La fiesta en el Mediterráneo, hoy: tradición, modernidad y patrimonio

Luis Calvo-Calvo

Institución Milá y Fontanals-Consejo Superior de Investigaciones Científicas

La fiesta constituye un componente muy importante del patrimonio inmaterial, y un concepto fundamental a la hora de definir la identidad mediterránea. Así, frente a los procesos de globalización, la fiesta aparece como una respuesta plenamente inscrita en la modernidad y, a la vez, arraigada en el imaginario colectivo y popular de una sociedad. En la cuenca mediterránea existe un sinfín de celebraciones festivas que fomentan el diálogo y la ciudadanía a través del conocimiento y el acercamiento mutuos. En este sentido, es necesario un esfuerzo para llevar a cabo políticas integradoras en el contexto festivo, a favor de una ciudad-memoria que fomente la integración y convivencia de sus ciudadanos.   


El contexto

El Mediterráneo, como escribió el arquitecto catalán Josep Lluís Sert, es una gran región a escala humana, única en el mundo, que reúne unas condiciones particulares, que facilitan y estimulan el intercambio de pueblos y civilizaciones hasta el punto que, como escribió Paul Válery, ha llegado a convertirse en una auténtica “máquina de creación de civilización”[1]. De hecho, se puede decir que las ciudades mediterráneas han vivido entre la intensidad creativa y las problemáticas más profundas y, a pesar de todo, han posibilitado la formalización de aspectos como la democracia, el pensamiento racional, los monoteísmos religiosos o, incluso, los primeres esbozos de aquello que con el tiempo ha sido conocido como “derechos humanos”. Todos estos aspectos, en definitiva, lo único que han hecho ha sido buscar nuevas maneras de convivencia. Asimismo, este aspecto se vio favorecido por la propia configuración de las ciudades mediterráneas, las cuales tuvieron como base los trazados geométricos que crearon lugares de encuentro como plazas, ramblas, o mercados. Una concepción de este tipo, que casi se podría llamar “cívica”, propició a lo largo de la historia que el propio paisaje urbano se convirtiese en elemento de atracción e intercambio, posibilitando el trueque de experiencias así como de nuevas posibilidades en todos los órdenes ya fuesen económicos, sociales, políticos o culturales. Estos aspectos, si se dieron en el pasado, en la actualidad se hacen mucho más visibles.

La fiesta como referente temporal

Si el paisaje urbano es una de las señas patrimoniales de la identidad mediterránea, la fiesta es otro de los referentes de dicho patrimonio, en este caso inmaterial. Hay, no obstante, que buscar la propia etimología de la palabra para vislumbrar su significado primigenio y así comprender la importancia del concepto. La palabra «fiesta» tiene sus raíces en el vocablo latino festum y, en concreto, festa era utilizada como adjetivo más que como sustantivo. De esta forma, originalmente, la palabra siempre acompañaba al nombre dies, de forma que aparecía dies festa. Con posterioridad y en el momento en que se inició el tránsito del latín a las lenguas romances, por ejemplo el catalán (c. siglo x), la palabra ya se convirtió en sustantivo, indicando: «día dedicado periódicamente a la memoria de un santo o a la celebración de una solemnidad del año litúrgico», así como “[…] como punto de referencia temporal” (Cartulario de Sant Cugat, I, 102, pàg. 83, año 973).[2] Esta acepción pone de manifiesto el carácter primigenio del concepto de “fiesta”: «punto de referencia temporal». Por lo tanto, y a medida que ha pasado el tiempo, éste ha sido un referente fundamental para articular el calendario y las celebraciones, inicialmente de carácter religioso pero, con el tiempo, abiertas a otros muchos aspectos y tipos de manifestaciones. Ello que ha permitido determinar las principales características del hecho festivo. En este sentido, y tal como se ha explicitado por parte de diversos estudiosos, se puede decir que las características del hecho festivo se pueden resumir en los siguientes aspectos: sociabilidad, participación, ritualidad, anulación temporal y simbólica del tiempo y, finalmente, deleite[3].

Fiesta y modernidad

En apretada síntesis, cuando se habla del fenómeno festivo en el contexto de las sociedades urbanas y de economía de mercado, cabe recurrir, en primer término, a Max Weber cuando señaló que nuestra época ésta marcada por una “racionalización generalizada de la existencia”, lo que se ha traducido en fuertes mecanicismos y el surgimiento de una “tecnoestructura positivista”. Así, disfrutar, tener vacaciones, ir de fiesta… se ha inscrito en el marco de un sistema productivista y economicista, sistema que ha “positivizado” en gran medida  situaciones, objetos y personas, dejando poco espacio a la expresividad (individual y/o colectiva), así como a las manifestaciones de cariz más ritualista. Dicho sistema se ha caracterizado por crear “culturas de contexto bajo y tiempo monocrónico” (segmentación, planificación, puntualidad, individualismo, etc.), las cuales se han enfrentado a las “culturas de tiempo policrónico y de contexto alto” donde la interrelación -individual, grupal, productiva…- es muy elevada (caso, por ejemplo, de las culturas mediterráneas). La razón positivista, abstracta, ha traído, como ya es conocido, importantes modificaciones socioculturales que han producido, como apuntó Martin Heidegger, una “pérdida de la proximidad”. Esta situación ha hecho que, desde mitad del siglo XX, en el colectivo social hayan surgido dos importantes deseos o reivindicaciones. Por una parte, existe un sentimiento cada vez más fuerte hacia aquellos aspectos que podrían calificarse de «proximidad», o sea, frente a la abstracción del sistema, un retorno en las fuentes, raíces, al contacto directo con el hombre y la naturaleza. La  ecología, la identidad o la fiesta tienen aquí una de sus claves comprensivas. Por otra parte, ha surgido aquello que Michel Maffesoli denominó “vitalismo social”[4]. La “ruptura de la historia”, la “pluriculturalidad”, la “mediatización” o “telematización”, la entrada de multitud de “historias particulares” (étnicas, de vida, etc.) han hecho que valores notablemente olvidados en la vida de las colectividades o en la investigación social tengan, progresivamente, una nueva consideración. La “monovalencia racional” como explicación del mundo social, se ha roto a favor de, tal y como escribió Octavio Paz, una “exaltación de los valores orgiásticos”, valores que suponen una revalorización del imaginario colectivo.

Fiesta y cambio

Los aspectos citados permiten ver que la fiesta, diacrítico social y patrimonial esencial, está inmersa en el devenir social, cultural y político de las comunidades mediterráneas, lo que la lleva a una casi permanente adaptación para responder a los cambios sociales y culturales. En este sentido, cabe recordar que, resumiendo lo hasta ahora planteado, nuestras sociedades se ven afectadas por una doble tensión, tal como señala Maurice Godelier[5], entre lo que significan los procesos de globalización (migraciones, circulación de ideas, de capitales, etc.) y los de carácter identitario como respuesta al vértigo de los primeros. De esta forma, hoy día la fiesta se halla plenamente inscrita en lo que significa la modernidad, la cual, entre otras cosas, se caracteriza por la aceleración del tiempo y los modos de vida. De esta forma, un buen número de  fiestas mediterráneas han roto sus moldes tradicionales, surgidos en buena medida en el ámbito del calendario preindustrial y religioso. Así, la fiesta, a lo largo del siglo XX y de manera especial en sus últimas décadas, ha sufrido transformaciones diversas motivadas por aspectos tan variados como los cambios en los rituales religiosos, la evolución del tiempo libre, el activo papel del comercio, el asociacionismo popular y, finalmente, la creación artística. A modo de ejemplo, téngase presente que, cada vez con mayor frecuencia, grupos de artistas y creadores se convierten en los auténticos animadores de la fiesta con sus creaciones, muchas de ellas basadas en el imaginario colectivo, popular y tradicional, como han sido las numerosas creaciones de compañías artísticas como las catalanas Els Comediants o La Fura dels Baus. Ambas han sido contratadas en muchas ciudades mediterráneas para la producción de espectáculos en acontecimientos de todo tipo, pero teniendo como referente el imaginario festivo tradicional, recreado para cada evento. La creación de Els Comediants para la Exposición Universal de Sevilla o la de La Fura dels Baus para los Juegos Olímpicos de Barcelona, ambos celebrados en 1992, son claros ejemplos de lo expuesto.

Asimismo, junto a las citadas variables, cabe citar otra que, día a día, gana más terreno en todo aquello que es y significa la “fiesta”: el “folklorismo”, también conocido como “cultura popular de segunda mano”, que se puede definir como “interés que nuestra actual sociedad siente por la denomi­nada cultura popular o tradicional”[6]. Este interés inclu­ye una actitud tanto pasiva (espectador) como activa (querer repro­ducir fuera del contexto original el mundo tradicional). De esta forma, “el concepto […] presupone, pues, la existencia de una concien­cia de tradición, su valoración positiva a priori y una inten­cionalidad concreta en cuanto al uso que se quiere dar a esta tradición. Esta intencionalidad puede ser de naturaleza esté­tica, comercial, ideológica o recuperadora. De esta forma, «folklorismo», en su vertiente acti­va, implica, por tanto, «manipulación» de los elementos cultu­rales de corte tradicional”[7]. Este proceso ha afectado de manera muy significativa a la fiesta, ya que ha significado la reinvención de un buen número de elementos festivos tradicionales para adaptar las celebraciones festivas a los nuevos intereses sociales, culturales y políticos.  De esta forma, la tensión entre globalización e identidad propicia el auge de un sinnúmero de celebraciones y/o recreaciones festivas a lo largo y ancho del Mediterráneo. Como ya se ha dicho, la fiesta, como diacrítico social, es un significativo escenario donde confluyen multitud de variables de todo orden que permiten explicar, por sí solas y/o en conjunto, un gran número de las dinámicas sociales.

El “folklorismo” –o “cultura popular de segunda mano”- ha afectado en gran medida a los conceptos de “tradición” y “fiesta”. Así, ambas ideas se han visto inmersas en un proceso de grandes transformaciones. La secular dicotomía “sagrado” vs. “profano”, que había articulado el calendario tradicional, se ha resquebrajado hasta llegar a nuevas configuraciones según nuevas situaciones, vivencias e intereses sociales. En este sentido, la fiesta se ha hecho mucho más “cotidiana” y se ha extendido a otras muchas manifestaciones. Por ello, no dejan de ser significativo el nacimiento y el auge de una serie de fiestas —o actos— que tienen en el formato festivo el envoltorio para transmitir mensajes referidos a ámbitos o problemáticas específicas; así, por ejemplo, la fiesta del Agua, de la Solidaridad, de la Paz, de la Tierra, etc.

La adaptación de la fiesta a los ritmos sociales ha hecho que otras nuevas expresiones festivas hayan surgido a lo largo del Mediterráneo: la modernidad significa hoy día, en muchas ocasiones, una reinvención del pasado, dotándolo de nuevos sentidos. En efecto, las culturas mediterráneas han sabido sacar partido de sus tradiciones, sus gentes y sus músicas: así, las antiguas fiestas de muchos barrios españoles, italianos o griegos se han convertido en lugares de diversión para toda la ciudad. A pesar de querer conservar el carácter tradicional –decoraciones en las calles, comidas vecinales, juegos infantiles, bailes tradicionales, etc.-, la ciudadanía ha hecho de estas fiestas una parte de su calendario festivo tan importante como la fiesta grande de sus ciudades. De hecho, muchas de las expresiones festivas no se agotan en sí mismas, sino que la dinámica social ha hecho que las manifestaciones festivas vayan mucho más allá. La fiesta popular y participativa se ha convertido, posiblemente, en instrumento para crear “ciudadanía”, para dar la espalda a todo aquello que rompe modelos de convivencia y solidaridad grupal. La fiesta se convierte así en un poderoso instrumento para ir más allá del simple ocio y propiciar ciudadanos más libres, solidarios y críticos y, por lo tanto, ayudar a construir sociedades mucho más democráticas. 

Fiesta, patrimonio y convivencia

Actualmente, la fiesta también se ha convertido en instrumento de primer orden que puede contribuir, de manera notable, a encauzar situaciones y problemáticas sociales y culturales. Así, en sociedades como la española, la francesa o la italiana, con altas tasas de inmigración, la fiesta puede ayudar a crear la siempre necesaria empatía entre personas y colectivos, propiciando el conocimiento mutuo y el acercamiento social. Puede ser, por lo tanto, instrumento de cohesión social; asimismo, puede contribuir al diálogo no sólo intercultural, sino también intergeneracional. Asimismo, puede fomentar una mayor vivencia del espacio urbano por parte de las personas y, por lo tanto, del compromiso por unas ciudades y una sociedad mucho más sostenible. En este sentido, cabe hacer referencia aquí a la teoría de Paul Virilo de los “no-lugares”, idea importante para comprender que frente a la “ciudad-ficción” —o sea, de los “no-lugares”: autopistas, macrocentros de ocio y de compras, etc.— es preciso estimular la “ciudad-memoria” —aquella que privilegia los imaginarios colectivos, pasados, presentes y futuros, buscando la convivencia, la integración y el respeto entre sus ciudadanos—. Es necesario reflexionar sobre el hecho de que hay que llevar a cabo políticas abiertas y valientes que luchen contra la antiurbanidad; si no, tal como ha escrito Marc Augé, “la negra noche del incivismo, de la falta de solidaridad y de la ruptura social[8]” configurarán nuestro futuro paisaje urbano. Así, apostar por hacer presente los imaginarios, la memoria y la fiesta, en sus múltiples manifestaciones, tradicionales y modernas, puede permitir “[…] volver a simbolizar el hecho real y resucitar con el mismo impulso el imaginario, la ciudad y el vínculo social, [si no] no hay más que terror o locura[9]”.

Tal como se ha escrito, “al fin y al cabo […] la fiesta es sólo un paréntesis en el transcurso de la vida diaria, pero un paréntesis que, sin ninguna duda, es preciso aprovechar en toda su extensión y potencialidad[10]”.

Notas

[1] El presente trabajo recoge, parcialmente, algunas ideas ya expuestas por el autor en diversos trabajos como “Festa i carrer o la ‘dionització’ del carrer”. Cultura, 40 (Barcelona, 1992), pp. 34-35; “La Mercè com a metàfora de la ciutat-memòria”. Barcelona Cultura, 17 (Barcelona, septiembre-octubre 2004), pp. 4-6 o (junto a F.X. Medina) “La festa reiventada. La recreación de la fiesta en Cataluña nes caberes dómines del franquismu y la democracia” Cultures (Oviedo, 1996), pp. 127-144.

[2] Glossarium Mediae Latitinatis Cataloniae (Lletra F). Barcelona: CSIC, 2001, vol. XI, p.52.

[3] Vittorio Lanternari citado por Paul Hugger, «Einleitung. Das Fest. Perspektiven einer Forschungsgeschichte», dins Paul Hugger (ed.), Stadt und Fest. Zu Geschichte und gegenwart europäischer Festkultur, Stuttgart, W&H Verlags AG, 1987, pàg. 19.

[4]. Michel Maffesoli. La socialidad en la postmodernidad. En: Gianni Vattimo et. al. “En torno a la posmodernidad”. Barcelona: Anthropos, 1990, pp. 103-110.

[5] Maurice Godelier. Communauté, Société, Culture. Paris: CNRS Editions, 2009, pp. 60-61.

[6] – Josep Martí Pérez. “El folklorismo”, Anuario Musi­cal, (Barcelo­na, 1990, n.º 45), p. 318.

[7] – Ibid., pp. 318-319.

[8] Marc Augé. “Llocs i no-llocs de la ciutat”. Revista d’Etnologia de Catalunya XII (abril de 1998), p. 15.

[9] Ibidem.

[10] Lluis Calvo y Josep Martí. “De “dies festa” a “festa2. Visions a l’entorn de la festa moderna i contemporània a Barcelona”. En: Albert García Espuche. La festa a la Barcelona moderna. Barcelona: Museu d’Història de la Ciutat, 2010, p. 307