El inherente espacio intercultural de la creación literaria

Najat El Hachmi

Escritora, España

El conflicto entre tradición y modernidad, entre códigos de distintas culturas, es el lugar ideal para la creación artística y la construcción de nuestra propia identidad. En el caso de la autora, la lectura ha encarnado un espacio-refugio de observación de la realidad, y la escritura le ha permitido sacar provecho de la experiencia intercultural. Pero los escritores que se encuentran en esta intersección entre dos culturas (emigrantes o hijos de emigrantes) corren varios riesgos relacionados precisamente con su condición. El riesgo de autoexotización consiste en basar el relato en la descripción de tradiciones y detalles costumbristas. También pueden aparecer malentendidos en la recepción de las obras, ya que muchos lectores están muy alejados de la visión que pretende ofrecer el autor. En todo caso, lo que define a la literatura, independientemente de su origen geográfico, es su reflexión sobre temas universales con el fin de entender el trasfondo común inherente a la condición humana.

En verano, en los lavabos del ferry de Almería a Nador o de Málaga a Nador no se cabía, sobre todo cuando faltaba poco para llegar a puerto. Como el viaje duraba cerca de ocho horas, solíamos hacerlo de noche. De repente, de madrugada se rompía el silencio de ronquidos, jadeos y toses de la sala de butacas, donde los primeros en coger sitio habían improvisado camas de mantas encima de la moqueta y el resto inclinaban cuanto podían el respaldo del asiento y se arrebujaban con el abrigo hasta la barbilla. Decía, pues, que de repente las mujeres se afanaban por entrar en el lavabo no sólo para lavarse la cara y peinarse, sino también para cambiarse de ropa. Se quitaban los pantalones o las faldas, ropa cristiana, decían, se ponían kanduras y chilabas; las más orgullosas de su enriquecimiento tras la migración, vestidos de fiesta y joyas de oro. Se pintaban bien los ojos, las más modernas se untaban cremas, las más tradicionales mascaban corteza de nogal. Entre todas impregnaban aquel minúsculo espacio con un suelo casi siempre empapado por aguas derramadas poco claras, de un cierto aire de celebración. Era, de hecho, un ritual que yo había visto realizar por las mujeres justo antes de las bodas, las fiestas de nacimiento o de circuncisión. Por tanto, la lectura de aquel apresto especial podría muy bien ser ésta: como signo de alegría por el regreso a casa o después de uno o dos años sin ver a la familia, ¿qué mejor que vestirse de fiesta como símbolo de la felicidad que significaba el reencuentro tan esperado? Y sí, ése era uno de los motivos, pero también había otro más complejo, más intercultural, podríamos decir: en general, a las mujeres que vivían en Europa les pesaba mucho la presión de la familia en cuanto al peligro de pérdida de «nuestras» costumbres, que se identificaban con la decencia y el cumplimiento religioso.

Las mujeres, más que los hombres, han estado siempre en el punto de mira: si ellas se habían adaptado demasiado al nuevo país, eso quería decir que en cuatro días no quedaría nada de nuestra forma de vivir, de nuestros valores y costumbres. Así, los hijos, alentados por el proceso de adaptación de las madres, se integrarían tanto entre la gente de los países extranjeros que muy pronto mirarían más al presente que al pasado, y dejarían de volver «a casa». Por todo ello, en aquellas ciudades o pueblos europeos donde las comunidades de inmigrantes se concentran y además proceden de una misma zona, sucede a menudo que el control social se centra en la indumentaria de las madres y las hijas. Durante una época, en la comunidad que conozco, hubo una especie de pacto de silencio según el cual en el extranjero se permitía llevar falda o pantalón con camisa larga, pero una vez llegados al pueblo, se volvía a la vestimenta tradicional sin que la familia de allí se enterara nunca de esta realidad, ni siquiera por boca de otros marroquíes que muy bien podrían haber dado este tipo de detalles para escandalizar a las familias que se habían quedado allí. Que sí, que sí, que fulanita lleva la falda por debajo de la rodilla y va con la cabeza destapada como si fuera soltera, habrían podido decir. Pero no, en este caso se hacía una excepción porque todas las mujeres, más o menos, seguían el mismo proceso de adaptación en lo que respecta a la indumentaria. Por ello, el momento del lavabo en el ferry se convertía en un acontecimiento de adecuación ambiental e intercultural cargado de simbolismo. Las mujeres cambiaban de piel para volverse más marroquíes, más rifeñas. De vuelta, seguían el proceso a la inversa y se deshacían de las molestas telas para volver a aquellas más prácticas que les permitían más libertad de movimiento, acostumbradas como estaban a llevar «ropas cristianas» once meses al año como mínimo.

Las hijas de aquellas señoras, crecidas o ya nacidas en las nuevas tierras  «cristianas» donde se habían instalado los inmigrantes, encontrábamos la escena muy normal e incluso divertida, como el preludio de las fiestas de disfraces en la escuela o las representaciones teatrales. Todo fue bien hasta que tuvimos edad para empezar a ser o parecer mujeres y las madres y, por qué negarlo, también los hombres de la familia, consideraron que debíamos iniciarnos en tal procedimiento. Nosotras, que, orgullosas y un poco fardonas, nos plantábamos en el pueblo con nuestros vaqueros más o menos ajustados, nuestras camisetas y cazadoras, sintiéndonos excepcionales respecto a las niñas que se habían quedado allí porque no se nos aplicaban las mismas normas, de repente nos vimos instadas a volver a las costumbres tradicionales. Era una auténtica incongruencia, creíamos, tener que vestirnos de una manera en un sitio y de otra en otro. Así comenzaba la rebelión y lo que acabaríamos definiendo como un conflicto intergeneracional intercultural.

Sin embargo, este elemento, la vestimenta, sólo era la punta del iceberg que escondía un roce de plazas tectónicas compuesto por el encuentro y el desencuentro entre tradición y modernidad. No se trataba, como pensábamos, de un conflicto inherente a la condición de inmigrantes, sino que en el mismo Marruecos se estaba produciendo este gran diálogo. Y en todo el mundo árabe, quizá incluso desde hacía más tiempo de lo que nosotros podíamos percibir. Pero volvamos a la escena descrita para explicar qué tiene que ver con la creación literaria. En el momento en que a las hijas se nos empieza a pedir un manejo audaz de los códigos culturales de las dos orillas del Mediterráneo, así como un alto nivel de adaptación a las circunstancias familiares y de grupo, nuestras vidas se vuelven, como mínimo, complicadas. Y el estrés se agudiza. Y la necesidad de intentar encontrar un sentido a las demandas y los discursos externos resulta más que evidente. Este lugar de desencuentro, este espacio sin sentido o con tantos sentidos distintos al mismo tiempo, en el que resulta tan difícil construir una lógica vital, es el lugar ideal para que surja la creación literaria. Supongo, aunque carezco de la experiencia que lo demuestre, que es el lugar perfecto para cualquier tipo de creación artística. Puedo corroborar la creación literaria y confirmarla por haberla vivido en mi propia piel, pero también porque es casi una consecuencia natural de esa realidad que he descrito.

Si hay algo que resulte imprescindible en un entorno cambiante, ese algo es el relato, la explicación y descripción de unos hechos que tienen lugar en un tiempo y espacio determinados que es el texto. Las hijas de inmigrantes lo sabemos muy bien: los padres nos explican la historia de «donde venimos» miles de veces a lo largo de nuestra infancia para así dejar bien grabado en nosotras el origen que tanto miedo les da que perdamos. Es un relato pesado pero cargado de mitificaciones altamente literarias. Por otra parte, nosotras tenemos que explicarnos millones de veces «quiénes somos» para no resultar o bien devoradas por el relato paterno, o bien demasiado diluidas en los discursos alternativos de la «sociedad de acogida» que parece, a menudo sólo parece, que nos quiera incorporar. Por tanto, el relato se vuelve imprescindible para evitar una cierta esquizofrenia identitaria. Porque, por mucho que se loen las bondades de las sociedades multiculturales, que tienen muchas, es cierto, también es cierto que hemos dispuesto hasta ahora de muy pocos recursos para afrontar esta situación. Todos hablan del choque de civilizaciones refiriéndose a la problemática de la integración de los inmigrantes y a elementos relacionados con la convivencia en espacios comunes y públicos, pero pocos hablan del conflicto interior de los inmigrantes y sus familias. Por ello, lo que pasa normalmente es que los hijos e hijas hemos aprendido a investigar, a investigar mucho.

Hemos tenido que recomponer un espejo roto, el del mundo de donde venimos para reconstruirlo, añico a añico, y convertirlo en uno nuevo que refleje aquello que nosotros hemos decidido ser. Hemos recibido de nuestros padres un reflejo sesgado de nuestro origen -no se puede confiar nunca en una sola visión que defina una sociedad, y puesto que nunca hemos vivido «allí», nuestra herencia cultural de «allí» se vuelve irremediablemente limitada. Por eso resulta tan ridícula aquella afirmación bienintencionada que dice que por el hecho de haber nacido en un país y vivido en otro ya se tienen «muchas culturas». Pero ése es otro debate. El hecho es que con una herencia más bien escasa sobre lo que quiere decir ser marroquí y, en el caso de la que escribe, lo que quiere decir ser rifeño o amazig, y más amplia sobre lo que quiere decir ser musulmán, hemos tenido que construir una identidad alterna, para ser diferentes en la sociedad que nos acoge. Al mismo tiempo, la vida nos empujaba hacia la comodidad de sentirnos de aquí y comenzaba así la dificultad de tener que casar ambas cosas. Por tanto, todo se reduce a una conflicto identitario más que cultural. En mi caso particular, y creo que en el de muchos escritores surgidos de entornos llamados multiculturales, la respuesta a este conflicto fue la escritura. Primero, la lectura en todas sus vertientes, escrita y oral, se convirtió en un espacio-refugio para la observación pausada de esa realidad vertiginosa, en un lugar donde comparar y encontrar elementos comunes invisibles a simple vista. Sólo un breve ejemplo banal pero simbólicamente significativo para la que escribe: en un capítulo de Espejo roto, la excelente novela de Mercè Rodoreda, una de las autoras más importantes de la literatura catalana, la criada de la casa espanta las moscas de la estancia en la que se encuentra usando un trapo hasta que las echa fuera. Un gesto que yo había visto hacer a mi abuela casi a diario en verano, después de recoger y fregar la habitación. Se podría pensar que este detalle es del todo insignificante, que no es ahí donde se gestan ni el diálogo de civilizaciones ni las alianzas interculturales, pero les aseguro que mi emoción fue máxima cuando, al leer ese fragmento, comprobé que en una hoja escrita de una de las mejores novelas de una de las mejores escritoras del mundo occidental se describía exactamente lo que hacía una mujer vieja y cansada, analfabeta, que había tenido diez hijos en las áridas zonas rurales del norte de Marruecos.

Personalmente creo que el hecho de haber sido una lectora compulsiva durante nuestro proceso de asentamiento en la nueva sociedad fue una suerte, y me permitió realmente sacar el jugo a la experiencia intercultural. De hecho, junto con el papel de la creación literaria que explicaré a continuación, creo que fue la forma de convertir una experiencia de cambio de lugar que podría haber sido meramente intercultural, en el sentido de vivir dos realidades yuxtapuestas que viven de espaldas una a la otra, en una visión intercultural que significa la construcción de una identidad híbrida hecha de múltiples piezas que se conjugan de forma más o menos armónica, primero a un nivel individual y, espero que en un futuro no muy lejano, solidificada también a nivel colectivo. La lectura me sirvió para observar, para conocer en profundidad, para comparar, para establecer relaciones, digamos, para poner todas las piezas en orden sobre la mesa, pero gracias a la escritura pude comenzar el proceso de creación de este nuevo mundo. La imagen que más me ha servido para describir este hecho es la del patchwork, las telas hechas de retales distintos que se combinan entre sí para complementarse o crear contrastes, y la escritura es la costura que los va uniendo poco a poco para configurar un objeto que tiene sentido por sí mismo, más allá de los fragmentos que componen la tela. Por eso decía que la creación literaria es la más lógica de las respuestas a este tipo de situaciones. ¿Qué puede dar más sentido a lo que parece no tenerlo que el relato?

Todo esto no quiere decir que en el camino que debemos hacer los autores que nos encontramos en esta intersección, no corramos diversos riesgos relacionados precisamente con nuestra condición. Para empezar, existe el riesgo de la autoexotización, es decir, escribir destacando especialmente los elementos definitivos de la sociedad de origen de una manera superficial centrándose en la descripción costumbrista. Es una trampa en la que se puede caer fácilmente: por una parte, a nuestros lectores «occidentales» les encantan las estampas exóticas completamente alejadas de la propia realidad, pero es que a nosotros también nos seduce el camino fácil de la descripción de elementos secundarios de la narración que deja de lado la exploración, a menudo difícil y conflictiva, de los temas universales. Además, solemos mitificar, idealizar o dramatizar las experiencias con la realidad de origen, de manera que éstas se convierten en un material muy productivo. El otro gran peligro, que ya incumbe al lector, es la recepción de lo que creamos. Todos los autores se quejan de las lecturas que reciben sus obras, pero en nuestro caso los que nos leen pueden estar realmente muy alejados de la visión que pretendemos dar. Un ejemplo extremo: en El último patriarca hay un capítulo en el que el protagonista es víctima de abusos sexuales por parte de su tío justo cuando empieza su despertar sexual. Este hecho que es, evidentemente, un acontecimiento particular de la vida del personaje, ha sido interpretado por más de un lector «occidental» como una costumbre de la zona: entienden que la iniciación sexual de los chicos en Marruecos suele ser a cargo del tío. Ya digo que se trata de un caso extremo y bastante absurdo, pero en otros ejemplos no tan llamativos también se producen lecturas, digamos, «culturalmente» sesgadas.

Por suerte, como se trata de describir temas universales a través de la variación que supone la descripción de nuestros paisajes particulares, a la mayoría de los lectores éstos les llegan más que las particularidades regionales y folclóricas. Porque al final es por esta razón por lo que la literatura, leída o escrita, resulta tan útil: por distintos que sean los países, las costumbres, las formas de pensar y entender la vida, el trasfondo último siempre es el mismo. El sufrimiento, el disfrute, la búsqueda de la felicidad, el amor, el impulso de la vida y la muerte son inherentes a la condición humana tanto si se explican desde las heladas tierras del norte como desde el calor sofocante del desierto. El proceso de ir encontrándolos representados literariamente en todas sus diversas manifestaciones culturales y regionales es lo que hace que nos sepamos muy parecidos, de modo que, aunque sea temporalmente, nuestra soledad se vea mitigada.