Patrimonio musical en el Mediterráneo: retos de continuidad

Mª Elena Morató

Periodista y crítica de arte

La tradición y el arte musical forman parte de la expresión colectiva que refleja los valores, actitudes y formas de vida de una cultura. Por tanto, a través de su transmisión a lo largo de las generaciones, contribuyen a enriquecer el patrimonio cultural inmaterial de una región que, en el caso del Mediterráneo, resulta complicado delimitar por el carácter inmediato y fugaz de la música. Ahora bien, es necesario establecer unos criterios básicos que definan las músicas del Mediterráneo como elementos patrimoniales que es necesario proteger. En ese sentido, el estudio de los instrumentos, los ritmos y la historia de las culturas mediterráneas resulta clave para acotar influencias y establecer vínculos entre tradiciones musicales muy próximas en su riqueza. 


Nada resulta tan fascinante como intentar coger algo que se nos escapa, algo que tan sólo existe en el tiempo y que, por tanto, nace y se desvanece en un ahora fugaz. Cuando nos enfrentamos a  uno de los tesoros más inasibles de nuestro patrimonio inmaterial, la música, con el propósito de analizarlo, diseccionarlo o simplemente clasificarlo, es justo el momento en que empezamos a perdernos. Si miramos al pasado, a cada paso se nos abren múltiples rutas que intentan llegar al punto de partida (un determinado momento en la historia) que nos permita realizar una acotación razonable para definir aquellos trazos musicales que puedan ser considerados reflejo inequívoco de la personalidad e idiosincrasia de una comunidad. Y lo mismo si miramos al futuro, ya que al ser una expresión viva en constante transformación, la música constituye un reflejo de los valores y actitudes de una cultura; está ligada a su lengua, a su poesía, a su canto, a sus instrumentos… en una palabra, a su forma de entender el mundo. Así, en cualquier rincón de nuestra extensa geografía mediterránea podemos hallar tesoros de esa multiplicidad humana que enriquece nuestro conocimiento del genio creador surgido de las sociedades que la habitan, y cuya contemplación sonora y visual acrecienta no tan sólo el gozo del espíritu, sino la comprensión de su pensamiento y sus tradiciones seculares.

Para preservar este acervo, la Unesco elabora desde el año 2003 (año de la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial, que reconoce la importancia de este  patrimonio en la diversidad cultural y su contribución al desarrollo sostenible) una Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, heredera de la Lista de Obras Maestras iniciada en 1997. Ésta incluye música, danza, teatro, tradiciones orales y  rituales, entre otros elementos, y se realiza  junto a una Lista de Salvaguarda Urgente que contempla los casos en los que el peligro de desaparición es inminente. Para evitarlo, se prevén ayudas a programas y proyectos que contribuyan a la promoción y desarrollo de los elementos en peligro. De ahí la importancia de la participación de la sociedad y las comunidades afectadas en la tarea de inventariar primero estos tesoros culturales para poder apoyarlos después.

Existen otros estamentos y organizaciones en distintos ámbitos geográficos que comparten este interés por garantizar la supervivencia de la diversidad cultural, la tradición y el folklore. Podríamos nombrar, por ejemplo, el Conseil International des Organisations de Festivals de Folklore et d’arts traditionnels  (www.cioff.org), creado en 1970; los Atéliers d’ Ethnomusicologie de Ginebra (www.adem.ch), o la Maison des Cultures du Monde de París (www.mcm.asso.fr), con una interesantísima labor de recopilación musical a través del sello discográfico Inédit. Todos ellos se inscriben en la categoría de entidades que valoran la música como bien artístico, parte capital de la cultura de un país sin la cual éste no podría entenderse.

¿Dónde y cómo surgen los patrimonios?

En el ámbito musical se considera patrimonio toda aquella expresión colectiva que se transmite a lo largo de las generaciones en un contexto regional y que, por tanto, es un reflejo del entorno y de sus habitantes, considerándose así una seña de identidad específica de un grupo comunitario concreto. Puede englobar tanto cantos, con o sin acompañamiento instrumental, como expresiones musicales de rituales y acontecimientos festivos. Sin embargo, no es fácil, como decíamos al principio, acotar las fronteras, ya que la porosidad y la ósmosis son una constante, de tal manera que llegaríamos a establecer un sinfín de “microidentidades locales”, tal como señaló Ignazio Macchiarella.

Los patrimonios existentes en la actualidad se han ido formando en distintas épocas y algunos han sobrevivido durante siglos. Sus orígenes son además diversos: pueden surgir tanto del ámbito religioso (celebraciones, ritos y expresiones ligadas al culto, moussems, procesiones, romerías…) como del profano (celebraciones del ciclo anual y del ciclo agrícola como siega, cosecha, vendimia o recolección; rituales de pasaje o tránsito; fiestas de carácter civil y familia; cantos lírico-amorosos…). Algunos resultan de fusiones elaboradas a lo largo de años de interacción pacífica entre pueblos y comunidades (relaciones comerciales, convivencia en un mismo espacio geográfico), mientras que otros provienen de experiencias colectivas ligadas a hechos en mayor o menor medida traumáticos (invasiones, conquistas, éxodos).Así pues, la historia nos ayuda en gran medida a seguir los caminos tomados por el arte musical y, por tanto, a comprender sus raíces y características de estilo.

Estos patrimonios musicales pueden dividirse en dos vías principales: la vía culta y la vía popular. Todas las manifestaciones que, con el tiempo, han entrado a formar parte del repertorio reconocido como clásico (es decir, culto, lo que no es sino la estilización de manifestaciones previas de carácter popular, la mayoría de las cuales fueron fijadas al amparo de las cortes en épocas de máximo esplendor) tienen su propia dinámica, distinta a la del repertorio popular. Se han fijado y estandarizado sus reglas, transmitidas en entornos académicos, y su ejecución pública se realiza a través del formato de conciertos. Muy distinto es el caso del repertorio popular, que está presente en el transcurso de la vida cotidiana de las poblaciones; por esa misma razón es tan sensible a los cambios sociales, ya que su evolución y supervivencia dependen de ellos.

Viaje de ida y vuelta

Uno de los factores principales que debemos considerar, de hecho el más importante, es que los estilos  musicales estudiados sigan teniendo arraigo en la vida social, ya que de lo contrario habría que considerarlos expresiones meramente folklóricas, entendiendo éstas como manifestaciones populares descontextualizadas de su entorno original. Éste es precisamente el peligro al que se ven abocados muchos de los patrimonios sonoros: el de la folklorización. El desinterés de la juventud por ciertas manifestaciones ligadas a la tradición, el cambio de hábitos sociales (de comunicación, relaciones personales y ocio), el éxodo rural y la emigración, con el consecuente abandono progresivo de festividades, hacen muy difícil una eficiente transmisión de repertorios y técnicas. Si en el pasado ésta se efectuaba a través de la estructura familiar o del entorno gremial, en la actualidad tiende a realizarse en entornos académicos debido a la profesionalización de los artistas y a la participación, en muchos casos, de los estamentos oficiales interesados en proteger la cultura popular. A esta recuperación in extremis (gracias a programas y ayudas externas, cuando existen) se une últimamente un factor que juega un doble papel: el turismo cultural. Ppor una parte, el interés de los viajeros por las culturas locales puede reactivar la actividad de los artistas y abrir nuevas vías para la profesionalización de los jóvenes (incidiendo positivamente en la apuesta por un desarrollo sostenible de las regiones implicadas). Por otra parte, para contentar a ese turismo consumidor de cultura, los artistas rebajan el nivel y limitan los repertorios dirigidos a un público no entendido, adecuándolos a gustos foráneos “a la carta” y empobreciendo, por tanto (incluso alterando en ocasiones), la riqueza original. Por este motivo, hay que procurar evitar esa tendencia cómoda de calidad a la baja.

De todo lo anterior se deduce que la preservación del patrimonio pasa obligatoriamente por la preservación de las condiciones socioambientales en las que se desenvuelve una determinada cultura. Una preservación que obviamente no será forzosa, sino que se limitará a garantizar la viabilidad de las estructuras sociales y económicas de las que surgen las manifestaciones patrimoniales. De ahí la importancia de las asociaciones culturales, sobre todo locales, así como de los grupos folklóricos y artistas, porque todos ellos están a pie de calle, tomando el pulso diario del estado de las cosas.

Tesoros musicales del Mediterráneo

Para aproximarnos al vasto territorio que alberga todos esos tesoros de la cultura, estén o no (aún) en los listados de la Unesco, el orden alfabético no es válido, pues perderíamos la perspectiva que los hace comprensibles. Debemos más bien acotar antes las áreas etnomusicológicas, agrupando estilos e historias comunes, trazando rutas de influencia o haciendo un mapa de instrumentos similares y sus derivaciones, por ejemplo. La razón es sencilla: cada cultura musical tiene unos patrones rítmicos acordes a las características de expresión oral del idioma e incluso, con frecuencia, sus instrumentos emblemáticos hacen emerger sonidos similares a los del canto.

Asimismo, no debemos olvidar la distinción que es necesario hacer entre música sagrada y música profana. Aunque ambas se inspiran mutuamente, conviene recordar que la religión ha facilitado la supervivencia de muchas formas musicales pretéritas gracias a su vinculación con el culto, ya que éste es mucho más lento a la hora de introducir cambios de formas. Las músicas profanas, por su parte, están relacionadas tanto con celebraciones civiles y populares como con repertorios líricos de carácter más íntimo perpetuados por trovadores, ministriles y juglares, que en época más reciente tendría relación con el fenómeno de los cantautores como contrapunto a la cultura de masas. La figura del trovador, con más o menos variantes, la encontramos en todas las grandes culturas, cumpliendo una función social de transmisión de ideas y conocimientos.

Para empezar esta acotación de áreas etnomusicológicas señalada más arriba, debemos señalar la primera gran diferencia: en la zona europea del Mediterráneo la música de tradición oral es esencialmente diatónica, frente al sistema pentatónico característico de la parte sur. Con el tiempo, sin embargo, el diatonismo se ha ido cromatizando debido a sucesivas influencias orientales (bizantinas, árabes y turcas) y procedentes del norte de África. Por otra parte, si tuviéramos que hacer un recorrido cronológico, como supervivientes de una de las manifestaciones musicales más antiguas tendríamos los cantos monódicos normalmente sin acompañamiento instrumental, el cual se incorpora a posteriori y sólo en determinadas ocasiones. Durante la época medieval, los cantos monódicos estuvieron muy extendidos, sobre todo en el entorno rural, pero dejaron paso a distintos tipos de polifonía surgidos también en ámbitos urbanos y cuyas reminiscencias encontramos hoy en mayor número. Los ejemplos más sencillos de monodia serían las canciones de cuna y algunos cantos infantiles. También destacaríamos el canto masculino rizitiko de Creta o los cantos melismáticos sicilianos. Aparte, deberíamos mencionar el canto a batoccu, de origen medieval a dos voces (canto y contracanto), característico de las regiones italianas de Umbría y Marca. En lo que a polifonía se refiere, hay ejemplos múltiples: polifonía popular albanesa (heredera de la música litúrgica bizantina), el canto bei-bei toscano (de influencia tirolesa) o el canto masculino a tenore sardo (declamación poética con un acompañamiento vocal de improvisación a imitación instrumental). Un género aparte podrían considerarse los cantos de taberna u hostería, que reflejan tanto la añoranza  (fado portugués, con ritmos y melodías de distintos continentes que hacen referencia a las largas ausencias provocadas por los viajes a ultramar) como la afirmación nacional heroica (cantos klephti, nacidos durante la ocupación turca de Grecia) o la rebeldía social (rebetiko griego, nacido a finales del XIX en entornos marginales y rebeldes; trallallero genovés, canto polifónico urbano con temas conflictivos que, pese a ser prohibido por las autoridades en el siglo XVI, siguió desarrollándose; y cantos a fronne, reflejo de la vida marginal napolitana).

Ejes e interconexiones musicales

Desde una perspectiva diacrónica, varias son las influencias que han cruzado el Mediterráneo de norte a sur, de este a oeste y en sentido inverso, dependiendo sobre todo de las relaciones de poder y vasallaje que fueron ejerciendo las potencias a lo largo de los siglos. Estas influencias no se limitan a los estilos, sino que se acompañan de una expansión de los instrumentos asociados a ellos. El hecho religioso como eje vertebrador y transmisor de cultura ha tenido, asimismo, una importancia capital en los movimientos estilísticos de la franja mediterránea, y la música ha ocupado un lugar preponderante gracias a las tradiciones devotas que se han expandido a medida que avanzaba la extensión territorial de las religiones. La primera gran expansión fue protagonizada por la música ortodoxa bizantina en los primeros años del cristianismo, que dejó su huella tanto en Oriente como en Occidente, y cuyas filiaciones han llegado hasta nuestros días.

En siglos posteriores, la expansión del Islam traerá consigo la expansión de la música árabe a lo largo del Mediterráneo sur principalmente. En España convergerán las tradiciones cristiana e islámica, dando lugar a expresiones singulares en música tanto religiosa como profana (de las que podemos destacar los ritos mozárabes o las nubas, entre otros). Una de sus cimas es la música arábigoandaluza, viva todavía hoy gracias a las distintas escuelas magrebíes que siguen el repertorio andalusí, ubicadas en Marruecos, Argelia, Túnez y Libia, en las ciudades a las que llegaron en diversas oleadas los expulsados de la Península Ibérica. La música árabe trajo consigo el laúd, instrumento cuya presencia no ha parado de crecer, llegando a desbancar otros instrumentos más antiguos en varios puntos de la geografía mediterránea. En el norte de África dio lugar al nacimiento de tradiciones ligadas a los ritos de las cofradías sufíes, como el giro tanura egipcio (a modo de la samaa de los derviches turcos), los rituales sincréticos de la ceremonia del zar en Egipto o la lila de las cofradías gnawa del Magreb, que incorporan elementos del animismo africano.

Así pues, la religión es en muchas zonas el último reducto para algunas de las manifestaciones musicales en riesgo de desaparición. Y los diversos ritos paralitúrgicos de la Semana Santa cristiana (música procesional, repertorio percutivo y cantos de alabanza), con amplia variación según las regiones, son algunas de esas manifestaciones. Otra de las grandes influencias musicales del ámbito Mediterráneo y quizá la más espectacular es la influencia ejercida por el pueblo gitano en un doble periplo de siglos (del IX al XIV) que lo llevará de la India a la Península Ibérica, por el norte y por el sur. Su nomadismo lo transformará en embajador de culturas, haciéndole integrar y ,a su vez, expandir los estilos que irá encontrando en cada una de las etapas. Algunos de los actuales patrimonios son sus directos herederos: todas las variantes del flamenco y el cante jondo (surgidas en la Andalucía española), la música de los gitanos del Nilo (ubicados en el Alto Egipto), la lautaresca de los cíngaros rumanos, así como todas las variantes de la Europa Oriental, Bulgaria, Grecia y Turquía.

La siguiente impronta cronológica destacable es la de la música otomana (influida a su vez por la música persa y bizantina) debido a la expansión del imperio turco entre los siglos XIII y el XIX. Esta música se hizo sentir en todo el sur de Europa y el mundo árabe, con una gran repercusión en el cambio de aires de la música de época moderna.

A grandes rasgos, ésos son los ejes que hay que tener en cuenta al acercarnos al patrimonio musical mediterráneo, sin olvidar el papel vertebrador de los instrumentos (chirimías y dulzainas, liras, laúdes, guitarras…), cuya presencia en las regiones revela los movimientos e influencias de las distintas culturas. Ciertamente, el estudio del patrimonio musical, tan fascinante como poco sencillo, puede ayudarnos a contribuir de una forma más eficaz a la preservación de sus manifestaciones, ya que cada una requerirá de unas determinadas actuaciones específicas y distintas según su localización y entorno. Esperemos, pues, que el interés creciente por esos tesoros culturales pueda contribuir a su preservación.