El cosmopolitismo de Alejandría

Paul Balta

Periodista. Centre d’Études de l’Orient Contemporain, París

Alejandría ha sido, desde su nacimiento, la ciudad cosmopolita por excelencia. Ciudad faro, sobrevive «por» y «en» recuerdo, que la resucitan y la rescatan del olvido. Éste es un viaje por el tiempo, desde los orígenes hasta nuestros días, evocando sus aportaciones que han pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana. 

Nostalgias y esperanzas

Alejandría,ciudad de mi infancia,no es más que un recuerdo.Alejandría, ciudad de los macedonios, no es sino un mito. ¿Acaso ha sido alguna vez algo más que un mito o una nostalgia inmensa? Lugar de todos los encuentros,de todos los mestizajes,de todas la síntesis,Alejandría ha sido, desde su nacimiento y en cada uno de sus renacimientos, la ciudad cosmopolita por excelencia.Un cosmopolitismo que se ha convertido en humanismo. Pero esa Alejandría está muerta, exterminada por los nacionalismos modernos. ¿Renacerá de sus cenizas espirituales? La esperanza no se desvanece, pues esta ciudad de eclipses siempre ha alternado períodos de esplendor y de decadencia, de muerte y resurrección. Diseminado por los cinco continentes, el recuerdo de esa Alejandría de mi infancia ha sobrevivido en la memoria de los alejandrinos cosmopolitas instalados en sus nuevas tierras de acogida.

No importa dónde se encuentren (Francia, Gran Bretaña, Israel, Grecia, Estados Unidos, Canadá,Australia…), todos ellos han conseguido integrarse en sus nuevos países, hasta convertirse en la sal de la tierra que los acogió.Aunque cuando se encuentran en sus patrias adoptivas rara vez hablan del cataclismo que les llevó a la diáspora. Son heridas que no cicatrizan nunca, acalladas por miedo a que se vuelvan a abrir, aunque también por pudor. Cada uno las cura a su manera: sorbiendo, entre la soledad y el ensimismamiento, el café turco matinal, saboreando con la familia o los amigos un plato de fouls (habas) o una molokheya (sopa típica), tarareando canciones de otros tiempos, intentando salvaguardar un patrimonio cultural amenazado, escribiendo… Tras los años sesenta, la Alejandría de mi infancia, encajonada entre el Mediterráneo y el lago Mariut, ha sobrevivido como ha podido al día a día, desplegándose de Este a Oeste bajo la implacable apisonadora de la natalidad. Desde los antiguos puertos modernizados hasta Abukir, la antigua Canope, conforma un gigantesco tablero de calles paralelas al mar, atravesadas por perpendiculares avenidas. Aquí y allá destacan palacios y chabolas, villas y tenderetes, campos de cultivo y fábricas contaminantes, zonas residenciales y barrios populares, animadas playas y áridas dunas,desérticas recientemente transformadas en fértiles y aguas estancas del lago donde se siguen cazando patos como antaño.

Sorprendente y decepcionante urbe, animada y apagada, bulliciosa y calmada, activa y soñadora, prosaica y esnob, coqueta y nauseabunda, Alejandría, vacilante ante un pasado que se desmorona, no sabía cómo desembarazarse del presente, preocupada por lo cotidiano, despreocupada por el porvenir. ¿Personalidad propia o mimetismo inconsciente? Las alejandrinas, otrora fornidas campesinas procedentes del valle del Nilo se han transformado en elegantes y coquetas urbanitas, como las bellas ciudadanas de la Antigüedad para siempre desaparecidas y las de estos tiempos modernos, dispersas en el exilio. Pero gracias a estas mujeres metamorfoseadas, con o sin velo, la esperanza renace. Ciudad faro, Alejandría revive «por» y «en» el recuerdo. Sigue existiendo gracias a los libros que nos ha legado y renace en todos aquéllos que aún suscita.Aunque zozobre, los recuerdos la resucitan y la rescatan del olvido. En los albores del tercer milenio, en medio de tantas intolerancias raciales, religiosas, nacionales, etc., me pregunto cuál será el destino de esta ciudad nacida de un sueño de Alejando Magno (356-323 a. C.). Al contrario que Estambul, donde se superponen los estratos de la historia, Alejandría ha ido borrando con el paso del tiempo sus propias huellas. Así, de la antigua ciudad de mármol blanco sólo sobrevivieron tumbas y catacumbas, pero ello no le impidió resucitar al cabo de mil años y brillar con renovado esplendor.

Después de 1956 y el gran éxodo de los cosmopolitas,Alejandría se adormeció y empezó a dudar de sí misma. Mi Alejandría perdida… Pero ¿quién sabe? Quizá a su manera esté en pleno renacimiento en el doble plano económico y cultural. Su puerto nunca ha tenido rival en Egipto; ni siquiera Port Said o Suez le hacen sombra.Y con la región de El Cairo totalmente saturada, la zona que separa ambas ciudades se ha revalorizado gracias a los campos de cultivo ganados al desierto, las nuevas poblaciones o la mejora de las vías de comunicación.Alejandría aporta ya el 50% de la producción industrial del país. Ha vuelto a ocupar el puesto de capital económica. Además, en 2002 inauguró la Bibliotheca Alexandrina. Les propongo pues un viaje por el tiempo, desde los orígenes hasta nuestros días, que desvele las múltiples facetas del cosmopolitismo de Alejandría y evoque sus aportaciones, tan presentes aún hoy día y a la vez tan inadvertidas, a pesar de formar parte de nuestra vida cotidiana.

La antigua Alejandría

Atenas siempre se ha tenido por ejemplo arquetípico de ciudad que forma a sus ciudadanos, por eso los europeos, en su nacionalismo, encuentran su origen en el concepto de la ciudadanía ateniense. Personalmente, después de haber nacido y vivido en Alejandría durante veinte años en el seno de la sociedad cosmopolita y el pueblo egipcio, ambos se han convertido para mí en una escuela de humanismo.Y lo digo con toda franqueza: a ella le debo mi carrera como periodista, universitario, escritor y ciudadano. Por ello siempre he lamentado que la Alejandría cosmopolita no se haya considerado nunca un ejemplo de modelo alternativo, pues no en vano ha brillado con luz propia por todo el Mediterráneo durante casi diez siglos, desde su fundación en el año 331 a. C. hasta el siglo v d. C. e incluso, aunque en menor medida,tras la llegada de los árabes en 641. Sin olvidar su importante papel entre los años 1830 y 1956, cuando pudo haber servido para inspirar el cosmopolitismo incipiente de ciudades de la ribera norte como Marsella.

El cosmopolitismo

Cosmopolita… un término subvalorado por los nazis, que lo aplicaban a los judíos, y por los estalinistas, que lo utilizaban para calificar a los capitalistas; hoy parece sospechoso de chauvinismo. La presión es tal que hasta los más contrarios al racismo evitan utilizar la palabra y prefieren hablar de «sociedad plural». Pero para cantar las alabanzas de la palabra «cosmopolita» remontémonos antes a los orígenes. Empecemos por el Petit Larousse: «(Del gr. kosmopolités, ciudadano del mundo). Dícese de la persona que considera a todos los lugares del mundo como patria suya. // Dícese de lo que es común a todos los países o a los más de ellos».Victor Hugo, ese visionario de quien recientemente hemos celebrado el bicentenario de su nacimiento, escribió en su día: «Por su cosmopolitismo, París es el deslumbrante y misterioso motor del progreso universal.» También lo fue Alejandría en la Antigüedad, como recuerda el título de una obra colectiva escrita por los mejores especialistas en la materia:Alexandrie, IIIè siècle av. J.-C.Tous les savoirs du monde ou le rêve d’universalité des Ptolémées. En él se destaca que en Alejandría se agolpaban pacíficamente macedonios y griegos, egipcios y judíos, mercenarios galos y esclavos nubios, mercaderes y viajeros venidos de Oriente y de todo el Mediterráneo.

Alejandro Magno

Inicialmente, Alejandro el Macedonio pretendía someter Persia, enemigo ancestral de Grecia. En el año 331, con 25 años, conquistó Siria, liberó Egipto de la ocupación persa, se inclinó ante los templos egipcios, adoptó el rito de los faraones y posteriormente se entregó en el tempo de Menfis, donde sería entronizado como soberano del país, primer Estado-nación del mundo y con más de cinco mil años de historia. Dio órdenes a su arquitecto, Dinocrates de Rodas, para que construyera una ciudad. Alejandro Magno no podría contemplarla, pero la ciudad llevaría su nombre y su impronta. Con el tiempo se convertirá en la nueva capital del país, en el centro del mundo conocido y en la más prestigiosa de la treintena de ciudades conocidas como Alejandría. Más adelante conquistaría el oasis de Siwa, donde el dios Amón le reconocería como hijo suyo. A partir de entonces, transformado en oriental y a la vez en cosmopolita, intentará armonizar el mundo a través de la mezcla de razas, la simbiosis de las religiones y el mestizaje cultural. En pocas palabras, y a pesar de la persistencia del atavismo griego, intentará conciliar Oriente y Occidente.

La capital: un puerto

La fundación de Alejandría cerca de la antigua villa de Rhakotis supuso una innovación sin precedentes. Por primera vez en la historia un puerto alcanzaba el rango de capital. Hasta entonces prevaleció en su contra la tesis de Platón, por considerarla demasiado vulnerable: Atenas, por ejemplo, dominaba el Pireo desde sus alturas. Pero Alejandro había madurado la idea: la nueva capital debía ser fácilmente accesible desde Macedonia, servir de punto de encuentro entre el Egipto profundo y el Mediterráneo y de nexo de unión entre Europa, África y Asia. Se vino a llamar Alexandria ad Aegyptum, es decir, «al margen de Egipto», aunque, personalmente, no estoy de acuerdo, porque creo que todo estaba indisolublemente relacionado. Las recientes excavaciones e investigaciones en el delta del Nilo demuestran que Alejandría desempeñaba un papel económico y político de importancia respecto al Alto Egipto.

Gracias a su puerto, se convirtió en la ciudad comercial, cultural y mercantil por excelencia, de lo cual se benefició el valle del Nilo.Y no sólo fue la capital de Egipto, sino que se convirtió en la de todo el Mediterráneo. Cada vez que se replegó en sí misma no logró más que caer en decadencia. Alejandro no fue un conquistador como los demás. En Persia reafirmó su política de fusión racial: se desposó con Roxana, hija del rey Darío III, y animó a sus 37.000 soldados a tomar como esposas a mujeres persas. Ilustre fundador de ciudades que jalonaban su avance hacia Oriente, Alejandro llevaba consigo, junto a sus tropas, a artistas y hombres de ciencia como el arquitecto Dinocrates. Se trataba de un hecho insólito para la época. Demos un salto en el tiempo: a partir de la expedición a Egipto (1798-1801), Napoleón Bonaparte se inspiró en Alejandro Magno. Llevó consigo a 167 sabios, se presentó como un amigo que venía a liberar Egipto no ya de los persas, sino de los mamelucos y, en su primera intervención, invocó a Dios, a Mahoma, el Corán y la religión musulmana. ¡Cuántas analogías!

Los sansimonianos

Los discípulos de Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825) y autor de Catéchisme des industriels, se habían instalado en Alejandría y en el resto de Egipto, donde desempeñaron un importante papel en la modernización del país bajo el mandato de Mehemet Ali y sus sucesores. También ellos deseaban convertirse en ciudadanos del mundo, en cosmopolitas atentos a los avances del progreso; incluso uno de ellos, Ferdinand de Lesseps, concibió el canal de Suez. Alejandro Magno también fue fuente de inspiración para los sansimonianos. Júzguelo si no el lector en el siguiente fragmento de la obra Système de la Méditerranée (1832), de Michel Chevallier: «La más colosal de las luchas, la más generalizada y la más arraigada de cuantas hayan hecho retumbar en la faz de la tierra el fracaso de las armas es aquélla que enfrenta a Oriente con Occidente (…) Es la manifestación más evidente de la guerra que desde hace seis milenios enfrenta espíritu y materia, espiritualidad y sensualidad, a la cual nosotros hemos venido a poner fin. (…) En adelante el Mediterráneo debe convertirse en un enorme foro de encuentro donde comulguen los pueblos hasta ahora divididos. El Mediterráneo va a convertirse en el lecho nupcial de Oriente y Occidente.» Y para acabar: «La paz definitiva debe fundamentarse en la coaligación de Oriente y Occidente. (…) Es el primer paso hacia la coaligación universal.»

Serapis, el sincretismo y los dioses niño

En 1952, cuando todavía estudiaba, tuve el privilegio de tener como profesor de arqueología e historia del arte antiguo a Charles Picard, especialista en la Grecia clásica. Curiosa coincidencia, había incluido recientemente en el currículo de la asignatura la época helenística, que va de desde las conquistas de Alejandro Magno hasta las romanas y a la cual había consagrado los últimos años de sus investigaciones. Gracias a él descubrimos al dios Serapis, mezcla de Zeus y Osiris, quien junto a su esposa Isis y a su hijo Horus constituían una tríada que había sido entronizada en el Serapeum de Alejandría bajo el reinado de los ptolomeos (del 305 al 30 a. C.) Nos explicó cómo el cosmopolitismo había generado el sincretismo alejandrino, que no se limitaba simplemente a lo religioso, sino que abarcaba también todos los aspectos culturales. Arremetía contra (palabras literales suyas) la «maldición que pesa sobre el arte alejandrino, tildado de decadente y pomposo», al contrario que el arte faraónico, el único considerado ejemplar.

Se lamentaba de que no se hubiera estudiado mejor y, diapositivas en mano, nos demostraba cómo en contra de la opinión dominante, había «renovado el arte griego y el egipcio gracias a su expresionismo ya barroco y a un realismo de una sensibilidad sutil». Sólo un ejemplo: la influencia de la pintura y los mosaicos alejandrinos en los de Pompeya y Herculano. También fue en Alejandría donde aparecieron las primeras estatuas de dioses niño, a veces alados. Enseguida se pusieron de moda y se extendieron por todo Oriente; Charles Picard se preguntaba incluso si no habrían preparado el camino a la aceptación de Jesús, «el niño Dios». Picard fue la primera persona que formuló esta hipótesis, digna de ser considerada. Según él, los dioses niño también sirvieron de modelo a los angelitos regordetes propios de los artistas del Renacimiento.

El faro

Desde el punto de vista de la arquitectura, el faro, finalizado hacia el año 280 a. C. durante el reinado de Ptolomeo II Filadelfo (309-246 a. C.) y una de las siete maravillas del mundo, acabó siendo la mejor muestra de la fusión cultural. Fue edificado por Sostrato de Cnido en la isla de Faros, que después dio nombre a todos los faros que guiarían a los marineros del mundo. Construido en mármol blanco, tenía una altura de 135 metros, y era de estilo compuesto: de torre de base cuadrada coronada por otra octogonal rematada a su vez por un tholos completamente redondo donde se ubicaba la linterna. Representaba la síntesis de los conocimientos científicos de la época e influyó sobre la arquitectura de numerosos monumentos, desde los mausoleos romanos hasta los minaretes de las mezquitas mamelucas de El Cairo, de la Torre Magna de Nimes a los campanarios de muchas iglesias románicas, donde el cono sustituyó el tholos. Los terremotos lo destruyeron en 1302.

La biblioteca

Alejandría también fue la primera capital de los libros gracias a su biblioteca enciclopédica, mandada construir en 290 a. C. por Ptolomeo I Soter (367-283 a. C.). Por primera vez en la historia, el sueño de la universalidad se hacía realidad. Los tres primeros monarcas habían iniciado la colección tras enviar emisarios a que adquirieran todos los manuscritos que recogieran los saberes no sólo griegos, sino también los llamados «bárbaros» de los magos caldeos y de sacerdotes y filósofos de otros pueblos de Oriente como Moisés y Zoroastro. En un notorio estudio, Luciano Canfora destaca «su doble vertiente de centro de atracción y de difusión de sabios y doctos».

En realidad, la biblioteca estaba compuesta por dos edificios: la «biblioteca madre», situada en el museion, cerca del palacio real, y la «biblioteca hija», la más importante y situada en las proximidades del tempo de Serapis, en el emplazamiento actual de la columna Pompeya. Llegó a albergar entre 500.000 y 700.000 volúmenes (rollos de papiro). ¿Quién los destruyó? Se ha acusado a Julio César, pero como Canfora demuestra, los romanos atacaron el puerto y quemaron 40.000 rollos de copias destinadas a la exportación. También se ha acusado a los árabes. En 641, Amr, conquistador de Egipto, quedó impresionado por el esplendor de Alejandría.Tras describírsela al califa Omar, se dice que éste le respondió respecto a la biblioteca: «Si los libros contradicen el islam, son peligrosos. Si lo confirman, son inútiles. Así que destrúyelos.» Sin embargo, como destaca Canfora, este testimonio de Ibn al-Kifti (1172-1248) es seis siglos posterior y no cita fuente alguna. ¿Quién fue, pues, en realidad?

La verdad tiende a ocultarse cuando resulta desagradable: los cristianos, en el pasado perseguidos, se habían convertido en perseguidores.Ya no se contentaban con combatir el paganismo en el plano filosófico; en el 389 el patriarca Teófilo, al frente de miles de fieles, destruyó el Serapeum de Canope y, en 391, atacó el de Alejandría, además de la Biblioteca. «Fue el primer auto de fe. La quema de libros formó parte del proceso de cristianización. A Alejandría le seguirían Pérgamo, Antioquia, Roma, Constantinopla», nos relata Canfora. Un jesuita, Henry Ayrout, ya lo había reconocido en un libro consagrado en parte a los coptos.

Las escuelas

Alejandría era célebre por sus escuelas: la poética de Calímaco (310-240 a. C.),Teócrito (320-250 a. C.) y tantos otros; la científica, dominada por Euclides (s. iv a. C.); la judía (s. iii a. C.-ii d. C.), caracterizada por su anticonformismo; la filosófica neoplatónica en la que destaca la figura de Plotino (205-270); la cristiana de los siglos i al iv. Los libros de texto escolares hacen hincapié en nuestra herencia grecorromana, pero hablan muy poco de las aportaciones de Alejandría.Veamos algunos ejemplos.

La escuela poética

Cuando los jóvenes dibujan un corazón atravesado por una flecha para decir que, por ejemplo, Antonio quiere a Luisa, lo que no saben es que están reproduciendo una imagen de la elegía bucólica, un género creado por la escuela poética de Alejandría. Los poetas, con su ligereza característica, cantaban en su día a lo que en la actualidad nos parecería banal pero que entonces no lo era en absoluto, como los «senos retozones», los «guiños provocadores», los «pechos palpitantes» o la «ardiente flama» a la que alude Edward Morgan Forster en su libro.

La escuela científica

Naturalmente, estaba formada por varias subescuelas, entre las que destacan en especial: MATEMÁTICAS.Ya hemos citado anteriormente la escuela de geometría euclidiana, pero ¿cuántos de nosotros sabíamos que Euclides, que no era natural de Alejandría, concibió su obra en esta ciudad y escribió los Elementos, el manual de geometría universal por antonomasia, vigente incluso después de las innovaciones que supuso la teoría de la relatividad de Einstein (1879-1955)? Euclides fundó hacia el año 300 a. C. una célebre escuela de matemáticas que subsistió durante siete siglos. Eratóstenes (284-192 a. C.), geógrafo y matemático, autor de una descripción del mundo entonces conocido, desde la India hasta las islas británicas, fue el primero en medir la tierra. Además, sostuvo, junto al astrónomo Aristarco (215-143 a. C.), que indudablemente la tierra giraba alrededor del sol. No obstante, Claudio Ptolomeo (100-170), autor de El Almagesto, tratado matemático y astronómico que fue una obra de referencia hasta el Renacimiento, sostuvo lo contrario, y su teoría prevaleció hasta Galileo (1564-1642) quien, condenado por la Inquisición y obligado a retractarse, afirmó la ya célebre frase: Eppur si muove! («¡Y, sin embargo, se mueve!»).

También fue en Alejandría donde se creó el calendario tal y como lo conocemos hoy. En el año 239 a. C., Ptolomeo III, decidido a conciliar la tradición egipcia y la ciencia de los griegos, solicitó a los sacerdotes de Serapis, en Canope, que volvieran a calcular el calendario antiguo, que hasta entonces contaba con 365 días y 12 meses de igual duración en vez de los 365 días y 8 horas actuales. Con los años, sin embargo, comenzaron a surgir discrepancias, de modo que, por ejemplo, la fiesta de la mies ya no coincidía con la época de la cosecha. Para rectificarlo se instituyó el año bisiesto, una reforma que, aunque aprobada, no llegó a aplicarse en su día. No fue hasta el mandato de Julio César, en el 46 a. C., que se creó el «año alejandrino», el año oficial que en Europa se impuso con el nombre de «año juliano» y que posteriormente pasó a ser, en 1582, el «año gregoriano» tras los ajustes introducidos por el papa Gregorio XIII. MEDICINA. Erasístrato inventó la vivisección de los animales e intuyó el funcionamiento de la circulación sanguínea, como prueban sus escritos, aunque murió antes de poder demostrarlo, por lo que el descubrimiento finalmente se atribuyó a William Harvey, pero en 1628.

También fueron los alquimistas ptolomeos los que, a partir del saber de los antiguos egipcios, inventaron la destilación de plantas aromáticas.Y es a un árabe musulmán, Abulsacasis al-Zahrawi, que vivió en Córdoba en el siglo X, a quien debemos la destilación del alcohol, palabra que procede del árabe al-kahal, «lo sutil». Se le considera el inventor del alambique (al-anbiq), pero él mismo precisó que esta palabra procedía etimológicamente del griego alejandrino ambix. ASTRONOMÍA. Siempre se habla de Berenice, princesa judía de principios de nuestra era y heroína de la tragedia de Racine, si bien este nombre griego, Bereniké, «portadora de la victoria», era en realidad propio de las princesas y reinas lágidas. La esposa de Ptolomeo III Evergeta había hecho votos en el año 244 a. C. prometiendo ofrecer el cabello a los dioses si el rey regresaba vivo de la guerra. Y así sucedió. Pero, desgraciadamente, la ofrenda desapareció durante la noche. El astrónomo de la corte, Conon, explicó entonces que el cabello se había transformado en una constelación de estrellas que acababa de descubrir, a la que llamó Coma Berenices. Calímaco y Catulo elevaron sus cantos a la cabellera de Berenice, que inspiró asimismo al romancero moderno Claude Simon.

La escuela judía

Los judíos llegados de Jerusalén a Alejandría desde su fundación se habían helenizado. De hecho, Ptolomeo II Filadelfo (309-246 a. C.) mandó traducir para ellos los textos sagrados hebreos. Según la leyenda, el rey encerró en la isla de Faros a setenta rabinos en setenta cabañas distintas, de las que salieron al mismo tiempo todos con setenta versiones idénticas de la Biblia. En realidad, la famosa versión Septuaginta se tradujo entre el 250 y el 130 a. C. Fue utilizada por los judíos y también por la iglesia cristiana primitiva; desde entonces siempre ha servido de referencia. Por otra parte, el judaísmo alejandrino, impregnado de cosmopolitismo, representó la innovación frente al conservadurismo de Jerusalén.

El historiador Flavio Josefo, autor de la Las guerras de los judíos y Antigüedades judaicas, trata de la «nación judía» de modo tan poco conformista que los militantes sionistas lo critican hoy duramente. Otra de las obras destacables fue La sabiduría de Salomón, donde el autor imagina a un intermediario entre el inalcanzable Jehová y el hombre llamado Sophia, es decir, sabiduría. Por su parte, Filón el Judío (20 a. C.-50 d. C.), gracias a quien la escuela judía alcanzaría su máximo apogeo, estableció que la Biblia y el pensamiento platónico eran complementarios, lo que propició que Jehová resultase más comprensible a ojos de los politeístas e influyó sobre los primeros padres de la Iglesia.

La escuela cristiana

Según la tradición, Egipto fue evangelizado en el siglo I de la mano de San Marcos, fundador de la iglesia de Alejandría. Uno de sus teólogos más ilustres, Clemente (150-216), presentó la verdad cristiana como la culminación de la filosofía, como resume su máxima: «Platón ilustrado por las Escrituras.» También podríamos citar a Cirilo, el hombre del sincretismo y la superación para quien el cristianismo no representaba una ruptura respecto al pasado sino más bien el punto culminante, la plenitud de todas las religiones. De la escuela cristiana surgieron dos instituciones directamente vinculadas con el cosmopolitismo que perduran hasta nuestros días. La iglesia de Alejandría quiso demostrar la capacidad del cristianismo para formar a teólogos y desarrollar un vasto pensamiento sintético que contrarrestara el de los distintos filósofos paganos y los pensadores judíos. Así, en el siglo ii fundó el Didascaleo, la primera universidad cristiana. También como reacción a los excesos de la Alejandría cosmopolita surgió el ascetismo monacal representado por Pablo de Tebas (234-347), san Antonio el Grande (251-356) y san Pacomio (287-347), fundador del primer monasterio en Tabennis, junto al Nilo. Por último citaremos a santa María Egipciaca (345-422), célebre cortesana, quien se arrepintió tras tener una visión en el Santo Sepulcro de Jerusalén y creó el primer convento para mujeres. La vida monástica, nacida en el desierto al otro lado de Alejandría se expandiría por Oriente y posteriormente por Occidente.

La Alejandría moderna

Después de la conquista árabe, bajo el reinado de los mamelucos y gracias a los venecianos (que robaron las reliquias de san Marcos), a los pisanos o a los genoveses, también hubo cierto esplendor e incluso períodos brillantes, aunque a decir verdad fueron fugaces. Cuando Napoleón llegó a Alejandría en 1798, la ciudad no contaba más que con 4.000 u 8.000 habitantes frente al medio millón o al millón de personas de la época de los ptolomeos. Mehemet Ali (1769-1849), fundador del Egipto moderno, la resucitó. Por ejemplo, la unió a El Cairo mediante el canal de Mahmudiya y la vía férrea, la convirtió en la base de la flota naval con que dotó al país, edificó el palacio de Ras el Tin y concibió la plaza de los Cónsules, imponente centro urbano donde se construyó un templo moderno: la Bolsa. Allí se instaló la bolsa de valores (1866) y la del algodón (1871), renovándose así una tradición antigua, ya que hasta la conquista de los romanos era en esta ciudad, principal plaza financiera, donde se fijaba el precio del trigo para todo el Mediterráneo.

Mehmet Ali recurrió a los sansimonianos y a otros colectivos extranjeros. Entre ellos destacaron avispados hombres de negocios y mecenas que fomentaron la creación artística para convertir la ciudad en la reina del Mediterráneo, como en 1928 proclamaba la portada de la revista Alexandrie. Los extranjeros más numerosos por aquel entonces eran los griegos (400.000), los italianos (300.000), los armenios que habían podido escapar al genocidio (100.000), los judíos (90.000), los sefardíes expulsados de España por la Inquisición y los askezaníes, originarios de la Europa Central. Los ingleses, franceses y españoles sólo eran unos pocos miles. A pesar de la colonización británica, el francés ha sido el idioma utilizado por una parte de la élite egipcia, especialmente en Alejandría, hasta mediados del siglo xx. La sociedad cosmopolita y la burguesía egipcia sin duda se mostraban condescendientes hacia el pueblo llano egipcio; en el país reinaba, en conjunto, un espíritu de compresión mutua. La Segunda Guerra Mundial marcó un punto de inflexión.

A partir de 1945 Moscú envió dos buques para llevarse a la Armenia soviética a los armenios que lo desearan; partieron aproximadamente la mitad. Posteriormente, después de la creación de Israel en 1948, los judíos emigraron al Estado hebreo o a Europa. Pero no fue hasta la nacionalización de la compañía del canal de Suez, anunciada intencionadamente en Alejandría en 1956 por el coronel Gamal Abdel Nasser, y la expedición francobritánica, a la que siguió un ataque israelí, que asestó el golpe de gracia al cosmopolitismo: los judíos, tanto egipcios como de otros orígenes, los franceses y los ingleses fueron expulsados, mientras que la mayoría de miembros de otras comunidades emprendieron progresivamente el camino hacia el exilio. Y el edificio de la Bolsa… quedó destruido en un incendio. Las aportaciones de la Alejandría moderna han sido importantes; a continuación citaré algunos ejemplos ilustrativos.

Poetas y escritores

Empezaré por el poeta griego Constantino Cavafis (1893-1933), que cantó a la antigua Alejandría y a los aspectos secretos, como su propia homosexualidad. Se consagró en Francia gracias al concienzudo trabajo realizado por Marguerite Yourcenar, de la Academia Francesa. El italiano Filippo Tommaso Marinetti (Alejandría, 1876-Bellagio, 1944) fue el padre del futurismo. Inició este movimiento con la publicación del Manifiesto futurista en la edición del 20 de febrero de 1909 en el diario Le Figaro. En él apelaba a «la insurrección paroxística contra el academicismo» y proclamaba que «una carrera automovilística es más bella que la victoria de Samotracia». Esta afirmación provocó un escándalo, pero encontraría eco entre los surrealistas y otros muchos partidarios del arte moderno.

Otro italiano alejandrino, Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Milán, 1970), fue el creador del hermetismo, junto con Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981), premio Nobel de Literatura de 1975. Entre 1920 y 1945 dieron ambos vida a este movimiento, hostil también con el academicismo y las convenciones de la retórica. El irlandés Lawrence Durrell (1912-1990), aunque no nació en Alejandría, vivió en la ciudad durante los años treinta y se apasionó por su cosmopolitismo. ¿Habría alcanzado tanta fama si no hubiera escrito El cuarteto de Alejandría? Hoy se sabe que la alejandrina Marthe El Kayem fue la musa del novelista e inspiró el personaje de Justine. Ahora quisiera aludir a tres escritores egipcios de Alejandría. El primero de ellos, el musulmán Ahmed Rassim (1895-1958), no es lo conocido que merecería; era de habla árabe, pero prefirió escribir en francés.

Coincidí con él en numerosas y prolongadas ocasiones; de hecho, este narrador nato me dedicó todos los libros que publicó en Egipto. Yo mismo contribuí, hablando de él, a la publicación en Francia de la obra Chez le marchand de musc una truculenta recopilación de proverbios árabes. Al segundo de los autores, Jacques Hassoun, judío, fallecido en 1999, le gustaba referirse a sus orígenes puntualizando: «Nací en octubre de 1936, año de la hégira 1355, 1697 según el calendario judío.» Psicoanalista de profesión,consagró numerosas obras a su comunidad, en especial Juifs du Nil e Histoire des Juifs du Nil; gracias a su aportación se crearon asociaciones muy activas en defensa del patrimonio hebraico de Egipto.También quisiera mencionar su novela Alexandries en la que el extraño uso del plural quiere reflejar la diversidad de las comunidades que integran la ciudad. Para acabar este recorrido me gustaría referirme a un tercer autor, en este caso cristiano: Édouard Al-Kharrat, nacido en 1926 y autor de Alexandrie, terre de safran,Premio de la Amistad Franco-Árabe (al igual que los dos autores que siguen) otorgado por la Asociación de Amistad Franco-Árabe de París, así como de Belles d’Alexandrie. Al-Jarrat fue el buque insignia de una generación de novelistas en lengua árabe; describe la Alejandría del Egipto asli, de pura cepa, y explica por qué defiende el cosmopolitismo en nombre de la identidad nacional. Mi colega y amigo Robert Solé (nacido en 1946), miembro de la dirección del rotativo Le Monde y de origen libanés, pertenecía a la sociedad cosmopolita de El Cairo, la cual, a pesar de sus particularidades, compartía numerosos parecidos y afinidades con la de Alejandría. Nos hizo penetrar en sus misterios de la mano de Le Tarbouche antes de sumergirnos en la segunda capital con otra de sus novelas, Le Sémaphore d’Alexandrie.

Su contribución ha sido fundamental, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones entre Egipto y Francia, tratadas en especial en las obras L’Égypte, passion française y Les savants de Bonaparte. Andrée Chedid, también de padres libaneses, nació en El Cairo en 1920 y vive en París desde 1946; siente verdadera fascinación por Alejandría, ciudad a la que nos transporta con una obra de teatro dedicada a la hermana de Cleopatra, Bérénice d’Égypte. Su novela Le Sixième jour fue llevada a la gran pantalla por Youssef Chahine, que escogió para representar el papel principal a la cantante Dalida, quien a pesar de no ser de Alejandría no por ello es menos cosmopolita.

El cine

Lo anterior me lleva a plantear una pregunta: ¿existiría el floreciente cine egipcio y autores como Youssef Chahine sin esa Alejandría cosmopolita en la que nació en 1923 y a la que ha dedicado numerosas películas, entre ellas Alexandrie, encore et toujours? La exposición «Cien años de cine egipcio», celebrada en el Instituto del Mundo Árabe de París, ya dio en su día respuesta. En el cine egipcio existen tres hitos: el primero fue 1896, cuando las películas de los hermanos Lumière se proyectaron en Alejandría. El segundo es Mohamad Abdô (1849-1905), máximo representante del fundamentalismo egipcio que, inmediatamente después, escribió un texto que defendía el séptimo arte con el argumento de que «es necesario recuperar el sentido estético de los europeos». En 1905 había 53 salas de cine en Alejandría, cinco en El Cairo, la capital, y una en Asyut, Port Said y El-Mansura. En 1912, De Lagarne, nacido en Alejandría, rodó los dos primeros documentales del país: Les voyageurs de Sidi Gaber y L’entrée du khédive à Alexandrie. El cine egipcio había nacido. Poco después, El Cairo se convertirá en la capital del cine árabe.

Cantantes

Además de Dalida, citada ya anteriormente, destacaría a Claude François, natural de la región del canal de Suez, quien gracias a su canción Alexandrie, Alexandra se hizo famoso y ha permanecido en el recuerdo colectivo. ¿Y qué decir de Georges Moustaki, muchas de cuyas canciones no necesitan ni presentación? Moustaki es de procedencia grecojudía y formación francesa. Su padre regentaba la más bella de todas las librerías, y a ella acudieron escritores como René Étiemble (que enseñó en la Universidad de Alejandría), Georges Duhamel, André Gide… Ello explica que la enorme cultura del compositor y cantante haya permanecido fiel a su ciudad natal, una ciudad que aflora a menudo en sus melodías y libros.

La Bibliotheca Alexandrina

Tras un cuarto de siglo replegada sobre sí misma, Alejandría ha entrado de nuevo en una fase de renovación. Así, se han realizado excavaciones, en especial bajo la dirección de Jean-Yves Empereur, para salvar unos vestigios abandonados desde hacía ya demasiado tiempo. El arquitecto Mohammed Awad, por ejemplo, libra su particular batalla para evitar la destrucción de edificios que muestran los estilos de los siglos xix y xx. También permanece fiel a su espíritu cosmopolita la Universidad de Senghor, cuya creación se decidió en la cumbre francófona de Dakar (1969); este centro enseña en francés y acoge a estudiantes del África negra. El gobernador Mohamed Abdel Salam Mahgoub, apodado «Mahboub», «el muy querido», ha emprendido, por su parte, un ambicioso movimiento de renovación.Pero acabemos por lo más importante, por un símbolo hecho realidad, un vínculo entre el pasado ilustre de Alejandría y su proyección futura: la Bibliotheca Alexandrina. Ha sido erigida sobre el museion de los ptolomeos y está bajo la dirección de Ismaïl Serageldine.

Es una verdadera maravilla. Apadrinado por la Unesco y la Unión Internacional de Arquitectos, este ambicioso proyecto iniciado en 1990 destaca por su audacia y originalidad: se trata de un enorme cilindro de 160 metros de diámetro truncado y que se adentra en la tierra, evocando al sol naciente; la decoración de los muros exteriores reproduce todas las formas de escritura existentes. Pretende ser la «memoria del Mediterráneo» y albergará 8 millones de volúmenes, 100.000 manuscritos, 10.000 libros raros y 50.000 mapas y planos. También es multimedia y multilingüe (árabe, inglés y francés) y utiliza las tecnologías más avanzadas. En el III milenio de nuestra era, el VIII para Egipto, se ha hecho realidad de nuevo el sueño del saber universal de los antiguos ptolomeos.