Oriente Medio: volatilidad y vértigo
n.78
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Editorial
A un año y medio del segundo mandato de Donald Trump, la inquietante sensación de vértigo en la escena internacional no cesa, principalmente por las acciones del volátil presidente de la primera potencia mundial.
La decisión de más calado global fue, sin duda, empezar una guerra contra Irán el pasado febrero que pronto quedó enquistada y cuyo alcance geopolítico y económico sigue reverberando. A mediados de junio, el presidente de EEUU firmaba, en el simbólico Palacio de Versalles, un memorando de entendimiento con representantes de Irán para, en un plazo de 60 días, poner fin a la guerra que inició junto a Israel para derrocar el régimen de los ayatolás y acabar con su programa nuclear. Estos dos objetivos no se han alcanzado y el preacuerdo incluye concesiones económicas a Teherán, cuyos dirigentes salen reforzados, convencidos de tener un arma determinante lista para usar a conveniencia –el control del estrecho de Ormuz– y con ínfulas para intentar reactivar su «eje de la resistencia» con sus socios regionales.
En este sentido, Irán condiciona seguir en las conversaciones de paz al cese de hostilidades contra su aliado Hezbolá en Líbano por parte de Israel. La fragilidad de todo el proceso se pone de manifiesto continuamente. No solo Irán y EEUU siguen cayendo en provocaciones y represalias que amenazan con hacer descarrilar el diálogo, sino que hay serias dudas sobre la viabilidad del acuerdo marco de paz suscrito por Israel y el gobierno libanés en Washington el 26 de junio, que prevé la retirada israelí del sur del país y el desarme de Hezbolá. Y, sin embargo, pocas veces se repetirá una confluencia tan favorable para un nuevo amanecer en Líbano como la actual: un gobierno libanés reformista, un partido-milicia chií diezmado y un aparato de Estado con garantías de financiación externa.
Lamentablemente, Israel con su sobrerreacción tras sufrir el más grave ataque terrorista de su historia lleva instalado en una huida hacia adelante desde octubre de 2023, endurecido por tres años de campañas militares (Gaza, Líbano, Irán) y con la peor imagen internacional de todos los tiempos. Una inercia que, aunque Benajmín Netanyahu fuera apeado del poder en las elecciones previstas para otoño, no cambiará a corto ni medio plazo. Pero incluso en el caso de que el acuerdo para Líbano resista, la carrera de obstáculos para un apaciguamiento en la región será larga y complicada. En parte, por la desconfianza entre los contendientes y, en parte, porque el acuerdo ha sido interpretado por muchos como una capitulación de Washington, dados los grandilocuentes objetivos anunciados al iniciar la campaña militar, y que Trump no soporta la etiqueta de perdedor. No tardó en certificar que no tolerará ningún traspiés. Cuando Irán y EEUU se enzarzaron en nuevos choques por las dificultades que Teherán impone a la circulación marítima por el estrecho de Ormuz, Trump dio por finiquitadas las negociaciones y llamó «escoria» a los dirigentes iraníes en la cumbre de la OTAN en Ankara el 8 de julio. Y si bien el recrudecimiento consiguiente de los ataques deja en la cuerda floja la vía diplomática, sigue vigente sobre el terreno el «empate técnico» que condujo a abrir el diálogo: pese a su superioridad militar, Trump no consigue doblegar a Irán y, sobre todo, no puede permitirse el impacto de la disrupción del flujo de petróleo en la economía global y de EEUU. Menos con unas elecciones de mitad de mandato previstas en noviembre y cuando solo uno de cuatro estadounidense piensa que la guerra de Irán ha valido la pena por sus costes y beneficios, según una encuesta de Ipsos y Reuters.
Por otro lado, la onda expansiva del conflicto espolea a muchos países a acelerar la búsqueda y diversificación de alianzas para navegar con garantías esta nueva era de desorden geopolítico. En el golfo Pérsico, Arabia Saudí impulsa ante Irán una nueva arquitectura de seguridad regional (con Turquía, Pakistán, Egipto, Omán) que reduce su dependencia militar de EEUU. Mientras, una Europa que teje laboriosamente nuevas alianzas y que igualmente se prepara para reforzar su defensa ante la desafección de Trump, ha retrasado la aprobación de su nueva Estrategia para Oriente Próximo precisamente para adaptarla a la rápida y volátil evolución de los acontecimientos en la región. En todo caso, urge ponerla en marcha para colaborar con Siria, Líbano y los países del Golfo en la estabilidad regional, pero sobre todo para que Europa pueda afrontar con valentía la cuestión central para la zona: el conflicto israelo-palestino./
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