Percepción de los conflictos, historia, memoria y comunicación

Jordi Casassas

Universidad de Barcelona

El objeto de un conflicto renovado con tanta frecuencia que llega a convertirse en una constante reside, más que en su naturaleza política, en la idea que los individuos involucrados se hacen de él. Los protagonistas, inevitablemente despojados de su individualidad bajo la influencia de la dinámica de los acontecimientos, acaban siendo proyectados en la memoria, donde son percibidos de forma subjetiva, colectiva y conflictiva. Si la historia hace a los hombres más comprensivos, la memoria, tendenciosa, universal y totalitaria, sin duda los opone. En el Mediterráneo, como en otros lugares, el conflicto se reduce a una mera cuestión de percepciones, que acabarán inscritas en la memoria histórica del colectivo. Ésta oscila entre la gloria del pasado, la decadencia del presente y el constante deseo de renacimiento. Así, el individuo tiende a pasar a un segundo plano a favor del colectivo, pero la paz, la no violencia y la inclusión sólo pueden construirse a partir de la consideración individual de las personas.   


Resulta ya habitual decir que la percepción de los fenómenos sociales es siempre e irremediablemente un acto esencialmente cultural, es decir, histórico.  Hay veces en que algunas afortunadas formulaciones sociológicas no son más que la puesta en negro sobre blanco de meras obviedades. El historiador alemán Reinhart Kosselek habla de estas valoraciones y posicionamientos como un lugar de confluencia del «espacio de la experiencia» y el «horizonte de las expectativas» que condicionan al protagonista en cuestión. Cuando los problemas se agrandan y los conflictos se vuelven realmente problemáticos, tenemos una tendencia natural a considerar a este protagonista como un sujeto colectivo e impersonal. No nos percatamos de que dentro del grupo hay individuos concretos, con experiencias concretas y horizontes o expectativas bien delimitadas, ya sean reales o simplemente imaginadas. Cuando los problemas adquieren nombres y apellidos nos desconciertan, y nos vemos incapaces de determinar si son de fácil solución, o no.

En primer lugar, es necesario plantear la percepción de los conflictos. Con eso quiero indicar que la percepción del conflicto constituye la precondición fundamental del comportamiento, las actitudes y los acomodamientos o las resistencias frente al cambio o, simplemente, frente a la marcha general de los acontecimientos. Desarrollar la confianza basándonos en la no violencia es algo que nunca se puede sustraer a la consideración de las personas concretas que se reconozcan próximas y con suficientes puntos en común para convivir pacíficamente.

A partir de aquí, es necesario plantear una de las grandes confusiones en las que se están hundiendo las sociedades occidentales (y específicamente las europeas, incluyendo, lamentablemente, a las mediterráneas), en buena parte como manifestación de esta vía secular de crisis de nuestra vieja hegemonía europea, de la que no sabemos cómo salir. Se trata de una confusión muy actual que, por sí misma, se va convirtiendo poco a poco en una fuente de conflicto. Me refiero a la concepción elitista, que pretende convertirse en un problema colectivo y político en esta última fase de la vivencia democrática, y que habla de una determinada  percepción del conflicto como algo  a caballo entre la historia y  la memoria. Tenemos, por una parte, una visión jerarquizada, ordenada y metódica de la percepción y análisis del pasado y, por otra, la percepción instintiva y subjetiva de nuestro recorrido vital, entendido desde las precondiciones de nuestra herencia, desde la vitalidad de nuestra pertenencia a un colectivo determinado y de nuestras expectativas personales de futuro.

Personalmente, tampoco puedo sustraerme del conjunto de mis herencias y de su peso en la forma de abordar este tema. Incluso como historiador, ya que uno de mis referentes iniciales no es otro que el francés Marc Bloch. De este autor me resulta interesante tanto la obra como su propia trayectoria vital, perfectamente adecuada para tratar de la percepción de los conflictos a caballo entre la historia y la memoria. Bloch fue un combatiente francés (anti alemán) de la Gran Guerra que consolidó su carrera profesional en la Universidad de Estrasburgo (epicentro del gran conflicto alsaciano y centroeuropeo). Finalmente, demasiado mayor para combatir en la segunda guerra mundial, en plena confrontación entre democracia y dictadura, ingresó en la resistencia en 1943 y, al año siguiente, fue detenido por la Gestapo y fusilado. Bloch dejó inacabada una obra sensacional de una profunda sencillez, Apologie pour l’histoire ou Métier d’historien (que publicaría en 1949 su compañero Lucien Fèbvre). Un autor como Bloch, perfectamente comprometido con su profesión y su época, no se abstenía de declarar, como si de un axioma universal se tratara, que la historia nos hace comprensivos (no condescendientes ni banales en el perdón fácil), mientras que la memoria, plural y subjetiva por definición, nos divide y confronta, sobre todo cuando vemos la propensión de las memorias a querer convertirse en universales y omnicomprensivas. Y añadía que el historiador no debería emitir juicios, ya que esta labor corresponde a los jueces. El historiador tiene que intentar comprender, analizar con la máxima imparcialidad y presentar los hechos de la manera más ordenada y metódica posible para que el lector, con esta información, pueda hacerse su propia idea y, eventualmente, determinar su postura (juicio) ante los hechos tratados.

A nadie se le escapa que cuando hablamos del mundo mediterráneo nos referimos a un espacio de convivencia y confrontación que engloba experiencias históricas, percepciones del conflicto y horizontes de expectativas de una naturaleza lo suficientemente distinta como para que nadie se atreva a generalizar y, aún menos, a dar lecciones de por dónde tienen que ir las cosas. Tenemos una tendencia general hacia el progreso, la modernización y la democratización porque, especialmente desde la orilla norte occidental, nadie puede imaginarse un escenario de futuro distinto. Por ello formulamos abstracciones y hablamos de grupos grandes y de contornos difuminados, evitando así la confrontación con el individuo concreto. Fijémonos en que uno de los rasgos distintivos del Mediterráneo, un recurso cultural que cada época y región se encarga de poner al día es, precisamente, la conciencia del esplendor pasado y la llegada de una grande y determinante decadencia histórica. Así, en toda el área aparecen expresiones léxicas que «denigran» al propio pueblo (a veces en términos sumamente duros). En el siglo xx, en la orilla norte, la larguísima pervivencia de regímenes antiparlamentarios y dictaduras sanguinarias (mientras que en el conjunto de Europa se consolidaba la democracia parlamentaria) contribuye de forma sensible a la percepción del conflicto como un perjuicio de civilización, una fatalidad histórica.

También acostumbra a aparecer otra imagen por todo el Mediterráneo, complementaria de la conciencia de crisis, de apartamiento del curso de la historia, marginación y falta de confianza en las propias fuerzas. Me refiero a la imagen del Fénix, símbolo del renacimiento de entre sus propias cenizas, de la recuperación y de la regeneración. Podemos citar en este sentido, por ejemplo, un área ciertamente precoz, Cataluña, que tiene conciencia de uno de esos renacimientos contemporáneos desde finales del siglo xviii. Y este concepto/orgullo interviene en muchos posicionamientos políticos y sociales posteriores, como una corriente de fondo subyacente a las tensiones y crisis. Un rasgo que aflora a partir de los años sesenta del siglo xx, a pesar de la persistencia de la dictadura franquista, como un elemento que permite hermanar modernización, democratización y nacionalización. Esta gran inercia positiva dará forma y contenido a la gran opción catalana antidictatorial de la transición a la democracia en España.

En el Mediterráneo, este binomio o alternancia entre decadencia y renacimiento constituye un rasgo de fondo, gracias al cual la memoria del grupo entronca con el discurso histórico y permite vertebrar una estrategia «política» bien adaptada a los sentimientos colectivos reales. La dificultad cultural y política para establecer un discurso histórico adecuado proviene de la intensidad y la pasión con que se vive esa alternancia. Además, en las últimas décadas se ha incorporado a esta forma de tensión el discurso de género, muy rico y complejo.

También es necesario mencionar otro de los elementos que intervienen en la percepción de los conflictos: el sujeto (individual o colectivo) de la percepción. El mundo mediterráneo, que se entiende a sí mismo como un espacio atormentado, constituye al mismo tiempo un área muy especial, donde se combinan las autarquías locales con una extraordinaria movilidad social, evidente sobre todo en la constitución de su tejido urbano. Sabemos que hoy en día este factor (las masivas migraciones producto de la globalización) representa otro de los elementos de desequilibrio y diferenciación interna. Nadie tiene la solución de este gran problema más allá de la exhortación a la integración intercultural o a la magnanimidad un tanto condescendiente del multiculturalismo. Es cierto que las proporciones actuales son abrumadoras, y que la percepción del conflicto aumenta en sentido negativo a causa del número y la rapidez de los acontecimientos. Pero también debemos ser conscientes de que estas sociedades mediterráneas de aluvión representan una constante histórica que se remonta a períodos en los que no existía ningún poder regulador superior.

Si nos fijamos en el caso catalán, veremos que desde los años cuarenta del siglo xix los índices de natalidad decrecen, mientras que los de la producción industrial moderna se consolidan al alza; el campo se estanca demográficamente y se llega a 1900 con una población activa dedicada al sector primario inferior al 50 % (actualmente no llega al 3 % del total). Este crecimiento económico no se podría haber realizado sin contar con la llegada constante de gente de fuera de Cataluña; y aunque es cierto que inicialmente los recién llegados provienen de las regiones montañosas y rurales de la propia región, rápidamente empiezan a llegar de la periferia y, a partir de 1920, de zonas mucho más lejanas. Se ha dicho, y con razón, que ese rasgo histórico no tiene nada que ver con lo que sucede en la actualidad, ya que los recién llegados tienen culturas, tradiciones y religiones absolutamente diferentes de las autóctonas. Ahora bien, en aquellas migraciones históricas también intervenía el factor del analfabetismo y la total falta de hábitos urbanos e industriales de sus integrantes. La historia de Cataluña está llena de testimonios de cómo se culpa a los recién llegados de las grandes crisis y las principales tensiones.

Algunos historiadores de reconocida solvencia (por ejemplo, Jaume Vicens Vives), han afirmado que estos persistentes recién llegados constituyen el principal factor de desequilibrio histórico regional. Sin duda, este análisis no representa un estímulo positivo a la hora de percibir el conflicto y, mucho menos, de encontrar soluciones a los problemas. El argumento básico es que el recién llegado es un inadaptado. El caso catalán es rico en ejemplos en los que se utiliza siempre el argumento de que la inadaptación se consuma por medio de la relación con la vida moderna, industrial y urbana. Así, el elemento recién llegado se asimila al factor históricamente retardatario. De un tiempo a esta parte, en Cataluña a menudo hablamos del «ascensor social». Según esta teoría, más allá de la integración primaria (recogida en la occidental Declaración de los Derechos Humanos), la realidad catalana habría  promocionado el ascenso social del recién llegado. Ahora contamos con un ejemplo de máximo nivel, pues uno de estos recién llegados —un andaluz emigrado en los años sesenta— ha acabado por convertirse en el presidente  del Gobierno de la Generalitat de Cataluña.

Se trata de un tema recurrente  en el debate cultural político catalán y no parece que vaya a abandonarse a corto y medio plazo. Así pues, en Cataluña, pese al aparente éxito de su «renacimiento» contemporáneo, avalado por unos logros materiales que al final son lo que más cuenta, el problema de la identidad del grupo también sigue vigente. Esto implica muchas cosas a la hora de construir un discurso político que permita superar las «anomias» actuales de la globalización, simplificar las propuestas y afrontar el presente/futuro con unos mínimos de salubridad democrática. A pesar de ser considerados los protestantes del Sur, los catalanes también somos partícipes de la congénita debilidad mediterránea (aunque hay que tener presente el alto grado de institucionalización de la sociedad civil), un hecho que muchos atribuyen a la falta de un estado propio. Esta forma de «debilidad» identitaria es uno de los rasgos que debemos tener más presentes, como una forma positiva de amor propio presentado con buenas maneras, por así decirlo, a la hora de mostrar a la comunidad internacional nuestra percepción particular y actual del conflicto.

Es necesario volver al problema de la memoria que, por lo que puede verse en las relaciones interregionales e internacionales actuales (pese a la agresiva propaganda de estar instalados en una vida global y en red), constituye un tema extremadamente sensible. Una de las principales fuentes del conflicto en el que estamos instalados reside no en la memoria, sino en su «comunicación». Hace tiempo que sabemos que los problemas de la comunicación moderna son realmente determinantes. Existen numerosos estudios, por ejemplo, respecto al papel de la prensa en la generación del clima prebélico de la antigua Yugoslavia (no muy diferente a la escalada de agresividad periodística que afectó a Cataluña y España desde enero a julio de 1936). Sin embargo, en términos generales y desde Cataluña, la prensa y los medios de comunicación de masas se han convertido, con el tiempo, en una extensión de la sociedad política y han abandonado la antigua condición de «cuarto poder» independiente. Este bloque «poder/comunicación» ha pasado a ser uno de los grandes elementos negativos en el proceso de percepción y gestión de los conflictos, creando o redefiniendo percepciones sociales dotadas de un gran potencial conflictivo. Es realmente sospechoso comprobar cómo se consolida una situación en la que, en general, ya no interesa saber qué piensan o defienden los hombres públicos, sino a favor o en contra de quién están. Así, un testimonio estético y mediático se sitúa por encima de la defensa de un ideario y el respeto a un programa de acción coherente con éste.

No son necesarios demasiados análisis para entender la circunstancia mundial que ha llevado a un primer plano las denominadas «políticas de la memoria». Aunque el fenómeno proceda del mundo anglosajón y germánico, y se haya convertido en otro de los instrumentos utilizados para hacer explícito el avance cualitativo de la democracia, lo cierto es que se ha universalizado con gran rapidez, y eso dificulta mucho cualquier pronunciamiento que cuestione, aunque sea sólo en parte, su conveniencia y utilidad. Con todo, y a pesar de la importancia de la memoria para la propia definición de los individuos y los grupos, en el Mediterráneo sabemos por nuestra larga experiencia histórica que cuando ciertas memorias se han querido imponer sobre otras, el conflicto ha estallado con una virulencia inusitada. Por este motivo, es necesario advertir de la importancia sobredimensionada que hemos querido dar a las «políticas de la memoria». En vez de ello, y siguiendo una vez más las enseñanzas de Marc Bloch, debemos concentrar nuestros esfuerzos en la confección paralela de buenas historias locales/regionales/estatales, consensuando un guión de mínimos para permitir ulteriores contrastes. Debemos confiar en que la historia, el conocimiento ordenado, nos haga comprensivos y nos permita abordar los conflictos con mayor perspectiva para, de este modo, hacer política. Es curioso constatar cómo, al hablar de la resolución de conflictos reales y complejos, acabamos reivindicando el papel activo y ejemplar de la historia/instrumento (herramienta), y la búsqueda de un contacto real entre los individuos. Y resulta curioso porque, precisamente, el mundo de la globalización, en el que los conflictos están adquiriendo unos nuevos y trágicos niveles de intensidad, promociona el ahistoricismo activo (un presentismo / futurismo agresivo) y fomenta la individualización más descarnada. Es probable que, con esta contribución en sentido reivindicativo del grupo que se reconoce en su historia y reconoce a unos vecinos tan próximos, el área mediterránea se permita una contribución original y positiva a una comprensión de las cosas que en los últimos siglos ha pecado de exceso de lógica anglosajona.