Presentación

Senén Florensa

Director general del Instituto Europeo del Mediterráneo

A principios del mes de marzo de 2010 tuvo lugar en Barcelona la inauguración de la sede del Secretariado de la Unión por el Mediterráneo. La ciudad acogió con gran expectación en el Palacio de Pedralbes la que promete ser una nueva y esperanzadora etapa del Proceso de Barcelona, que en noviembre cumplirá 15 años. El inicio de las actividades y la progresiva normalización del trabajo del Secretariado marcarán la culminación de una década y media de arduas negociaciones, momentos de gran satisfacción y algunas decepciones. La apertura de esta nueva etapa será la ocasión de demostrar que la UpM es un proyecto que mira hacia el futuro de la región euromediterránea, una apuesta realista de la Unión Europea y sus socios por un desarrollo económico sostenible y nuevas formas de entendimiento entre los pueblos. Tras muchas dificultades, nos hallamos en un punto de inflexión. Estos últimos 15 años han servido para crear una base institucional sólida sobre la que podamos perpetuar la edificación de un proyecto euromediterráneo que aporte estabilidad y progreso a toda la zona.

Debemos encarar el porvenir del Proceso de Barcelona con optimismo, pero también con sentido de la realidad. La institucionalización de la UpM, con sus cumbres bianuales y las actividades del Secretariado, nos brinda una excelente oportunidad para profundizar en el desarrollo del Partenariado Euromediterráneo. Sin embargo, no podemos olvidar que se trata de un proceso sumamente complejo, apasionante y en el que queda mucho por definir. Es todo un desafío para las instituciones, la sociedad civil y los actores implicados. El pleno desarrollo institucional de la UpM aportará más agilidad y visibilidad a la cooperación en el Mediterráneo. La propia Barcelona puede marcar la diferencia. Con la inauguración de la sede del Secretariado, la ciudad condal asume su condición de capital euromediterránea, y lo hace con el mayor entusiasmo. Tanto Barcelona como España creen firmemente en el proyecto mediterráneo, por lo que la UpM contará con el apoyo indefectible de varios niveles de gobierno, así como de una sociedad civil entusiasta y comprometida con la mejora de las relaciones económicas, sociales y culturales entre los estados miembros y sus poblaciones. El impulso y la implicación de Barcelona aportarán una gran dosis de dinamismo al sueño euromediterráneo, lo que nos ayudará a superar los retos comunes que nos plantea la asociación: el entendimiento y el progreso compartido, la paz, la democracia, el desarrollo sostenible o la seguridad colectiva. Hay que insistir en el hecho de que el desafío es colectivo, porque sus resultados nos afectan a todos, ya seamos del norte o del sur. Ni la Comisión Europea ni los Veintisiete pretenden que la asociación euromediterránea sea un mero ejercicio de filantropía con nuestros vecinos del sur. Los progresos nos benefician a todos por igual, porque los problemas a los que nos enfrentamos, ya sean flujos migratorios, diálogo intercultural o terrorismo, son comunes a toda la región. Las soluciones deben ser, pues, comunes.

En ocasiones, el Proceso de Barcelona ha sido criticado por ser demasiado ambicioso o por presentarse como la panacea de todos los males de la región. No es, desde luego, el instrumento para conseguir la paz en Oriente Medio o para acabar con las tensiones sociales generadas por los movimientos de población. No obstante, sí tiene la capacidad de mejorar las condiciones políticas, económicas y sociales sobre las cuales construir la paz y el entendimiento. Es, por ejemplo, el único ámbito fuera de Naciones Unidas en que se sientan en la misma mesa Israel y los estados árabes. Es una oportunidad única para fomentar la transición hacia una cultura de diálogo y cooperación, dejando de lado antagonismos anclados en una memoria conflictiva aún por superar.

La UpM es un proceso que mira hacia el futuro. Este nuevo ciclo debe ser la ocasión para vencer distanciamientos y generar una reflexión y una acción comunes. El diálogo y la aplicación de proyectos compartidos  son las claves para impulsar las relaciones entre los países de la zona, y así abordar de otra forma las divisiones políticas que aún hoy marcan el conjunto de la región.

El gran desafío de las sociedades mediterráneas, más allá del rol de la economía o la política, será la construcción de relaciones estables y duraderas, basadas en la confianza, entre los pueblos y culturas y entre los individuos. Es todo un reto porque la confianza depende en gran medida de nuestra forma de percibir al vecino y, en el ámbito mediterráneo, el imaginario colectivo tiende demasiadas veces a estar marcado por la conflictividad. Recuperar la memoria de los individuos del Mediterráneo es, pues, un objetivo ambicioso y necesario a la vez. Tan sólo mediante la salvaguarda de aquellas experiencias, positivas o negativas, que refuercen los valores compartidos, podremos descubrir intereses comunes.

La memoria es un concepto intrincado e impalpable por definición; no resulta fácil tratar de su recuperación. En su día a día se expresa a través de hábitos, costumbres, historias y valores a los que, durante mucho tiempo, no se acordó suficiente valía. Por esta razón, el actual número de Quaderns de la Mediterrània está dedicado al patrimonio cultural inmaterial y la memoria. El patrimonio, en efecto, juega un papel fundamental a la hora de realzar rasgos y contenidos de la cultura popular, estimulando el diálogo intercultural y acercando a los individuos en imaginarios compartidos. A lo largo de las últimas décadas, el concepto de patrimonio cultural ha dado pie a reflexiones y debates que han centrado una atención cada vez más significativa en sus componentes intangibles. Este proceso dio lugar a la adopción por parte de la Unesco de la Convención por la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial en 2003, que entró en vigor en abril de 2006. Este nuevo marco administrativo y jurídico de protección vinculante abre nuevos horizontes y nuevos retos al patrimonio, desde su identificación hasta su protección, transmisión y gestión presente y futura, con una atención particular a un renovado protagonismo de la sociedad civil y las comunidades que se encuentran directamente implicadas.

El programa de la Unión Europea Euromed Heritage incluye, en su cuarta fase (2008-2012), el patrimonio inmaterial como un novedoso eje de actividad. Anteriormente dedicado casi exclusivamente a la salvaguarda del patrimonio arquitectónico, la nueva fase del programa hará hincapié en facilitar la apropiación del patrimonio cultural inmaterial por parte de la población a través de un mejor acceso a la educación y el conocimiento de la cultura regional o nacional. Euromed Heritage será, pues, un paso decisivo en el reconocimiento de la cultura como catalizador de la comprensión mutua. Así pues, será el diálogo entre culturas, un diálogo abierto e inteligible, el mecanismo que potenciará la innovación política, a través de la cual los estados miembros del Partenariado Euromediterráneo podrán convertir la región en un espacio de entendimiento y progreso compartido.