El Euromediterráneo cultural y social, y la ampliación de la Unión Europea. Una mirada desde las sociedades nórdicas

Tuomo Melasuo

Tampere Peace Research Institute (TAPRI), Finlandia

Durante los años que siguieron a la Conferencia de Barcelona de 1995, los países nórdicos impulsaron una verdadera política mediterránea destinada a contribuir al desarrollo de la región euromediterránea. En este artículo se analiza cómo ha evolucionado a lo largo de los años la orientación política de dichos países, al compás de los cambios que se han producido tanto en Europa como en las zonas vecinas

Introducción

A mediados de la década de 1990, los países europeos –sobre todo los miembros de la Unión Europea– aspiraban a crear una importante cooperación con los países terceros del Mediterráneo y ejercer un impacto real y positivo sobre las relaciones euromediterráneas.Varios países del sur y el este del Mediterráneo compartían este punto de vista. Esta convergencia se pondría de manifiesto en noviembre de 1995 en la Conferencia de Barcelona, en la que también Suecia y Finlandia, los dos países nórdicos que se habían incorporado a la Unión Europea a principios de dicho año, participaban como miembros de pleno derecho.

Durante los años que siguieron a la Conferencia de Barcelona los países nórdicos impulsaron una verdadera política mediterránea destinada a contribuir a que sus objetivos –sobre todo los económicos y los políticos– avanzaran en el seno de la Unión Europea en general y en la región euromediterránea en particular. Como es lógico, a lo largo de los años la orientación política de los países nórdicos ha evolucionado al compás de los cambios que se han producido tanto en Europa como en sus zonas vecinas. Hoy, en otoño de 2005, el mundo mediterráneo se enfrenta a unas transformaciones sumamente importantes.Una gran parte de esos cambios se vienen produciendo desde hace ya algunos años y pueden condensarse en las constataciones siguientes. Como primera constatación, no tenemos más remedio que reconocer que, al menos hasta el momento presente, los resultados del Proceso de Barcelona han sido más modestos que los que se ambicionaban hace ocho años. Este hecho ha provocado unos nada despreciables sentimientos de frustración en el sur y una cierta pasividad en el norte del Mediterráneo. Pero aún más importante que esos sentimientos de reserva es el hecho de que la situación económica y social de los países del sur ha seguido yendo a peor durante todos esos años.

Afortunadamente, en el ámbito cultural se han puesto en marcha algunas redes de cooperación con resultados positivos. Pero el empeoramiento de la situación social y económica sigue siendo el factor más frágil en el contexto euromediterráneo y el que determina ampliamente las opciones futuras para el desarrollo de las sociedades de dicha zona La segunda entidad de los cambios corresponde a la ampliación de la Unión Europea en 2004 con la incorporación de diez nuevos miembros de la Europa Oriental y de algunas islas mediterráneas. La importancia y el significado de dicha ampliación para los países del sur y el este del Mediterráneo, así como para la cooperación euromediterránea, sólo se conoce de un modo aproximado. Pero todo el mundo parece estar de acuerdo en que dicha ampliación va a tener unos impactos considerables para todos los socios.

Y ello aunque en el ámbito político dichos cambios resulten fácilmente reconocibles y gestionables, al menos en parte. A pesar de esta constatación, el ámbito político puede reservarnos algunas sorpresas inesperadas, como ha quedado reflejado en el comportamiento de Polonia y en las actividades de ciertos países de la «Nueva Europa» con ocasión de la guerra anglonorteamericana contra Irak en la primavera de 2003. Pero donde la influencia de la ampliación será más imprevista y difícil de controlar es en el ámbito social y en el económico. Y sin embargo es en dichos ámbitos donde esa influencia será más importante y más profunda, y con unos efectos más amplios para las sociedades. A corto plazo, los efectos de las secuelas de la guerra contra Irak y de su ocupación por parte de los anglonorteamericanos serán sumamente dudosos respecto a la situación en Oriente Próximo y en el norte de África, y, naturalmente, para las relaciones euromediterráneas. Los agresores y los ocupantes han especulado sobre los efectos inmediatos de su ataque en el ámbito político, pero no se han preocupado demasiado por los impactos sociales y culturales que se producirán a largo plazo.Y sin embargo, la continuación del caos que han provocado, el hecho de que las condiciones de vida de los iraquíes sean más difíciles durante la «paz americana» que durante el «reinado» de Saddam Hussein y el gran número de bajas iraquíes constituyen unos signos irrefutables de dichos impactos.

Hoy, ante las crecientes dificultades en Irak, pero especialmente debido a las elecciones de 2004, la actual administración de Estados Unidos está buscando de nuevo el apoyo de la comunidad internacional y de la ONU, aunque más para compartir la carga ante sus electores que para beneficiar al pueblo iraquí, del que parece haberse realmente desinteresado. El reciente dictamen del Senado norteamericano, según el cual los iraquíes deberían pagar al menos la mitad de los gastos económicos de su propia ocupación, constituye un testimonio muy flagrante de ello. Pero como sucede con todas las guerras de Oriente Próximo –como la de los Seis Días de 1976, la de octubre de 1973, la de Irak-Irán en la década de 1980 y la del Golfo de 1991–, los verdaderos y profundos efectos del conflicto no serán visibles y eficaces hasta dentro de algunos años. Las sociedades de Oriente Próximo y del norte de África reaccionan con bastante lentitud. Es preciso que los sentimientos de frustración tengan tiempo de repercutir social y culturalmente en la vida de las gentes antes de tomar una forma política.Así pues, los efectos de la guerra de 1967 sólo serían visibles a mediados de la década de 1970 y el ataque de septiembre de 2001 contra Estados Unidos tendría lugar diez años después de la Guerra del Golfo. En Oriente Próximo esta situación se ve reforzada por los efectos negativos del fracaso del proceso de paz en Palestina.

Una vez más, al convertirlo todo en terrorismo y en lucha antiterrorista, la expansión de la ocupación –y su apoyo por parte de los anglonorteamericanos– hace que las cosas sean aún más perversas, ya que se hace responsable a la víctima en vez de al agresor y al ocupante.3 El hecho de que entre los anglonorteamericanos no se haya impulsado ninguna medida realmente seria para que siga avanzando el proceso de paz es una señal de su falta de voluntad y de su incapacidad respecto a las responsabilidades primordiales de dicha zona. Precisamente, debido a esta situación de conjunto y por todas las razones citadas, es por lo que las dimensiones sociales y culturales resultan esenciales para el futuro del mundo mediterráneo y de la cooperación euromediterránea. ¿Cómo están reaccionando los países nórdicos ante todos esos cambios?

El enfoque de los países nórdicos

Las políticas mediterráneas de los países nórdicos –Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia– son políticamente sensibles y evolucionan constantemente con el tiempo poniendo acentos diferentes de un año a otro. Conforme aumenta el tiempo de su integración como miembros de la Unión Europea, más se pone en evidencia la diferencia de sus enfoques políticos en general y también lo que atañe a su política mediterránea, que depende de su propia situación política y del carácter de su régimen. Durante los primeros años del Proceso de Barcelona existía una especie de división informal del trabajo entre los países nórdicos, pero hoy las ambiciones de sus regímenes políticos son las que dictan la orientación mediterránea de cada país.4 Desde hace años, Dinamarca viene mostrándose activa en el ámbito de los derechos humanos en el contexto euromediterráneo.

Acoge al REMDH (Red Euromediterránea de los Derechos del Hombre), cuya sede está en Copenhague.Tras la llegada al poder del gobierno actual, cuando sobre casi todos los centros y las ONG que tenían vocación internacional pendía la amenaza de perder el apoyo gubernamental, y, en consecuencia, se hallaban en riesgo de desaparecer, sólo la sede del REMDH se mantendría, aunque cabe decir que con dificultades. En los últimos tiempos Dinamarca intentaría desempeñar un papel aún más activo al organizar, en otoño de 2002, el coloquio «Security in the Euro-Mediterranean Region: Building a Comprehensive Concept» para los altos funcionarios y la EuroMesco en Copenhague.

Pero la guerra de Irak ha complicado el enfoque político de Dinamarca, ya que ha sido el único miembro de la UE en el norte que se ha decidido a enviar tropas a Irak. Y últimamente ha hecho pública, si mis informaciones son correctas, la idea de que la única meta de la política mediterránea de la Unión Europea debería ser la de apoyar y completar las acciones de los norteamericanos en la zona. El resto de los países del norte no comparten este tipo de enfoque. Desde hace casi una década Suecia se viene centrando en las cuestiones del diálogo cultural en su enfoque de las relaciones euromediterráneas. En junio de 1995, antes de la Conferencia de Barcelona, se organizó en Estocolmo un gran encuentro sobre este tema, encuentro que daría pie al celebrado en Mafraq, en Jordania, el año siguiente.

A estas dos conferencias le seguiría las Conclusiones de Estocolmo de abril de 1998. Suecia se muestra asimismo activa respecto a los países bálticos, para los que quisiera convertirse en una especie de madrina en lo que se refiere a las futuras políticas mediterráneas de esos nuevos miembros de la Unión Europea. Sobre esta cuestión se está iniciando una competición entre Suecia, por un lado, y Dinamarca y Finlandia, por otro. Estos tres países desean guiar los primeros pasos de los países bálticos en la Unión, es decir, ser una especie de tutores para los países bálticos en lo que concierne a la política mediterránea. Finlandia ha centrado su enfoque mediterráneo, al menos en los primeros tiempos de su pertenencia a la Unión, en las cuestiones medioambientales. En 1997 organizó la Conferencia de Ministros del Medio Ambiente en Helsinki.

Y en 1999, durante la presidencia finlandesa, el TAPRI, en el marco de su Proyecto de Investigación sobre el Mediterráneo, organizó un curso de formación intensiva sobre temas medioambientales para periodistas mediterráneos. Durante los años siguientes, Finlandia se ha venido mostrando muy activa dentro del SMAP De hecho, los temas medioambientales en el Mediterráneo resultan muy convenientes para Finlandia, ya que los pone en práctica también en sus propias zonas fronterizas. Así pues, puede centrarse más o menos sobre los mismos temas en sus fronteras del este, con Rusia, del sur, con los países Bálticos y de una manera más general tanto en el mar Báltico como en el Mediterráneo. En general, Finlandia se siente bastante cómoda con la política mediterránea de la Unión Europea.Y sólo muy raras veces se perciben diferencias entre los intereses finlandeses y los generales de la Unión en materia de política mediterránea. En lo que concierne a la política de seguridad y defensa, conviene recordar que Suecia y Finlandia no forman parte de la OTAN. Pero desde hace un año los países bálticos y Polonia han ingresado en dicho organismo. En lo referente a esta cuestión, en el entorno del Báltico la situación ha cambiado completamente en pocos años. Hace apenas diez años, sólo dos países del Báltico eran miembros de la OTAN, y en la actualidad lo son todos, excepto Rusia, Suecia y Finlandia.

A buen seguro, la ampliación de la Unión Europea a estos nuevos países miembros de la OTAN tendrá un impacto en la política mediterránea de este organismo y de la Unión Europea. Se corre el riesgo de que dichos países quieran alinearse con las posiciones de Estados Unidos en detrimento de los intereses europeos. Por tanto, el desarrollo de la política de defensa europea en el Mediterráneo es el tema que puede sufrir más retrasos como consecuencia de la ampliación. Y naturalmente la ampliación ejercerá el mismo tipo de influencias en el este de la Unión Europea. A pesar de la presencia en los medios de comunicación de las medidas en materia de seguridad, las cuestiones sociales son las que desempeñarán un papel primordial tanto en la Europa del Este como en el Mediterráneo.

La ampliación y las cuestiones sociales

La dimensión social, es decir, las condiciones de vida de las diferentes sociedades, constituye el ámbito más importante en la realidad mediterránea. Dicha dimensión es la que orienta en gran manera los comportamientos culturales y políticos de los distintos pueblos. Si la vida social permanece bloqueada y no experimenta una evolución que deje entrever un mañana mejor, las frustraciones que ello producirá pueden reservarnos algunas sorpresas desagradables en un futuro próximo tanto en el este de Europa como en el Mediterráneo. Y hablar de lo social equivale a hablar también y sobre todo de la vida cotidiana de los individuos y de las sociedades mediterráneas.

Quizá sea esa familiaridad y esa inmediatez las que dificulten que nos demos cuenta de la importancia de las cuestiones sociales, hasta el punto de que pueden parecernos demasiado banales y corrientes como para llamar suficientemente nuestra atención. Pero en general se trata de cuestiones muy prácticas que afectan plenamente a todas las sociedades: la vivienda, la escuela y la educación, el trabajo, la salud, etc. En el mundo musulmán hay varias decenas de millones de jóvenes que carecen de perspectivas en lo referente a la educación, la formación y la vivienda (lo que equivale a hablar también de matrimonio y de una vida sexual normal), así como en cuanto al trabajo; es decir, sencillamente, a vivir de manera decente. La cooperación euromediterránea debería ser capaz de proponer rápidamente algunas perspectivas positivas y mejoras a estas condiciones de vida.

Pero tras evaluar el debate sobre la cooperación euromediterránea se puede constatar que se ha incidido relativamente bastante en los impactos económicos de la ampliación, pero muy poco o nada sobre los impactos sociales. ¿Cómo reaccionarán socialmente las sociedades mediterráneas ante la ampliación? A corto plazo disponemos de algunas estimaciones, pero a largo plazo no tenemos ni idea. Soy de la opinión de que esas cuestiones sociales son comunes tanto para la Europa del Este como para los países mediterráneos; sólo se diferencian en su grado. ¿Acaso existe una interdependencia entre ambas regiones? ¿El potencial magrebí en ciertos sectores agrícolas (verdura, cítricos, aceite de oliva, etc.) puede utilizarse para revitalizar los mercados de la Europa del Este? Y lo mismo cabe preguntarse respecto a la pesca y el petróleo. ¿Cuál puede ser el futuro de los intercambios comerciales entre esas dos regiones?

Naturalmente, falta plantearse la cuestión de en qué medida, después de la ampliación, los recursos de la Unión Europea bastarán para facilitar la cooperación con los países del Sur. En estas circunstancias, desde los países nórdicos se entiende bastante bien la importancia de los acuerdos de asociación y de la zona de librecambio en el Mediterráneo. Se trata de uno de los medios más importantes para equilibrar los impactos económicos de la ampliación. De un cierto tiempo a esta parte, en los países nórdicos se habla cada vez más de ingeniería e innovación social, y ello no sólo en lo que concierne a la cooperación euromediterránea, sino también y sobre todo a propósito de los efectos negativos del neoliberalismo y de la mundialización que amenazan a las privilegiadas sociedades de la Europa del Norte. Así pues, será necesario luchar para salvaguardar nuestros bien merecidos logros.

La ampliación y el ámbito cultural

No hay duda de que enfoque de Samuel Huntington, cuando habla del choque que se produce en las relaciones entre las culturas y las civilizaciones, es angloprotestante. Refuerza la lógica de la confrontación, cuando no, sencillamente, se sitúa en su origen. Dicho enfoque está muy lejos de la pluralidad cultural de Europa y, por tanto, los europeos tienen muchas dificultades para entenderlo. El diálogo cultural a través del Mediterráneo –aunque sea muy difícil en ciertos ámbitos, como en el de los derechos humanos, en el de la gobernabilidad, etc.– no resulta asimilable a una confrontación entre las civilizaciones. Esto es algo que se entiende perfectamente a ambos lados del Mediterráneo, como atestiguan los esfuerzos llevados a cabo para crear una Fundación Euromediterránea para el Diálogo entre las Culturas y las Civilizaciones, destinada a ser aceptada por parte de todos los participantes en el Proceso de Barcelona en la reunión de Nápoles celebrada en diciembre de 2003. La ampliación de la Unión Europea a la Europa del Este abre varias posibilidades y ventanas a la cooperación cultural que pueden llegar a ser contradictorias, es decir, negativas y positivas al mismo tiempo.

La Europa del Este es una región de gran diversidad cultural. Por ejemplo, en lo que concierne a la religión, se observa la confluencia de la confesión católica, de la protestante y de la ortodoxa. Pero es preciso reconocer también que la Europa del Este cuenta con un pasado marxista y socialista con todo lo que eso representa en cuanto a logros y desventajas. Soy de la opinión de que aún es demasiado pronto para que la Europa del Este pueda reconocer y asumir esa parte de la herencia cultural de su pasado reciente. Esta compleja situación podría dar lugar a diversos enfoques respecto al Mediterráneo. Desde un punto de vista optimista, sería deseable que, partiendo de su experiencia y de su multiculturalidad, los países del Este pudieran proponer a los países mediterráneos qué deben hacer para llevar a cabo con éxito su transformación y transición. Y que se impone trabajar conjuntamente para reforzar el enfoque multicultural en la Unión Europea.

Pero en el ámbito cultural las perspectivas de la ampliación pueden verse también de un modo mucho más reservado. En este punto debo confesar mi inquietud tras ciertas experiencias y ciertos debates que últimamente he mantenido con representantes de la élite de los países del Este. Es posible que lo ocurrido a lo largo de los últimos cincuenta años sea mucho más traumático que lo que se ha querido reconocer hasta la fecha. Las dudas y las sospechas respecto al otro, sin importar de qué otro se trate, son muy fuertes. Y aunque la religión en tanto tal sea multicultural, opino que las sociedades particulares fracasan en las experiencias concretas de la vida multicultural.

Los países del Este no han conocido la misma clase de inmigración que Europa Occidental y, por tanto, no tienen la misma experiencia que esta última sobre qué supone vivir en común y cotidianamente con el otro, aunque a veces haya dificultades para hacerlo. Esta falta de experiencia por parte del este presenta varias dificultades, que quedan patentes, por ejemplo, en la manera como se trata en dichos países a las minorías étnicas; como sucede con la población de origen ruso en Estonia. Desafortunadamente, no tenemos más remedio que reconocer que en los países del este también hay racismo, y que dicho racismo, a corto plazo, puede tener un efecto negativo sobre la cooperación euromediterránea. La guerra de Bush en Irak en la primavera de 2003 ha contribuido a reforzar estos dudosos aspectos. La cooperación cultural es una parte esencial del Proceso de Barcelona. Dicha cooperación es muy importante, y constituye mucho más que un mero diálogo sobre y con el islam. Conviene recordar que, sin el Mediterráneo, no hay Europa.Y que, tal como decía Mohammed Arkoun hace ya diez años, «para conseguir sus objetivos culturales, sociales y políticos, Europa debe volver a sus raíces mediterráneas».

Los países nórdicos y el futuro

La ampliación de la Unión Europea hacia el este no supone grandes cambios ni desafíos para los países nórdicos. Esto se debe al hecho de que dichos países poseen una larga tradición de cooperación con los países del Este, ya que desde principios de la década de 1990 vienen poniendo en práctica una cooperación intensiva con los nuevos miembros. La ampliación tendrá una escasa influencia en los países nórdicos, concerniendo sobre todo a la importación de alcoholes –menos gravados– y al incremento de la competencia por causa de la liberalización de los mercados de trabajo. En lo que respecta a nuestros enfoques mediterráneos, no se prevén grandes cambios.

Predomina el principio de reciprocidad y, si queremos que los países mediterráneos entiendan qué cosas preocupan en el norte, es necesario que seamos activos y solidarios en el sur. En el ámbito cultural, cabe decir que el luteranismo otorga un carácter particular al enfoque nórdico. Existe el riesgo –aunque pequeño– de que creamos que somos los únicos que viven bien y que siempre tenemos razón. Pero por suerte esto no se toma tan en serio como sucedía en el siglo xvii. Asimismo, los países nórdicos pueden prestar su contribución en lo referente al ámbito social. Con una tradición bastante larga en este ámbito, dichos países cuentan con capacidad de innovación y sus logros han llegado a los confines de todo el mundo; un buen ejemplo de ello lo constituye el permiso laboral por paternidad. Y parece claro que la cooperación euromediterránea necesita espíritus libres e innovadores en vistas a conseguir los progresos sociales que tanta falta hacen. En el ámbito económico cabe destacar algunos progresos llevados a cabo.

Después de que Suecia pasara a ser miembro de la Unión Europea, sus inversiones en la zona mediterránea se han multiplicado por ocho hasta 1999.7 Finlandia también está intentando aumentar sus intercambios comerciales. Recientemente, numerosas delegaciones comerciales e industriales, encabezadas por un ministro, han visitado los países del sur del Mediterráneo.Las exportaciones finlandesas se concentran en los sistemas de telecomunicación –con Nokia a la cabeza–, y las importaciones, en las frutas y prendas de vestir. El desarrollo de los intercambios comerciales constituye una de las prioridades finlandesas en la zona,además de la cooperación medioambiental y las telecomunicaciones. El impacto de la ampliación de la Unión Europea sobre estas prioridades es bastante escaso. Las actividades finlandesas respecto a la cooperación euromediterránea tienden a desarrollarse, más o menos, bajo los mismos parámetros de Suecia y Austria, los dos países que se incorporaron a la Unión Europea al mismo tiempo que Finlandia.

Es en el ámbito de la cultura y del diálogo cultural donde las actividades de los países nórdicos se revelan más interesantes. Además de las ya mencionadas más arriba, cabe destacar la fundación de diferentes institutos nórdicos en los últimos diez años. Suecia ha creado un instituto en Alejandría y reforzado el que ya tenía en Estambul. Por su parte, Dinamarca ha inaugurado un instituto de investigación en Damasco.Y Finlandia, tras ciertas vacilaciones, ha hecho lo mismo. En lo que se refiere a las actividades culturales, es importante tener en cuenta los intereses del sur respecto al mundo nórdico. En 2000, la Universidad de Alcalá de Henares sería de las primeras en organizar un encuentro sobre las periferias de Europa: la nórdica y la ibérica.A dicho encuentro le seguiría el convocado por la Universidad Complutense de Madrid, en septiembre de 2003, sobre las sociedades informáticas del norte.

Dichos actos se celebraron con el objetivo de crear una unidad de estudios nórdicos en España. En este mismo ámbito cabe destacar las actividades llevadas a cabo por Cataluña. En 2002, se celebró en Barcelona un coloquio sobre cooperación regional en el Báltico y en el Mediterráneo, y en mayo de 2003 el IEMed organizó un importante encuentro sobre los efectos de la ampliación de la Unión Europea en el Mediterráneo. Además de todas estas actividades desarrolladas en la península Ibérica, cabe destacar los esfuerzos desplegados en Roma y Marruecos en vistas al desarrollo de los estudios nórdicos. Las relaciones euromediterráneas son extremadamente ricas y variadas, puesto que toman en consideración a los diferentes sectores y partes tanto de Europa como del Mediterráneo; por tanto, a pesar de su debilidad virtual de hoy, prometen ser mejores en el futuro. En lo que concierne a la ampliación, es preciso poner en marcha un enfoque claro y convincente para el Mediterráneo en los ámbitos social, económico y cultural, con vistas a soslayar las amenazas contenidas en las especificidades y la falta de experiencia de los nuevos miembros. De hecho, la ampliación hasta puede servir para calmar las presiones políticas actuales.

¿Acaso la ampliación al este puede suavizar los efectos negativos de la crisis de Oriente Próximo y de la guerra contra Irak? Ciertamente, aunque no cabe duda de que la ampliación constituirá un desafío para el Partenariado Euromediterráneo,parece estar claro que también lo constituirá para los países de la Europa del Este.Todos los nuevos países miembros, como, por ejemplo, los países bálticos y Polonia, participarán el año que viene en la cooperación euromediterránea. Así pues, ¿qué perspectivas económicas y políticas se derivarán de esta situación? ¿Cuál será su impacto cultural? ¿De qué modo se seguirá desarrollando el debate sobre seguridad? Por el momento, no hay respuesta para todas estas preguntas. Desde el punto de vista de los países nórdicos, la ampliación de la Unión Europea abre un gran abanico de posibilidades para las relaciones euromediterráneas, con dificultades pero también con alternativas positivas. Debemos enfocar todas estas opciones de un modo constructivo, dinámico y firme. El desarrollo de la cooperación euromediterránea es, quizá, el desafío más importante que deberá afrontar Europa en los próximos veinte años. Y para que este tema pueda continuar avanzando, es preciso que trabajemos mucho y que nos mantengamos firmes en nuestras convicciones.