Un patrimonio vivo y dinámico

Maria-Àngels Roque

Directora de Quaderns de la Mediterrània

“El patrimonio no es solamente sede de la memoria  de la cultura de ayer, sino también el laboratorio donde se inventa el mañana”. Estas palabras de  Kochiro Mansura, ex director general de la Unesco, se unen a las cada día más valoradas reflexiones que expertos e instituciones llevan a cabo sobre los legados culturales inmateriales. Pero ¿por qué resulta tan difícil definir el patrimonio cultural inmaterial? Quizás porque es un concepto amplio y, a veces, demasiado vago. En la década de los 90 se inició la exploración de los legados inmateriales: trazos característicos y distintivos de varias civilizaciones, con frecuencia mestizos, que se han mantenido a través de los tiempos hasta nuestros días y representan, a veces con mayor fuerza que la herencia material, los orígenes y la pujanza de la diversidad de las culturas, así como sus sucesivas apropiaciones. La adopción por parte de la Unesco de la Convención para la salvaguardia del patrimonio inmaterial de 2003 dio carta de nobleza a un patrimonio que, hasta entonces, se veía relegado al campo del folklore.

La noción de patrimonio cultural de la humanidad pretende categorizar para su salvaguarda aquellos elementos materiales e inmateriales que reflejan la capacidad creativa del ser humano y constituyen un símbolo de las culturas que representan. Como manifiesta Federico Mayor Zaragoza en la entrevista efectuada por el IEMed para el presente número, que lleva por título Patrimonio cultural inmaterial y memoria,”el patrimonio material, formado por elementos arquitectónicos y artísticos, se complementa con aquellas manifestaciones musicales, literarias o pedagógicas que son intangibles. Sólo una visión conjunta puede garantizar la preservación de los legados que han ido transmitiendo las distintas civilizaciones a lo largo de la historia”. El  patrimonio inmaterial en la cuenca mediterránea presenta una variedad ejemplar, fruto de la riqueza de las culturas y civilizaciones existentes en la región. El reconocimiento y la gestión efectiva de este legado podrán garantizar su protección para las generaciones venideras.

El patrimonio cultural nace con el Romanticismo y se desarrolla durante la Revolución industrial con el nacimiento del Estado nación, que intenta crear identidades propias. El Romanticismo proporciona criterios de legitimación extracultural como la naturaleza, la historia y la inspiración creativa. Durante el siglo XIX, el patrimonio cultural tiene una formulación básicamente histórica y no será hasta mediados del siglo pasado cuando la concepción se amplíe para transformarse en el concepto moderno de “bien cultural”. Este término aparece por primera vez en la Convención para la protección de los bienes culturales -muebles e inmuebles- en caso de conflicto armado, organizada por la Unesco y más conocida como Convención de la Haya de 1954. Esto supone una revolución, ya que a partir de entonces se valorarán no sólo los bienes tangibles, sino también los intangibles, así como los testimonios vivos en lo que podríamos denominar una sociedad de riesgo. Si anteriormente algunos aspectos de la cultura popular como la literatura oral, las fiestas o las tecnologías tradicionales pertenecían al campo del folklore, esta nueva visión supone un cambio de mentalidad en cuanto al patrimonio cultural. Los recursos patrimoniales han dejado de ser sólo tangibles y materiales para considerarse, asimismo, intangibles e inmateriales. La Recomendación sobre la salvaguardia de la cultura tradicional y popular de 1989 y la Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial de 2003, que en realidad se aplica a partir de 2006, ofrecen una rica panoplia, cada día más amplia. Es interesante observar cómo se comparten elementos culturales en una y otra ribera del Mediterráneo, con igual o distinto significado según las memorias históricas, muchas veces reinventadas para conseguir finalidades políticas.

Según la Unesco, se entiende por “patrimonio cultural inmaterial” las prácticas, manifestaciones y expresiones, así como los conocimientos y las técnicas que procuran a las comunidades, los grupos y los individuos un sentimiento de identidad y continuidad. Los instrumentos, objetos y espacios culturales asociados a esas prácticas forman parte integrante de este patrimonio. Todo ello incluye tradiciones y expresiones orales como la lengua, la literatura, la música, la danza, los juegos, la mitología, los ritos, los conocimientos y los usos relacionados con la naturaleza y el universo, la artesanía, la arquitectura y “otras artes”. La elaboración del patrimonio cultural ha implicado el establecimiento de la relación entre naturaleza y cultura como dos ámbitos interconectados. Así, hoy en día se hace hincapié en los procesos dinámicos de interacción que se producen entre los procesos sociales y los procesos ecológicos. Si además se introduce el concepto de sostenibilidad, es necesario tener en cuenta las adaptaciones a las realidades concretas. En este sentido, hay que recordar al gran antropólogo español Julio Caro Baroja cuando insistía en que “el medio es algo que está en función de la percepción del hombre, como en cualquier animal, pero la percepción del hombre es variable y cambiante”. Es evidente que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y la desterritorialización como rasgo central de la globalización implican la creciente aparición de formas de contacto y vinculación social que van más allá de los límites de un territorio concreto. Paradójicamente, la desterritorialización también incluye manifestaciones de territorialización, como han resaltado especialmente Arjun Appadurai y Néstor García Canclini. Para entender la sustancia de la desterritorialización  potenciada por el proceso de mediatización, hay que conceder especial importancia a las alteraciones que experimenta un imaginario constituido por imágenes culturales (mitos, leyendas, héroes, artes, tradiciones, referentes). El trabajo de la imaginación, como manifiesta Appadurai, supone un espacio de disputas y negociaciones simbólicas mediante el cual los individuos y los grupos buscan anexar lo global a sus propias prácticas contemporáneas, especialmente a través de la confluencia entre los medios de comunicación y el movimiento de personas. Los aspectos citados permiten observar cómo elementos festivos, musicales, gastronómicos o indumentarios están  inmersos  en el devenir social, cultural y político. Siempre ha sido así en la larga historia de las comunidades mediterráneas, pero actualmente, con la globalización, éstas se ven afectadas con mayor rapidez tanto por las migraciones como por los medios de comunicación e información y por el mercado. Ello las lleva, no sin tensiones, a una casi permanente adaptación y reapropiación cultural.

El dossier que presentamos sobre Patrimonio cultural inmaterial y memoria está compuesto por diferentes trabajos, una parte de los cuales es fruto del seminario internacional que tuvo lugar en Barcelona, en la sede del IEMed, sobre Gestión y salvaguarda del patrimonio inmaterial en el Mediterráneo. El objetivo de este encuentro, celebrado en septiembre de 2009, se centraba en la aceptación por parte de la UNESCO de la candidatura de la dieta mediterránea como patrimonio inmaterial de la humanidad. Sin embargo, el seminario dio cabida a otros ámbitos muy importantes con el fin de mostrar los principales aspectos que componen la gran potencialidad del patrimonio intangible mediterráneo, así como su evolución viva, dinámica y muchas veces compartida en ambas orillas.

Desde su conocimiento práctico, Georges Zouain nos advierte que, para saber si el patrimonio cultural inmaterial puede servir como lenguaje común en la cuenca mediterránea, en primer lugar debemos buscar elementos de unión y rasgos comunes en los pueblos milenarios que, durante siglos, han habitado la región. Así pues, es necesario remontarse al transcurso de la historia para rememorar las alianzas, las guerras, las influencias y los contactos que han marcado la vida de las civilizaciones mediterráneas. Para Zouain, ésta es la única manera de dotar de sentido a la noción de patrimonio cultural inmaterial y convertirla en un lenguaje común que vaya más allá de las identidades y los límites territoriales nacionales. Una vez reconocido su carácter unificador, habrá que identificar la autenticidad y la especificidad de dicho patrimonio, así como las razones de su patrimonialidad. Un territorio teje su historia a través de los tiempos con la incorporación de diversos elementos. Las vías de incorporación son también múltiples, y la recepción del pasado y su transmisión no se establece únicamente desde la mirada erudita, en ocasiones institucional, basada en el análisis de las fuentes documentales y materiales. Antes bien, en muchas ocasiones la imagen del pasado se construye desde el imaginario colectivo, que percibe el legado material e inmaterial y lo define, incorporándolo así a la memoria de cada pueblo. La filóloga Alejandra Guzmán analiza en su trabajo este proceso en relación con la antigüedad clásica, concepto que comprende un legado común a Europa y al Mediterráneo constantemente reinterpretado y reinventado para configurar imaginarios que perduran más allá de su realidad histórica.

Quizás sea la literatura oral la que haya mantenido de forma más constante esos lazos entre la literatura culta, los mitos y las leyendas. Muchos escritores del amplio espacio mediterráneo y de sus áreas de influencia  fueron niños embebidos en historias contadas a menudo por mujeres analfabetas. Historias que acabaron pasando a la cultura universal, como las escritas en latín por el norteafricano Apuleyo, o las que componen Las Mil y una noches, obra en la que Tahar Ben Jelloun, cuando era universitario y vivía en París, reconoció las narraciones de su abuela.

La poesía es un gran referente oral en muchas culturas, como explica en el dossier el poeta Bahia Mahmud Awah. Su artículo se centra en el carácter nómada del pueblo sahariano, que ha ido configurando a lo largo de la historia una tradición literaria basada en la oralidad. La poesía y la narrativa se transmiten así a través de las generaciones, y pocas veces han quedado trazas escritas de los poemas o cuentos. Awah aborda aspectos como la fragilidad de la memoria, ya que “la poesía y narrativa saharaui se transmiten de manera oral, de modo que, al repetirse, desarrollan la capacidad nemónica de aquellos que aprenden las suras del Corán, las rutas de las estrellas, los usos medicinales de las plantas, los nombres de por lo menos siete ascendentes masculinos de su familia para establecer los lazos de parentesco, y todas las obligaciones que éstos conllevan, con las demás personas”.

Un patrimonio emblemático de lo que representan los intangibles culturales se encuentra en la plaza Jemaa el Fna de Marrakech, ciudad que acerca el desierto al Mediterráneo. En 1997, el escritor español Juan Goytisolo y un grupo de intelectuales marroquíes organizaron una consulta internacional sobre la cuestión del patrimonio inmaterial y consiguieron que, en 2001, esta plaza fuera declarada obra maestra del patrimonio oral de la humanidad. Pero como manifiesta Ouidad Tebbaa, especialista en este tema, lo importante de esta plaza construida por los almorávides en 1071 es que ha sabido mantenerse como uno de los símbolos de la ciudad, entre lo material y lo inmaterial. Jemaa el Fna constituye un testimonio único de numerosas tradiciones, culturas y lenguas que se encuentran para mezclarse y convivir. Sin embargo, la declaración de la Unesco no ha logrado evitar la amenaza de desaparición de muchas de estas tradiciones milenarias. Antes bien, la afluencia turística resultante de la proclamación, así como la propia evolución de la sociedad civil marroquí, han provocado serios cambios en la dinámica de la plaza. Mientras que las actividades comerciales han adquirido una gran importancia, el arte de los narradores, encantadores de serpientes o acróbatas ha pasado a un segundo plano, con lo cual sus condiciones de trabajo resultan cada vez más precarias.

Juan Goytisolo sabe que la batalla de la cultura oral primaria está perdida de antemano, por ello resulta decisiva la que los contadores de historias llevan a cabo en favor de una cultura oral híbrida, en condiciones cada vez más difíciles. Dicha batalla consiste en integrar en su combate, justamente,  los libros. La renovación y el incentivo se producen a través de la lectura y del modo en que el narrador es capaz de contar historias de textos que el público desconoce, pero añadiendo embrollos o mezclando datos y nombres.  Se establece así un saludable proceso de intertextualidad, como manifiesta Ouidad Tebbaa, en vistas a renovar el interés de un público que gusta de novedades y al que la práctica de la halqa (el círculo alrededor del narrador) sirve para disfrutar aún más debido a la infinita capacidad de improvisación que permite.

Si el paisaje urbano de las plazas como lugar de reunión y centro interclasista conforma una de las señas patrimoniales de la identidad mediterránea, la fiesta es otro de los referentes del patrimonio inmaterial. Tradicional y/o reinventada, es uno de los signos de identidad más importantes. Frente a los procesos de globalización, la fiesta aparece como una respuesta plenamente inscrita en la modernidad y, a la vez, arraigada en el imaginario colectivo y popular de una sociedad. De esta forma, como manifiesta el antropólogo Luis Calvo-Calvo, un buen número de  fiestas mediterráneas, a lo largo del siglo XX y de manera especial en las últimas décadas, han sufrido transformaciones diversas motivadas por aspectos tan variados como los cambios en los rituales religiosos, la evolución del tiempo libre, el activo papel del comercio, el asociacionismo popular y, finalmente, la creación artística. Cada vez con mayor frecuencia, grupos de artistas y creadores se convierten en los auténticos animadores de la fiesta con sus creaciones, muchas de ellas basadas en el imaginario colectivo, popular y tradicional. Dado que en la cuenca mediterránea existen un sinfín de celebraciones festivas que fomentan el diálogo y la ciudadanía a través del conocimiento y el acercamiento mutuos, Calvo insiste en que es necesario un esfuerzo para llevar a cabo políticas integradoras en el contexto festivo, en favor de una ciudad-memoria que fomente la integración y convivencia de sus ciudadanos.

Poco a poco comprendemos de qué se compone el patrimonio cultural inmaterial y cómo se encadena la tradición con las nuevas aportaciones. La música es, en este sentido, paradigmática. El artículo de Elena Morató evoca los ritmos, los instrumentos y el nacimiento de nuevas cadencias, al tiempo que señala el hecho de que, al enfrentarnos a uno de los tesoros más inaccesibles de nuestro patrimonio inmaterial como es la música, con el propósito de analizarlo, diseccionarlo o simplemente clasificarlo, justo en ese momento empezamos a perdernos. Los orígenes de la música son diversos: pueden surgir tanto del ámbito religioso (celebraciones, ritos y expresiones ligadas al culto, moussems, procesiones, romerías…) como del profano (celebraciones del ciclo anual y del ciclo agrícola como siega, cosecha, vendimia o recolección; rituales de pasaje o tránsito; fiestas de carácter civil y familia; cantos lírico-amorosos…). Desde una perspectiva diacrónica, varias son las influencias que han cruzado el Mediterráneo en todos los sentidos, y que no se limitan a los estilos, sino que se acompañan de una expansión de los instrumentos asociados a ellos. El hecho religioso como eje vertebrador y transmisor de cultura ha tenido una importancia capital: la primera gran expansión fue protagonizada por la música ortodoxa bizantina en los primeros años del cristianismo, que dejó su huella tanto en Oriente como en Occidente y cuyas filiaciones han llegado hasta nuestros días. La música árabe, por su parte, también se expandió gracias al hecho religioso, y trajo consigo el laúd, instrumento cuya presencia no ha parado de crecer, llegando a desbancar otros instrumentos más antiguos en varios puntos de la geografía mediterránea. En el norte de África dio lugar al nacimiento de tradiciones ligadas a los ritos de las cofradías sufíes, como el giro tanura egipcio (a modo de la samaa de los derviches turcos), los rituales sincréticos de la ceremonia del zar en Egipto o la lila de las cofradías gnawa del Magreb, que incorporan elementos del animismo africano y que actualmente se escuchan en reputados festivales internacionales.

Hemos señalado más arriba que el patrimonio cultural inmaterial, definido por la Unesco a partir de la Convención de 2003, presenta una evolución dinámica característica, marcada por la tradición y la innovación. Las comunidades encargadas de preservar este frágil equilibrio reciben una cierta habilidad de sus ancestros y la transmiten a las nuevas generaciones en un proceso vivo y cambiante. Nozha Sekik nos presenta el ejemplo de las artesanas de Sejnane, al noroeste de Túnez,  que constituyen un modelo de preservación del patrimonio inmaterial. Las técnicas que utilizan estas mujeres para modelar la cerámica son milenarias y les han permitido vivir modestamente durante siglos gracias al comercio de sus obras. Sekik, desde su trabajo en el Institut National du Patrimoine de Túnez, constata cómo muchas veces este patrimonio no se protege lo suficiente ante una pérdida progresiva pero irremediable. Antes bien, suele verse amenazado —debido a que es más frágil que el patrimonio monumental y arqueológico— por una conjunción de los efectos de la evolución de las mentalidades, la modernización de las sociedades y la presión ejercida por la industrialización. Por ello, advierte la antropóloga, varios oficios están en vías de extinción, e incluso definitivamente perdidos por falta de relevo y transmisión generacionales, de preservación y promoción, de investigación y salvaguardia, y de creación e innovación. También, probablemente, por falta de un apoyo institucional fuerte y bien enfocado, y porque los hombres y las mujeres que conservan y dominan dichos oficios no siempre los valoran lo suficiente. En efecto, como lo pasan mal tanto a nivel económico como moral, dejan que se pierdan técnicas patrimoniales en beneficio de una producción en serie cuya carga cultural y contenido artístico están, por lo general, transgredidos y disfrazados.

Por otra parte, el proyecto Atlas del Cultivo Tradicional, presentado por el investigador riojano Luis Vicente Elías, es un buen ejemplo para utilizar la memoria de los actores que han vivido técnicas tradicionales en el patrimonio del cultivo de la vid anteriores al uso de los tractores y la maquinaria. Esta investigación pretende recuperar los gestos, rituales, herramientas y costumbres ligadas a la cultura de la vid. Actualmente, muchas de las tradiciones vitícolas apenas sobreviven en la Europa mediterránea, ya que los múltiples cambios provocados por la vida moderna han hecho desparecer los usos de antaño. Para evitar la pérdida de esta riqueza, que forma parte del patrimonio cultural inmaterial, proyectos como este Atlas resultan determinantes. Existe, además, una clara urgencia en esta recuperación, ya que el método de investigación se basa en encuestas a los informantes de más de 70 años. A falta de registros detallados, sólo ellos pueden relatar de viva voz en qué consistían las tareas del viñedo en el pasado.

Por último, es necesario apuntar, en relación al patrimonio inmaterial, que la preservación y la promoción de la dieta mediterránea constituyen actualmente una prioridad muy importante para la región mediterránea. Las razones son diversas: no sólo se han demostrado los múltiples beneficios que esta dieta aporta a la salud de la población, sino también sus ventajas respecto al desarrollo sostenible y el equilibrio social de esta zona. Se trata, por tanto, de una cuestión geopolítica multidisciplinar que afecta a los gobiernos de la región de manera decisiva. Aunque se ha trabajado conjuntamente en materia de cooperación agrícola y alimentaria, la baza más importante está aún por llegar: el reconocimiento por parte de la Unesco de la dieta mediterránea como patrimonio inmaterial de la humanidad. En este caso, Francisco Mombiela y Sébastien Abis nos recuerdan en su trabajo que la dieta mediterránea constituye un poderoso vector del diálogo intercultural. Más aún, a veces incluso ayuda a dar forma al discurso político en esta región.

Es cierto que en el imaginario mediterráneo la importancia de la alimentación, el respeto hacia los alimentos y el placer de la buena mesa son características comunes muy significativas. Y aunque este arte de vivir esté evolucionando, no por ello deja de ser una realidad tenaz en la región: el origen de los sentimientos de buena convivencia y familiaridad que animan los encuentros en el Mediterráneo proceden a menudo de los platos. Por este motivo, hay que subrayar la reciente puesta al día del concepto de la dieta mediterránea, con la definición de una nueva pirámide alimenticia. Dicha pirámide destaca la importancia fundamental de la actividad física y de la existencia de una buena convivencia durante las comidas, y sugiere dar prioridad al consumo de productos locales y estacionales. Elaborada sobre la base de los últimos análisis científicos que muestran la íntima correlación existente entre la dieta mediterránea y la salud de los individuos, esta pirámide constituye un primer ejemplo del concepto de la estructuración de los platos principales con la frecuencia de consumo de las diferentes categorías de alimentos. En segundo lugar, aunque sea verdad que el espacio mediterráneo ofrece una relativa convergencia en su modo de alimentarse, hay que relativizar la idea de una unidad gastronómica y subrayar las crecientes disparidades que se van perfilando a día de hoy. Disparidades relacionadas con los siempre considerables desfases en los niveles de riqueza, pero que también tienen que ver con las preferencias alimenticias que se imponen de maneras distintas en el entorno urbano y que, a veces, se abandonan en el medio rural. Contribuye a esta reflexión la especialista Isabel González Turmo, señalando que el patrimonio alimentario está ciertamente vinculado a la defensa del paisaje. Alimentación y paisaje cultural pueden ser considerados realidades inherentes. Sin embargo, en la actualidad resulta casi imposible circunscribir el territorio destinado a alimentar por completo a una población humana. La globalización ha barrido los límites que permitían identificar alimentación con territorio. Por lo cual, la antropóloga arguye que la defensa del patrimonio alimentario no puede limitarse a la protección de determinados alimentos o de los territorios donde éstos fructifican.

La sección Panorama de actualidad, como es habitual, acompaña al presente dossier de Quaderns de la Mediterrània. Por una parte, hemoscomplementado los trabajos sobre elementos intangibles con la explicación de la evolución de las mentalidades en un país que percibe fuertes tensiones entre la tradición y la modernidad, como es el caso de Marruecos. La socióloga Rahma Bourqia presenta así un análisis de la evolución de los valores en el contexto de esta sociedad, así como la negociación que tiene lugar respecto a dichos valores en la historia reciente marroquí y, por extensión, en los países musulmanes que comparten el área cultural del islam. Esta reflexión está basada en un estudio de los valores que se realiza cada diez años en más de 80 países, llamado World Value Survey. En el caso que presentamos, la encuesta se llevó a cabo en 2005 en Marruecos.

Por otra parte, en este número nos centramos en dos zonas del Mediterráneo que, a pesar de ser periféricas, influyen notablemente en las agendas políticas: el Cáucaso y Mauritania. ¿Forma parte el Cáucaso de la periferia mediterránea? ¿Es un espacio bisagra entre Oriente y Occidente? Los politólogos Deniz Devrim y Martí Grau centran su atención en las actuales relaciones entre el Este y el Oeste, y nos explican cómo el mar Negro se ha convertido en escenario de nuevas rivalidades. Una serie de conflictos han sido provocados por las diferencias de intereses o de aproximaciones entre los actores, cuyos intercambios se circunscriben, con cierto fatalismo, al comercio y la energía. Así, se hace necesario recurrir al factor humano, ausente en la percepción occidental de las relaciones en la zona. Alrededor del mar Negro han surgido iniciativas más o menos exitosas, pero que comparten el mismo defecto congénito: ignorar el hecho de que todo regionalismo que aspire a ser coherente debe construirse, en parte, sobre un sentimiento común de pertenencia a un espacio geográfico concreto. Por otro lado, en los últimos años, la región del Sahel está en el punto de mira de la actualidad internacional debido, sobre todo, a las amenazas terroristas – provenientes en su mayoría de Al-Qaeda para el Magreb Islámico – y el tráfico de droga existentes en el territorio. La analista mauritana Kadiata Touré explica las estrategias políticas y de cooperación entre los países del Sahel para combatir el terrorismo. El intercambio constante de información y ayuda son necesarios tanto a nivel regional, entre los siete países de la zona, como a nivel internacional. El silencio de las autoridades frente a las ONG y los medios informativos es, asimismo, uno de los problemas más graves que afectan a la región.

Finalmente, en la sección Panorama cultural recogemos dos eventos principales que han tenido lugar entre finales de 2009 y principios de 2010 con el fin de potenciar el diálogo intercultural entre las sociedades que conforman los países de la zona Euromed. El primero es la segunda edición del concurso de relatos Un Mar de Palabras, proyecto realizado por el IEMed en colaboración con la Fundación Anna Lindh. En este número ofrecemos los relatos de los tres finalistas del concurso en el que, bajo el lema “Construir puentes de confianza para superar los conflictos”, han participado 155 jóvenes de 37 países. También presentamos las conclusiones y enseñanzas defendidas por Katarina Stigwall en el Foro de la Fundación Anna Lindh para el diálogo entre culturas, celebrado en Barcelona en marzo de 2010. El evento contó con la participación de casi un millar de miembros pertenecientes a las asociaciones que forman parte de las redes nacionales euromediterráneas de la FAL. El historiador Jordi Casassas aporta, a título de ejemplo, su contribución en la sesión sobre conflicto y memoria. Así, vemos que el diálogo es necesario para recomponer el dolor y las representaciones de las memorias individuales y colectivas, en un intento de mejorar la cohesión de este espacio compartido.