El patrimonio inmaterial de la vid: resultados del Atlas del cultivo tradicional del viñedo

Luis Vicente Elías

Departamento de Documentación y Patrimonio Cultural, Bodegas R. López de Heredia, Viña Tondonia (La Rioja)

El proyecto Atlas del Cultivo Tradicional pretende recuperar los gestos, rituales, herramientas y costumbres ligadas a la cultura de la vid. Actualmente, muchas de las tradiciones vitícolas apenas sobreviven en la Europa mediterránea, ya que los múltiples cambios provocados por la vida moderna han hecho desparecer los usos de antaño. Para evitar la pérdida de esta riqueza, que forma parte del patrimonio cultural inmaterial de los países mediterráneos, proyectos como este Atlas resultan determinantes. Existe, además, una clara urgencia en esta recuperación, ya que el método de investigación se basa en encuestas a los informantes de más de 70 años. En efecto, sólo ellos pueden relatar de viva voz en qué consistían las tareas del viñedo en el pasado.    


El Atlas del cultivo tradicional es un proyecto[1] que se está llevando a cabo a nivel internacional en varias comarcas vitivinícolas de España y América Latina. Su objetivo es el conocimiento de las técnicas de cultivo empleadas en la labor del viñedo antes de la llegada de la implantación de los medios automóviles en el trabajo del campo. Nuestra pretensión es, a través de la encuesta a personas de edad superior a los 70 años, conocer cómo eran las tareas en el viñedo. No podemos retroceder más atrás en el tiempo por razones vegetativas de nuestros propios informantes, pero obtenemos datos de momentos históricos muy interesantes en cuanto que nos encontramos con el final de los cultivos manuales de la viña y la terminación del empleo de las caballerías como medio de tracción en la actividad del viñedo.

La investigación está orientada a conocer una actividad que tiene un carácter material: el trabajo para conseguir unos frutos de calidad para elaborar un producto alimentario fundamental en el mundo mediterráneo. Sin embargo, este mismo trabajo está lleno de acciones de claro contenido inmaterial, que van desde las prácticas agrícolas hasta los aspectos gestuales de las labores manuales, las relaciones con la tradición oral, el mundo simbólico o el saber popular.  Así pues, el hecho de basarse en un estudio sobre la memoria y no sobre la observación participante le da un carácter muy particular. Repasaremos a continuación algunos datos de los que estamos obteniendo en la realización de la encuesta en varias comarcas vitivinícolas:

Los nombres de la tierra

Un excursionista  que recorre el Camino natural del Ebro GR 99, que sigue la cuenca del río, disfruta de la visión de los viñedos en varios territorios regados por éste, pero no va a saber que cada porción de tierra que atraviesa tiene un nombre propio que sirve de referencia y reconocimiento al habitante de la zona, y que este nombre puede describir retazos de la historia local, o indicar las características de ese entorno, o citar un oscuro origen. Simplemente, la tierra tiene nombre y apellidos. A través de años de historia oral los nombres de la tierra, la toponimia, se han mantenido con una cierta continuidad que, misteriosamente, se fragmenta y desaparece en la actualidad. A esta pérdida han contribuido muchos factores que debemos relatar, ya que están muy relacionados con el trabajo que estamos realizando.

Durante la investigación nos ha sucedido que, durante un recorrido por uno de los viñedos objeto de estudio, una persona de edad, nuestro informante de 74 años, nos explicaba los nombres de la tierra, y conocía más del doble de nombres del territorio que su hijo de 41 años, también agricultor. El cambio de la propiedad de la tierra, la concentración parcelaria o la adquisición de viñedos por parte de compañías foráneas hacen que un entorno de viñedo actualmente con tres términos, tuviera en los años 1940 catorce términos. Esta transformación en el paisaje, de la que hablaremos también más adelante, se reproduce además en la terminología local.

Los nombres de la tierra varían y se reducen, y a ello también contribuyen los organismos que dibujan y plasman en papel las formas de la tierra. Si manejamos la cartografía española del Instituto Geográfico Catastral de la época anterior a los años 1940, veremos que son muy abundantes los términos escritos sobre los mapas. Sin embargo, conforme vamos acercándonos a la situación actual, la plasmación de la toponimia en la cartografía española se va reduciendo. Podemos observar el mismo fenómeno en la cartografía catastral, en la que los mapas antiguos nos ofrecen una abundancia de términos que se va reduciendo hasta llegar a la inexpresiva documentación cartográfica que nos ofrecen actualmente los Sistemas de Información Geográfica de Parcelas Agrícolas de todas las comunidades autónomas. Pero además de estas causas indirectas, la pérdida del nombre del territorio está relacionada con el nuevo uso que de la tierra se realiza. Nuestros informantes nos explican que desde niños sabían los nombres del territorio, su término municipal, incluso el de algunos terrenos de localidades vecinas. Como solían llevar los alimentos a los trabajadores que pasaban toda la jornada en el viñedo, o conducir las caballerías con carga, les era necesario conocer “el callejero” de su espacio vital. En zonas de viñedo de minifundio, cada parcela poseía su nombre y era localizada por los coetáneos y distinguida del resto. El nombre, el tamaño, las características varietales o un hecho singular eran lo que la distinguía de las otras.

Los nombres del territorio del viñedo nos relatan muchas cosas como la calidad de la tierra -“La Salegona”- o la superficie -“Mil doscientas”, nombre referido a una viña de 6 obreros de viñedo, en una comarca que el obrero cubre una superficie de 200 cepas-. El nombre “Viñas Viejas” se refería a un espacio con cepas anteriores a la filoxera, y “Miralasbuenas”, a un enclave de una notable calidad. Los nombres de la tierra también se corresponden con los tipos de plantaciones y cultivos que en ellos se desarrollan. No es lo mismo “un plantao, que un majuelo, que una viña, un perdido, un parral”, y todos son espacios de cultivo de cepas. Si a esto unimos el riquísimo conjunto de las variedades de uva que se encuentran en la mayor parte de las localidades estudiadas hasta que la filoxera y la posterior transformación del viñedo, por medio del injerto, unifican y reducen ese diccionario varietal tan abundante en España, nos encontramos que sin empezar a cultivar la viña, la cultural oral que la alberga es interesantísima.

Los objetos que relatan

El estudio museográfico de los objetos empleados en el cultivo de la viña nos muestra la evolución de las técnicas del trabajo del viñedo, y a la vez nos describe la pervivencia de los viejos útiles y su empleo desde épocas muy remotas. Es interesante destacar la relación existente entre las formas de plantación y las herramientas empleadas en el trabajo del viñedo. Asimismo, es un hecho que la aparición de la filoxera y la destrucción del viñedo europeo trae consigo el cambio total de las técnicas de cavado y laboreo. La plantación del viñedo regenerado después del ataque del insecto se hace en líneas para facilitar el cultivo con caballerías que posteriormente darán paso al tractor, que deja una  anchura adecuada entre las cepas.

Los útiles y objetos, por tanto, nos van a describir acciones, gestos y manifestaciones inmateriales que, al tener su base en los materiales de esas herramientas, hierro y madera esencialmente, transcienden lo material para describir lo gestual. Otro aspecto que debemos destacar en el estudio del cultivo de la viña es la pervivencia, casi hasta nuestros días, del empleo de útiles cuyo origen se remonta siglos atrás. La validez temporal del dato etnográfico nos parece de gran interés. El ejemplo del podón, útil empleado hasta nuestros días para podar la viña, es muy representativo, ya que lo encontramos en estelas paleocristanas, representaciones de códices medievales, escudos renacentistas o dinteles de casas y bodegas del siglo XVIII, y aún hoy lo vemos empleado por algún podador en ciertas comarcas vitícolas.

El objeto persiste en su materialidad y puede continuar en su acción si somos capaces de recuperar los gestos de sus actores a través de la encuesta. La ficha del objeto tiene un carácter museográfico pero la descripción de su uso, el refranero que aconseja, el dicho que recomienda o la imagen religiosa que lo porta nos van a describir manifestaciones inmateriales de gran interés. La importancia que nosotros concedemos al estudio etnográfico que estamos realizando se basa en esta relación entre los estudios sobre el patrimonio material y el inmaterial para llegar a una descripción etnográfica total, sin fragmentar la realidad que se estudia. El análisis de los objetos y la aplicación de éstos al trabajo, a través del gesto, es decir la actividad laboral, nos ha hecho comprender otro aspecto muy importante que comienza a valorarse en la actualidad. Nos referimos a la relación entre el hombre, la actividad y el territorio a través del estudio del paisaje.

El paisaje que nos narra

Si analizamos la actividad diaria de un obrero del campo de los años 1940, con un útil manual como es una azada, un pico y una pala para realizar los aterrazamientos habituales en muchos viñedos en ladera de la Península Ibérica, y observamos en la actualidad la labor realizada por una potente máquina de extracción de tierra autopropulsada, nos daremos cuenta de cómo el hombre interviene en el territorio y lo transforma para constituir así el paisaje vitivinícola, que posee un gran interés.

Nos encontramos, por tanto, ante unas transformaciones observables del territorio que se realizan mediante el uso de herramientas y que modifican esos paisajes, que son cotidianos. No nos referimos, en efecto, a los paisajes excelsos clasificados por las instituciones internacionales, sino a los entornos habituales en los que se realiza la actividad vitícola. Son los paisajes del viñedo, que forman parte del patrimonio natural pero se vinculan directamente con aspectos materiales y también inmateriales, como hemos descrito al hablar de la toponimia. Así, el paisaje es objeto de estudio de nuestro Atlas, ya que creemos que forma un todo con el conjunto de manifestaciones que nos describen la actividad y, por esa razón, tratamos de localizar esos paisajes singulares, que nos relatan desde su emplazamiento aspectos tales como la herencia, la propiedad, la distribución municipal, las variedades de la viña, la edad del viñedo y otras muchas observaciones que un espectador bien aconsejado puede leer en esa tierra tan expresiva. El paisaje, por tanto, nos narra una historia local de esa actividad, y se constituye en espacios con características únicas atribuibles a un conjunto de causas muy diversas.

La preocupación que el mundo del vino ha tenido desde épocas remotas por distinguir los orígenes territoriales del producto se plasman, desde mediados del siglo XIX, en la distinción de los territorios que caracterizan estos orígenes. Es el precedente de las actuales denominaciones de origen, que distinguen los vinos según su vinculación con la tierra que los produce. Esta relación entre territorio y producto a través del paisaje y su estudio vinculado a la cultura tradicional es otro de los objetivos de estudio del Atlas.

Los cuidados de la cepa

La actividad vitivinícola en España tiene una larga historia: si analizamos los restos arqueológicos de la Península, leemos manuales de agricultura u observamos manifestaciones artísticas muy diversas, vemos que existe esa continuidad ya citada. Pero hay un momento en la viticultura europea en que se produce un cambio esencial: el momento de la reconstitución del viñedo después del arranque, motivado por la destrucción que llevó a cabo el insecto de la filoxera. En España todavía podemos encontrar cepas y parras anteriores a ese momento, que  localizamos a comienzos del siglo XX, pero la mayor parte de los viñedos han sufrido la transformación citada. Esta época es la del inicio de la moderna viticultura y, a través de la encuesta, vemos cómo se incorporan las novedades de aquellos años sobre los cuidados de las plantas. Las cepas se separan en su marco, se forman en altura, se injertan y se podan con nuevas técnicas. Todos esos cuidados responden a nuevas ideas agrícolas que nos vienen sobre todo de Francia a través de agricultores, viveristas y “negociants” que vienen instalando en nuestro país desde el último tercio del siglo XIX. A partir de ese momento, los viticultores españoles comienzan a trabajar las cepas con orientaciones y consejos venidos de otras tierras.

Esta producción agrícola, que en algunas zonas constituye un monocultivo, ha tenido una extraordinaria transformación en cuanto a su cultivo. La rentabilidad de la explotación se basa en la producción en kilos, la calidad de los frutos y el ahorro en los costes, lo que ha hecho que el cultivo se modifique extraordinariamente. Uno de los objetivos del Atlas es describir esas técnicas que hoy están casi olvidadas pero que nuestros informantes han ejercitado en su juventud y, si no somos diligentes, se van a perder debido a la propia transformación tecnológica y al decurso vegetativo. Éste último es el causante de que hayan desaparecido técnicas como el cavado manual, el abonado con materias vegetales, el acodo de sarmientos y otras muchas que los más ancianos nos describen. Algunas de estas acciones descritas en la encuesta tienen vigencia en la actualidad y pueden tener su aplicación en las modernas actividades de la viticultura biodinámica que actualmente se están desarrollando por todo el mundo.

Recoger y documentar actividades es, por tanto, uno de los objetivos del trabajo, y estas acciones, en tanto que gestuales, forman parte del patrimonio inmaterial de cada una de las regiones. El carácter comparativo que se pretende dar al estudio, a través del empleo de una metodología única, nos va a mostrar las variantes que pueden existir en cada territorio y que dan las características locales que tienen un extraordinario valor, lo mismo que nos ocurre con las variantes del vino que se producen en cada comarca. En cuanto al carácter inmaterial de las actividades que estudiamos, hay todo un conjunto de descripciones orales reflejadas en refranes, dichos, narraciones y relatos encargados de orientar al neófito y preservar para el futuro esos conocimientos que, al tener un amplio componente inmaterial, podrían perderse si no existiera la tradición oral. Gracias a ella se pueden transmitir estos conocimientos de una generación a la siguiente.

En la actualidad estamos constatando que esa transmisión se interrumpe, ya que las nuevas generaciones aplican otras herramientas y acciones que no poseen relación con el proceso anterior. Un ejemplo de ello podría ser la poda de la cepa: al realizarse las formaciones de los nuevos viñedos en espaldera, éstos precisan de una técnica completamente diferente a la que se empleaba en las plantaciones en vaso. En este caso, por tanto, los etnógrafos estamos recibiendo la transmisión para evitar la pérdida de estos conocimientos. A la vez constatamos que las variantes locales están desapareciendo, y que nos acercamos a una agricultura global con técnicas comunes en muchas zonas de España, debido al empleo de maquinaria similar.

El fruto sagrado

Una de las observaciones que sorprende cuando se estudia la viticultura tradicional española es la abundancia de variedades vitícolas que existían en el pasado y cómo esa excelente pluralidad se está reduciendo y el número de ellas va disminuyendo. En efecto, la viña se ha ido acomodando en todas las comunidades autónomas de España, y en cada una de ellas hay variantes que se han ido adaptando y que dan peculiaridad a los vinos españoles. La recuperación de estas variedades ya se está realizando en algunas tierras vitícolas como en La Rioja, pero esta biodiversidad del viñedo es una importante riqueza que, con los medios actuales, no sería complicado recuperar. Por otra parte, la búsqueda de estas manifestaciones locales puede generar importantes recursos, ya que son productos muy apreciados por los aficionados.

La base de la vinicultura está en el viñedo y, por esa razón, creímos urgente comenzar el trabajo por la viña y, en una segunda parte, dedicarnos a las actividades de bodega encaminadas a la elaboración del vino. Algunas veces nos preguntan la razón de esta separación, que está basada en la duración de la encuesta dedicada a la actividad agraria (si se realiza a conciencia,  cada entrevista precisa de más de seis horas). Por esta razón, al concluir la descripción de la vendimia y la recogida del fruto, no seguimos con las labores de bodega, que constituirán una segunda parte del estudio.

Santos y protectores

La actualidad vitivinícola se desarrolla a lo largo del ciclo anual que sigue el ritmo vegetativo de la planta que soporta esa cultura del vino. En ese calendario se mezclan los períodos de actividad con los festivos, y en el santoral aparecen fechas propicias, santos protectores, momentos peligrosos para la integridad de la planta. El año, por tanto, no es un tiempo idéntico y monótono, sino que está compuesto por momentos muy distintos y es de nuevo la tradición oral la que nos va a recordar esas fechas.

Las cuatro estaciones anuales ven crecer y reposar a la cepa, y observan el quehacer del viñador. El refranero que surge de la callada observación de la naturaleza recuerda los mejores momentos para cada actividad: “Poda en enero y cava en febrero y tendrás un buen uvero”. Estos aspectos inmateriales pero conocidos y trasmitidos son objeto de estudio en nuestro proyecto. Hoy día, el etnógrafo recoge el testigo de la tradición oral como si del nieto de los ancianos que la relatan se tratara.

El viñador está expuesto a múltiples problemas en su bien cuidado viñedo: los hielos de primavera, la temida piedra de las tormentas estivales, las enfermedades producidas por lluvias y humedades, los ataques de los insectos y las plagas, el exceso de sol, la sequía. Todo son avatares que se ciernen sobre su preciado fruto y pretenden destruirlo. El agricultor, además de procurar mitigar esos aspectos negativos con su trabajo y actividad, intenta a su vez tener aliados que lo ayuden y protejan. El santoral nos destaca, en este sentido, algunas fechas en el calendario que son ya referencias para ciertas actividades agrícolas, ya momentos de plegaria para que los frutos maduren, ya ocasiones de agradecimiento por las cosechas obtenidas. Así, los santos en la viña tienen una función determinada, cumplen con su cometido y son, de nuevo, una referencia inmaterial que estudiamos en nuestro proyecto. Además, tienen una plasmación material en láminas, esculturas o relieves que nos hablan de la imaginería popular y de su significado.

La agricultura como actividad primordial en el medio rural tiene un patrono, San Isidro, al que cada 15 de mayo los labradores de los pueblos españoles sacan en procesión para implorarle protección. Hay otros santos muy vinculados a la agricultura: bien por su fecha de veneración, como San Marcos, San Roque, San Mateo o San José; bien por la actividad que ejercieron o por otras razones menos concretas, como es el caso de San Vicente. El santoral protege a la viña y genera actividad, fiestas, rituales, plegarias y oraciones, que se completan con recorridos, procesiones, bendiciones de campo y otros rituales, que unen lo sagrado con la agricultura.

En la actividad vitícola, tal como nosotros la estudiamos a través de las encuestas del Atlas del Cultivo Tradicional del Viñedo, aparecen integrados elementos del patrimonio. Este término, habitualmente, se desgaja en dos acepciones: patrimonio cultural (a su vez dividido en material e inmaterial), y patrimonio natural, que comprende aspectos territoriales y paisajísticos por los que llegamos al concepto de paisaje cultural. Esta relación entre aspectos simbólicos y materiales nos aparece en las respuestas del cuestionario y, probablemente, sea uno de los elementos que más han desaparecido en la viticultura actual. Esto no quiere decir que el patrimonio inmaterial no tenga una continuidad, que lógicamente sí la tiene, sino que, en relación con las actividades, tareas, territorios o usos, existía en el pasado una gran riqueza patrimonial que hoy ha desaparecido en las nuevas generaciones de viticultores, los cuales han sustituido ese conjunto inmaterial por otro que debemos analizar. En efecto, el mundo simbólico, ritual y religioso vinculado con la viña prácticamente ha desaparecido en la mayor parte de las regiones estudiadas. La lógica evolución de las técnicas y tareas agrícolas, la aparición de la maquinaria automóvil, la incorporación de mano de obra multirracial, la presencia de empresas propietarias de viñedos, el incremento de las superficies de cultivo y otras muchas razones hacen que nos encontremos con una moderna viticultura que poco tiene que ver con aquella que pretendemos estudiar a través de las encuestas.

No queremos mostrar ni un atisbo de lamentación por estas lógicas transformaciones que han llevado al vino español a cotas nunca alcanzadas hasta ahora en cuanto a prestigio y sus consecuencias en la comercialización. Creemos necesaria la evolución de las técnicas pero, de la misma forma, exigimos el estudio de las manifestaciones culturales que el propio cultivo generó en el pasado, y que en muchos casos es el origen y la causa de la actual situación de nuestros vinos en el mundo.

Recetas y remedios. El patrimonio alimentario

A lo largo de nuestras investigaciones, hemos visto la necesidad de distinguir entre las diversas culturas mediterráneas y, por esta razón, proponemos una sencilla reflexión relativa a la vid como producto mediterráneo. Hace algunos años tuvimos la ocasión de realizar una exposición titulada La vid y el vino en los pueblos del Mediterráneo[2], organizada con ocasión de apoyar la candidatura a Patrimonio de la Humanidad del Itinerario Cultural de la Vid y el Vino por los pueblos del Mediterráneo. De aquellos trabajos y reuniones obtuvimos abundante información sobre la presencia de esta planta y su producto en la época actual. En aquel catálogo hablábamos sobre los países no mediterráneos donde se cultiva la vid del modo siguiente: “Éstos son los otros Mediterráneos en los que se da la viña y el resto de los productos procedentes de este terreno original. La diferencia sustancial es que en el entorno mediterráneo, la viña es cultura y en el resto de los lugares, la vid es producción agrícola o cultivo agrario.”[3]

Pues bien, el trabajo del Atlas nos ha llevado a varios países latinoamericanos donde estamos realizando algunas encuestas, y nos hemos dado cuenta de nuestro error al vincular cultura del vino con la antigüedad milenaria. Y es que a lo largo de la historia de la vitivinicultura se han producido transformaciones y modificaciones que han hecho de ese producto tan local y tan propio un generador de culturas en lugares muy alejados del planeta. La primera globalización de la actividad vitivinícola tiene antecedentes romanos y señas identitarias cristianas. La llegada de las influencias del Imperio Romano a las márgenes del mar Mediterráneo y la utilización del vino como elemento sagrado por parte de la colectividad cristiana hacen que se dé una primera internacionalización de la cultura de la viña. Posteriormente, en el siglo XVI, los conquistadores, y de su mano los misioneros, llevan ese producto agrícola, bien en sarmiento, bien en semilla, a todos los países a los que se dirigen sus naves. Esto hace que durante más de cuatro siglos la cultura de la vid haya estado presente en “los otros mediterráneos”, y por ello nos encontramos con manifestaciones del patrimonio material e inmaterial en los países latinoamericanos que hemos estudiado. A ello hemos de añadir otro hecho histórico de vital importancia para la universalización de la cultura del vino: la llegada de la filoxera a Europa como elemento destructor del viñedo tradicional.

La destrucción del viñedo europeo en su gran mayoría y la aplicación de la nueva técnica del injerto para evitar el ataque del insecto, con la distribución de nuevas variedades de origen francés e italiano; la aparición de nuevas técnicas de trabajo con caballerías; el empleo de la formación en espaldera; los novedosos sistemas de poda y algunas otras innovaciones hacen que al hablar de la tradición del cultivo del viñedo mediterráneo debamos tener en cuenta estas innovaciones, que no se desarrollaron en países del hemisferio sur. Éstos, en efecto, continúan con sus técnicas de cultivo, llevadas en su día por los misioneros y conquistadores. Ha sido en los últimos veinte años cuando se ha producido el cambio de las técnicas de cultivo, cuya continuidad se remonta al siglo XVI. Así pues, podríamos decir sin temor a equivocarnos, pero sí sujetos a críticas muy fuertes, que la verdadera tradición vitícola se mantiene en el Nuevo Mundo y no en el Viejo Mundo mediterráneo, donde fue obligada a transformarse radicalmente o a desaparecer.

Continuando con las aportaciones que hace nuestro trabajo a los estudios sobre la alimentación en tierras del vino, veamos que existe una serie de productos alimentarios relacionados directamente con la uva y su jugo que nos aparecen en muchas encuestas de nuestro Atlas. Nos referimos a los alimentos azucarados obtenidos a partir de la cocción del mosto antes de su fermentación, como es tradicional en muchas zonas de la Península. El mosto se obtiene mediante el estrujado de los racimos, y luego éstos se añaden a lagos o tinas para proceder a su cocción. La receta del mosto o arrope dice que hay que esperar a que su volumen se divida por cuatro, lo cual tiene que ver con el propio término lingüístico “arrope”, de origen árabe, que indica esa reducción. En diversas zonas de la Península se añaden al arrope los productos convenientes para que constituya un postre o alimento para almuerzos y meriendas: frutos secos – en La Rioja-, cáscara de naranja, calabaza – en Murcia-, orejones de melocotón, higos, etc. En todos los casos, este producto final se guarda como postre navideño y, posteriormente, como merienda infantil.

Del zumo de la uva se obtienen también otros productos como la mistela, mosto al que se añadía aguardiente para detener su fermentación. Se conservaba para ser consumida en celebraciones y, si era abundante, se empleaba como copa mañanera antes de acudir a las labores. Otros productos típicos son el verjus navarro, zumo de uvas agraces o verdes que servía como refresco mezclado con agua o como condimento, y los supuraos, mostos procedentes de uvas pasas que se cuelgan en la vendimia y, cuando están secas, se prensan y se deja fermentar su mosto. Estos productos complementarios del vino han sido tradicionales en la alimentación rural, sobre todo en aquellas familias que carecían de colmenas -la miel siempre ha sido otro producto edulcorante muy empleado en ciertas zonas.

Todas estas prácticas alimentarias nos han sido relatadas a través de las encuestas de nuestro trabajo. La importancia de rescatar estos conocimientos en una sociedad en continua transformación es muy importante, en un momento en que los valores inmateriales están siendo reconocidos como patrimonio. La actividad alimentaria relacionada con las labores agrarias ha tenido una gran importancia en el pasado, pero en la actualidad, con la facilidad del transporte, la dieta y el consumo de alimentos en el campo han variado y los menús agrícolas se han transformado. Por ejemplo, encontraremos más fácilmente platos de vendimia en un restaurante de moda que en un almuerzo en la viña. No obstante, es imprescindible realizar investigaciones como las que proponemos para mantener recetas y prácticas alimentarias que se podrían aprovechar de cara al futuro.

Las imágenes y los símbolos

La vid forma parte del imaginario artístico de los pueblos vinculados al vino. Antes decíamos que estaba integrada en la cultura mediterránea, pero una vez llevado a cabo el estudio del viñedo, a través de la metodología que presentamos, a otros países y en particular a los productores de América Latina, debemos hablar también de los otros mediterráneos.

En el imaginario de los habitantes de muchos pueblos españoles, el vino es un referente en numerosas manifestaciones. En la literatura tenemos infinidad de ejemplos, muy bien ordenados en la obra El cáliz de las letras: Historia del vino en la literatura[4], pero no son ésas las referencias que nos aparecen en las encuestas, sino el refranero, que nos descubre las acciones y nos recomienda los momentos de actuación o nos recrimina las tareas mal realizadas. De la misma manera, existen manifestaciones orales en que la viña y el vino son elementos centrales (como el brindis[5]), pero también cuentos, relatos, dichos y consejas relacionados con la uva. En las manifestaciones artísticas populares hay muchas referencias, según nuestras encuestas, a decoraciones de racimos, y a otras representaciones en las que están presentes los útiles de viña, las acciones de trabajo en la cepa o los frutos de ésta. También podemos hablar de fiestas y celebraciones como la de San José Tonelero, el 10 de Noviembre, o la del Tastavín, el 26 de noviembre, fecha en la que en Cervera del Río Alhama (La Rioja) se cataban las cubas para conocer la calidad de los nuevos vinos de cada año.

Por otra parte, son abundantes las referencias a los pagos con vino, ya sean impuestos, multas o castigos juveniles. El vino aparece como moneda de cambio en muchos pueblos a la hora de realizar algunas acciones, por ejemplo el pago de la novia, que en muchos rituales se hacía mediante la entrega de una cierta cantidad de vino a los jóvenes vecinos del lugar, cuando el novio pagador era forastero. Asimismo, el vino ha sido dádiva en muchas romerías o reuniones religiosas y, junto con el pan, ha constituido el escaso alimento de hostales y cocinas de caridad. Un símbolo que nos parece interesante en la representación litúrgica es el Cristo en la prensa, que surge en muchas iconografías religiosas españolas y extranjeras. Este símbolo, que recuerda también al molino místico, es una representación que aparece en pinturas y retablos.

En las encuestas se hacen abundantes referencias a elementos simbólicos en los que se aprecia la dualidad que siempre está presente en el mundo del vino. Nos referimos a la controversia entre el vino como fuente de salud y vitalidad, por un lado, y como causa de los males, por otro.

El método

Cuando hablamos de “cultivo tradicional del viñedo” debemos precisar el concepto, para que el trabajo que proponemos se encuadre en un espacio-tiempo definido. Teniendo en cuenta que el trabajo que sugerimos se basa en una metodología etnográfica centrada en la encuesta, y su plasmación en una cartografía, tendremos la primera precisión temporal en la propia edad de los informantes, lo cual nos remite al período entre 1930 y 1950.

Por otra parte, en la evolución de las técnicas y herramientas aplicadas al cultivo de la viña hay un cambio sucesivo en las diversas zonas vitivinícolas de España motivado por varios aspectos, desde la invasión de la filoxera hasta la necesidad de desfondes, la utilización de tracción semoviente, el empleo de fitosanitarios, la aparición del injerto, el uso de maquinaria autónoma o la creación de regadíos. Todo ello hace que en la época a la que nos referimos se produzca un importante cambio que todavía podemos documentar a través de las encuestas a las personas que participaron en él. Esta evolución que se observa en las técnicas ha repercutido también en la transformación del territorio, con una fuerte incidencia sobre el paisaje rural. Esta precisión temporal concede al trabajo un carácter de urgencia, ya que en este momento la generación que ha vivido estas transformaciones está a punto de desaparecer.

Por otra parte, existe una necesidad de documentar estas tareas, sobre las que hay alguna bibliografía, pero no un estudio extensivo completo. Sabemos que realizar atlas etnográficos es una labor que debería haberse emprendido hace años pero, lamentablemente, no se hizo. Así pues, sólo nos queda esta oportunidad antes de pasar a los terrenos de la arqueología. En este método, la herramienta para obtener los datos es sobre todo la encuesta y, si es posible, también la bibliografía, los archivos y otros elementos documentales.

Con respecto al tiempo al que referimos el trabajo, debemos hacer alguna precisión. La labor del etnógrafo consiste en realizar encuestas mediante la observación participante pero, en nuestro caso, hablamos de una “recuperación participante”, ya que el investigador debe conocer las técnicas actuales del cultivo contemporáneo. Sólo a través de ese conocimiento actual puede entender las antiguas prácticas, que pretendemos investigar para que no desaparezca su conocimiento.

Realizamos esta observación a través de los ojos del informante, que conoce la evolución de las técnicas y sabe localizarlas espacial y temporalmente. Él es quien nos documenta, y por esta razón debemos seleccionar cuidadosamente a nuestros informantes. Es curioso destacar que, cuando acudimos a un pueblo determinado y preguntamos por las personas que hayan trabajado la viña y sepan contar los procesos, casi siempre son unas pocas, de gran prestigio en el lugar, que nos han narrado el proceso de forma extraordinaria. Se trata, por tanto, de una metodología que ha necesitado una elaboración previa de las encuestas a través de los trabajos preliminares que se han realizado en muchos territorios vitivinícolas. Para conocer la encuesta y la bibliografía sobre el tema, véase www.luisvicenteelias.com

Notas

[1] En este proyecto colaboran el Instituto del Patrimonio Cultural de España, el Institut Rural de Vayres, en la región bordelesa de Francia, así como varias localidades uruguayas y de la zona vitivinícola mexicana de Baja California.

[2]Vid. Luis Vicente Elías, La vid y el vino en los pueblos del Mediterráneo, Gobierno de La Rioja. Logroño, 2000

[3] Ibidem, p. 54

[4] Muro Munilla, Miguel Ángel, El cáliz de las letras: Historia del vino en la literatura, Fundación Dinastía Vivanco, Logroño, 2006.

[5] Sanz, Ignacio, El vino, cultura y tradición oral, La Editorial de Urueña, Valladolid, 2009.