Cataluña: potencialidad social e individualismo

Maria-Àngels Roque

Antropóloga, Instituto Europeo del Mediterráneo

Los valores de los catalanes han variado con el tiempo, unidos, sin embargo, a la historia, la memoria colectiva y una identidad que, a pesar del acelerado cambio social producido a lo largo del siglo xx, se ha mantenido fuerte y ha sabido integrar los nuevos tiempos y los nuevos agentes sociales con unos valores de construcción individual y social.

Los comportamientos van ligados a los valores y a las representaciones colectivas, y éstas, a su vez, van de la mano con la historia específica. En la dinámica social, los valores varían con el tiempo, de manera que en el ámbito de las identidades colectivas cotidianas se manifiestan diversos estilos de vida que comportan nuevas complejidades. Cuando se habla de países sin Estado se hace desde la perspectiva antropológica, mientras que los países con Estado son abordados desde la sociología. Del mismo modo, la identidad de un país sin Estado es vista desde la etnicidad, mientras que la de un país con Estado propio se ve desde el cosmopolitismo.

Cosmopolitismo que se percibe en Cataluña desde hace ya muchos años. El Mediterráneo ha constituido un medio favorecedor para la unión y la fusión de la cultura catalana con todas las culturas que la circunvalan, y ha atribuido a Cataluña un importante papel de nexo entre la ciencia y la técnica, que ha llegado hasta nuestros días, con una fuerte influencia de la apropiación tecnológica en el campo social de la construcción de los valores. Las sociedades contemporáneas son, no obstante, complejas, y deben analizarse desde múltiples ópticas con diferentes variables; por esta razón quisimos participar en el proyecto de la Encuesta Europea de los Valores –y hacer una muestra específica de Cataluña– donde los valores se puedan medir de forma comparativa. Así, en 1990, el Institut Català de la Mediterrània (Generalitat de Cataluña) promovió y patrocinó una muestra específica para Cataluña siguiendo su línea de trabajos de carácter internacional y comparativo.

Diez años después se llevó a cabo la tercera aplicación de la Encuesta Europea de Valores,entre 1999 y 2000. En 1999 se realizaron dos encuestas, una para España y otra para el País Vasco y Navarra, y en la primavera de 2000 se inició una encuesta de valores en Cataluña en el marco de esta tercera EVS. La encuesta de Cataluña se benefició de la comparación con los datos de la de España, recogidos en 1999, y de la confrontación con la misma de Cataluña realizada diez años antes. Hace más de dos décadas, Ronald Inglehart planteó la hipótesis de que las prioridades de los valores occidentales estaban cambiando: pasaban de los valores materialistas a los postmaterialistas, es decir, de dar la máxima prioridad a las posesiones físicas y a la seguridad a enfatizar los sentimientos de pertenencia a un grupo, en la expresión de uno mismo y en la calidad de vida. En la década que va de 1990 a 2000, en Cataluña creció un poco esta evolución hacia el postmaterialismo, aunque el cambio se dio realmente en el año 1990, ya que antes de esta fecha los materialistas eran más del doble de los actuales mientras que el postmaterialismo registraba proporciones menores a las actuales. Pero desde entonces este avance del postmaterialismo sufre una serie de resistencias.

En la Cataluña del 2000 se observa una tendencia en la evolución de su sistema de valores: se incrementa la individualización/individualismo, ya que se da más importancia al individuo que a la sociedad; se considera que los individuos son responsables de sus vidas, se valora la independencia personal, y se entiende que cada uno ha de preocuparse de sus propios asuntos,sin casi interesarse por lo que hacen los demás, lo que puede conducir a un cierto aislamiento. Se valora más la libertad que la igualdad, con un 45% sobre un 38% que considera la igualdad como prioritaria. Así, han aumentado los niveles de permisividad en comportamientos referentes al ámbito privado o familiar, como el divorcio, el aborto, o la eutanasia. El divorcio es valorado con un grado de permisividad del 6,74, mientras que diez años antes sólo era de 5,55; igualmente, el aborto se sitúa con un valor de 5,48, mientras que en el año 1990 llegaba tan solo al 4,55; y por último, los catalanes del 2000 justificaban la eutanasia con una puntuación del 5,36, cuando en el año 1990 era del 3,93. También se ha incrementado la permisividad en relación con la libertad sexual, la prostitución o el adulterio (por ejemplo, la homosexualidad tiene en el año 2000 una valoración escalar del 5,84, mientras que en 1990 se quedaba en el 3,53). En la construcción del modelo catalán, es fundamental el carácter de adscripción voluntaria al modelo, que implica una concepción de la identidad dinámica y una praxis de la interculturalidad en la que el individuo puede autodefinirse partiendo de distintos referentes de pertenencia.

La tolerancia es un valor esencial, ligado otra vez al individuo, y Cataluña se constituye como red de identidad donde los individuos, los ciudadanos, pueden situarse y reformularse estratégicamente como sujetos, más que como objetos de una tradición cultural fosilizada. La adscripción voluntaria a la cultura catalana por encima de la filiación ha acentuado el modelo igualitario, que en la construcción imaginaria del país se ha complementado con el individualismo y con un estereotipo positivo de «la ética del trabajo», donde la posibilidad de movilidad social ascendente se legitima por el esfuerzo individual, donde el seny, la ponderación, es la virtud definitoria.

La separación entre catalanes de origen catalán y catalanes de origen diverso es un dato fundamental a la hora de entender y analizar la sociedad catalana. En algunos casos, se nos muestran como dos comunidades diferentes, con grandes diferencias entre ellas, de manera que en ocasiones la mediana resultante de la suma de estas dos subculturas descubre notables desviaciones en su seno. Los aspectos diferenciales más significativos se basan en general en el hecho de que en el grupo de nacidos fuera del territorio de Cataluña predominen valores más conservadores, ligados a la seguridad y a la economía. Los nacidos en Cataluña presentan valores más vinculados con el mundo urbano y dentro de la esfera de la contemporaneidad.

De todos modos, el emigrante lleva en sí mismo un espíritu emprendedor, por el hecho de tomar la decisión de la movilidad geográfica. El que emigra busca un cambio personal y acostumbra a adecuarse al modelo que desea aunque en ocasiones existan fracturas. En la encuesta de 1981, España e Italia se manifestaban más insatisfechas que sus vecinos europeos del norte, y unos bajos niveles de satisfacción con la propia vida van unidos casi siempre a orientaciones negativas hacia la sociedad en su conjunto. En cambio, en la encuesta de 1990, la puntuación de todos estos valores fue más alta en la sociedad española, que se ha ido acercando al nivel de los índices europeos. La sociedad catalana se presentaba en el año 1990 un poco más optimista que la española en su conjunto, ya que estaba más satisfecha en términos de salud, familia, dinero y control sobre su propio destino.

Y si estos valores ya eran elevados en 1990 (cuando el 85% de los catalanes se declaraban muy o bastante felices), en 2000 el porcentaje llegaba al 90%, también superior al conjunto español (con un 86%). Igualmente, el grado medio de satisfacción con su propia vida ha aumentado en diez años, pasando del 7,25 al 7,37, y la sensación de satisfacción y de libertad en el trabajo también ha crecido, sobre todo en este último aspecto, que ha pasado de un 5,03 en 1990 a un 6,91 en la encuesta de 2000. A la hora de elegir entre la importancia de los aspectos básicos en la vida, se escoge a la familia como el más importante (el 99% de la población piensa que es bastante o muy importante, igual que en 1990), seguida del trabajo y de las relaciones sociales con los amigos y conocidos, y el tiempo libre y de ocio. Los valores de ámbito más universal ocupan los últimos lugares, los de carácter ideológico, y, por tanto, más selectivos: la religión y la política.

La comparación con los resultados de hace diez años es interesante, no por lo que se refiere a un cambio de orden en la importancia, sino en su intensidad. El trabajo pasa de ser valorado como bastante o muy importante por el 94% de los catalanes en el año 1990 al 88% en el año 2000; los amigos se mantienen en el 90%, el tiempo libre también pierde importancia, pasando del 87% al 82%, la religión baja de un 41% a un 29%, y la política también pierde intensidad, de un 21% en 1990 a un 19% en 2000. Del mismo modo, el objetivo del orden es ciertamente prioritario, pero siempre dentro de los límites que establece la bandera de una libertad no amenazada. El trabajo había perdido importancia como aspecto central en la vida de cada uno, aunque no se quiere que disminuya en el futuro. Es decir, el trabajo se valora como necesario, pero no es lo más importante en la vida de cada uno. Esta disminución de la importancia del trabajo destaca entre los jóvenes y en las personas de hasta 44 años de edad, los estudiantes y los que trabajan por cuenta propia, los que tienen estudios de grado medio y superior, los de estatus alto y medio, los estrictamente de izquierdas, los indiferentes más los agnósticos y los no creyentes. Así, el rechazo del trabajo tiene tanto de racionalización ideológica como de descargo de los ya instalados.

De este modo, parece que no solamente haya subido el volumen de trabajo o de ocupación (las tasas de actividad y de ocupación), sino que también lo ha hecho su calidad y la satisfacción que se obtiene de ello. Por eso es explicable que el trabajo no sea visto como una carga que angustia (por su peso) o que preocupa (por su inexistencia), y por eso se ha descolocado un tanto como parte central de la vida de las personas en cuanto a su consideración ideal o moral. Con todo, lo que se considera más importante en un trabajo, más que el hecho de que se ajuste a las capacidades personales, sea interesante, o útil para la sociedad, es que proporcione buenos ingresos (80%) o que ofrezca seguridad (67%). La satisfacción en el trabajo se acompaña de la satisfacción en la vida, superiores los dos casos en el conjunto español y a los catalanes de hace diez años. Incluso el sentimiento de felicidad personal es superior en Cataluña.

En cambio, la libertad de tomar decisiones en el trabajo es un activo más escaso, ya que la autonomía en una organización de trabajo difícilmente es alcanzable para una gran mayoría de la gente. Y se entiende en parte que una organización de trabajo necesite alguna disciplina, algún tipo de autoridad. Aumenta en tres puntos (pasando del 32% al 35%) la opinión de que es necesario seguir las órdenes de los superiores aunque no se esté de acuerdo, aunque también aumenta la proporción de los que piensan que sólo se debe seguir cuando se está convencido de que están justificadas (pasa de un 45% en 1990 a un 47% en 2000). El sentimiento de bienestar (satisfacción y libertad) se produce en función del tipo de trabajo que se tenga, como es lógico, lo que provoca que sobresalga entre la población masculina y entre los que trabajan por cuenta propia. En el caso catalán, el trabajo es visto con menor implicación emocional, en la línea de rebajar un poco su papel central en la vida de uno mismo. El trabajo ya no constituye la justificación de una vida, sino que, considerado como una ocupación cotidiana, ha ido perdiendo fuerza en relación con sus antiguas funciones de identificación social, de construcción de la identidad de las personas y de la su integración en la sociedad.

De modo que ahora el trabajo no se ve como una parte tan central en la vida de una persona, aunque constituye una necesidad personal y social. La orientación individualista se refleja en que más de la mitad de los encuestados opinan que cada uno se tiene que ocupar de sus propios asuntos sin interesarse por los de los demás, un aspecto que presenta una mayor tendencia catalana hacia la valoración de la privacidad, diferenciada de los resultados españoles, que son mucho más individualistas aunque no exentos de compromiso cívico. Pertenecer a asociaciones voluntarias y colaborar como voluntario en sus actividades es una forma de participación social y a la vez de expresión de la propia individualidad. Como en España los índices de asociacionismo y de trabajo voluntario han sido tradicionalmente bajos, a la sociedad española no le costó apenas enrolarse en la corriente general occidental postmoderna del escaso entusiasmo por afiliaciones, militancias regulares, pagos continuados de cuotas y actividades voluntarias regulares y cotidianas. A partir de 1994 se constata una (re)emergencia de actividades y asociaciones, en todos los casos intentando vincularse con las raíces de la tierra y de la propia historia local, proponiendo una comunidad emocional y de sentimientos. Aun así, se percibe una disminución de las tasas asociativas, que siempre habían sido bajas, ya que se pasa del 30% al 22% de asociacionismo en la Cataluña del 2000.

Entre ellas, les asociaciones deportivas, culturales y recreativas son las protagonistas. A continuación aparecen las de carácter ideológico: políticas, religiosas y sindicatos. Las que recogen el ajuste profesional más el bienestar público (salud y medio ambiente) son las minoritarias.Y las que registran las mínimas tasas de pertenencia son las relacionadas con los movimientos sociales, defensa de los derechos humanos, desarrollo del Tercer Mundo y acciones solidarias en el ámbito local. Las nuevas solidaridades, ayudas al Tercer Mundo y defensa de los derechos humanos despiertan grandes adhesiones, promueven ayudas e incluso movilizaciones en el ámbito local, pero no mueven a apuntarse o a una participación asociativa. La tasa de colaboración es superior a la de la mera implicación. Parece que se estuviese dispuesto a ayudar pero sin implicarse mucho con el ayudado, de una manera muy indiferente, porque el motivo principal para ayudar a mejorar las condiciones de vida del otro es el deber moral de ayudar, por encima del interés general de la sociedad, de la compasión o del propio interés.

La falta de interés y la despreocupación por la política se produce dentro de un proceso general de desideologización, de ausencia de debate político y de desaparición de los grandes relatos.Además, desde mediados de los años noventa vemos que los movimientos sociales (pacifistas, feministas, pro derechos humanos, etc.) se han debilitado mucho y que en algunos casos se han quedado sin metas u objetivos actualizados. Su lugar ha sido ocupado, en muchos casos, por el movimiento de las ONG, del voluntariado y de la ayuda al Tercer Mundo, como ya hemos explicado anteriormente. Existen, sin embargo, otros escenarios de confrontación política, aunque sus protagonistas no lo reconozcan. Nos referimos, por ejemplo, a la política de las causas menores, y a la de las microluchas, a escala sectorial o laboral, o en un ámbito local o regional específico, como el creciente potencial de movilización para participar en acciones políticas irregulares o no convencionales, en momentos o situaciones puntuales, de mucha trascendencia como hemos podido observar en los últimos acontecimientos.

Así, los niveles de reticencia a las acciones políticas no convencionales son más reducidos en todos los aspectos, desde firmar una petición hasta ocupar edificios o fábricas o participar en huelgas no autorizadas; por ejemplo, en este último punto el 50% de los catalanes afirman que no lo harían nunca, mientras que entre los españoles el porcentaje llega al 59% o al 63% de los catalanes del año 1990. Aun así, el interés de los catalanes por la política ha aumentado respecto al de hace diez años, y es superior también a la media española, con lo que se acerca más a las pautas europeas. En el año 2000 el 30% de los catalanes se declaraban muy o un poco interesados por la política, frente al 27% de los españoles o el 35% de los catalanes del año 1990. Del mismo modo, un 38% de los catalanes se considera nada interesado por la política, frente al 42% de los españoles o el 52% de los catalanes del año 1990. Obviamente, en la población catalana se producen diferencias internas, no todos los grupos o segmentos de la sociedad se manifiestan de la misma manera: unos están interesados o implicados; y los otros lo están menos.

A menudo se trata de características estructurales que se producen en el mismo sentido tanto en el conjunto español como en el catalán, e incluso en el europeo. Existe una prioridad «postmaterialista» que sobresale en Cataluña respecto al conjunto español y a la Cataluña de diez años atrás. Se trata «de aumentar la participación de los ciudadanos en las decisiones importantes del gobierno». Del mismo modo, Cataluña ha subido especialmente en esta predisposición a las acciones políticas no convencionales, cuyo potencial ha subido desde hace diez años y se ha situado mucho más por delante del conjunto español. La peculiaridad catalana consiste en una cierta configuración autónoma, independiente, de los grupos y segmentos del espectro ideológico, cosa que constituye una manifestación más de la desideologización de la sociedad catalana. En este proceso, los extremos, minoritarios, casi se configuran como grupos puros, que se acercan el uno al otro por la proximidad de su formato de actitud, mientras que los grupos y segmentos intermedios, mayoritarios, adoptan los modelos convencionales.

Pero como nos encontramos en el mundo postmoderno de la fragmentación de valores, en algunos casos éstos se eligen a la carta y de manera diferente según el momento y la situación. La complejidad en que vivimos ha dejado fuera cualquier perspectiva unidimensional y unilineal. Por eso, de vez en cuando parece que se defienda a la vez una cosa y la contraria, como por ejemplo, afirmar «que sean los expertos los que gobiernen», ya que enfrenta directamente el prestigio social de los expertos y técnicos al déficit de prestigio de los políticos que «sólo» son políticos.

La sociedad catalana muestra un grado de confianza en las instituciones que globalmente parece un poco superior al que se daba hace unos diez años, y hoy en día presenta un nivel semejante al del conjunto español. En conjunto, se observa un ascenso de la confianza catalana en las instituciones, que rebasa un poco la del conjunto español y que supera su propio nivel de hace diez años. El alto grado de satisfacción con la democracia y de confianza depositada en las instituciones no impide ni se opone a un ascenso, también significativo, del repertorio de acciones políticas no convencionales, sino como un complemento del sistema en el espacio, cada vez más relevante, de la opinión pública y de su expresión en los medios: para llamar la atención pública, para dar testimonio de algo, para protestar, para influir en las decisiones.

El sistema de enseñanza es el mejor valorado, ya que tiene la confianza del 63% de la población, mientras que en el año 1990 era del 60%. Le siguen el sistema de sanidad, con un 62%, y la seguridad social, que disfruta de un porcentaje de confianza del 58%, cuando en 1990 era sólo del 38%. La policía, las Fuerzas Armadas y el Parlamento también han visto incrementada la confianza de los catalanes en el período 1990-2000, mientras que el sistema de justicia, la Unión Europea, la Iglesia o la prensa han perdido posiciones, con unos porcentajes de respuestas que reflejan mucha y/o bastante confianza en estas instituciones más bajos que en el año 1990. En cuanto a la relación con personas de otras culturas, los catalanes son mucho más restrictivos y pragmáticos que el conjunto español: un porcentaje más alto piensa que se debe dejar venir a la gente en función de los trabajos disponibles, una tónica que se ha seguido secularmente también con las migraciones internas.

En un 62% son partidarios de que las empresas contraten antes a españoles que a trabajadores extranjeros cuando faltan puestos de trabajo, cuando hace diez años era del 74%.También un 63% de los catalanes considera que los inmigrantes no han de mantener sus costumbres, sino que han de adoptar las de la sociedad receptora, una tendencia totalmente diferente a la de la muestra española, que sólo se muestra de acuerdo en este sentido en un 38%, y para los jóvenes catalanes el porcentaje sólo llega al 48%. En cambio, si bien un 56% de los encuestados opinan que se debería dejar venir a la gente si hay puestos disponibles (en España el porcentaje es del 52%), también vemos que un 27% están de acuerdo con establecer límites estrictos al número de extranjeros que puedan venir (en España es del 21%), y sólo un 10% se muestran favorables a dejar venir a todo el que quiera (en España llega al 18%). Las diferencias entre jóvenes y adultos pueden responder a una indiferencia más grande respecto a los inmigrantes como colectivo, ya que los jóvenes están más individualizados.

En relación con los resultados obtenidos hace diez años en Cataluña, podemos destacar otros cambios importantes. En primer lugar, podemos ver que sube notablemente la identidad local, ligada a la localidad de residencia, como una reacción de resistencia contra una eventual homogeneización de la realidad, porque esta localidad de residencia es el nivel territorial más próximo, más «real» en el que los individuos actúan y en el que, habitualmente, se encuentra su unidad básica de residencia, como también el círculo más próximo de sus relaciones sociales. Así, si en 1990 sólo un 22% se consideraban sobre todo de la localidad donde vivían, en 2000 este porcentaje llegaba al 48%, y si en 2000 un 19% se definía sobre todo como ciudadano de España, en 1990 este porcentaje llegaba al 43%. Respecto a la consideración de los otros, se desconfía de «la gente» en general, pero no de las personas concretas, que acostumbran a ser, por otro lado, aquellas con quienes se mantiene un trato más directo y, en buena parte, dentro de la cotidianidad que se desarrolla en el marco de la localidad de residencia.

En cambio, a lo largo de estos últimos veinte años, la identidad española strictu sensu ha ido perdiendo peso en favor de la identidad regional/autonómica, aunque es la convivencia de ambas identidades la que marca la tónica general de la identidad en Cataluña. La población catalana, respecto al conjunto español, manifiesta menos sentimientos localistas referentes a la pertenencia geográfica (pueblo o ciudad) y tiende más a nombrar Cataluña como lugar geográfico. La pertenencia a Cataluña y a España se reparte de una forma equitativa. Entonces, se desarrolla un acusado sentimiento de identidad local, porque se ha acentuado la sensibilidad respecto de las raíces locales y regionales, dentro del fenómeno mismo de la globalización, compensando con el particularismo el universalismo de los flujos globalizadores. La comparación con los datos de 1990 muestra, en resumen, una clara tendencia de la sociedad catalana hacia el abandono de las posturas extremas y la concentración en las posiciones de identidad compartida.

Podemos ver que en 1990 un 36% de la población se sentía sólo española y un 19% sólo catalana, mientras que en 2000 estos porcentajes habían bajado al 9% y al 6%, respectivamente, mientras que los porcentajes que respondían a una identidad compartida (catalana y española, aunque con diferentes niveles), pasaban del 42% en 1990 al 85% en 2000. Específicamente, la identidad catalana presenta un carácter fuertemente voluntarista y dinámico, cambiante, más que esencialista y estático. Por último, hay que destacar el hecho de que la lengua catalana se encuentra situada entre los requisitos relativamente menos nombrados a la hora de establecer la identidad catalana, ya que el modelo cultural catalán tradicionalmente ha dado gran importancia al factor «idioma» como signo fundamental de integración social; lo que se valora más es el hecho de vivir y trabajar en Cataluña en un 59%, y la voluntad de ser catalán en un 53%, frente el 17% que consideraba hablar catalán como una condición necesaria para ser considerado catalán.

Conclusiones

Aun con todo, la sociedad catalana es fuerte en unas dimensiones que pueden ayudar a la formación de capital social, es decir, potencia unas condiciones favorables a la cooperación e integración social, con una mayor confianza social y menos segregacionismo, concede una elevada relevancia a los grupos primarios y a les relaciones interpersonales reaccionando contra la uniformidad de la globalidad y raíz de la emergencia del localismo; y presenta actitudes favorables a la igualdad y la democracia,a partir de un mayor igualitarismo. Estos ejercicios de solidaridad activa están motivados por razones morales y emocionales (individuales) más que por interés de la sociedad (de justicia social).

Asimismo, destaca la capacidad de movilización por acciones políticas alternativas, no para paliar posibles déficit democráticos, sino parar complementar el sistema y llamar la atención de la opinión pública, para hacerse escuchar e influir en las decisiones, una actitud relacionada claramente con esta emergencia de los valores postmaterialistas. La sociedad catalana de hoy en día se configura como una sociedad satisfecha, individualista y secularizada, con una fuerte dosis de pragmatismo, permisividad y tolerancia, y con un marcado sentido de su identidad cultural diferenciada, pero sin mostrar, sin embargo, signo alguno de crispación política.

En algunos puntos estas características pueden parecer contradictorias, pero debemos recordar que, cuando hablamos de los rasgos principales o de las tendencias y posiciones mayoritarias, la sociedad catalana, como cualquier otra, no es una realidad homogénea, sino que está llena de matices.