Los desafíos de la diáspora en la movilidad de los magrebíes

Khélifa Messamad

Profesor, Université Paris 8

El Mediterráneo es una nueva frontera entre el mundo desarrollado y el mundo en vías de desarrollo. La cuenca mediterránea es una de las zonas más sensibles del planeta, y en ella se tejen múltiples relaciones que definen el fenómeno de la migración. Desde la década de 1990, nos hallamos frente a un modelo migratorio de dos velocidades. Por un lado, la inmigración sufrida por algunos (reagrupación familiar, solicitantes de asilo, indocumentados…); por otro, la inmigración elegida, que afecta sobre todo a profesionales cualificados y a estudiantes vinculados a determinados sectores de excelencia. Estos flujos migratorios de mano de obra cualificada están controlados por la mano invisible de los estados y las multinacionales, que organizan un pillaje legalizado de los talentos del Sur.

El análisis de los datos macroeconómicos revela que los países desarrollados y los emergentes son los principales beneficiarios del mercado del conocimiento. Las migraciones se caracterizan globalmente por la complejidad de los nuevos flujos (élites, género, niños, refugiados), constituidos por un número cada vez mayor de titulados universitarios, pero sujetos a unas reglas de funcionamiento cada vez menos transparentes. Todas estas movilidades transfronterizas ponen de manifiesto la renovación de las migraciones, así como su feminización y rejuvenecimiento, que afectan principalmente al trabajo de alta cualificación.

Las movilidades de alta cualificación se escogen en función de las áreas de especialización promovidas por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que requieren nuevas competencias. A menudo se reclutan mediante una convocatoria de concurso internacional. Para ser aún más eficientes, las multinacionales realizan sobre todo numerosas desviaciones del tráfico sur/norte, acentuando así la movilidad entre filiales de un mismo grupo. La eficacia, nuevo reto de la competitividad, abarca nuevas dimensiones sociales, económicas y culturales que van más allá del simple marco de la movilidad laboral.

Esta desterritorialización de las personas supone un desarraigo familiar y una proyección hacia lo desconocido en la que los actores buscan una posición sociopolítica y cultural más estable. Esta emigración económica constituirá un nuevo componente de la diáspora magrebí en Europa y se enfrentará a nuevos desafíos en ambas sociedades. Este nuevo enfoque requiere la renovación de unas herramientas conceptuales que arrojen alguna luz sobre las actuales fluctuaciones de las políticas migratorias diseñadas por cada orilla. El esfuerzo teórico debe dirigirse hacia la formulación de un nuevo modelo para las movilidades transfronterizas que permita:

  • replantear las políticas de atractividad en un entorno jurídico e institucional más adaptado;
  • redefinir los cupos por oficios y unas estructuras de acogida más adecuadas


Así, Europa podrá reconstruir una economía del conocimiento sostenible. Las directrices para estas nuevas movilidades deben enmarcarse en una cooperación ética, en especial para los trabajadores altamente cualificados, los temporeros, los empleados transferidos en el interior de su propia empresa y los trabajadores en prácticas remunerados. Pero en todos los casos, las admisiones están supeditadas a la posesión de un contrato de trabajo y un estudio de las necesidades económicas del trabajador por parte del Estado miembro.

Toda esta libre circulación está controlada por la mano invisible de los estados y las multinacionales, que organizan así un pillaje legalizado de los conocimientos y las competencias de los países del sur. Dentro de 25 años, África se habrá quedado sin talentos, lo que constituye un panorama sombrío para dicho continente, en especial para su desarrollo social, científico y tecnológico. La paradoja es que, desde 1990, 20.000 personas abandonan el continente cada año. Por ello, África debe acudir todos los años a especialistas extranjeros, cuyo número puede llegar a 150.000, lo que representa un gasto anual de 4.000 millones de dólares. Esta fuga permanente de mano de obra cualificada amplía la brecha entre África y los demás continentes en cuanto a ciencia y tecnología. El atractivo que ejerce Europa contribuye al pillaje de las élites.

Globalización de competencias y guerra de talentos. Europa y el pillaje agresivo de las élites magrebíes

En la actualidad, en la era de la economía del conocimiento, cada vez son más numerosas las personas del sur que deben su ascenso social a la exportación de sus competencias intelectuales. A los más brillantes se les ofrecen empleos a veces lucrativos en el ámbito de la tecnología, las finanzas y la medicina, sobre todo en EE.UU., Canadá, Alemania, Francia… De acuerdo con la lógica liberal, los trabajadores van allá donde su trabajo parece estar mejor remunerado, sobre todo en comparación con los países de origen. No son sólo los pobres quienes quieren emigrar, pero dejar el país es caro, y también es un riesgo físico y psicológico. La libertad de circulación ya no está reservada a los ciudadanos de los países ricos. El espacio migratorio obedece cada vez menos a los mecanismos de liberalización de las instituciones internacionales, con la excepción de la circulación de los ejecutivos de las filiales y los talentos más cotizados. Este capital humano contribuye a la adaptación, a las innovaciones de la nueva economía y a la creatividad.

En un contexto internacional altamente competitivo, cada país pretende atraer a los mejores talentos. Los estudiantes forman parte de un filón de competencias futuras y constituyen un reto crucial. Estos jóvenes graduados también son susceptibles de abrir las puertas de su país de origen a las multinacionales europeas. El conocimiento en profundidad de un país o una cultura extranjera puede ser una de las competencias específicas que se buscan, por ejemplo, para conquistar un nuevo mercado. Pero para ser más competitivo, este modelo se debe orientar al crecimiento de la proporción de entradas de talentos en comparación con otros países, para compensar un nivel de formación inferior a la media mundial.

También están las ayudas concedidas por algunos países a sus mejores estudiantes. Hay incluso organismos, como el Ayuntamiento de París, que cuentan con un presupuesto ad hoc en este sentido. En la web de Campus France se puede consultar una lista de todas las becas, para así localizar los mejores filones de talentos que hay que reclutar. En efecto, hoy en día es difícil no ofrecer nada a los alumnos más brillantes, ya que el mercado se ha vuelto muy competitivo a escala internacional. Por lo tanto, Francia también propone otros incentivos materiales, que constituyen formas agresivas de pillaje y que se suelen formalizar mediante acuerdos de asociación o de cooperación. El programa TEMPUS, diseñado por la Unión Europea, se inspira en las movilidades científicas de docentes investigadores y estudiantes becarios.

Esta orientación promueve la creación de políticas temporales de investigación e innovación para apoyar la cooperación cultural y científica y favorecer la movilidad de investigadores e ingenieros en el marco de los acuerdos MEDA TEMPUS. La asociación entre el potencial y los conocimientos tradicionales y nuevos, puede valorizar el capital humano del sur, que constituirá a su vez un nuevo vínculo entre ambas orillas y un factor determinante para el atractivo de las empresas.

Esta dinámica puede comportar una apertura de las economías del sur y promover nuevas sinergias de investigación sur/sur, una difusión de los elementos externos positivos y los efectos de arrastre en los mercados europeos. El capital humano se convierte en el nuevo desafío de la interdependencia científica, y debe adoptar una estrategia de interacción norte/sur más solidaria.

Los programas denominados MED tienen el objetivo de facilitar los intercambios y promover contactos entre artistas, docentes, investigadores, técnicos y responsables de los gobiernos locales. Además, la UE ha manifestado su compromiso financiero a través de otros instrumentos, como el programa MEDA, destinado a incidir en el empleo, el tejido industrial regional y las reformas aduaneras.

Esta cooperación científica es la clave de la capacidad de influencia de Europa, gracias a los recursos financieros propuestos y a las oportunidades de promoción para las élites, y se apoderará sistemáticamente de todas las competencias de un modo legal. Además, la competencia para atraer estudiantes extranjeros es feroz.

Movilidad de las élites del Magreb y espíritu empresarial

La exportación de cerebros se suele presentar como beneficiosa ya que puede significar un triunfo a largo plazo. Pero ¿a partir de qué proporción de salidas debemos empezar a sentirnos orgullosos? ¿Dónde acaba la exportación de talentos magrebíes y empieza la fuga de cerebros? No cabe duda de que es políticamente incorrecto añadir que estos jóvenes titulados universitarios  abandonan el Magreb, donde han recibido una formación gratuita, es decir, costeada por la sociedad en su conjunto, para dar lo mejor de sí mismos en Europa, Estados Unidos o Canadá, donde el coste de esos mismos estudios se cifra en decenas de miles de dólares al año. Formular estas preguntas no implica que se tenga una respuesta, pero parece que no se puede obviar el problema.

El fenómeno migratorio ha caracterizado siempre la vida de Argelia y los países del Magreb desde principios del siglo XX. La migración de competencias no llamó la atención de los responsables políticos e investigadores hasta muy tarde, cuando comenzó a adquirir proporciones considerables.

Los grupos sociales inmigrantes han introducido en el espacio transnacional nuevos modelos de circulación que incorporan los antiguos sistemas de desplazamientos migratorios, y que desarrollan modalidades y prácticas innovadoras, movilizadas por actores de elevado capital cultural. Además, estos cambios han dado lugar a la aparición de una nueva generación de inmigrantes, que ha sustituido a la antigua generación de campesinos y obreros que constituían el grueso de la inmigración antes de la década de 1980.

Este nuevo tipo de migración da lugar a unas nuevas relaciones entre los países de emigración e inmigración, y tiene repercusiones en la estructuración de los ámbitos intelectuales en cuestión. Las categorías que constituyen esta emigración económica abarcan, en primer lugar, el caso de los titulados universitarios de la primera generación posterior a la independencia, y que salieron de las universidades nacionales u otras instituciones de enseñanza superior. La segunda categoría de aspirantes a la emigración incluye a los titulados universitarios que cursaron sus estudios en las décadas en las que se aplicaron políticas de formación en el extranjero, en un momento de fuerte inversión educativa de los estados recién independizados. Estos titulados vivían mal el regreso a su país de origen, ya que a la hora de instalarse surgían numerosos problemas de adaptación. El número de estos becarios oscilaba entre los 6.000 estudiantes de mediados de 1980 hasta casi 2.000 en 1994.

La tercera categoría comprende a los nuevos titulados proletarizados, producto de sistemas educativos masificados en vías de desinstitucionalización. Están condenados, si no al desempleo, a verse retribuidos con promesas vanas, y se basan en las redes familiares y las solidaridades tradicionales, pero también en parte de las antiguas élites establecidas en los países de destino, para planear una emigración vista como una especie de salvavidas.

En ambos grupos ocupan un lugar específico las jóvenes tituladas cuyos valores y normas difieren en gran medida de las costumbres locales, y que en su mayor parte se ven sometidas a situaciones de dominación, violencia, precariedad y exclusión. Así, en los últimos años se observa una fuerte feminización de los grupos que abandonan su país.

Respecto a los titulados en educación superior que estaban en activo en Argelia a finales de la década de 1990, se puede estimar en algo más del 10% los ejecutivos en activo que, por uno u otro motivo, emigraron. Se incluye en este grupo a buena parte de la generación de élites formadas desde la independencia hasta finales de los años setenta. Ello se debe a los acontecimientos de 1988-1992, un período que oficialmente se conoce como tragedia nacional o década negra, que provocó una oleada migratoria sin precedentes en la historia del país, sobre todo entre ejecutivos cualificados y empresarios. Por esta razón, los argelinos se han convertido, desde 1994, en el grupo más numeroso de extranjeros que ha cruzado las fronteras francesas. La evolución de los flujos de argelinos hacia otros países de Europa y de América del Norte también ha crecido, sobre todo en dirección a Quebec, Estados Unidos, España, Bélgica, Países Bajos y Reino Unido.

Aunque parece que el mundo académico es el que más ha contribuido a este éxodo masivo, en realidad todos los sectores se han visto afectados por el mismo: la administración pública, la sanidad, las empresas públicas y privadas, el ejército, la policía y, por último, el mundo del arte, la cultura, los medios de comunicación y el deporte. Debido a la relativa facilidad de su inserción en el mercado laboral internacional, los sectores de la informática, la medicina y la educación son los que han experimentado el mayor flujo.

La emigración intelectual marroquí no ha sido tan acusada como la argelina, aunque también creció en la misma época. Junto con la tunecina, ha sido una inmigración de estudiantes pero no de ejecutivos en activo. La caída del ex presidente Ben Ali ha alterado las perspectivas de los jóvenes tunecinos que han emigrado a Francia recientemente para cursar sus estudios. Lo normal para esos jóvenes era quedarse en el Hexágono al finalizar sus estudios. Pero si hacemos caso de lo que dicen cuatro jóvenes tunecinos entrevistados por Le Monde y que deseaban permanecer en el anonimato, la partida de Ben Ali podría cambiar la situación. Tal es el caso de Hassen, de 26 años, estudiante de empresariales en Lyon. Pensaba que no regresaría al país hasta haber validado «cinco o seis años de experiencia» profesional. Pero ahora se ve «obligado a reflexionar» y podría adelantar su regreso.

Lo mismo sucede en el caso de Mohamed. A sus 26 años, este ex alumno de la Politécnica trabaja en una consultoría estratégica en París. Al igual que Hassen, pertenece a esa importante categoría de jóvenes inmigrantes tunecinos altamente cualificados que se han formado en sectores de excelencia. Hasta el 14 de enero estaba tan convencido de que proseguiría su trayectoria profesional en Francia que había puesto en marcha el proceso de naturalización. Pero luego sus planes saltaron por los aires: «Es como si se hubieran cambiado las reglas del juego», añade, en referencia al nepotismo que imperaba en Túnez. En consecuencia, duda si debe regresar «pronto para instalarse cuanto antes» en el mercado tunecino, que espera que progrese rápidamente. Para Heger, de 25 años, una alumna de la École Centrale de París que está haciendo el doctorado en informática, los acontecimientos del 14 de enero también han supuesto un detonador.

Sin embargo, para los jóvenes tunecinos que no han podido dejar su país, los últimos acontecimientos suponen el fin del sueño de viajar a Europa. Los tunecinos no pueden ir a trabajar a los países vecinos, ya que no se ha hecho realidad el Magreb integrado soñado por Bourguiba y luego por Ben Ali. Tampoco pueden emigrar a África, puesto que Túnez no tiene política africana, a diferencia de Marruecos y Argelia. Así pues, la juventud tunecina se siente encerrada, sin escapatoria posible, desde que vio en Ben Ali a un jefe de clan inaccesible que no les ofrecía proyectos, que no tenía una visión, a diferencia de Bourguiba.

La incautación de la democracia por parte de déspotas o  de regímenes autoritarios del Magreb creó un vacío en instituciones, estructuras socioeconómicas, ideas y pensamiento. Alentó la fuga de «los cerebros de la protesta», lo que propició y mantuvo un Estado represivo al bloquear el sistema. La principal estrategia gubernamental para evitar la oposición ha consistido hasta ahora en una despolitización de la sociedad, estrategia que se hace visible en las universidades, donde se produce la marginación de los profesores y estudiantes demasiado politizados. Algunos países, lejos de temer la fuga de cerebros, aplican una verdadera política de exportación de personal altamente calificado, lo que conlleva la ventaja de exportar la protesta y atraer unos ingresos procedentes del trabajo de la diáspora.

Más aún que las libertades incautadas, el desempleo masivo de los jóvenes titulados causa resentimiento y deseos de exiliarse (harragas = los que queman la frontera). En todas las familias hay varios parados, lo que constituye un sacrificio intolerable. Este fracaso es el resultado de la incapacidad del sistema educativo para adaptarse al mercado laboral, en el que los jóvenes se orientan cada vez más a sectores saturados (letras, filosofía, derecho, economía), cuando habría que dirigirlos a la tecnología, la informática o la biología. Por otra parte, entre quienes tienen puesto de trabajo crece el malestar ante la política de bajos salarios, aplicada para atraer las inversiones extranjeras directas.

El despilfarro de capital humano, las protestas políticas, las reivindicaciones y la fuga de cerebros contribuirán a una dinámica migratoria comparable al exilio intelectual. Estas modalidades de competencias cuestionan, en el contexto de la globalización, los paradigmas explicativos vigentes hasta la fecha. También el componente sociológico de las migraciones ha cambiado: las estrategias evitan los desbloqueos de los procesos de movilidad profesional.

El atractivo de Europa es unos de los factores fundamentales que explican este éxodo de las élites: mejores oportunidades, un ambiente científico mejor y más recursos para los investigadores. Este último punto es importante, ya que la investigación en sectores de alta tecnología requiere un equipamiento caro y un personal competente. Así se ha formado una comunidad magrebí en la orilla norte que constituye el núcleo de la diáspora intelectual.

Diáspora intelectual y empresarial: envites y desafíos

Algunas de estos inmigrantes han logrado la inserción profesional en el mercado laboral y otros tratan de introducirse en el mercado como empresarios o creadores de actividades. Estos últimos tienen como objetivo, sobre todo, los mercados de los países de origen. Algunos jóvenes que se podrían asociar a esta categoría, en la que se combinan comercio y compromisos políticos, hacen caso omiso de las fronteras y las reglas, y ya se han incorporado a la globalización. Otros han creado estructuras asociativas para mantener las relaciones con su país de origen: una voluntad más práctica de obtener un capital de conocimiento fructífero a ambos lados del Mediterráneo.

La primavera árabe pone de manifiesto un número considerable de asociaciones, clubes y fundaciones magrebíes presentes en Francia, pero poco conocidos. El regreso de las élites tunecinas para ayudar a su país muestra la increíble red tejida entre ambas orillas en torno a la l’Association Tunisienne des Grandes Écoles y el Club XXIème Siècle, creada en 1990. Todos estos intelectuales subrayan la deuda que tienen con su país, que les ha dado una parte de su educación. Sienten remordimientos por haber abandonado un país que les ha dado la oportunidad de triunfar, y vuelven todos los años para pasar las vacaciones con la idea de no cortar los lazos y la esperanza de volver tal vez algún día. De hecho, la Association Tunisienne des Grandes Écoles se ha convertido en un puente entre ambas orillas. En Francia, sus miembros muestran otro rostro de los tunecinos: empresarios de éxito y ejecutivos modernos y ambiciosos. En París, Túnez y Londres organizan foros en los que se reúnen industriales europeos, miembros de la asociación y jóvenes titulados. Esta red de ex alumnos de las Grandes Écoles, así como sus agendas de contactos profesionales, constituyen una herramienta para concretar futuros proyectos y colaboraciones.

Pero las relaciones políticas entre la diáspora y el poder nacional siguen sometidas a estrecha vigilancia. Las élites desconfían de los vínculos entre dinero, poder, clanes, clientelismo y especuladores mafiosos. Exigen una mayor transparencia en el funcionamiento de los mecanismos de los distintos mercados para crear una verdadera red asociativa.

En China, India y Turquía, la creación de alianzas estratégicas con su diáspora ha sido una de las claves del éxito de estas economías emergentes. El deber de la élite es, por lo tanto, ofrecer nuevas perspectivas a la juventud de estos países a través de ejemplos y reuniones con la intelectualidad, tal y como destaca uno de los fundadores de la Asociación Internacional de la Diáspora Argelina, Farid Mazouni, con 30 años de experiencia en Silicon Valley: «Nos llaman, estamos ahí y es hora de devolver lo que Argelia nos ha dado.»

La principal motivación es el refuerzo y la consolidación de los lazos de solidaridad y afecto entre Argelia y sus hijos, y por eso se ha impuesto por sí solo el triple lema «lazos, pasarelas y solidaridad». Hay que inventar concursos para la diáspora argelina y fundar al menos un banco argelino, capaz de intervenir fuera del país para ayudar a las empresas y empresarios argelinos, e incluso para establecerse fuera de Argelia.

Ahmed Djalal, consejero de la Secretaría de Estado encargada de la comunidad argelina afincada en el extranjero, ha hecho hincapié en que las tendencias son más matizadas y que las pasarelas franco-magrebí, franco-africana, africano-magrebí y mediterránea están creando espacios de mediación, en los que se tejen lazos de solidaridad que configuran alternativas a los autoritarismos y populismos de todo tipo. Pero todas estas relaciones entre la diáspora y el país de origen siguen siendo ambivalentes, ya que los discursos que abogan por las alianzas son numerosos, pero los proyectos no se llevan nunca a la práctica. Desde el punto de vista de las sociedades de origen, siempre han dominado en ciertos períodos y contextos, y más en algunos países que en otros, las representaciones estereotipadas y los discursos negativos, aunque éstos parecen deberse más al resentimiento y a la frustración que a una opinión realmente estructurada.

Sin lugar a dudas, esta presentación negativa, alimentada por las difíciles condiciones económicas que viven los nacionales en estos años de penuria y de crisis multidimensional ya existía en el pasado, pero nunca había sido tan acusada como en esta situación de inseguridad económica, social y civil. Esta estigmatización social va acompañada de un discurso público y oficial ambivalente, a menudo crítico con los emigrantes, pero también paternalista: se reprocha a los emigrantes de algunos países que no contribuyan al equilibrio de la balanza de pagos, y al mismo tiempo se reivindica a esa inmigración, denunciando el futuro que le reservan las sociedades de acogida. Se reprocha a los intelectuales y científicos, sobre todo a los francófonos, y más en el caso de Argelia, su eterno apego a Francia, o su deserción. No obstante, están orgullosos de sus competencias y se reivindica su participación en el desarrollo del país. Se estigmatiza a los futbolistas profesionales en Francia por su falta de patriotismo, y se recurre a ellos en los momentos difíciles; lo mismo sucede con los artistas y empresarios, e incluso con todas las categorías sociales de expatriados.

Nos podemos plantear la hipótesis de que tal vez uno de los términos del conflicto, si no el principal, es el nivel de empoderamiento de los inmigrantes. Desde esta perspectiva, el país de acogida tiene un papel fundamental: cuanto mayor sea este nivel de empoderamiento, más puede emanciparse la inmigración de los poderes locales y más se puede presentar como modelo de adaptación al mundo moderno, como alternativa. No suele ser lo habitual, ya que vemos el modo en que los estados en cuestión intentan controlar a los colectivos inmigrantes a través de la enseñanza de lenguas y el nombramiento de los imanes.

En efecto, el hecho de que la inmigración intelectual sea la más lejana debido a este proceso de empoderamiento, en la medida en que la decisión de expatriación se expresa cada vez más como una ruptura política, explica que aparezca como el punto nodal donde se manifiesta actualmente con más virulencia el conflicto de las sociedades con su mundo intelectual y su inmigración. Sin embargo, no deja de ahondarse la brecha entre las competencias nacionales residentes y las competencias nacionales en el extranjero, planteando estas últimas unos problemas especiales. No obstante, la cuestión de la diáspora es una de las más ambivalentes y controvertidas para un determinado número de países, puesto que los recursos movilizados y las estrategias no parecen estar a la altura de las exigencias. Tras la primavera árabe, se impone una relectura de la relación entre los gobiernos y las diásporas para evaluar las fracturas intelectuales, culturales y políticas entre los intelectuales que han permanecido en el país y la diáspora, y sus distintas categorías.

Actualmente, se trata de establecer vínculos de confianza entre competencias nacionales residentes y competencias nacionales en el extranjero, con el fin de utilizar mejor las diásporas como efecto de apalancamiento, interno y externo, en los grandes proyectos de los países del Magreb y la zona de libre cambio. Estos talentos portadores de valor añadido representan los nuevos actores del desarrollo, lo que implica la posibilidad de un despegue económico. Para romper el círculo vicioso del subdesarrollo, es hora de que los países del Magreb tomen conciencia de este potencial de riquezas en el exterior. La reconstrucción de su propio modelo de transición económica implica una nueva reorientación de las políticas económicas y migratorias, alentando, por un lado, a los no residentes a transferir e invertir su capital y, por otro, promoviendo los «proyectos de regreso» de una capa empresarial. La eficacia de tales políticas para fomentar el retorno depende en gran medida del posicionamiento de las élites respecto a las ventajas socioeconómicas, el entorno institucional y las libertades democráticas que puede ofrecerles la sociedad del país de origen.

Así pues, la diáspora tiene todos los triunfos en la mano, ya sea para lograr echar raíces en la orilla norte, o para plantearse su reinserción en el sur en condiciones ventajosas. Estas estrategias parecen diametralmente opuestas: representan retos importantes para cada actor entre las perspectivas de un arraigo real y de bienestar (en el norte), y las oportunidades de reinversión y rendimiento del capital (en el sur). Esta última opción representa una dinámica de acumulación, factor esencial para el desarrollo del Magreb.

Pero estas alternativas constituyen también una bendición y una amenaza porque expresan al mismo tiempo las inquietudes e interrogantes de la diáspora en relación con la situación político-económica del país. Confirman así el enigma del retorno, que sigue siendo el gran desconocido para ambas partes. En realidad, representan un reto fundamental para el futuro de las relaciones euromediterráneas. Las remesas de dinero y el regreso de talentos constituyen a la vez una herramienta esencial para el desarrollo del sur y una respuesta a sus dificultades tecnológicas. Los gobiernos deben rediseñar proyectos para el retorno y reformular todo lo que se refiere a las inversiones directas. Por eso, las políticas de atractividad implican ante todo reformas monetarias y leyes financieras que reorienten este ahorro hacia sectores estratégicos con potencial de crecimiento.

La formulación de nuevos conceptos permite entender mejor la complejidad de las estrategias de los diferentes actores. La conceptualización de los proyectos y la construcción del modelo migratorio siguen estando estrechamente imbricadas. Los promotores de proyectos esperan del sur una mejor legibilidad de las políticas económicas para evaluar mejor las fortalezas y debilidades del tejido macroeconómico local. También tratan de identificar los diferentes nichos de inversión para formular mejor las opciones de creación de actividades en relación con las oportunidades sectoriales: transporte, comercio, promoción inmobiliaria, puesta en marcha de empresas, explotaciones agrícolas…

Las movilidades transfronterizas pueden contribuir a la especialización de agrupaciones industriales que comporten un efecto de aglomeración. Las migraciones y la nueva geografía económica euromediterránea representan los vectores potenciales para redefinir un marco de cooperación sostenible. Esto permite anticipar la reconfiguración de un espacio euromediterráneo conformado por las movilidades transfronterizas y los intercambios entre las diferentes zonas: zona de libre cambio, zona de tránsito, espacio Schengen…

Estos espacios pueden parecer polos que permiten una transferencia legal de los mejores talentos hacia Europa. Esta forma de intermediación agrava la desigual distribución del conocimiento entre ambas orillas. Para evitar esta forma encubierta de pillaje, ya es hora de revisar la visión geoeconómica vertical impuesta por la UE y promover así una apertura de fronteras entre los países del Magreb. Pero la integración de todas estas potencialidades intelectuales y todas las canteras de científicos requiere una estrategia distinta, que contribuya a una interacción más justa entre ambas orillas a partir de una gestión ética del capital.