Las amazonas, la contribución de un mito griego al imaginario patriarcal

Maria-Àngels Roque

Antropóloga, Instituto Europeo del Mediterráneo

Dentro de los numerosos mitos que encontramos en la zona mediterránea, y que han proporcionado a Occidente muchos elementos presentes en su mentalidad y su imaginario, se encuentra el de las amazonas. Se trata de un mito de origen griego que forja valores tales como la dualdiad masculino-femenino o civilización-barbarie y hace referencia al sistema del matriarcado llevado a sus últimas consecuencias. Las amazonas eran mujeres sin marido (o con maridos que se quedaban en casa y ejecutaban las órdenes de sus mujeres, según la versión de las amazonas libias) y que sólo conservaban a sus hijas, mientras que abandonaban o mataban a sus hijos. Eran mujeres guerreras, que cultivaban la tierra o se dedicaban a la agricultura, según las distintas versiones. Todas ellas, sin embargo, poseen un claro elemento en común: son mujeres que no están sujetas al control de los hombres y, por tanto, se oponen al sistema del patriarcado. 


El Mediterráneo es un laboratorio con una larga trayectoria que ha proporcionado a Occidente y a otras civilizaciones hermanas una buena parte de la mentalidad existente. No solamente hablamos de las tres grandes religiones, sino también de un amplio y potente imaginario. En relación a la Grecia clásica, Mary R. Lefkowitz manifiesta que el más importante legado de los griegos no es, como se piensa, la democracia, sino su mitología (Lefkowitz, 1986). También el helenista William Blake Tyrrell (1989) manifiesta que en el mundo conocido, muchos de los estereotipos que han seguido vivos  durante siglos fueron  forjados por los griegos hace casi tres mil años.

Los mitos son cosmogonías lejanas. Muchas leyendas se convierten en elementos fundacionales cuyo significado se relaciona con la legitimación de un lugar o una estirpe o con la celebración de un héroe. Pero la función pragmática del mito implica que los mitos son la base de ciertas estructuras sociales y justifican que una situación sea de una manera u otra. Es importante su carácter etiológico: es decir, saber cómo se llegó a determinada situación.

Las amazonas son un mito griego de gran calado en el que se forjan valores tan importantes como la dualidad masculino-femenino o civilizado-bárbaro. El tema de las amazonas se inscribe también en el sistema mítico del matriarcado, llevado hasta las últimas consecuencias. Mujeres sin maridos, malas madres, ya que sólo conservan a las hijas y son capaces de matar a sus propios hijos o de mutilarlos. ¿Qué hay detrás de todo ello?¿Qué ha despertado este mito y qué realidad esconde?

Los estudiosos han tratado de precisar si las amazonas existieron y, en caso contrario, cuáles fueron los pueblos que inspiraron el mito.

Las amazonas son una referencia obligada para geógrafos e historiadores griegos, especialmente para aquellos que han estado atentos tanto al mito de los orígenes como a las descripciones etnográficas de otros pueblos vecinos. Desde Homero a la historiografía de Heródoto, Estrabón, Pompeyo Trogo y las especulaciones de Diodoro e Hipócrates, el tema será retomado por aquellos autores que, deudores de la historia y la cultura, considerarán parte de su linaje a los pueblos con características amazónicas existentes en los márgenes recónditos del Mediterráneo, como es el caso de los godos. En su transmisión florecerán de nuevo en la península Ibérica, en las crónicas medievales, como mito de los orígenes a través de la Gética del historiador del siglo vi, Jordanes, y  en la Historia General de España, de la mano de Alfonso x el Sabio. Primero, Jordanes hace una interpretación dentro de su transmisión cultural (amazonas, escitas, getas, visigodos, romanos… precisamente intentado ligar la multiculturalidad a través de las mujeres). Después reemprenden esta interpretación los castellanos en relación a su tradición, en base a un concepto émic-étic, o sea  de dentro y de fuera, de la cultura.

Todas las reflexiones que se han hecho, incluida la de los diferentes estadios de la civilización que se impulsarían gracias al contacto con el Nuevo Mundo desde el siglo xvi por los misioneros, y en el siglo xix por juristas, han sido proporcionadas en historia o en ficción por los griegos clásicos. Para José Acosta, autor de Historia natural y moral de las Indias, publicada en Sevilla en 1550 ‒y traducida casi de inmediato al francés y al inglés‒, salvo en materia religiosa, el mundo grecorromano seguía siendo la norma de la civilización. El evolucionismo del siglo xix, estructural a su manera, ha aportado una primera laicización del esquema del Padre Lafitau. En 1861, J. J. Bachofen, jurista alemán,  gran conocedor de los textos grecolatinos, publica en Stuttgart Das Mutterecht, que juntamente a los trabajos del antropólogo Morgan sobre sociedades de tipo matrilinial de algunas tribus americanas, servirán a Frederic Engels para escribir El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

En nuestro imaginario globalizado, los clásicos son los que explican y dan nombre a las amazonas, exponiendo sus características, propias de pueblos bárbaros, siempre en oposición al patriarcado y, por lo tanto, como un sistema odioso a abolir. Nada prueba la existencia como «pueblo» y sí el papel de la mujer como inspiración de mitos positivos y negativos, como más tarde relataría la antropología feminista de los años setenta. 

En el mito de origen, las amazonas son hijas de Ares y Armonía y están gobernadas por una reina, pero no siempre es así. Según quién recoja la historia propone diversos tipos de amazonas:

  • Las amazonas libias, donde los hombres tienen un papel secundario y solo realizan trabajos serviles;
  • las amazonas del Cáucaso, que cuando quieren perpetuar la raza se unen a los extranjeros. Solo conservan las hijas, ya que los hijos se los dan a los hombres con los que se aparean;
  • otros autores dicen que los hijos eran inmediatamente muertos y otros, que conservaban algunos de ellos tras mutilarlos (ciegos o cojos);
  • en otras versiones, por el contrario, nos explican un tipo de matrimonio uxorilocal, en el que los hombres van a morar al pueblo o casa de su esposa. Un ejemplo de este caso serían las amazonas originarias del Ponto, que dan origen a los saurómatas-escitas.

Lo más interesante es que ese matriarcado llevado al límite nunca se plantea el aspecto biológico, o sea, que parir sea un impedimento para llevar a cabo los trabajos de más riesgo. Del mito desaparece la idea de sexo débil y, por lo tanto, sometido. Preocupa, pues, el aspecto sociológico e ideológico, y esta es una premisa importante, porque se manifiestan en el mito una guerra de sexos y, al mismo tiempo, unos valores que serán diferentes, según la época y la posición ideológica de quien haga la narración.

El paso del mito a la realidad      

Los atenienses atribuyeron el establecimiento del matrimonio a Cécrope, premier rey mítico de Atenas. Varrón (siglo i a.C.) narra el mito de Cécrope para explicar cómo recibió su nombre Atenas: «Cuando Cécrope era rey –dice‒, súbitamente aparecieron en la Acrópolis un olivo y una fuente. Apolo le dijo que el olivo era el signo de Atenea y la fuente, el signo de Poseidón; al pueblo le tocaba decidir a qué dios prefería como patrono de la ciudad».

Tras recibir el oráculo, Cécrope convocó a todos los ciudadanos, de uno y otro sexo, para votar ‒era costumbre en aquella época que las mujeres participaran en las deliberaciones públicas. Los hombres votaron por Poseidón, y por Atenea las mujeres. Como había una mujer más que los hombres, Atenea ganó. Poseidón, enfurecido, devastó el Ática con sus olas. Para aplacar su ira, Varrón dice que las mujeres fueron castigadas de tres maneras: ya no podrían votar, ningún recién nacido tomaría el nombre de su madre, y nadie llamaría atenienses a las mujeres. Vemos en esta historia la justificación de porqué las mujeres no eran ciudadanas. 

Aristófanes (siglo v a.C.) es autor de la comedia La asamblea de las mujeres, donde satiriza estos aspectos. Posiblemente Diodoro de Sicilia (siglo i a.C.) se inspirara en esta obra para hablar de las amazonas libias, a las que presenta como las más antiguas de las amazonas, varias generaciones antes de la guerra de Troya. Las amazonas libias representan el verdadero matriarcado: el mundo griego invertido.  Los hombres se quedaban en el interior de las casas y ejecutaban las órdenes que les daban sus esposas. No estaban en el ejército, ni participaban en las magistraturas y no podían tomar la palabra en la asamblea (parhêsia) sobre los asuntos de la ciudad, derecho que los hubiese hecho presuntuosos y llevado a rebelarse contra las mujeres. No obstante, las amazonas de Diodoro van a la guerra cuando son vírgenes, cuando tienen niños ya no se dedican a la guerra[1]. En este sentido también se parecen a los griegos en relación a la franja de edad para cumplir los servicios militares, como los efebos.

Las amazonas son continuamente vencidas en diversas épocas míticas e históricas para poder reconstituir el orden. El que de una u otra forma algunos autores grecolatinos prolonguen la existencia de las amazonas ‒aunque sea con un pequeño reducto tras la aniquilación‒ hasta la época histórica, es frecuente ya que así intentan relacionar la «arqueología» con la descripción etnográfica. En este sentido, como manifiesta Carlier-Détienne, diferentes combinaciones son posibles. En Herodoto, el pasaje de la arqueología a la etnografía va del amazonismo radical a una situación contemporánea casi normal. En principio eran amazonas, luego  mujeres de los sármatas, guerreras pero esposas. Todo lo contrario para Trogo Pompeyo (historiador romano de la época de Augusto): de esposas ordinarias, tras un funesto desenlace histórico son retraídas a épocas pasadas, convirtiéndose en amazonas típicas, o sea sin hombres, y  que han subsistido como tales hasta la época de Alejandro, o del mismo César.

Entre las historias que han contribuido a fraguar el mito de las amazonas  tenemos:

  • Herodoto (siglo vi a.C.) explica el origen de los saurómatas y sus costumbres peculiares. Introduce para ello a las amazonas del Ponto y el pacto del matrimonio con los escitas. El matrimonio es monógamo; no hay dominio ni diferenciación de los sexos; ellos heredan de sus padres y van a morar con las amazonas. La arqueología ya lleva tiempo exhumando tumbas de mujeres guerreras que pertenecen a pueblos donde las mujeres también utilizaban armas, al igual que los hombres.
  • Éforo (siglo iv a.C.) narra que las amazonas, ofendidas por sus esposos, aprovecharon una expedición de estos para tomar el poder. Mataron a los hombres que quedaban cerca de ellas y rechazaron a los que regresaron de la expedición (obra conocida por Polibio, Estrabón y Diodoro).
  • Las amazonas de Hipócrates se diferencian de las de Herodoto porque, por primera vez, aparece en la historia la cauterización del seno derecho en la tradición literaria, ideológica ‒pensemos que para Aristóteles la mujer es un macho mutilado (Generación de los animales, II,3,737)‒, tradición que no aparece nunca en la historia figurativa, como en las diversas Amazonomaquias, o combates contra las amazonas, que aparecen en frisos y sarcófagos. Por otro lado, la cauterización de un pecho y el desarrollo del brazo podría ser una representación de que no son verdaderas mujeres; sin embargo, algunos mitógrafos dicen que las amazonas dejan de ir a la guerra cuando tienen hijos.
  • Estrabón cuenta el apareamiento de las amazonas del Cáucaso en las épocas estivales con los gargaréanos. Las amazonas conservan a las hijas, mientras que los hijos se los dan a sus padres[2]. Las amazonas de Estrabón cultivan la tierra y poseen rebaños.
  • Diodoro de Sicilia habla de las amazonas libias, cuyo comportamiento es socialmente inverso al de los griegos.
  • Quinto Curcio (siglo i), en la Historia de Alejandro, cuenta la historia mítica de la unión de la reina de las amazonas, Thalestris, con Alejandro, y recuerda en esa historia el sistema de las amazonas del Cáucaso (Estrabón),  ya que la reina le dice a Alejandro, tras su apareamiento, que si tiene un niño se lo dará a él y si tiene una niña, se la quedará ella.
  • Para Filostrato, las amazonas alimentan a sus bebés (niñas) de leche de yeguas que se crían en manadas. No saben gobernar un barco, pero son las primeras en saber montar a caballo; conocen la metalurgia y tienen buenas armas.
  • Las historias tardías grecolatinas de Casiodoro y, finalmente, la historia de los getas-godos y su vinculación con las amazonas, vía narración de Jordanes. En éste último, las amazonas sirven de puente cultural a los múltiples pueblos que en la historia aparecen en el confín del Mediterráneo oriental. Están tratadas de forma positiva, a pesar de admitir sus excesos.
  • Los castellanos introducen a las amazonas en su genealogía, vía visigodos, al igual que lo hiciera Jordanes. «De las mujeres de los godos que fueron llamadas amazonas» es el epígrafe que aparece en la Primera crónica general de España de Alfonso X. La visión es positiva: «fueron buenas madres que tuvieron que esforzarse por tener muchas guerras y vicisitudes y estar solas».

Teorías sobre la existencia de las amazonas

Willian Blake Tyrrell (1989), en su estudio sobre las amazonas, insiste en la utilización como mito de inversión de los roles tradicionales de género por parte del patriarcado ateniense. En esta teoría coincide con el helenista francés François Hartog (1991) sobre la alteridad, ya que sugiere que el mismo Estrabón, en su intento de diferenciar a los historiadores de los mitógrafos en relación con los episodios de las amazonas, admite que no se logró la separación entre lo cierto y lo monstruoso. Este fracaso indica que el mito fue narrado por escritores posteriores del mismo modo que por los anteriores, aun cuando extrañara una «monstruosa» inversión de los papeles sexuales: las amazonas eran mujeres que hacían lo que los hombres hacen. Para Tyrrell esto no podía ser de otra manera: «El intento de separar el hecho de la fantasía falló porque, sin las inversiones, no queda nada» .

Sin embargo, como también han visto otros especialistas, hay unas descripciones más realistas que otras. El mismo Herodoto explicó que, entre algunos pueblos bárbaro,s las mujeres tenían un poder igual que el de los hombres (iv, 26).  Estrabón describe los pueblos montañeses de la península Ibérica como un régimen ginecocrático, dado el estilo de vida diferente de la sociedad patriarcal griega: mujeres dedicadas a la agricultura, práctica de la covada y otros aspectos vinculados con la propiedad y el sistema de herencia.

 Las teorías realistas afirman la existencia de las amazonas, aunque no defienden que todo lo que han escrito los antiguos sea la pura verdad, eso sería imposible, dado que entre ellos son contradictorios. Afirman que en ciertas épocas o lugares ha existido uno o varios grupos de mujeres guerreras cuyos rasgos explican los relatos antiguos. Por ejemplo, la descripción de este tipo de mujeres guerreras dentro del viaje de Orellana a las Indias.

Algunas de las representaciones gráficas, especialmente en los vasos áticos, muestran a las amazonas con el pantalón, la túnica y el bonete de los escitas. Los sármatas, pueblo nómada emparentado con los escitas, los medos y los persas, provenientes del mar de Aral y que se establecieron en la península del Cáucaso, parece que tenían como característica peculiar el hecho de que las mujeres estaban entrenadas para la guerra. La arqueología, corroborando a los autores clásicos, ha descubierto armas en gran cantidad de tumbas femeninas.

El mismo Tyrrel  admite que «mucho tiempo antes de las Guerras Médicas, las amazonas eran ubicadas en Asia. Los persas y los griegos jónicos vivían en Asia y después de la guerra, en los atenienses surgieron ideas acerca de ambos que contribuyeron al mito». Para Pierre Samuel, en su libro clásico sobre las amazonas insiste en las tesis de W. Leonhard, según el cual existen relaciones muy estrechas entre hititas y amazonas. Debemos recordar que en la Ilíada, Afrodita y Artemis, así como las amazonas, estaban del lado de los troyanos, como explica Homero. En la historia real, Artemisa, reina caria, ayuda a los persas en la batalla de Salamina, y Jerjes dice de ella que es el mejor hombre con quien cuenta.   

La necesaria uxorilocalidad de los maridos de las amazonas  

Excepto las amazonas, madres de los sármatas (escitas), que tienen maridos y que practican claramente la residencia de carácter uxorilocal, las otras amazonas son mujeres que viven solas o que conviven con hombres durante un corto periodo del año. Aparte de la viudedad entronizada por la muerte trágica de los maridos, como explican algunos autores, también hay otras versiones que admiten la posibilidad de la existencia de esas mujeres solas en un plano más realista, como es que los hombres estén meses fuera del territorio dedicados al pastoreo de larga distancia  o a la guerra.           

Tenemos un dato interesante en relación a las amazonas y los escitas: el clima, que en épocas invernales deja poco tiempo para algún tipo de actividad específica. Herodoto, en sus explicaciones, manifiesta: «Los escitas conocen un excesivo invierno tanto por su intensidad como por su largura: durante ocho meses, reina un frío insoportable» (Herodoto, iv, 28). Si  consultamos todos los diccionarios geográficos hispánicos a partir del siglo xviii, encontramos esta misma cita aplicada al clima de aquellos territorios serranos donde los hombres partían en trashumancia a tierras meridionales de la península Ibérica.

Para François Hartog, en las Historias de Herodoto, los escitas son el espejo en el que los griegos se reflejan de forma invertida; sin embargo, en este texto sobre las amazonas apareándose con los jóvenes sármatas se opera un equívoco: los escitas se comportan casi como griegos, mientras que ellas serán las que introduzcan una serie de modificaciones que constituirán la peculiaridad bárbara de los saurómatas. Porque la  resolución matrimonial de estos jóvenes con las amazonas no va a permitir que se comporten finalmente como lo hacen los griegos adultos. Cuando ellos les proponen abandonar los márgenes  para regresar a sus casas a vivir una existencia normal ‒en esta escena, apunta Herzog, solo se comprende en relación al matrimonio griego donde las mujeres van a morar a la casa de sus maridos‒, las amazonas responden que ellas no sabrían vivir como las mujeres escitas y que ni hablar del asunto, además añaden: «Id a ver a vuestros padres, recibid la parte de sus bienes, después regresad y viviremos en nuestro particular […]. Los jóvenes obedecieron y actuaron asi». Vemos, pues, cómo se recalca la diferencia de costumbre en relación a la dote y al tipo de residencia, esta vez con unas características matrilineales, contrarias al sistema griego del patriarcado. 

Las malas madres y la autoctonía: la Melusina escita

Pero no todo son elementos puramente sociales. Si bien el estilo de vida  adecua  las historias próximas o lejanas, en este imaginario, ya sea oral o escrito,  aparecen a menudo aspectos vinculados con la mujer que la convierten en buena o mala madre. Las amazonas, excepto las casadas con los escitas, eran malas madres, porque conservaban a las hijas pero abandonaban, o mataban a sus hijos varones. En el plano ideológico, las malas madres tienen una serie de connotaciones negativas, vinculadas especialmente al no cumplimiento de las normas patriarcales.

Las mismas amazonas, que, por lo que hemos podido ver al analizar diferentes textos, son las mujeres de pueblos matrilineales y uxorilocales que pasan una gran parte del tiempo viviendo solas, pueden ser mujeres guerreras, cazadoras y sacerdotisas, pero lo más importante es que no están sujetas al control social de los hombres. Son vistas, pues, como mujeres promiscuas, malas madres que se unen a los extranjeros.

También pueden ser madres aberrantes cuyo aspecto vinculado a la naturaleza les confiere un estado de salvajismo y autoctonía, por lo que serán domeñadas, tras su violación, por los héroes griegos que introducirán así su descendencia en el mundo civilizado, el suyo, como en el caso de la mixopartenos, o mujer-serpiente escita y de las amazonas.

La historia de Herodoto narra los diferentes tiempos que concluyen en el  matrimonio entre los jóvenes escitas y las amazonas, y cómo la posterior partida de estos cruzando el rio Tanaïs da lugar a un nuevo territorio, que será el del linaje de los sármatas. Pero existen otras versiones que recuerdan una cierta autoctonía primigenia ligada a la madre en su versión mitológica.

 Sobre el origen de los escitas, siempre a través de las descripciones grecolatinas, hay dos versiones. Una se refiere a la llegada de Hércules a esta región y su apareamiento con una mujer serpiente, formada por dos naturalezas: la superior, hasta las caderas de mujer, y la inferior, de reptil (Herodoto, iv, 9). Esta es una versión elaborada por los griegos del Ponto y remite a un mito más antiguo relatado por Hesiodo, a la figura de Equidna[3]. En este caso, la mujer serpiente de Herodoto no es presentada como atroz ni horrible.

 Esta misma mujer serpiente aparece en Diodoro de Sicilia, (II, 43, 3), pero esta vez unida a Zeus. Al iniciar el relato sobre los pueblos escitas, dice: «Según la mitología de los escitas, hubo en su territorio una muchacha nacida de la tierra. Tenía el cuerpo de mujer por arriba hasta la cintura y el resto una serpiente (vípera). Zeus se unió con ella y dio a luz un hijo llamado Escites. Convertido en más ilustre que sus predecesores, dio a su pueblo el nombre de escitas, o sea, su propio nombre. Entre los descendientes de ese rey, se distinguieron dos hermanos por su virtud, uno se llamaba Palos y el otro, Napes. Llevaron a cabo brillantes acciones y se repartieron el territorio». Habla de diferentes pueblos, como los Medos, instalados al borde del Tanaïs; de aquí sacaron su nombre los saurómatas. «Muchos años más tarde, se reforzaron y devastaron una gran parte de Escitia y, matando a los vencidos, hicieron un desierto de la mayoría del territorio» (Diodoro de Sicilia, II,  XLIV).

Después de esto, el poder quedó vacante en Escitia: «Más tarde, reinaron mujeres de un remarcable valor. En estos pueblos, en efecto, las mujeres se entrenaban para la guerra igual que los hombres y su valentía no era inferior a la de estos» (Ibíd.) Esta vez, la historia aparece como si fuera contada por los propios escitas. Esta versión sería retomada en la Gética en el siglo vi por el godo Jordanes y reincorporada a través de este por Alfonso X el Sabio al linaje hispánico.

En la versión de Hesiodo, Hércules mata a los hijos monstruos de Equidna. Con la mixopartenos tiene tres hijos y, por una serie de razones que también aparecen en otros cuentos europeos medievales y actuales, consigue el territorio el hijo menor. O sea, el sistema inverso al de los griegos, donde primaba la primogenitura.

Por otro lado, podemos recordar que en la historia mítica de Atenas, los primeros reyes de la ciudad, Erecteo y Cécrope, tenían la parte inferior del cuerpo de serpiente, y bajo esa forma eran adorados en la ciudad; la serpiente quería decir nacido de la tierra y, por lo tanto, simboliza la autoctonía.

En lo que podríamos denominar como «historias realistas», la historia de Hércules y la doble hacha es de esta época, y la versión de Plutarco nos dice que Hércules arranca un hacha a Hipólita, la reina de las amazonas: pueblos matrilineales a los que, poco a poco, van sometiendo los griegos. Véase la descripción del periplo de Hanon donde explica las características sociales de los pueblos mediterráneos que aparecen en la ruta.

Sin duda, en la historia de la mujer serpiente vinculada al origen de los sármatas-escitas reconocemos a otra mujer mitológica que tendrá una gran vitalidad en la Edad Media y que continuará vigente dentro del folklore de la Europa Occidental: Melusina, que conserva su atributo telúrico.

Conocidas son las múltiples «melusinas» cuyos vástagos reivindican su procedencia mítica, como la estirpe de los Lusignan, los señores de Vizcaya, hijos de la dama del pie de cabra, o los Blanch en Cataluña, cuya madre es una dona d’aigua que descansa en el Gorg Negre. Todas  ellas son reminiscencias, entre cultas y populares, de esa divinidad, mujeres con cola de serpiente como la que hemos visto vinculada al nacimiento de los pueblos escitas.

 Melusina, pues, es una figura pagana, a veces cristianizada, surgida del agua y de la tierra, tal como manifiesta la arqueóloga Marija Gimbutas[4]. En este sentido, los mitos son cosmogonías lejanas, y muchas leyendas se transforman en elementos fundacionales, cuyo significado se relaciona con la legitimación de la posesión de un lugar o una estirpe, o bien con la celebración de un héroe. Vemos, pues, una cierta dualidad en los mitos monstruosos relacionados con la mujer. Socialmente, deben ser domeñadas al patriarcado, pero precisamente su parte monstruosa ligada a la tierra es la que confiere la legitimidad del origen de la estirpe de los héroes.

Notas

[1] La existencia de mujeres guerreras en África, entre los Bereberes y los Negroafricanos (Dahomey -Nigeria) nos retrotrae a las amazonas de Libia, también citadas por Herodoto y fabuladas por Diodoro. En el libro iv de la Historia, Herodoto se refiere a los juegos amazónicos practicados en el lago Tritón ‒la hipótesis de localización más verosímil es el actual Chot-el-Djerit, en la Gran Sirte. El historiador de la cultura bereber Gabriel Camps me manifestó oralmente que actualmente se dan rituales parecidos entre las jóvenes en esta zona. Para Estrabón, el vestido de la diosa Atenea era de origen libio, como también los gritos agudos de las mujeres que se daban en su templo (libro iv, CLXVIII). 

[2] Estrabón (XI, 5,1): «Otros autores, especialmente Métrodoro de Scepsis e Hysicrates, a los cuales no les son extraños estos parajes, aseguran que ellas ‒las amazonas‒ viven en vecindad con los gargaranos, al pie del Monte Cáucaso conocido como montes Zeronios, sobre la vertiente septentrional. Pasan la mayor parte del tiempo solas, haciendo ellas mismas todos los trabajos como la agricultura y la ganadería, en especial caballar, aunque las más valientes de ellas se consagran a la caza y se ejercitan en la guerra. Tienen el pecho derecho quemado para servirse fácilmente del brazo derecho para cualquier menester, especialmente para tirar la lanza. De las pieles de los animales salvajes se hacen cascos, cinturones, vestidos. Pero reservan dos meses al año, en primavera, para subir a un monte vecino que los separa de los gargaranos. Ellos también suben, en virtud de una antigua costumbre, para celebrar conjuntamente un sacrificio, y para unirse en vistas a la procreación, en secreto en la oscuridad, al azar del encuentro. Cuando las han embarazado las hacen regresar. Las que paren una niña la conservan. En cuanto a los niños, se los llevan a los gargaranos para que ellos los cuiden. Ellos los adoptan individualmente, cada uno admite la duda de que el niño aportado sea su hijo».  

[3] Equidna (la víbora), según la mitología, es hija de la Tierra (Gea) y Tártaro. De la unión con Tifón dio a luz a Cerbero (el perro de las tres cabezas que guardaba los infiernos) (Hesiodo, siglo viii a. C.).

[4] Desde comienzos del Neolítico hasta la Grecia clásica, la serpiente adquiere forma antropomórfica (Gimbutas, 1991: 107): diosas de las aguas y del aire, diosas pájaro y serpiente que continuarán manifestándose en cuentos y leyendas europeos, y que cuentan con una larga tradición, como son, por ejemplo, Melusina y el Caballero del cisne.