Introducción

Maria-Àngels Roque

Directora de Quaderns de la Mediterrània

La ampliación de la Unión Europea y el debate que se ha abierto en torno a los fundamentos de su identidad nos hacen preguntarnos sobre los valores, opiniones, actitudes y preferencias de los europeos con relación al resto del mundo, comenzando por los países y regiones geográficamente más próximos, como los de Europa meridional. Por otra parte, la política de vecindad propiciada por la Unión Europea, tanto hacia el este europeo como hacia el sur del Mediterráneo, nos obliga mucho más a preguntarnos si podemos encontrar valores compartidos y a observar cuáles son esos valores, si han sufrido cambios importantes y en qué dirección.

En Occidente no cabe la menor duda de que en los últimos años estamos asistiendo a un cambio de los valores de carácter postmaterialista, donde lo más importante ya no es garantizar la supervivencia del individuo, que se da por segura, sino favorecer la autoafirmación personal, con valores que fomenten la confianza y la individualización (Inglehart). Esta tendencia, que aparece a partir de los años setenta, no ha seguido un proceso lineal, ya que la evolución en los diferentes países ha recorrido caminos y pautas temporales diferentes (Kerkhofs).

El aumento de la secularización se refleja en una creciente laicicidad de los países europeos, frente a una mayor religiosidad en el ámbito mundial, incluido EE UU. Este aumento de la laicidad (que se expresa en el descenso de las prácticas religiosas) no implica una pérdida de valores morales en sí misma, ya que el bagaje que lleva implícito continúa condicionando el sistema de valores en cada territorio. Las sociedades europeas occidentales son más bien individualistas, con una fuerte dosis de pragmatismo y de permisividad, y se sienten perplejas ante el creciente multiculturalismo. En el ámbito del ciudadano, en estos últimos años destaca una mayor capacidad de movilización para acciones políticas alternativas, no sólo con el objetivo de paliar posibles déficits democráticos, sino para complementar el sistema y llamar la atención de la opinión pública, para hacerse oír e influir en estas decisiones políticas, actitud esta que tiene que ver claramente con ese surgimiento de los valores postmaterialistas.

El dossier que presenta Quaderns de la Mediterrània muestra, en especial, los ejemplos del Mediterráneo occidental, porque los países meridionales de Europa han experimentado una fuerte evolución en estos últimos veinte años, como ha sido el caso de España, y pueden servir para romper el estereotipo del determinismo cultural en cuanto a la evolución de los valores.

Si bien en la ribera sur no se cuenta con el mismo tipo de encuestas, sí se puede hacer un análisis de los valores que han incidido después de varias décadas de independencia y de forja de identidad. En relación con los valores que configuran la cultura política magrebí y que inciden en gran medida en la naturaleza de la atadura política entre gobernantes y gobernados, tribu, islam y lengua actúan como referentes simbólicos con más o menos fuerza.

A pesar de las diferencias de nivel (rural-urbano), las mutaciones profundas alcanzan a todas las colectividades, provocando cambios irreversibles: presión demográfica y escasez de recursos, monetarización y migraciones. No obstante, cultura y arraigo forman los elementos de resistencia donde el individuo, a pesar de estar inmerso en un sistema jerarquizado, encuentra dentro del grupo algunos valores de su seguridad y de una expresión particular (Tozy).

Si bien las diferencias nacionales no pueden interpretarse más que en función de toda la historia y la cultura política de una sociedad, también es cierto que las tensiones entre apertura y cierre son permanentes en todos los países, y también en los de la Europa mediterránea. Por ello, esta reflexión sobre los valores se nos presenta particularmente idónea en un momento como el actual, donde se están construyendo los valores que incardinarán el siglo xxi.

La situación actual de globalización, donde en principio todo el mundo está interrelacionado, provoca que el poder de decisión esté en manos, cada vez, de menos personas, con lo cual se produce el efecto contrario de atomización de la sociedad, de regreso al localismo para tratar de encontrar afinidades más próximas. Últimamente los sociólogos han propuesto el concepto de «glocalización», donde la globalización y el localismo no se contraponen, sino que van de la mano: son las dos caras de la misma moneda (Castells).

La globalización de las dos orillas mediterráneas va acompañada de mutaciones fundamentales, donde necesariamente se producen transformaciones que a veces son vividas dramáticamente. La crisis que vive el mundo contemporáneo, crisis en el sentido griego de «decisión», nos obliga a estar atentos a sus consecuencias. Las dimensiones sociales, las condiciones de vida, son el terreno más importante en las realidades mediterráneas; son las que orientan ampliamente los comportamientos culturales y políticos de las diferentes poblaciones.

Han sido numerosas las constataciones que forman un corolario a inicios del siglo xxi y que han colaborado en la creación de un doble lenguaje, en cierto sentido, un lenguaje fragmentado: la crisis financiera, la mutación de las organizaciones económicas según la lógica de redes a escala planetaria, la incapacidad del Estado contemporáneo de encarnar un proyecto que transcienda los corporativismos. La explosión de reivindicaciones identitarias que acompañan la caída de las grandes ideologías totalitarias constata mientras tanto un creciente aumento hacia el espacio local en tanto que instrumento de construcción o de reivindicación, de identidad cultural y de solidaridad social.

El problema aparece en el hecho de que las culturas son cada vez más complejas, y, aunque no se quiera, las sociedades son en todas partes menos homogéneas en lo que respecta a los estilos de vida. Sería un error, por tanto, hablar de sociedades contemporáneas como si hablásemos de sociedades cerradas en sí mismas, con unos códigos y unas voluntades culturalmente determinadas. Podemos encontrar los mismos deseos de bienestar y de seguridad en el Norte y en el Sur, pero son expresados de maneras diferentes; cada una busca las grietas del sistema. En el Sur, con una sociedad civil que lucha por obtener los derechos de ciudadanía y que busca desarrollarse localmente gracias a la ayuda de los colaboradores europeos y, en Occidente, con una sociedad civil y unas corrientes críticas hacia un sistema que propone un liberalismo económico exacerbado.

Pero entre un fatalismo resignado frente a una globalización esencialmente económica y los repliegues identitarios de exclusión, el único medio para construir un futuro común creativo es intentar llevar a cabo este proceso conjuntamente. Para conseguirlo, tal y como manifiesta el Grupo de Sabios creado a iniciativa del Presidente de la Comisión Europea, han de darse dos condiciones: «por una parte, buscar en el diálogo con el otro el origen de nuevas referencias para uno mismo y, de otra parte, compartir con todos la ambición de construir una civilización común más allá de la legítima diversidad de las culturas heredadas». Es decir, considerar el intercambio como un valor en sí mismo, tanto en lo que respecta a la comunicación, como a los aspectos sociales y culturales.

Es cierto que el tercer pilar del Proceso de Barcelona, pensado para crear una dinámica de intercambios en el ámbito social, cultural y humano, ha sido siempre marginal tanto para el espíritu de la burocracia de la Unión Europea como para los regímenes autoritarios del sur del Mediterráneo; los primeros, preocupados especialmente por las cuestiones de seguridad y de inmigración, consideran que el desarrollo económico de los países de la orilla sur constituye el mejor pilar para pacificar y estabilizar la región, mientras que los dirigentes de la otra orilla desconfían de las iniciativas que favorecen la apertura y la autonomía de las sociedades civiles a expensas de los poderes centrales. Pero si el diálogo entre culturas siempre se ha considerado difícil, en los últimos años las cosas han empeorado y han hecho que los intransigentes de cada bando glorifiquen su sistema de valores, considerándolo único e intransferible. En este sentido, no es nada casual constatar que ha hecho falta encontrarnos en un contexto «post 11 de septiembre» y después de la guerra de Irak, para concretar la creación de la Fundación Euromediterránea para el Diálogo entre las Culturas y las Civilizaciones. Localizado en Alejandría, con una red diversificada en el marco del Partenariado Euromediterráneo, este proyecto emerge en el contexto de una casi parálisis de los programas de colaboración euromediterránea, en especial de todo lo relacionado con la creación contemporánea, las ciencias humanas, las traducciones de libros, y de una fuerte desconfianza entre las dos orillas: denegación de visados para los actores culturales, reducción de intercambios, etc. A pesar del dirigismo de estos intercambios por parte de los estados, continúan siendo una realidad inagotable, y se convierten en intercambios particularmente densos entre la pluralidad de regiones, comunidades locales y la sociedad civil euromediterránea.

Para propiciar el diálogo y el intercambio de valores entre las dos orillas, Quaderns de la Mediterrània participa con una doble voluntad: incidir sobre nuestra sociedad y al mismo tiempo proporcionar claves conceptuales de su realidad y potencialidad mediterránea. Esta publicación pretende ser un nexo y un punto de encuentro que incentive la reflexión y el diálogo intraeuropeo e intermediterráneo, donde figuren las voces y los proyectos de sus actores, sean civiles o institucionales.