La interculturalidad: una apuesta social de futuro. Gestión de identidades y cohesión comunitaria

Mª Elena Morató

Periodista y crítica de arte, España

Dado que en las últimas décadas el estudio de la emigración se ha convertido en una prioridad en nuestras comunidades globalizadas, el estudio de la incidencia de las distintas oleadas migratorias contemporáneas en el fenómeno creativo y sus consecuencias para el arte nos plantea, sobre todo, un desafío de futuro. Decidir cómo se gestiona la visibilidad de la emigración y cómo la cultura canaliza esa visibilidad son temas que están, o deberían estar, en las carpetas de quienes gestionan la vida ciudadana. Porque si la cultura es un elemento clave para alcanzar la cohesión social, las políticas que contemplan el desarrollo cultura deberían ser prioritarias. Esto, en la actual coyuntura de crisis y creciente falta de medios pone a los responsables de los ayuntamientos (los que más directamente se relacionan con los colectivos inmigrantes) en una encrucijada de complicada solución, aunque absolutamente necesaria.

Los actores de la representación migratoria son dos: el que está y el que llega; pero los escenarios, aunque cuentan con infinidad de decorados distintos (espacios, componentes humanos y procedencias) están hechos con los mismos materiales (sentimientos, realidades económicas y realidades políticas). En todas las reflexiones en torno a ello hay palabras que entran en juego y ejemplifican el alcance del tema: enfrentamiento, respeto, rechazo, diálogo, etc., y conceptos como aculturación, asimilación o integración, que han sido ampliamente estudiados a lo largo de los años. A continuación abordaremos los temas y problemáticas recurrentes en el fenómeno de las migraciones y el papel de la cultura y la gestión cultural en los éxitos y fracasos del encuentro de distintas sociedades en un mismo espacio geográfico. ¿Con qué experiencias contamos? ¿Cómo afrontamos nuestro presente y cómo planteamos el futuro de nuestro entorno para que los espacios de creación e intercambio tengan oportunidad de existir y, sobre todo, de incidir positivamente en la sociedad circundante?

Emigración y nuevos entornos

El largo camino hacia la interculturalidad supone un proceso que pasa por diversas fases, de manera que antes de llegar al último estadio (el de la pura creación) hay que transitar forzosamente por las fases de encuentro, reconocimiento, adaptación, aceptación y diálogo. A lo largo de ese camino, las sociedades se enfrentarán a una serie de dificultades y conflictos recurrentes que tienen que ver con la afirmación personal y la capacidad o las posibilidades de integración en un determinado entorno.

El componente psicológico

Partiendo de que nuestro esquema mental tiene ancestralmente grabada la asociación primaria «distinto=peligroso», las actuaciones, en aras de la sociabilidad de las poblaciones en cambio constante, deben coordinarse y encaminarse a racionalizar ese miedo, así como a ofrecer a cada una de las partes las vías y los recursos necesarios para atenuar la agresividad que provoca ese instinto de autodefensa frente a lo desconocido. En el entorno de los que reciben al inmigrante, la tendencia natural (más allá de una mayor o menor curiosidad inicial) es mantener las distancias para evitar que el microcosmos cotidiano y los valores que nos conforman y nos integran a la sociedad propia puedan verse alterados, lo cual causa desasosiego. El inmigrante, por su parte, al percibir esa beligerancia latente, cuando no manifiesta, tiene tendencia a encerrarse en su propio mundo, creando así una coraza de protección. Este encierro acentúa o exagera algunos rasgos de sus señas de identidad cultural para contrarrestar la hostilidad que capta a su alrededor o que  simplemente presupone. Por eso, dependiendo de las situaciones externas, nuestra coraza es más o menos dura, más o menos permeable. En entornos que instintivamente consideramos hostiles o poco amigables, la reacción lógica es desplegar todos los recursos que nos ofrece nuestra cultura para defender lo que somos. Por ello, en individuos o grupos emigrados suele producirse de forma natural una acentuación de determinados rasgos culturales (vestimenta, actitudes, gastronomía, etc.), a veces incluso de forma desproporcionada y no premeditada o racional.

Cuanto menos hostil percibimos el entorno que nos rodea, más permeables somos a lo que éste nos propone, ya que dejamos de verlo como una agresión a nuestra identidad. En definitiva, lo que buscamos en última instancia en toda relación intercultural es un equilibrio satisfactorio entre lo extraño y lo familiar, lo foráneo y lo propio. Rico Lie[1] nos habla de cuatro fases en la comunicación intercultural:

  • coexistencia, donde no se da ningún tipo de negociación;
  • negociación intercultural, donde se establece algún tipo de diálogo e intercambio (de ideas, conceptos, estéticas, etc.);
  • transformación intercultural, donde algunas de las actitudes evidencian cambios producidos por el contacto entre distintas culturas (transmutación de símbolos, historias, secuencias cromáticas y formas, etc.);
  • transculturalidad hibridizada, que el autor considera «el estadio de negociación ideal del que resulta un nuevo y reterritorializado espacio cultural», es decir, soluciones completamente nuevas y originales que integran componentes de ambas culturas pero que ya son indisociables y pertenecen a una nueva concepción de la realidad. Ejemplos de este estadio los tenemos muy claramente en el ámbito de la gastronomía o la música, los más cercanos a las sensaciones y los sentimientos.

Lo que queda claro es que detrás de un feliz resultado, una lograda simbiosis, hay años de titubeos, sufrimientos y esfuerzos por encontrar un lugar y una visibilidad sin renunciar a la propia personalidad y sin traicionar los orígenes.

La cultura y el poder

El papel del Estado y las instituciones locales es fundamental en el proceso de construcción de las distintas identidades colectivas urbanas que entran en diálogo, ya que mediante las leyes y las disposiciones normativas, éstos crean el marco de referencia de la diversidad. Este marco de referencia se ha convertido en uno de los ejes de las dinámicas urbanas ya que, contrariamente a lo que ocurría en la sociedad industrial, «que propiciaba identidades colectivas estables en virtud de la pertenencia a una clase social, los espacios urbanos actuales son ámbitos de confluencia de identidades inestables, fluidas y generacionales»[2]. Es decir, hoy en día es posible la participación de una persona en distintos entramados culturales que se entrecruzan en un mismo espacio, ya sea físico o virtual, y seguramente en ambos al mismo tiempo.

La regulación a través de las leyes del modelo tradicional de ciudadanía (elemento identitario que implica la pertenencia a una comunidad y el acceso a una serie de privilegios)  permite que los individuos puedan o no sentirse arropados por la sociedad en el ejercicio de sus manifestaciones culturales en los ámbitos más diversos: de las afirmaciones religiosas y los ritos tradicionales a las expresiones plásticas o literarias. A qué se tiene derecho y a qué no; quién y cómo se marcan los límites; dónde está la frontera entre lo público y lo privado…En definitiva, a partir del concepto de ciudadanía se construye la alteridad y se modelan los mecanismos y los espacios de diálogo. La sociedad actual, con los continuos movimientos de población y las reivindicaciones de los inmigrantes (con o sin papeles) nos ha llevado a la emergencia de modelos y expresiones alternativas (legales, ilegales y alegales) de ciudadanía[3], con el consiguiente reordenamiento de los espacios sociales públicos y la forma de interactuar en ellos. El estado y las instituciones, dice Mary Nash, «pueden favorecer o no el desarrollo jurídico de las minorías culturales permitiendo cierta especificidad en algunas de sus esferas socioculturales», por ejemplo en la libertad de culto, la regularización documental, la concesión de derechos, etc. No hay que perder de vista que la finalidad estará marcada en este caso por la consecución práctica de la armonía social, ya que los municipios pueden, a través de sus gestiones y actividades, suavizar el impacto negativo de ciertos estereotipos, actitudes y situaciones.

Estas vías de actuación resultan muy alejadas de lo que irónicamente se ha llamado cosmopolitismo o multiculturalismo esnob (racismo chic, dirán algunos), una interculturalidad cosmética muy presente sobre todo en el mundo de la moda y, aunque a un nivel distinto pero no por ello menos perturbador, en el de pretendidas asociaciones y ONGs que, más que propiciar diálogos, perpetúan clichés acomodaticios. Éstos dificultan el avance fructífero del  intercambio cultural e impiden también en algunos casos el desarrollo y la viabilidad de proyectos mucho más serios desde el punto de vista social, tanto en las sociedades propias como en las ajenas que son objeto de su atención. ¿Por qué? Simplemente porque no inciden en las estructuras del pensamiento ni modifican percepciones, es decir, se inscribirían en la llamada fase de la coexistencia.

Me gustaría remarcar que la coexistencia, aunque resulta en sí misma algo positivo, no nos sirve como modelo de interculturalidad social ya que no crea lazos entre comunidades. Por desgracia, estamos cansados de ver (y sufrir) cómo las coexistencias derivan en conflictos abiertos precisamente por la falta de comunicación profunda entre dichas comunidades.

Espacios de comunicación intercultural

Para tener una buena perspectiva de lo que ocurre en nuestra ciudad y tomar las medidas que en uno u otro sentido sean necesarias (promoción de colectivos, prevención o solución de conflictos, acotación de zonas de riesgo, etc.), se hace imprescindible identificar cuáles son los espacios, evidentemente de ámbito público, en los que pueden llevarse a cabo (consciente o inconscientemente) esos encuentros o diálogos (negociación, como hemos apuntado) entre manifestaciones e identidades dispares, lo propio y lo ajeno, lo local y lo global. No hay que desdeñar este estadio de conocimiento, ya que la diversidad de intereses que se dan en esas diversas culturas pueden llevar tanto a la innovación y el dinamismo de la convivencia ciudadana como al conflicto y el desorden. Podemos dividir estos espacios en tres grandes grupos: vía pública (calle, transportes públicos, estaciones, etc.), lugares de ocio y consumo (teatros, galerías y museos, asociaciones, academias, restaurantes, tiendas, etc.) y lugares de trabajo. En ellos podremos analizar tendencias, porcentajes de presencias diversas, actitudes de éstas y frente a éstas, para posteriormente identificar necesidades y prever actuaciones concretas. Veamos a continuación algunas muestras de cómo la negociación cultural actúa en la sociedad y en sus manifestaciones creativas.

El ejemplo complejo de un país: notas sobre la experiencia argelina

En el espacio mediterráneo, uno de los casos más interesantes y ampliamente ilustrativos es el que nos ofrece el fenómeno migratorio de la Argelia colonial y postcolonial a lo largo del siglo XX. De él podemos extraer lecciones sobre comportamientos, dinámicas sociales, actuaciones y resultados, lo cual nos puede dar una perspectiva más que interesante por mucho que parezca que la distancia geográfica y las realidades sociales han sido y son muy distantes. Varios son los ejemplos que podemos extrapolar de esta experiencia argelina, que nos ilustra sobre las distintas fases por las que pasan las relaciones centro-periferia, colonia-metrópoli y demás acepciones que podamos considerar. Incluyo y remarco expresamente el factor colonial para no olvidar que las actitudes de los poderes políticos y económicos, aunque hayan cambiado la forma de presentarse, siguen siendo fundamentalmente las mismas[4] y, por tanto, aunque el tiempo y los contextos sean distintos, los esquemas de tensión siempre suelen ser parecidos: imposición-rechazo-represión-revolución. Todo ello en graduaciones muy variables, evidentemente.

Así pues, vemos que en el período colonial se dan dos tipos de fenómenos. Por un lado, asistimos a una desvalorización (podemos hablar directamente de menosprecio) de las expresiones autóctonas, rechazadas por la élite dominante y relegadas al plano folklórico y costumbrista. El resultado es un proceso más o menos forzado de mimetización de la cultura de la metrópoli, que se asocia al espacio cultural «culto» y de prestigio y de la que se copian formas y fondos (lengua, estilos musicales, estilos pictóricos). La paradoja se da en el hecho de que lo popular, sobre todo en el ámbito de la música, domina sin embargo el espacio doméstico y público, fundamentalmente debido a su íntima relación con rituales y fiestas religiosas. De esta manera, aparece una disociación entre las culturas del poder y las culturas del pueblo que acentúa la división de los dos mundos y sus dos universos culturales. La lógica reivindicación nacionalista surgida como reacción se canaliza a través de la canción (en el punto de mira desde siempre como elemento subversivo), con el auge de estilos surgidos del repertorio tradicional. En este período, la primera emigración vive su propia cultura con un cierto sentimiento de inferioridad y nostalgia, centrándose en la memoria del exilio.

Tras la independencia, el fenómeno es contrario. Como señalaron Daoudi y Miliani[5], fue «un asunto de estado crear o hacer visible una cultural “nacional”, única, independiente, árabe, musulmana, moderna e igualitaria», por lo que el primero en ser protegido fue el repertorio andalusí. Éste, preservado durante años gracias a las asociaciones musicales integradas por judíos y musulmanes, fue ganando progresivamente espacio público.  Al mismo tiempo, se intenta contrarrestar la espectacular influencia que ejercen sobre los jóvenes las corrientes artísticas provenientes tanto del mundo occidental como de la potente industria egipcia, a través de la modernización y valorización del propio repertorio urbano (chaabi principalmente), mucho más cercano al público en general. En la estela de estas reivindicaciones, otros estilos musicales propios se fueron abriendo camino, en este caso como catalizadores de la afirmación de otras identidades culturales relegadas a un segundo plano (primero en el caso cabilio y recientemente en el caso tuareg) o de la identidad generacional (en el caso del raï primero y el rap después) que se enfrentaban como reacción a lo establecido y a los acontecimientos desgarradores de fractura social.

Resulta muy interesante detenerse un poco en el recorrido espectacular seguido por el que ha sido uno de los símbolos de la cultura argelina del último cuarto del siglo XX. Y lo es no sólo por su ascensión meteórica en un momento dado, sino por sus modestos orígenes y el entorno del cual emergió. Surgido entre las dos guerras mundiales, el raï tiene su origen en unos cantos repetitivos acompañados de la gasba o flauta que se enmarcan en la tradición rural bedaoui o riffi. La degradación que sufrió en barrios y locales de mala reputación dará lugar al raï, expresión transgresora y crónica cotidiana e íntima del desarraigo, la desesperación y la marginalización de las poblaciones que llegan a las zonas urbanas provenientes de la emigración rural[6]. Será la segunda generación de exiliados la que propiciará desde Francia un nuevo impulso a este estilo, rescatándolo de la clandestinidad, mezclándolo con otros estilos y, por supuesto, dulcificándolo. El raï es el claro ejemplo de una trayectoria que empieza en el suburbio y culmina en el éxito multitudinario de la mundialización.

En este período, la emigración de segunda generación experimenta la reivindicación combativa de sus propios orígenes y trazos culturales, y se rebela frente a la postura de la generación anterior. En este momento empieza a surgir una corriente de creación con una visión y personalidad propia en el territorio de la antigua metrópoli. La cultura del exilio con componentes reivindicativos crea su propio mundo y se afirma en su realidad tanto a través de la música como de la literatura y el cine[7]. Hasta el nacimiento del concepto beur a mediados de los 80 no tendrá lugar el reconocimiento social abierto de la cultura de origen como un componente  positivo de la identidad plural. Este ejemplo nos ilustra de forma clara sobre el desfase temporal entre la realidad social y la realidad cultural, y sobre el largo camino que va de la cultura del exilio al sincretismo cultural.

El punto de vista de la gestión y el punto de vista creativo

Ante estas realidades, lo ocurrido en los últimos 100 años puede darnos pistas sobre las formas idóneas (o las menos erróneas) de proceder a la hora de organizar los espacios de creación y plantear las políticas culturales. Dado que la emigración es y será una constante, no hay que tratarla como una excepción sino como algo cotidiano, por lo que debemos integrarla como un parámetro más a la hora de planificar nuestras políticas para la sociedad que intentamos construir. Gracias a este interés conciliador y preventivo, en los últimos 20 años se ha procurado otorgar a palabras como interculturalidad y fusión una carga de positivismo que contrarreste la carga negativa residual que todavía retienen palabras como emigración o emigrante.

Desde el punto de vista de la gestión social, lo que preocupa de esos espacios de intercambio no es el aspecto creativo en sí mismo sino su capacidad para reconducir, canalizar, amalgamar y sintetizar las sociedades convergentes (receptoras y dadoras de emigrantes) en un espacio geográfico concreto para que el fenómeno social de concurrencia derive en acogida y fusión y se eviten en lo posible los fenómenos de aculturación y/o rechazo. Para ello, hay que actuar desde dos perspectivas: la de la sociedad que acoge (mayoritaria principalmente) y la de la sociedad (en este caso, los individuos) que es acogida y que normalmente será una minoría. Y habrá que prestar tanta atención a la cultura autóctona como a la cultura recién llegada para que ninguna de las dos quede desatendida.

La cuestión de hacer balances periódicos del porcentaje de la inmigración es importante por el hecho de que obliga a replantear constantemente las políticas y los programas de actuación. Los modelos deben ser lo suficientemente flexibles para poder adecuarse constantemente y, al mismo tiempo, lo suficientemente firmes y coherentes para evitar ser fagocitados, manipulados y desviados. Del mismo modo, hay que evitar a toda costa el patrocinio  y la realización de eventos que sirvan exclusivamente para la autocomplacencia de los organizadores, hecho que no requiere mayores explicaciones.

Partiendo de estas premisas, el camino hacia la creación intercultural pasa por tres fases, durante las que el encuentro de las sociedades es abordado siguiendo las fases de negociación que hemos comentado al principio. este camino vendría dado por tres categorías:

  • mostrar a través de la organización de festivales y exposiciones el conocimiento de otras realidades;
  • propiciar encuentros y diálogos puntuales (coloquios, seminarios, conferencias, etc.) durante los cuales se establecen intercambios directos a distintos niveles y en doble sentido. Es aquí donde pueden surgir proyectos bilaterales, privados o no, que inicien recorridos de larga duración y que sentarán las bases de una sociedad más abierta y participativa;
  • crear puntos de encuentro permanentes, escuelas de formación, bibliotecas, centros de creación, etc., que se convertirán en espacios de creación de identidades a través del conocimiento, el diálogo emocional e intelectual y el trabajo conjunto.

Desde el punto de vista creativo, los espacios de creación intercultural tienen que ser ante todo espacios de exposición y diálogo (dialogar no significa intentar convencer, aunque en ocasiones parece que se olvida), que desembocarán la mayoría de las veces en «conglomerados» (donde las partes simplemente se ponen una al lado de otra, a veces sin demasiado sentido) y de vez en cuando, excepcional y mágicamente, podrán confluir en fusiones (donde las partes quedan diluidas en una creación de nuevo cuño con personalidad propia y diferenciada). Pero en ambos casos lo que resulta imprescindible es potenciar su vertiente como espacios de libertad y experimentación.

Muchas veces, debido a una cierta desidia, se deja en manos de la iniciativa privada espontánea la creación de centros y actividades que tienen como finalidad el intercambio de experiencias culturales y creativas. La independencia es fundamental y hay que promoverla (y evitar de paso la institucionalización excesiva por la tendencia natural a la parasitación de las entidades ya acomodadas), pero tan malo es el dirigismo como el crecimiento sin control. Y en este caso entendemos el control como la capacidad de ofrecer coberturas marco a las interacciones de base que optimicen recursos y eviten duplicidades inútiles. Para concluir, podemos afirmar que puesto que no existe un modelo ideal o universal de multiculturalismo y que éste tampoco puede diseñarse «a la carta», como diría Jordi Moreras[8], las actuaciones deberán responder a las exigencias puntuales y adaptarse a las evoluciones imprevisibles de las poblaciones de nuestro entorno.

Notas

[1] Rico Lie, «Espacios de comunicación intercultural», Universidad Católica de Bruselas/AIECS, 2002.

[2] Mary Nash en “Barcelona, mosaic de cultures”, Ed. Museu Etnològic / Ed. Bellaterra., Coord. Carme Fauria y Yolanda Aixelà, 2002

[3] Iker Barbero González, “Hacia modelos alternativos de ciudadanía: análisis socio-jurídico del movimiento Sin papeles”, Tesis Doctoral, Universidad del País Vasco, 2010.

[4] Los territorios siguen siendo un tablero de ajedrez sobre el que redibujar sutilmente o sin tapujos los espacios de control y las zonas de influencia. ¿Qué ocurre si no, por poner un ejemplo candente, con la zona del Azawad? Ver Hélène Claudot-Hawad, “Business, profits souterrains et stratégie de la terreur. La recolonisation du Sahara”, publicado en //temoust.org el 7 de abril de 2012, y Yidir Plantade, “Les crises identitaires ne sont solubles ni dans la démocratie, ni dans le développement”, publicado en www.lemonde.fr, 10 de abril de 2012.

[5] Bouziane Daoudi & Hadj Miliani, « Beurs’ Melodies. Cent ans de chansons immigrées du blues berbère au rap beur », Ed. Séguier, 2002

[6] Bouziane Daoudi &Hadj Miliani: “L’aventure du raï. Musique et société » Inédit Point Virgule. 1996

[7] Ver: « Mahdi Charef. Cineasta y escritor de la emigración” Entrevista publicada en Zaqafa-Cultura nº 4. 1998. (Mahdi Charef fue uno de los primeros creadores en salir de lo que se llamó el tríptico maldito de la emigración en Francia: beur-banlieue-baston)

[8] Jordi Moreras: “¿Una alteridad no deseada? Las comunidades musulmanas en Barcelona”, en “Barcelona, mosaic de cultures” ed. Museu Etnològic / Ed. Bellaterra. 2002