Una geopolítica en la punta del tenedor

Francisco Mombiela

Secretario general del Centro Internacional de Altos Estudios Agronómicos Mediterráneos

Sébastien Abis

Administrador de la secretaría general del Centro Internacional de Altos Estudios Agronómicos Mediterráneos

La preservación y la promoción de la dieta mediterránea constituyen actualmente una prioridad muy importante para la región mediterránea. Las razones son diversas: no sólo se han demostrado los múltiples beneficios que esta dieta aporta a la salud de la población, sino también sus ventajas respecto al desarrollo sostenible y el equilibrio social del área mediterránea. Se trata, por tanto, de una cuestión geopolítica multidisciplinar que afecta a los gobiernos de la región de manera decisiva. Aunque se ha trabajado conjuntamente en materia de cooperación agrícola y alimentaria, la baza más importante está aún por llegar: el reconocimiento por parte de la Unesco de la dieta mediterránea como patrimonio inmaterial de la humanidad. 


El carácter estratégico y la dimensión geopolítica de la agricultura, a pesar de haber estado un poco olvidados a finales del siglo xx, en la actualidad están volviendo con fuerza al primer plano de la escena internacional. La crisis alimenticia mundial observada en la primavera de 2008 constituye, por tanto, un toque de atención altamente doloroso, en el sentido de que ha advertido a la comunidad de decidores que no puede haber estabilidad en el planeta sin un desarrollo sostenible de la agricultura.[1] Además, no en vano se han multiplicado los estudios sobre las razones y los efectos de esta crisis, ya que a menudo la proliferación de la literatura con vocación geoestratégica coincide con el resurgimiento de una temática en la agenda internacional; en el caso que nos ocupa, la seguridad alimenticia. En efecto, desde la cumbre extraordinaria de jefes de estado y de gobierno de la FAO, en junio de 2008 en Roma, hasta el último G8, que tuvo lugar en Italia en julio de 2009, pasando por los toques de atención del Foro de Davos,[2] durante estos últimos meses una gran parte de las instituciones públicas y privadas se han centrado en la problemática agrícola. Incluso el Banco Mundial, después de varios años sin tener en cuenta las cuestiones agrícolas, volvió a considerar este tema, sobre todo después de la aparición, a finales de 2007, de un informe que, en adelante, daría mucho que hablar.[3]

Al mismo tiempo, con la inclusión de la variable ecologista tanto en las mentes como en los comportamientos, los retos agrícolas y alimenticios parecen afectar más a la opinión pública, que se muestra más atenta a la preservación de los recursos naturales, las modalidades de consumo y los sectores de actividad que se revelan verdaderamente determinantes para el futuro. Poco a poco, la agricultura vuelve a estar presente en el corazón de los individuos, sin duda también porque el número de estómagos vacíos nunca había sido tan elevado. 2009 quedará como el año en que se superó la barrera de los mil millones de personas aquejadas por el hambre, sin que ninguna región del mundo se viera libre de ello.[4]

En el caso específico del Mediterráneo, diversos análisis recientes han intentado ilustrar la multidimensionalidad de la cuestión agrícola en vistas a destacar la importancia de una cooperación a escala regional y euromediterránea que se desarrollaría progresivamente en torno a la agricultura y la alimentación.[5] En efecto, al observar la cuenca mediterránea y sus dinámicas, descubrimos una concentración de la problemática alimenticia mundial, que podemos resumir en un interrogante tan simple en apariencia como complejo en realidad: ¿Cómo alimentar a una población en crecimiento, con cada vez menos recursos hídricos y territoriales, en un contexto en que la organización de los escalafones agrícolas nacionales y la integración regional de la agricultura siguen siendo deficientes? Es difícil no responder a esta cuestión, crucial para el futuro de los países mediterráneos. Ello se debe, por una parte, a la necesidad de que exista una mayor cooperación y solidaridad,[6] y, por otra, a la necesidad pragmática de garantizar la seguridad de los aprovisionamientos alimenticios, mediante la apertura al mercado mundial y el tejido de nuevas alianzas comerciales.[7] Además, es indudable que, en lo sucesivo, es necesario seguir una doble orientación para las políticas agrícolas en el Mediterráneo, centrada tanto en la territorialidad de la seguridad alimenticia (estrategia y gobernanza locales) como en la búsqueda de enfoques multilaterales (visión regional).[8]

Aunque detallar estos datos bastaría para demostrar la dimensión geopolítica de la agricultura en el Mediterráneo, ilustrar este argumento únicamente por medio del ejemplo de la dieta mediterránea constituye la opción de este artículo. Detrás de este tema, en apariencia fantasioso pero altamente estratégico, hay una lectura geopolítica que se puede proponer mediante el esbozo de algunas tendencias generales.

En primer lugar, la dieta mediterránea constituye un poderoso vector del diálogo intercultural. Más aún, a veces incluso ayuda a dar forma al discurso político en esta región. En efecto, la dieta mediterránea, también llamada «dieta cretense», siempre ha constituido una de las unidades socioculturales más significativas de la zona. Es cierto que en el imaginario mediterráneo la importancia de la alimentación, el respeto hacia los alimentos y el placer de la buena mesa son características comunes muy importantes.[9] Y aunque este arte de vivir esté evolucionando, no por ello deja de ser una realidad tenaz en la región: el origen de los sentimientos de buena convivencia y familiaridad que animan los encuentros en el Mediterráneo proceden a menudo de los platos. Por este motivo, hay que subrayar la reciente puesta al día del concepto de la dieta mediterránea, con la definición de una nueva pirámide alimenticia.[10] Dicha pirámide destaca la importancia fundamental de la actividad física y de la existencia de una buena convivencia durante las comidas, y sugiere dar prioridad al consumo de productos locales y estacionales. Elaborada sobre la base de los últimos análisis científicos que muestran la íntima correlación existente entre la dieta mediterránea y la salud de los individuos, esta pirámide constituye un primer ejemplo del concepto de la estructuración de los platos principales con la frecuencia de consumo de las diferentes categorías de alimentos.

Así pues, en el momento presente, la insignia de la dieta mediterránea ondea incluso en los pasillos de la Unesco, en vistas a inscribirla en el patrimonio inmaterial de la humanidad. Para ello, se está llevando a cabo un trabajo promocional que combina diplomacia y ciencia, impulsado por España, Grecia, Italia y Marruecos. Además de la dimensión cultural, constituye una batalla por la preservación de un sistema alimenticio típico, que abarca al mismo tiempo objetos, espacios y prácticas que deben gestionarse.[11] Esta campaña, desplegada inicialmente en el terreno de la cultura, ha adquirido una dimensión política de resabios diplomáticos desde que Francia, a pesar de copresidir la Unión por el Mediterráneo, presentó la candidatura de una única gastronomía hexagonal al patrimonio inmaterial de la humanidad en el mismo momento en el que cuatro países mediterráneos defendían, colectivamente, la inscripción de la dieta mediterránea en la Unesco. Ya se trate de una incoherencia o de una contradicción, no podemos dejar de asombrarnos ante esas gestiones paralelas que no van a asociarse.

En segundo lugar, aunque sea verdad que el espacio mediterráneo ofrece una relativa convergencia en su modo de alimentarse, hay que relativizar la idea de una unidad gastronómica y subrayar las crecientes disparidades que se van perfilando a día de hoy.[12] Disparidades relacionadas con los siempre considerables desfases en los niveles de riqueza, pero que también tienen que ver con las preferencias alimenticias que se imponen de maneras distintas en el entorno urbano y que, a veces, se abandonan en el medio rural. También existe oposición entre los propios países del perímetro mediterráneo. En la orilla norte se observa una tendencia alimenticia con más consumo de lípidos (productos lácteos, aceites vegetales, etc.), y también más azúcares. Se han abandonado un poco los platos mediterráneos, que requieren frescura y preparación. En la orilla sur, aunque las disponibilidades alimenticias han progresado, nos alejamos cada vez más del modelo mediterráneo tipo, sobre todo en las ciudades en que la aparición de restaurantes de comida rápida, así como de grandes cadenas de distribución, ha sido reciente pero muy rápida. Así pues, en los países del sur se observa de manera visible una disminución global del consumo de productos tradicionales, aunque el interés hacia ellos siga siendo manifiesto. El resultado es que la falta de seguridad cualitativa va en aumento en el Mediterráneo. Los problemas de almacenamiento y los retrasos en materia de normas sanitarias y fitosanitarias explican, en parte, esta inseguridad. Pero los índices sobre la calidad alimenticia de las raciones están en descenso y, además, denuncian el desarrollo de un fenómeno de malnutrición en la inmensa mayoría de los países de la región. Éstos, después de haber pasado años velando por la seguridad de las cantidades, olvidan actualmente los riesgos para la salud que conlleva una alimentación desordenada, es decir, desequilibrada. El acceso a los productos beneficiosos para la salud sigue siendo difícil, como atestigua el ejemplo del aceite de oliva, que en gran número de cocinas mediterráneas se ve reemplazado por aceites vegetales económicamente más atractivos. Al final, estas conclusiones reflejan la existencia de una zona mediterránea muy heterogénea en la que, a pesar de la proximidad geográfica, los niveles de vida son profundamente desiguales, y donde las posibilidades de diversificar y aumentar la calidad de la alimentación siguen siendo, ciertamente, el privilegio de una minoría. En cierto modo, el incorrecto desarrollo de la región, sumado a las condiciones generales que se añaden a las condiciones de la seguridad alimenticia,[13] provoca una erosión de la dieta mediterránea. Y aunque ésta siga estando en la mente de la población, cada vez son más escasos los individuos que hoy día pueden enorgullecerse de llevar a cabo una práctica alimentaria fiel a la autenticidad mediterránea.

En tercer lugar, la dieta mediterránea reviste un carácter estratégico por la amplitud de los retos sociales y sanitarios que abarca. Es el corolario de las tendencias de consumo descritas anteriormente. En este punto, se impone una breve revisión de la historia. En el capítulo de los valores mediterráneos compartidos figuraría, pues, un modelo alimenticio convergente, histórico y territorialmente localizado. A menudo olvidamos señalar que esta dieta es tanto gastronómica como física porque, para alimentarse, los cretenses desarrollaban tanto el ingenio como la sabiduría en vistas a componer sus menús. En ese estilo de vida equilibrado es imposible disociar las prácticas alimenticias de la actividad física. Una vez recordado esto, cabe constatar hasta qué punto se multiplican los análisis a favor de las virtudes sanitarias de la dieta mediterránea. Varios estudios[14] han mostrado que la dieta mediterránea permite disminuir la mortalidad, la morbilidad causada por enfermedades cardiovasculares y la incidencia del síndrome de Alzheimer.[15] Por estas razones, la Organización Mundial de la Salud considera, desde 1996, que la dieta mediterránea es el modelo de consumo alimenticio de referencia en el plano nutricional y sanitario. Así pues, la comunidad científica y la clase médica abogan por una alimentación de tipo mediterráneo,[16] en especial para hacer frente a las enfermedades por exceso que proliferan por todas partes del planeta. El sobrepeso y la obesidad, los más importantes fenómenos de estas derivas alimenticias, siguen en aumento. Estas tendencias plantean problemas cada vez mayores en materia de tratamientos, tanto económicos como sociales. Los costes provocados por la malnutrición cuestionan claramente las políticas en materia de desarrollo, como sucede en los países árabes, donde dichas políticas parecen estar muy poco orientadas hacia la población, como ha subrayado recientemente un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.[17] En un horizonte próximo, estas poblaciones mediterráneas, que durante tanto tiempo han estado protegidas de las enfermedades crónicas causadas por la mala alimentación, tendrán que hacer frente, en un contexto socioeconómico ya tenso, a unos gastos considerables de sanidad pública. El aumento del sobrepeso y la obesidad favorece la proliferación de los casos de cáncer y diabetes, hipertensión, o incluso de enfermedades de tipo psicológico. Todas estas afecciones aumentan continuamente en los países mediterráneos. La pobreza, la inseguridad sanitaria de los alimentos, la incorporación de productos industrializados, el auge de los restaurantes de comida rápida, la urbanización y los cambios sociodemográficos (entre los que cabe citar la feminización del trabajo) son otros tantos factores que pueden explicar el auge de la malnutrición y las malas prácticas alimenticias en estas sociedades.

En cuarto lugar, y una vez más el discurso coincide con las consideraciones anteriores, la dieta mediterránea y su deterioro cuestionan la organización de la producción agrícola y la comercialización de los productos tradicionales. Es inútil entrar en detalles, pero hay que insistir en la escasa integración de la agricultura en los países mediterráneos, y en la ausencia de condiciones logísticas competitivas que puedan facilitar el aprovisionamiento de centros urbanos solventes capaces de estimular la producción agrícola. La fractura territorial que sigue existiendo, y que incluso se está acentuando debido a la mundialización, penetra, por un lado, en las ciudades litorales abiertas al exterior y a los intercambios y, por otro, en las zonas rurales apartadas y abandonadas. De este modo, se hace difícil instaurar un sistema agroalimentario nacional capaz de valorar los productos típicos regionales y locales. En los países de la orilla sur, raras veces se invita a los productos de «la tierra» a estar presentes en los platos de los consumidores urbanos… ¡Incluyendo a los turistas! Eso constituye también un grave inconveniente, dado el potencial que implica el maná turístico, el cual, concentrado en el litoral, a menudo prefiere la dimensión azul y balnearia de los países mediterráneos y aún sigue descuidando la riqueza verde y rural de dichos territorios… El turismo gastronómico en el medio rural emerge muy lentamente y, por desgracia, la inversión de esta tendencia parece complicada, ya que la inmensa mayoría de los conjuntos hoteleros situados en las costas se abastecen en el mercado mundial. Así pues, con frecuencia el turista medio mediterráneo come de modo global y no local, con todos los problemas sociales, económicos y medioambientales que ello plantea.

En consecuencia, hay que construir una nueva comercialización de los productos mediterráneos según dos ejes complementarios. Primero, en circuitos cortos y mercados de proximidad, es decir, en el mercado local nacional. Hay que llegar a las zonas urbanas y reconquistar el estómago de los mediterráneos con productos tradicionales y de calidad, entre los que se incluyan, naturalmente, las frutas y verduras. Así es como hay que llevar a cabo la gran distribución que se está implantando en el Mediterráneo, que debe ser más un aliado que el espectro de todos los males. En segundo lugar, es necesario que estos productos encuentren salida en el ámbito internacional. Mediante este enfoque global, que combina la reconquista de los mercados mediterráneos locales con la apertura a los circuitos internacionales, el patrimonio y el potencial agroalimentario mediterráneo ganarían en dinamismo. Evidentemente, después de apoyar a los productores y de contar con mercados mejor construidos, convendría mejorar la información al consumidor. Si ha recibido desde la infancia una educación gastronómica,[18] el consumidor será más exigente respecto a la calidad y la autenticidad de los productos. Porque, al final, saber alimentarse constituye, posiblemente, el instrumento de ahorro más seguro que puede haber en la actualidad. Por ello, a través de la problemática de la dieta mediterránea, considerada desde un enfoque holístico, se expresan los retos sociodemográficos, económicos y ecológicos. Pero también las decisiones tomadas por las políticas públicas que se han invitado a nuestras mesas, porque es bien sabido que una parte de nuestro futuro depende de cómo nos alimentemos. Es necesario educar e informar a los individuos. Se hace ineludible responsabilizar a los consumidores y distribuidores. Asimismo, es fundamental explicar las ramificaciones sociales y ecológicas que se esconden en los platos porque, sin duda, a partir del tenedor y la cocina se podrá llegar a convencer más fácilmente a la opinión pública de la importancia de la agricultura. Y a partir de ahí, a sensibilizarla respecto al trabajo de los hombres y campesinos que trabajan la tierra no para degradarla, sino para intentar cada día responder a la primera y más antigua exigencia que tiene la especie humana: alimentarse para vivir y alimentarse para funcionar. La falta de seguridad alimenticia no es sólo el punto de partida de numerosas dificultades para el individuo, sino también uno de los fallos estratégicos más determinantes para la marcha del mundo.

A modo de conclusión, conviene insistir en una paradoja, que muestra una vez más que nuestro tema adquiere matices geopolíticos si llevamos la reflexión hasta los confines del análisis estratégico. Para los agricultores mediterráneos, la difusión internacional de la dieta mediterránea y los productos relacionados con ella no conlleva un crecimiento de las producciones y un mercado más amplio. Los llamados productos mediterráneos se han deslocalizado: el olivo se cultiva en Estados Unidos y el tomate, en China. En muchos países fuera del área mediterránea hay quienes se complacen en citar al Mediterráneo para añadir atractivo a un producto o para darle una connotación de calidad. Así pues, es posible que pronto la imagen de la dieta mediterránea, oficialmente reconocida como modelo de salud por la Organización Mundial de la Salud en 1996, se vea inscrita en el patrimonio mundial de Unesco y que cada vez pase a imponerse más en todo el mundo, en especial en los países anglosajones. Pero por otro lado, es decir, en el Mediterráneo, se está asistiendo a un deterioro alimenticio y un crecimiento de la malnutrición. Cada vez más, las prácticas de consumo se alejan de la dieta cretense. Todo esto es paradójico y sobre todo perjudicial, ya que, aunque la dieta mediterránea parece encarnar aquello que el Mediterráneo tiene de universal, al final simboliza la impotencia de los mediterráneos a la hora de valorar su patrimonio. Es como si la economía globalizada hubiera sacado del Mediterráneo lo que éste tenía de universal pero, en vez de reforzarlo, más bien tendiera a poner en evidencia las divisiones de la zona. Si nada cambia, la tendencia indica que pronto los mediterráneos serán los huérfanos de una dieta alimenticia que por todas partes contribuye a que esta región exista mundialmente de una forma positiva. Puesto que sabemos que aquellos que pueden mejorar la imagen mediterránea no son legión, sería importante trabajar en vistas a una mejor cooperación agrícola y alimenticia en la zona, teniendo claro que se trata, además, de un tema que concierne a la salud y la vida cotidiana de todos los individuos, y que siempre desempeñará un papel muy importante en términos de empleo, organización del territorio y creación de riqueza. Por esta razón, la dieta mediterránea se muestra como una de las prioridades de cualquier gestión que pretenda promover el desarrollo sostenible en la región, porque no olvidemos que este concepto es tridimensional; es decir, social, económico y medioambiental.

Notas

[1] Véase Sébastien Abis, Pierre Blanc y Barah Mikaïl, «Le malheur est-il dans le pré? Pour une lecture géopolitique de l’agriculture», Revue internationale et stratégique, 73, Dalloz-IRIS, marzo de 2009.

[2] El Foro Económico Mundial de Davos de enero de 2008 había clasificado la falta de seguridad alimentaria como uno de los grandes riesgos internacionales de los años venideros, «Global risks 2008», World Economic Forum report, Suiza, enero de 2008.

[3] Banco Mundial, «L’Agriculture au service du développement», informe de 2008 sobre el desarrollo en el mundo, Washington, 2007.

[4] Véase el informe de la FAO, «Las víctimas del hambre son más numerosas que nunca», de junio de 2009. Este documento, que detalla las cifras y presenta la realidad que afecta a los mil millones de personas hambrientas en el mundo, indica que, precisamente, donde el hambre ha crecido más en los últimos años es en los países desarrollados. Respecto a los países en vías de desarrollo, en la zona de África del Norte y en Oriente Próximo es donde se observa un mayor aumento de personas subalimentadas en el curso de los últimos meses.

[5] Véase especialmente Mediterra 2008,«Los futuros agrícolas y alimentarios en el Mediterráneo», informe anual del Centro Internacional de Estudios Agronómicos del Mediterráneo (CIHEAM), Les Presses de Sciences-Po, París, abril de 2008. Véase también Mediterra 2010, «Atlas de la agricultura, la alimentación, la pesca y el mundo rural en el Mediterráneo», informe anual del CIHEAM, Les Presses de Sciences-Po, París, febrero de 2010.

[6] Véase Sébastien Abis y Pierre Blanc, «Terres et eau en Méditerranée: la coopération contre la rareté», Revue Géopolitique, 107, Institut international de Géopolitique, París, octubre de 2009.

[7] Véase Sébastien Abis y Jessica Nardone, «Brésil: future ferme du monde arabe?», Futuribles, 356, París, octubre de 2009.

[8] Véase Bertrand Hervieu, «Politiques agricoles en Méditerranée: le virage à prendre», en Lettre de veille du CIHEAM, 10, verano de 2009.

[9] Véase Martine Padilla (dir.), Aliments et nourritures autour de la Méditerranée, Éditions Karthala, 2000.

[10] Conferencia internacional sobre la dieta mediterránea como «modelo de desarrollo sostenible», organizada el 3 de noviembre de 2009, en Parma (Italia), por el Centro Interuniversitario Internacional de Estudios sobre Cultura Alimentaria Mediterránea (CIISCAM, www.ciiscam.it).

[11]. Véase Isabel González Turmo, «Dieta mediterránea, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad», Afkar Ideas, 21, 2009.

[12] Para un análisis fino y prospectivo, véase Martine Padilla, «Comportements et sécurité alimentaires en Méditerranée», Futuribles, 348, enero de 2009.

[13] En este punto conviene recordar que en los países del Sur y el Este del Mediterráneo, la parte del presupuesto familiar destinada a la alimentación oscila entre el 30 y el 50 %. La subida de los precios de los bienes alimenticios durante los últimos años ha acentuado la estrechez presupuestaria de numerosas familias mediterráneas.

[14] Véase Francesco Sofi, Francesca Cesari, Rosanna Abbate, Gian Franco Gensini y Alessandro Casini, «Adherence to Mediterranean diet and health status: meta-analysis», British Medical Journal, septiembre de 2008. Las principales informaciones estratégicas que cabe extraer de este estudio se inscriben en la prolongación de los numerosos trabajos de investigación que se vienen efectuando desde hace varios años sobre el vínculo causa-efecto que prevalece entre el régimen alimenticio mediterráneo y la salud de los individuos. En efecto, los autores de este nuevo estudio muestran, a partir de un análisis sobre los hábitos alimenticios de casi un millón y medio de personas, que cuanto más alto es su nivel de práctica de la dieta mediterránea, mejor es su estado de salud. Así, los que respetan casi diariamente la dieta mediterránea reducen no sólo en un 9 % su incidencia de mortalidad (el término incidencia se utiliza en epidemiología para describir, junto con el de prevalencia, la frecuencia de una enfermedad en una población), sino también en un 13 % su incidencia de Parkinson, en un 9 % de problemas cardiovasculares y en un 6 % su incidencia de cáncer.

[15] Un equipo de investigadores estadounidenses de la Universidad de Columbia ha publicado un estudio que muestra el interés del régimen
mediterráneo para prevenir la enfermedad de Alzheimer. Las personas que siguen el régimen mediterráneo de una manera rigurosa han visto cómo su riesgo de padecer Alzheimer disminuía significativamente en un 40 % respecto a aquellas que no lo hacían. Véase Nikolaos Scarmeas et al., «Physical Activity, Diet, and Risk of Alzheimer Disease», Journal of The American Medical Association, 2009.

[16] Sobre los beneficios médicos, sanitarios y económicos de la dieta mediterránea, véase el reciente número especial de la revista Public Health Nutrition, vol. 12, special issue 9A, septiembre de 2009 (http://journals.cambridge.org/action/displayIssue?jid=PHN&volumeId=12&issueId=9A). Véase también Buckland G., Bach-Faig A., y Serra-Majem L., «Obesity and the Mediterranean diet: a systematic review of observational and intervention studies», Obesity Reviews, 2008.

[17] Véase PNUD, «Challenges to human security in the Arab countries», Arab human development report 2009, Beirut, 2009. Por ejemplo, conviene indicar que el sobrepeso y la obesidad afectan al 30 % de las mujeres adultas en Túnez, al 33 % en Egipto, al 20 % en Marruecos, al 25 % en Grecia o hasta al 16 % en España. Por otro lado, se observa un fuerte aumento de la obesidad entre las nuevas generaciones, que por regla general en esta zona abusan de las bebidas azucaradas, y en especial entre los más jóvenes; así, alrededor de un 20 % de los niños menores de cinco años estarían actualmente aquejados de sobrepeso u obesidad en los países del Magreb (cifras de la OMS, 2008).

[18] El movimiento asociativo internacional Slow Food milita para que se reintroduzca todo el significado de la gastronomía en la vida cotidiana de los individuos, teniendo en cuenta que esta última constituye tanto una cultura como una ciencia de pleno derecho. Véase Carlo Patrini, Buono, pulito e giusto. Principi di nuova gastronomia, Einaudi, 2005.