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Gran angular

Irán y su ‘eje de la resistencia’ contra las cuerdas

Jesús A. Núñez Villaverde
Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

Por si quedara alguna duda sobre la importancia que Teherán concede a lo que se conoce desde hace años como el “eje de la resistencia” –es decir, los peones regionales que lleva tiempo empleando en Oriente Próximo y Oriente Medio–, basta para despejarla con atender a lo que ocurrió el pasado 7 de junio: por primera vez en décadas, Irán lanzó misiles desde su propio territorio contra Israel como respuesta a los ataques de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) contra objetivos de Hezbolá en Líbano. Es una clara señal de la capacidad y la voluntad del régimen iraní para preservar una de sus principales bazas de retorsión ante la amenaza que representan conjuntamente Israel y Estados Unidos para sus intereses.

La ecuación es bien conocida. Por un lado, Washington y Tel Aviv llevan prácticamente desde 1979 tratando de echar abajo al régimen iraní. La revolución islámica liderada entonces por el ayatolá Ruhollah Jomeini se convirtió en un quebradero de cabeza tanto para los demás países del Golfo como para las capitales occidentales, en la medida en que no solo había derribado al sah Reza Pahlevi, un sólido aliado estadounidense, sino que propugnaba un modelo político antioccidental y pretendía expandirlo a toda la región. Suponía, por tanto, un desafío a un statu quo diseñado desde Occidente para garantizar a toda costa su seguridad energética manteniendo bajo control una región, conviene tenerlo siempre presente, que concentra más de la mitad de todas las reservas probadas de petróleo y gas del planeta.

A pesar de los golpes sufridos, Teherán intentará recuperar la fortaleza de su ‘eje de la resistencia’, una de sus bazas de retorsión ante la amenaza que representan Israel y Estados Unidos

Con ese propósito compartido, Washington y Tel Aviv –aunque no siempre en sintonía– han ensayado desde entonces diferentes métodos, sin que ninguno de ellos haya logrado el objetivo buscado. Por parte estadounidense, su principal estrategia de acoso y derribo ha consistido en aplicar la “máxima presión”, aprobando sucesivas rondas de sanciones que han buscado ahogar económicamente a Irán para provocar un colapso del régimen propiciado por el levantamiento de una población maltratada e incapaz de satisfacer sus necesidades básicas. Mientras tanto, Israel ha optado preferentemente por el asesinato selectivo de sus científicos nucleares y altos responsables políticos y militares, así como por el castigo creciente a las milicias proiraníes activas en la región y los ciberataques contra sus infraestructuras críticas.

Durante muchos años, ambos actores han asumido la idea de que la opción militar directa estaba condenada al fracaso. Tanto Washington como Tel Aviv parecían entender que la invasión y ocupación de un país no solo tan extenso (1,6 millones de kilómetros cuadrados), sino dotado con un ejército regular (Artesh, 350-400.000 efectivos), el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán (pasdarán, 150.000 efectivos), la milicia paramilitar Basij (350-450.000 efectivos potenciales) y los diversos peones activos en la región, podría saldarse con un rotundo fracaso a pesar de la ventaja tecnológica de las maquinarias militares estadounidense e israelí. Una convicción que se esfumó en el momento en el que la visión iluminada de Donald Trump y Benjamín Netanyahu terminó por imponerse en junio de 2025, desencadenando la Guerra de los Doce Días. Una guerra que no resolvió ningún problema y que, junto con la que volvió a estallar el pasado 28 de febrero, incluso ha creado otros nuevos (como el control iraní del estrecho de Ormuz).

Por su parte, Irán ha aprendido a vivir bajo el castigo, convertido en un paria internacional y con la mayor parte de las puertas comerciales cerradas (salvo China), lo que ha redundado en una creciente dificultad para mantener la paz social y para responder a los intentos de derribo promovidos por Estados Unidos e Israel. Los dos elementos más relevantes de esa respuesta –al tiempo que se ha ido haciendo más visible la corrupción, la ineficiencia y la voluntad represora del régimen contra su propia población– han sido el programa nuclear y la creación o potenciación de un conglomerado de peones regionales a su servicio.

Incapaz de exportar su modelo revolucionario al resto de la región, ni por la fuerza ni por la afinidad ideológica, el régimen iraní ha desarrollado un sistema defensivo basado en esos dos pilares. El nuclear le ha servido en algunas ocasiones como elemento de disuasión frente a sus enemigos y, sobre todo, como una baza de negociación para lograr el alivio parcial y temporal de algunas de las sanciones que le han sido impuestas. Así ocurrió, por ejemplo, en 2015, cuando se alcanzó un acuerdo por el que, a cambio de limitar su desarrollo y permitir la labor intrusiva de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, recuperó una cierta capacidad de maniobra para poder comerciar con el resto del mundo sin tantas cortapisas. La criticable decisión de Trump, en mayo de 2018, de denunciar dicho acuerdo ha supuesto un regreso a la imposición de nuevas sanciones y a la renovación del esfuerzo iraní por seguir adelante con su controvertido programa.
En paralelo, Teherán ha sabido aprovechar las fracturas y la inestabilidad de algunos de sus vecinos para tejer una red de aliados con capacidades muy variadas, pero, en todo caso, suficientes para obligar a sus potenciales enemigos a tener en cuenta que cualquier golpe contra Irán podía ser respondido no solamente desde su propio territorio, sino también desde muchos otros puntos de Oriente Medio. El régimen iraní buscaba así contar no solamente con un segundo elemento de disuasión, sino también de castigo en el caso de que Israel, EEUU o cualquier otro se atreviera a poner a prueba su voluntad de emplear la fuerza.

Para coordinar esta amalgama de gobiernos y grupos al servicio de su política exterior y de seguridad, Irán cuenta con la Fuerza Al Quds, punta de lanza de los pasdarán en la región, con una intensa actividad tanto en el terreno militar como en el de la inteligencia. Sin descartar que en algún momento haya llevado a cabo algunas operaciones especiales de combate directo, su labor principal se centra en la financiación, asesoramiento, instrucción y suministro de material militar tanto a los gobiernos afines como a los grupos desplegados en los países vecinos.

SIRIA, UNA PIEZA PERDIDA

El más importante de esos peones regionales, teniendo en cuenta su peso político, económico y militar, ha sido durante mucho tiempo la dictadura siria del clan Al Assad. Siria ha servido tanto de vía de tránsito hacia Líbano, como de representante destacado del frente de rechazo a la existencia de Israel, del que el propio Irán se autodesigna como líder.

En el primer nivel, el territorio sirio le ha permitido a Irán alimentar a la milicia chií libanesa de Hezbolá tanto económica como, sobre todo, militarmente, contando con instalaciones, almacenes y, por supuesto, la complicidad de Damasco para trasladar material militar hacia los feudos del Partido de Dios. En el segundo, Teherán ha podido establecer vínculos con milicias y grupos que le han permitido ampliar su repertorio de opciones para apoyar a Bashar al Assad durante los 13 años de guerra interna.

En todo caso, es obligado reconocer que, más allá de un desgastado discurso confrontacional, han pasado los años sin que Damasco se haya atrevido nunca a pasar a los hechos, atacando a Israel, ni siquiera para recuperar los Altos del Golán que Tel Aviv mantiene ocupados desde 1967.

Igualmente, también es bien evidente que el derribo de Al Asad, en diciembre de 2024, ha supuesto un serio revés para el régimen iraní, incapaz de momento de recuperar la influencia que mantuvo durante décadas sobre Damasco.

La caída de Al Assad, en 2024, ha supuesto un serio revés para el régimen iraní, incapaz de momento de recuperar la influencia que mantuvo durante décadas sobre Damasco

Algo similar ha procurado obtener Teherán aprovechando su notable influencia en Irak. Pero, aunque son bien notorios los vínculos que ha establecido con buena parte de los grupos armados que se mueven en la órbita de las Unidades de Movilización Popular, nunca ha logrado someterlos férreamente a su dictado ni, mucho menos, subordinar a los sucesivos gobiernos de Bagdad.

HEZBOLÁ, DEBILITADO, PERO NO DERROTADO

El siguiente en la lista es Hezbolá, un actor que combina su perfil político, muy activo tanto en el parlamento libanés como en el gobierno nacional, con su componente militar, hasta el punto de ser considerado como más potente y operativo que las propias fuerzas armadas nacionales. Creado en 1982, en el contexto de la ocupación israelí de la Zona de Seguridad del Sur de Líbano, se identifica ideológicamente con las posiciones antisionistas y antioccidentales de Jomeini, a las que añade un carácter netamente nacionalista, empeñado en lograr la expulsión total de Israel de suelo libanés. Gracias al apoyo recibido de Teherán, fue capaz, durante los 18 años siguientes de ocupación israelí, de consolidar su poder tanto en la escena nacional, como de liderar la resistencia militar contra Israel, llevando a cabo innumerables acciones armadas.

Entre ellas destaca la que tuvo lugar en el verano de 2006, dejando una sensación generalizada de un Hezbolá políticamente reforzado y un Israel con deseo de volver a las andadas en algún momento para intentar restablecer su imagen de potencia militarmente incuestionable en la región. El balance de aquellos 34 días de batalla desigual dejó un poso de frustración en el bando israelí, puesto que las FDI no fueron capaces de eliminar la capacidad militar de su enemigo, lo que incluso permitió a la milicia libanesa cantar victoria en la medida en que no había sido aniquilada. Desde entonces, la tensión ha sido permanente y la tentación de Tel Aviv de volver a golpear de manera mucho más contundente ha ido creciendo al mismo ritmo que Hezbolá, con el permanente apoyo de Irán, ha ido reforzando sus capacidades, tanto en efectivos humanos como en material militar.

Manifestación de partidarios de Hezbolá en contra de Estados Unidos e Israel. Beirut. Juny 10, 2026. (Foto por Nurphoto via Getty Images)

El último capítulo de este proceso de confrontación arrancó tras los atentados de Hamás y de Yihad Islámica Palestina, el 7 de octubre de 2023, en territorio israelí. Hezbolá decidió implicarse directamente en la respuesta a la ofensiva que las FDI habían lanzado contra la Franja de Gaza, empleando sus cohetes y misiles contra Israel y obligando a unos 80.000 israelíes a abandonar sus hogares en la zona cercana a la frontera común. Por su parte, Tel Aviv desencadenó una campaña de ataques aéreos y artilleros que terminaron por provocar la evacuación de unos 110.000 libaneses del sur del país. De ahí al arranque de una ofensiva generalizada solo había un paso que las FDI no tardaron en dar, con un Netanyahu convencido de que finalmente podría terminar definitivamente con la milicia libanesa. Los hitos más relevantes de esa apuesta belicista, que mostraron el extraordinario nivel de infiltración que Israel ha logrado en las filas del Partido de Dios, fueron tanto el ciberataque simultáneo contra miles de combatientes libaneses, aprovechando unos buscadores personales que habían sido manipulados previamente, como el asesinato del secretario general Hasán Nasralá, en septiembre de 2024, seguido de una ofensiva terrestre que, en realidad, sigue en marcha todavía hoy a pesar de que formalmente se alcanzó un acuerdo de alto el fuego en noviembre de 2024.

Sea como sea, y aunque se encuentra debilitada políticamente y muy castigada militarmente, sería muy prematuro certificar su eliminación a manos de Israel.

HAMÁS, EN HORAS MUY BAJAS

El Movimiento de Resistencia Islámica, Hamás, está muy lejos actualmente de la imagen de creciente fortaleza que pudo transmitir en muchos momentos, desde su creación en 1987, pasando por su golpe de fuerza en Gaza (junio de 2007), hasta los ataques contra Israel en octubre de 2023. Consentido durante mucho tiempo por el propio Israel, en la medida en que le servía para ahondar la fractura interna de la resistencia palestina, en estos últimos tiempos ha visto cómo su liderazgo político y militar ha sufrido una debacle como resultado de las sucesivas operaciones militares israelíes.

Para Irán, al margen de sus diferentes identidades religiosas (chií vs. suní), ha sido fundamentalmente un activo útil para complicar aún más la planificación militar de Tel Aviv. Se entiende así que, al igual que ocurre con el resto de sus peones, Hamás haya recibido financiación, material militar e instrucción por parte de Teherán, a pesar de la distancia geográfica y las evidentes dificultades para llegar a la Franja.

A la vista de lo ocurrido tanto durante la etapa más violenta de las FDI dentro de Gaza, como tras el acuerdo de cese de hostilidades (octubre de 2025), persistentemente incumplido por Israel, se confirma tanto la debilidad extrema de la milicia, como su voluntad de proseguir la resistencia armada contra la potencia ocupante.

ANSAR ALLAH, MIRANDO A BAB EL MANDEB

La milicia hutí de Ansar Allah suele presentarse equivocadamente como una marioneta en manos del régimen iraní. Los hechos no parecen confirmar esa visión, y es que, aunque es evidente que existen vínculos operativos entre ambos actores, las huestes de Abdul Malik al Houthi tienen su propia agenda nacional en respuesta a la histórica marginación de la minoría hutí por parte de Saná y, además, tienen que atender a los desafíos que les plantean en muchas partes del país las fuerzas todavía leales al presidente yemení, a las fuerzas lideradas por Arabia Saudí, a los grupos yihadistas presentes en Yemen y hasta a los grupos separatistas del sur. Eso significa, a fin de cuentas, que sus acciones a favor de Teherán o en aparente defensa de la causa palestina son, por definición, meramente instrumentales y sobrevenidas, siempre en un nivel inferior a la defensa de sus propios intereses.

Cuentan, desde luego, con el apoyo prestado por Irán, que incluye misiles y drones, pero también tienen sus propios ingenieros para ensamblarlos y desarrollarlos a partir de modelos fundamentalmente iraníes, chinos o rusos. En todo caso, su aportación al “eje de la resistencia” iraní es secundaria. De hecho, a pesar de su empeño, ni han logrado cortar totalmente el tráfico por el mar Rojo, ni forzar a Israel a cambiar el rumbo de su estrategia belicista contra Gaza y el resto de la región. Eso significa que sus acciones no van más allá de perturbar parcialmente el tráfico marítimo en torno a Bab el Mandeb, con escasa incidencia en el precio de los hidrocarburos, ni tampoco han conseguido que Israel haya detenido su operación de castigo contra los gazatíes o que Washington y el resto de las capitales occidentales se hayan implicado seriamente en presionar a Tel Aviv para llegar a ese punto. Del mismo modo, y a pesar de contar con misiles balísticos con alcance suficiente para llegar a territorio israelí, tampoco han sido capaces de batir eficazmente objetivos en suelo de Israel, traspasando las capas de defensa antiaérea que tanto Tel Aviv como Washington tienen activadas en la región.

Las acciones de los hutíes a favor de Teherán o en defensa de la causa palestina son meramente instrumentales y sobrevenidas, siempre en un nivel inferior a la defensa de suspropios intereses

Eso no quiere decir que sea un actor irrelevante, en la medida en que puede llevar a cabo acciones –ataques en Bab el Mandeb, especialmente– que multipliquen el impacto negativo de las acciones iraníes no solo en la economía regional, sino incluso a nivel mundial.

MÁS DE LO MISMO EN EL HORIZONTE

La guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán se explica, al contrario del argumento empleado por los agresores, no porque el régimen iraní fuera una amenaza inminente contra ninguno de ellos, sino precisamente porque ambos lo percibían como extremadamente debilitado. Calculaban que, como resultado de la “máxima presión” estadounidense, la Guerra de los Doce Días y el castigo al que ambos han sometido a los principales peones regionales iraníes, bastaba un solo golpe más para provocar su derribo, eliminando de paso a su líder supremo. Creían, en definitiva, que sería un paseo militar a mayor gloria personal de Netanyahu y Trump. Por eso el choque de sus sueños con la realidad les está resultando especialmente duro de asumir.

El balance provisional de tantos años de confrontación muestra, por un lado, que ni Israel ni EEUU han logrado eliminar definitivamente a ninguno de los peones iraníes, mientras resulta muy dudoso que Teherán se vaya a comprometer a dejar de contar con ellos en el marco de las negociaciones actualmente en marcha para alcanzar un acuerdo de paz definitivo. Por otro, también es cierto que el uso de esos peones no le ha bastado a Irán para evitar la guerra que le han planteado sus principales enemigos, y a corto plazo resulta muy difícil que disponga de los medios necesarios para reforzarlos hasta el nivel en el que puedan volver a representar una amenaza significativa en ningún frente de batalla. Todo ello mientras resulta imposible ahora mismo establecer con alguna precisión cuántos efectivos y qué potencial armamentístico acumula cada uno de ellos para futuras acciones.

En todo caso, a falta de otras alternativas realistas y mientras el régimen iraní no colapse, lo más probable es que siga empeñado en mantener los vínculos con todos. Aunque Irán no tiene medios para lanzar una ofensiva general en la región, le sigue interesando recuperar la fortaleza de su “eje de la resistencia” para poder seguir respondiendo a futuras embestidas. Porque sabe que las habrá./

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