola, 2011: 201). En cuanto a las mujeres yebalís actuales, «para proteger del mal de ojo, se pone el Corán cerca o unos versículos debajo de la almohada» (Sana y Kaoutar, informantes yebalís marroquíes de Chefchaouen, Marruecos). También cumplen esta función los versículos de la Biblia en escapularios: «Bueno, para prevenir siempre hay que llevar un lazo rojo o una medallita escondida, que nadie la vea. Hay costumbre de poner versículos de la Biblia a modo de amuleto, y lo tiene que llevar el niño donde vaya» (María, informante valenciana gitana de Chiva, España).

Llama la atención la importancia y veracidad que confieren ambas culturas a los amuletos. La diferencia observada es que, en la cultura española, la exhibición de amuletos en torno al recién nacido y la madre es pública y ostentosa (medallitas, lazos rojos, figas): «Me dieron una estampita, que llevo debajo del colchón del cochecito. Lleva un escapulario y un lacito rojo, para que no le echen mal de ojo, y la medalla de la Virgen de los Desamparados colgada» (Silvia, informante valenciana de Quart de Poblet, España). En la cultura marroquí, en cambio, los amuletos protectores son más discretos y privados, como los fragmentos del Corán, y se colocan en lugares más íntimos e invisibles, como la mano de Fátima o los lazos negros: «Para prevenir el mal de ojo, hay que envolver al niño en un trozo de tela oscura, un poco de chba-lhmal que se pone en el pecho, y a su madre, en el tobillo» (Rabha, informante bereber de Timahdit, Marruecos). «Durante el embarazo hay que vestir de oscuro» (Hanane, informante bereber marroquí de Chiva, España). También se suele hacer henna, un ritual en el que se pintan las palmas de las manos y las de los pies para tener baraka (suerte). La henna tiene distintas propiedades cosméticas, curativas y rituales.

Existen divergencias en materia religiosa, pero, en general, las mujeres marroquíes muestran un mayor sentimiento religioso. «Leer el Corán, eso es para que… Dios quiera proteger a la mujer, ayudarla, hacerle la vida buena» (Souad, informante árabe marroquí de Quart de Poblet, España). En España, las mujeres se reconocen como no practicantes mayoritariamente y, pese a ello, en muchos casos se casan por la Iglesia, bautizan a sus niños y utilizan, tanto ellas como sus hijos, símbolos religiosos a modo de protección.

Se observan desigualdades en la atención sanitaria en este periodo debido a las diferencias en la cobertura sociosanitaria entre ambos países. En Marruecos, el parto domiciliario, sobre todo en el medio rural, es asistido por qâblas, mujeres con experiencia. Las mujeres primerizas y urbanas, en cambio, prefieren el parto hospitalario atendido por una mujer. Durante el parto se desaconseja el ayuno, ya que la alimentación debe proporcionar a la parturienta la hidratación y energía necesarias para pasar el trance. La comida ritual del periodo del parto y posparto marroquí es la rfisa, equivalente al caldo de gallina típico del posparto de antaño en la sociedad española: «La rfisa se prepara con pan casero, como una torta fina, se corta en los platos, se pone un caldo que se prepara con pollo de corral, cebollas, hierbas muy buenas, que limpian el cuerpo y luego ¡dejan un olor…! También orégano, menta y otras especies que traemos de Marruecos» (Mamma y Hanane, informantes bereberes marroquí de Chiva, España).

En ambas culturas se aconseja andar para favorecer el parto y que la presentación del bebé se encaje, estar tranquilas, tomar bebidas calientes, no pasar frío, poner calor local y dar masajes en la zona lumbar para aliviar el dolor. Kaoutar, una mujer yebalí de Chefchaouen, nos relató que, para tener un buen parto, un parto rápido, la mujer debía beberse el agua donde su marido se había lavado el dedo gordo del pie derecho. En esto coincide con Champault: «Se lava el dedo gordo del pie derecho del padre con sumo cuidado, para que el agua se lleve el polvo y el sudor que puedan recubrirlo, y el agua sucia resultante se da a beber a la parturienta. Se trata de ritos comunes conocidos en Marruecos, Siria y África oriental» (1953: 94).

Ambas culturas guardan el cordón umbilical; en España por tradición, aunque se desconozca el significado del rito, y como amuleto de la suerte en Marruecos. La placenta en España se incinera, mientras que en Marruecos la entierran profundamente, en una esquina de una habitación de la vivienda o cerca de la casa, bajo un árbol o una planta, para evitar que se la coman los animales (porque entonces, la madre no pararía de sangrar o para que no sea manipulada por personas que quieran mal a la familia), o cerca de las mezquitas (para que los niños sean buenos). Diversos autores, entre ellos Belmont (1983), confirman que la placenta, a la que confieren un valor de amuleto, es preferiblemente enterrada bajo una planta o un árbol, probablemente debido a sus propiedades fértiles, pero también por las consecuencias que puede conllevar su manipulación: «Se entierra en el espacio doméstico. En Casablanca, se quita una baldosa del suelo, se hace un agujero donde se mete un poco de cal, sal, tierra y la placenta, y luego vuelve a cerrarse» (2010: 460). «En el hospital la tiran, en casa la entierran; tirarla es malo, si se la comen los perros, dicen que es como comer al niño, si se la comen los perros, la mujer no para de sangrar» (Mamma y Hanane, informantes bereberes marroquíes de Chiva, España). El cordón se seca y preserva con mayor frecuencia, con lo cual adquiere el valor de talismán, amuleto que confiere virtudes positivas como la inteligencia y habilidades varias: «El cordón nos lo quedamos, hay gente que lo guarda, hay gente que lo coge y hace un agujero en la tierra al lado de la mezquita y lo entierran para que el niño salga listo y sepa mucho» (Rachida, informante árabe marroquí de Chiva, España). «El ombligo lo tengo guardado, igual que el primer mechón cortado de pelo… un montón de cosas; todo lo primero lo tengo guardado para que lo vean, para que vean que es suyo» (Henar, informante valenciana de Chiva, España).

Las dos culturas conocen la existencia de nacimientos extraordinarios, sobre todo de niños que nacen envueltos en las membranas amnióticas, circunstancia que los hace afortunados, y en Marruecos trae suerte. En España se dice que esos niños que «nacen con zurrón o velo» tienen poder curativo con las manos para reparar torceduras o poner huesos en su sitio: «Un tío abuelo mío nació envuelto en membranas, y si nos dolía algún hueso o nos hacíamos una torcedura, nos enviaban a su casa, aunque él no se dedicaba a eso, era agricultor» (Beatriz, informante valenciana de Chiva, España). «Cuando un niño nace con bolsa (envuelto en las membranas amnióticas), se interpreta como un signo de buena suerte y se guarda la bolsa como signo de protección» (Kaoutar, informante yebalí de Chefchaouen, Marruecos).

Durante el posparto, la puérpera (nfisa) recibe el apoyo de las mujeres de la familia en los dos países, y durante los primeros días solo debe descansar y recuperarse. En el lavado del cuerpo, se evitan los baños de inmersión durante toda la cuarentena. En Marruecos ponen henna en las manos y los pies con una finalidad ritual y mágica. Las mujeres se encuentran «abiertas», un término que utilizan ambas culturas en el puerperio, por considerar que son proclives a infecciones o hemorragias: «Sí, sí, sí tenemos todo el cuerpo abierto y cuando estamos así, paridas, nos ponen siempre una faja, para que nos recoja todo el cuerpo, para que todos nuestros órganos vuelvan a su sitio» (María, informante valenciana gitana de Chiva, España). «Tres días después del parto cogen una hierba, la ponen en el suelo del hammam, encima una tela y la mujer se sienta y le tiran agua para purificarse. Cuando sale del hammam, le tapan la cabeza y le envuelven los brazos junto al cuerpo y las piernas (como una momia), porque está abierta y tiene que cerrarse. Le hacen un cinturón (a modo de faja, con una tela) para que la barriga vuelva a su sitio» (Kaoutar y Sana, informantes yebalís de Chef chaouen, Marruecos). Esta afirmación corrobora la investigación de distintos autores.

En el puerperio y la lactancia, ambas culturas confieren a una serie de alimentos o bebidas diversos poderes que van desde el incremento de la producción de leche (galactogogos), a favorecer una rápida recuperación o a una serie de virtudes purificantes (es el caso de las infusiones de hierba luisa, malva, la alimentación variada en general y algunos reconstituyentes como la rfisa, la harira, el sellou, el hígado, las lentejas, el cocido o las carnes rojas: «El sellou es bueno para las mujeres de parto (lleva aceite de oliva, pasta de sésamo, almendra, harina tostada, avellanas, canela y azúcar), tiene mucho alimento» (Rachida, informante árabe marroquí de Chiva, España). «La harira, sopa caliente, ayuda al cuerpo» (Souad y Warda, informantes marroquíes de Quart de Poblet, España).

A los recién nacidos se les dispensan cuidados en los ojos, el ombligo o la piel; en este aspecto no hay diferencias entre ambos grupos culturales, sino que las discrepancias vienen dadas por los productos empleados y la forma de aplicarlos. En Marruecos subsisten pautas culturales muy ancladas en la tradición del cuidado infantil, sobre todo en mujeres yebalís y bereberes, como el empleo de kohl y henna, ambos con propiedades antisépticas y preventivas contra el mal de ojo y ciertos jinniya (malos espíritus).

Muchas mujeres marroquíes mantienen el enfajado completo del bebé (ssmat) durante unas semanas para que este crezca con el cuerpo recto, costumbre obsoleta en la actualidad en España: «El ssmat, cuando duerme el niño enrollado, es bueno para los niños. Cuando están soñando y dan patadas y cosas, se pueden despertar y se asustan, pero cuando les haces esto están muy quietos, no pueden asustarse, se quedan más rectos y la espalda está mejor. Se hace durante tres o cuatro meses, depende de si le molesta» (Rachida, informante árabe marroquí de Chiva, España).

Existen diferencias en el tiempo de lactancia. En las mujeres marroquíes este es más prolongado, ya que no desempeñan trabajos fuera del hogar, además de que el Corán recomienda lactar unos dos años (sura ii, azora 231). En España, en cambio, muchas mujeres dejan de lactar al incorporarse al trabajo. En ambos grupos culturales se utilizan infusiones para calmar al bebé y evitar los cólicos del lactante, como hierba luisa y anís estrellado: «La carne del pollo y la sopa de leche con trigo hacen [subir la] leche. En la cesárea se toman líquidos, cuscús, zamita, hierba luisa» (Dounia, informante árabe marroquí de Quart de Poblet, España). «Tomar levadura de cerveza hace más leche. Las llavoretes (anís estrellado) [son para] cuando le duele la tripa al bebé» (Lourdes, informante de Chiva, España).

En Marruecos es tradicional que las mujeres se ayuden mutuamente en la crianza de los hijos, ya que comparten el espacio físico de la vivienda tradicional árabe de familia extensa. Las mujeres marroquíes que viven y crían a sus hijos en España, al carecer del soporte y la ayuda que les proporcionan las mujeres de su país, se comportan como las mujeres españolas.

En ambas sociedades, las celebraciones tradicionales del nacimiento van estrechamente ligadas a la religión, al considerarse que, con cada nacimiento, se amplía la uma, la comunidad de creyentes. Las celebraciones son, en general, similares, y se realizan para conmemorar que todo ha transcurrido felizmente. El festejo consiste en una comida a la que se invita a la familia, los amigos y los vecinos. En Marruecos, la fiesta se llama caqîqa y se realiza en el séptimo día tras el nacimiento; en ella se impone el nombre al bebé, se le corta el pelo —el precio de su peso en oro o plata se da como limosna— y se mata un cordero si es una niña y dos si es un niño. En España, antiguamente, el bautismo cristiano se celebraba, según Linares et al (2011: 4) «entre una semana y quince días» después del nacimiento, pero en la actualidad no hay una fecha específica para realizarlo.

A modo de conclusiones

Para que exista perdurabilidad en las creencias, es necesario que se relacionen entre sí miembros de distintas generaciones de una misma familia, y que en esos vínculos afloren la conversación y la escucha activa. Así se transmite tanto el mito como el significado, tanto la costumbre como la explicación. En el análisis de las dos culturas que hemos realizado, llegamos a la conclusión de que la sociedad marroquí actual tiene un mejor conocimiento y una mayor interiorización de las costumbres ancestrales y lo que estas representan, es decir, sus significados. La sociedad española también conoce muchos cuidados y creencias tradicionales, pero en la mayoría de casos, desconoce por qué lo hace y cuáles son sus significados, lo que conlleva a menospreciarlos: «El paso del tiempo, junto con el progreso y el menosprecio de todo aquello relacionado con la cultura popular y las costumbres arraigadas de antaño, provocan una pérdida y un alejamiento de esa riqueza tradicional» (Duque, 2003: 15).

Tras el viaje, los inmigrantes llegan a los países de acogida con todo su patrimonio cultural en la maleta, donde traen, entre otras cosas, su concepción de la salud y la enfermedad y sus cuidados tradicionales y preventivos, incluidos los del nacimiento. Al analizar la información aportada por las participantes, podemos afirmar que existe una gran similitud entre ambas culturas en los cuidados y tradiciones en torno al nacimiento. Ello demuestra que el Mediterráneo no es una frontera, sino el camino que une ambas orillas. Compartimos una cultura del nacimiento semejante en la que no se puede estudiar una creencia o un cuidado sin recordar o sentirse reflejado en un dato similar de la otra orilla, como si de un espejo se tratara.