Mediterráneo, gente y libros

Claudine Rulleau

Escritora, París

¡Una vez más, hemos batido el récord! 691 novelas y 600 ensayos y documentos llegaron a las estanterías de las librerías francesas en 2003. ¿Debemos alegrarnos?

Mil trescientas obras! ¿Podemos afirmar que en la literatura, como en otros campos, la calidad no va de la mano de la cantidad? ¿Alguien se lee todos estos libros? ¿Alguien ve todas las películas? ¿Alguien escucha toda la música que se graba? ¿Hay alguien que vaya a todas las exposiciones? Los franceses siguen siendo grandes lectores, afirmaba Pierre Assouline en el editorial de septiembre de la revista mensual Lire, al tiempo que recordaba que la ceremonia de entrega del premio Goncourt, el más prestigioso de la literatura francesa, apareció en los titulares del telediario.

«¿De qué nos quejamos?», concluía. Podríamos quejarnos, por ejemplo, de ver cómo se ha vuelto a reducir la presencia de la literatura de las lenguas del Mediterráneo a una cifra irrisoria: el 80% de las traducciones son del inglés, como de costumbre. Esto no impide, sin embargo, que el Mediterráneo esté presente aquí y allá a través de multitud de encuentros, coloquios y simposios: ¿muro, muralla, fosa, sima, pasarela, puente? Uno acaba perdiéndose en conjeturas sobre qué es o cómo lo perciben: une y separa, acerca y opone.

¿Choque de civilización o diálogo de culturas? El barómetro oscila entre ambos polos y es preciso observar que la política pesa, y mucho, en los intercambios, sean intelectuales o comerciales.A remolque del nuevo estallido de la Intifada en Palestina, de los atentados en Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001 y de la guerra contra Irak en la primavera de 2003, la cultura tiene serias dificultades para abrirse camino. La guerre en partage es la fuente de inspiración de la mayoría de obras, de ficción o no, dedicadas a Palestina, Israel y a la región. Algunos títulos han permitido descubrir cómo es el género negro que practican los autores israelíes; otros se ocupan de esa controversia sin solución: ¿antisionista o antiisraelí equivale a antisemita o judeófobo?

La mayoría, no obstante, se empeñan en desenredar lo inextricable, como el conmovedor Le Parfum de notre terre de Kenizé Mourad, o el vehemente Face à la guerre, una carta desde Ramala de Ilhan Halevi, que hace un llamamiento al orden internacional para que termine con el terrorismo individual de Palestina y el terrorismo de Estado de Israel. Esta profusión permite ver la utilidad de los salones del libro y, al igual que determinados festivales cinematográficos, gracias a los cuales vemos películas que de otro modo no llegarían a las salas, brindan al lector curioso la posibilidad de descubrir a unos editores, así como su trabajo, del que no tendrían constancia de otro modo.

Anteriormente hemos dicho que nadie visita todas las exposiciones. «Hay que visitar todos los salones del libro», afirmamos ahora, ya tengan como escenario El Cairo o Beirut, Casablanca o Argel, Bolonia o Barcelona, Madrid o París. En el de París de marzo de 2003 tuvimos la ocasión de descubrir a determinados autores argelinos y la fuerza de los editores jóvenes, sobre todo los arabófonos, de ese país (el acceso a los editores francófonos es mucho más sencillo). No debemos olvidar, sin embargo, a todos aquellos escritores que se han visto obligados a trasladarse a Francia a causa de los acontecimientos de los últimos años, como Abderraman Bouchene, de la editorial del mismo nombre.

«Djazaïr, un año de Argelia en Francia» fue la gran cita del año 2003, que suscitó una viva controversia entre los partidarios de la manifestación y quienes se oponían a ella. Los primeros subrayaban el aspecto cultural del encuentro, mientras que los segundos ponían el acento en las implicaciones políticas. En total, cerca de dos mil actos, entre teatro, cine, lecturas poéticas, conciertos, exposiciones, publicaciones, manifestaciones deportivas o coloquios animaron el año, desde Lille a Marsella, pasando por París, Nantes y Montpellier.

El certamen supuso la publicación de un número considerable de obras de todo tipo de ámbitos, algunas en coedición: desde el patrimonio argelino en el terreno de la vestimenta, en el extraordinario volumen ilustrado titulado Traces d’Anges, al emir Abd el-Kader, de los repatriados a los harkis, de las dunas del Sáhara a la ficción política de Allah superstar. También fue el año escogido por el gran escritor en lengua francesa Mohammed Dib para marcharse en silencio, dejando tras de sí más de treinta títulos, sobre todo en el género de la narrativa, pero también en el de la poesía, los cuentos y los relatos. En el salón euroárabe del Libro, que tuvo lugar en el Instituto del Mundo Árabe de París en junio de 2003, y que también tuvo a Argelia como invitado de honor, pudimos apreciar que el Líbano ha recuperado el ritmo editorial, que Egipto se mantiene, toda vez que parece que los libros del premio Nobel de literatura Naguib Mahfuz se venden menos que las obras de carácter religioso, que Túnez tiene problemas para despegar, o que una vieja editorial erudita de los Países Bajos como Brill, fundada en Leiden en 1683, se mantiene mientras que otras más jóvenes (Jouvence en Roma, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en Madrid) crecen.

También pudimos comprobar que queda aún mucho por hacer para que la producción editorial de una y otra orilla del Mediterráneo se equilibre. El anuario del Mediterráneo, publicado conjuntamente por el IEMed y la Fundació CIDOB, debería servir para llenar algunas de estas lagunas y mejorar las relaciones. Todo esto pone de manifiesto que italianos, franceses y españoles siguen siendo unos privilegiados. Hay libros para todos los gustos, incluidos los placeres del paladar, tal vez uno de los pocos puntos en que el Mediterráneo alcanza un consenso. Las colecciones dedicadas a la cocina se han multiplicado en estos últimos años: Actes Sud cuenta con una, «L’Orient gourmand», donde ha aparecido Les Aventures du couscous, de Hadjira Mouhoub y Claudine Rabaa, y Edisud, editorial de Aix-en-Provence,tiene los «Voyages gourmands» donde ocupa un lugar destacado el libro Cuisines de Turquie, de Myriam Daumal.

El Mare Nostrum también tiene sus parajes nostálgicos, pueblos cuyo recuerdo no abandona jamás a quienes los visitaron y que refulgen en la memoria. A este grupo pertenece Alejandría, que ha inspirado multitud de textos. El último hasta la fecha, Les Alexandrins, obtuvo el premio Méditerranée de 2003, como también sucedió con El Emperador o El ojo del ciclón, que se llevó el premio Méditerranée 2003 de novela extranjera. Pero Alejandría, que cuenta con su asociación de «antiguos», con sede en Suiza, y con enamorados en todo el mundo, no se contenta con recordar los fastos del pasado.

Con la nueva gran biblioteca, inaugurada en octubre de 2002, biblioteca pública, archivo y escuela de bibliotecarios a la vez, quiere recuperar el esplendor. Del papiro a la informática, el libro conserva toda su fuerza. «¡Maravilloso trofeo! ¡Y qué independencia! ¡Qué compañero! ¡Cuánta munición nos brinda! ¡Abanico de información y prodigioso espectáculo! ¡Cuán agradable tarea depara y menuda la profesión que a través de él se ejerce! ¡Dulce y tierno pariente en los momentos de soledad! ¡Compañero en tierras de exilio! (…) El libro es un jarrón lleno de saber, un recipiente impregnado de refinamiento, una copa llena de gravedad y broma.» ¡Escúlpase en el frontispicio de todas las escuelas este homenaje que Jâhiz de Bagdad (776-868) rindió al libro en pleno siglo ix, en el Libro de los animales.