La complejidad sociopolítica y cultural de los países magrebíes hace que la presencia de las sexualidades consideradas marginales en la producción artístico literaria siga siendo anecdótica. En este trabajo pretendemos dar visibilidad a voces valientes y comprometidas de diferentes generaciones que, a menudo desde la diáspora transmediterránea, sitúan estas temáticas en el centro de sus obras. Trazaremos un breve panorama que irá de la acción social a las expresiones artístico literarias y cinematográficas, dedicando una especial atención a las obras de los cineastas tunecinos Nouri Bouzid y Mehdi Ben Attia. Bouzid, con su comprometido film L’homme de cendres (1986), realizada en Túnez hace más de 30 años, es sin duda toda una referencia. Ben Attia aborda en su película Le fil (2010) la temática de la homosexualidad vivida como un secreto paralizante en una sociedad burguesa.
Los países mediterráneos y, en particular, los magrebíes representan tradicionalmente en los imaginarios colectivos territorios propicios al erotismo, a menudo exótico, o incluso al homoerotismo, y a ciertas prácticas vinculadas con la prostitución femenina o masculina, más o menos ocultas o aceptadas socialmente según los contextos. Sin embargo, se trata de sociedades donde perdura una larga tradición de prohibiciones y rechazos. Esta situación concierne especialmente a la expresión de las sexualidades no normativas, marginales o transgresivas, entre las que podríamos incluir las prácticas sexuales femeninas muy censuradas, como las relaciones antes del matrimonio o la estigmatización de la que son víctimas las madres solteras, así como la sexualidad precoz, a menudo con adultos. Esta realidad se corresponde con una gran falta de visibilidad y reivindicaciones sociales y una ausencia de movimientos asociativos feministas o LGBTI.
En 2010, la revista L’Année du Maghreb dedicó un monográfico a las «Sexualidades en el Magreb» desde el punto de vista sociológico. Los coordinadores ponían de relieve que era la primera vez desde hacía medio siglo que esta revista dedicaba una investigación a la sexualidad. Eso no quiere decir que la sexualidad no haya estado presente en los estudios sociológicos sobre el Magreb pero se ha utilizado a menudo para avivar el debate sobre las confrontaciones entre los discursos occidentales y musulmanes sobre todo en lo que respecta a las mujeres, a la diversidad y a la igualdad. Esta dicotomía reductora entre «hedonismo moderno occidental» y «ética conforme a las tradiciones y valores islámicos» no ha hecho más que contribuir a «esencializar comportamientos sociales, normas y códigos de conducta muy diversos».
En marzo de 2016, el semanario francés L’Express dedicaba un monográfico al «Islam y el sexo». En la presentación se dice que «negar que la sexualidad, y a través de ella la condición de las mujeres, constituye la línea de fractura más manifiesta entre el islam y Occidente sería pura ceguera ideológica. Así como reducir a los países musulmanes a un monolito inaccesible a cualquier forma de modernidad». Debemos añadir a las mujeres todas las minorías que representan las sexualidades consideradas marginales. La realidad es, pues, muy compleja, llena de claroscuros. Para demostrar esta porosidad y las mutuas influencias entre las culturas e ideologías de ambos lados del Mediterráneo, bastaría con nombrar las leyes tunecinas que prohíben la poligamia desde 1957 o las leyes marroquíes que permiten la demanda de divorcio para las mujeres desde los años 2000. Estos contrastes son evidentes también dentro de una misma sociedad donde la aceptación de ciertas prácticas sexuales antes o fuera del matrimonio dependerá del contexto social en la ciudad o en el medio rural.
En este sentido, la periodista egipcia Shereen El Feki señalaba en 2013 en su ensayo sobre la sexualidad en el mundo árabe (Sex and the Citadel) la intensidad del conflicto que existe en las sociedades arabo-musulmanas entre los preceptos religiosos, la tradición patriarcal, ligada a menudo a estos, y las aspiraciones de los individuos a vivir libremente su sexualidad. No es anecdótico que la reconstrucción del himen sea una práctica tan extendida en dicho contexto. Las tecnologías de la comunicación, los contactos rápidos por internet y las aplicaciones para móviles están contribuyendo en nuestro mundo globalizado al desfase cada vez más grande entre la realidad social, en la que la educación sexual es casi inexistente, y los deseos crecientes de una población joven que sueña con la emancipación.
Son a menudo las mujeres las que reaccionan de manera más visible frente a esta precariedad. Es el caso de la militante marroquí Aïcha Ech-Chenna, que dirige desde 1985 la asociación Solidarité Féminine de apoyo a las madres solteras, que simbolizan la vergüenza más absoluta en ese país. Contribuyó a la legalización reciente del aborto en ciertos casos aunque esta acción, y hablar abiertamente en televisión de este y otros tabúes como el incesto, le han valido la emisión de una fetua contra ella por parte de las autoridades religiosas, lo que demuestra hasta qué punto el control del cuerpo femenino está en el epicentro del debate sobre la sexualidad. A este respecto, no es un hecho banal que la actriz Lobna Abidar, protagonista de Much Loved (2015), del director franco marroquí Nabil Ayouch, que trata del tema de la prostitución en Marruecos, haya tenido que refugiarse en Francia.
La activista argelina de larga trayectoria Wassyla Tamzali, de madre española, que firmó el 8 de marzo de 2012 con otras siete mujeres árabes el manifiesto de las mujeres árabes por la dignidad y la igualdad, denuncia los tabúes que encadenan a las mujeres y cómo la literatura religiosa ha moldeado un «eros musulmán» centrado en el placer de los hombres. Sin embargo, reconoce que esta «religión del falo» no es específicamente musulmana, sino que está muy anclada en la cultura mediterránea ya sea del sur (Marruecos, Argelia, Túnez) o del norte (España, Italia y, en cierto sentido, Francia).
Por otra parte, el doctor en antropología de las religiones e imán homosexual Ludovic-Mohamed Zahed, primer musulmán francés que se casó religiosamente con un hombre, como reza en la contracubierta de su particular relato autobiográfico Le Coran et la chair, ha intentado demostrar que, desde un punto de vista histórico y religioso, «la homosexualidad o la feminidad de ciertos hombres no se condenaban o rechazaban violentamente como tales en los primeros siglos del islam».
Sin embargo, desde un punto de vista antropológico y psicosocial, «el recrudecimiento actual de la homofobia en el mundo arabo-musulmán se debe de algún modo al rechazo profundo de una cierta expresión de la feminidad. Una feminidad denigrada por su asociación intrínseca con una pasividad culpable en cierta medida, por considerarse como una debilidad en los tiempos que corren en los que algunos musulmanes piensan, con razón o sin ella, que se está atacando al islam por todas partes».
Esta complejidad sociopolítica hace que la creación literaria, cinematográfica y artística directamente relacionada con las prácticas sexuales marginales, no normativas, o que tratan directamente de la sexualidad fuera del matrimonio o alejada de la ortodoxia heterosexual, siga siendo bastante anecdótica en la producción cultural magrebí, algo menos en el contexto de las diásporas de dichas comunidades magrebíes al otro lado del Mediterráneo. En este sentido, el profesor de la Universidad de Mequínez Khalid Zekri plantea una serie de cuestiones cruciales que pueden servirnos de apoyo y punto de partida para nuestras reflexiones: «¿Cómo funcionan las ambivalencias de deseos en una cultura atrapada entre tradición y modernidad, como es el caso en el Magreb? ¿Cuáles son las manifestaciones de las nuevas subjetividades deseantes en el Magreb y, por extensión, en el mundo árabe?».
En este terreno movedizo de las sexualidades e identidades diaspóricas, debemos reconocer la importancia de escritores marroquíes como Mohamed Leftah, Rachid O. y, sobre todo, Abdellah Taïa, sin olvidar al franco-tunecino Eyet-Chékib Djaziri y, en el contexto franco argelino, Nina Bouraoui y su exploración de la identidad homosexual en femenino o la figura de la mujer transexual Marie-Pierre Pruvot (conocida por Bambi), nacida en Argelia y a la que el realizador francés Sébastien Lifshitz dedicó un film documental en 2013. A esta lista habría que añadir una nueva generación de escritores que dejaron atrás el Magreb para instalarse en Francia y que están empezando a publicar relatos cortos o novelas centradas en las problemáticas que nos ocupan. Es el caso del marroquí Hicham Tahir y del argelino Brahim Metiba. En cuanto al tema de la condición de la mujer y la sexualidad femenina, vinculada con la prostitución y su rechazo social, podríamos destacar las novelas de las escritoras marroquíes Noufissa Sbaï (L’Amante du Rif de 2004, adaptada libremente al cine en 2011 por su hija, la directora marroquí Narjiss Nejjar), Souad Bahéchar (Ni fleurs ni couronnes de 2007) y Saphia Azzeddine (Confidences à Allah de 2008).
En el campo de la creación artística podríamos destacar la figura del franco marroquí Mehdi-Georges Lahlou, que pone en juego toda una serie de estrategias performativas de desafío y distanciación de las identidades culturales, religiosas y de género.
En lo tocante a la producción cinematográfica, las sexualidades no normativas están en el centro de las preocupaciones de varios cineastas magrebíes, desde la realizadora y militante feminista franco-tunecina Nadia El Fani, que aborda los temas de la bisexualidad y homosexualidad femenina, así como el poder de la religión, al franco-argelino Nadir Moknèche. En Viva Laldjérie de 2004, Moknèche pone en escena a un joven homosexual, hijo de la amante del protagonista, que intenta sobrevivir en una cultura represiva y una familia en plena descomposición. Como precursor y figura tutelar de este cine militante hay que destacar al realizador tunecino Nouri Bouzid y su película L’homme de cendres (1986). Este film comprometido, realizado en Túnez hace más de 30 años, es sin duda toda una referencia. Bouzidnos sitúa en la ciudad de Sfax, en un medio modesto, y cuenta la historia de Hachemi y Farfat, dos amigos violados por su jefe Ameur en plena adolescencia. Las consecuencias de este acto violento, convertido en secreto lacerante, se expresan de manera diferente en cada uno de los protagonistas, y así pasamos de la angustia y huida del primero a la rebelión y libertad del segundo. Bouzid se interesa a menudo por los ritos de iniciación, como el paso de la juventud a la edad adulta, en los que interviene el momento decisivo del matrimonio para mostrar la fragilidad de ciertos personajes masculinos, prisioneros de una sociedad en la que impera la ley de la virilidad. El director abordará igualmente la temática de los jóvenes gigolós o chaperos que venden sus cuerpos a las y los turistas europeos en su película Bezness (1992). Aquí las relaciones sexuales entre árabes y blancos occidentales, a menudo de más edad, se presentan a los ojos de los jóvenes tunecinos como un medio de sobrevivir y conseguir un visado a Europa.
Patricia Caillé, en un excelente artículo sobre la homosexualidad en el cine del norte de África, señala que la relación entre el Magreb y Occidente «se ha desplazado del erotismo intensificado, asociado a las relaciones entre blancos y árabes, ya sean magrebíes o franceses de origen magrebí, a través de la exotización de ciertas categorías etnoraciales, a la construcción de la homosexualidad en los países del Magreb o árabes, creándose una nueva problematización de la construcción de las miradas cruzadas entre el Magreb y Occidente». Esta nueva cimentación identitaria se lleva a cabo a menudo en el contexto de una vuelta temporal al país de origen. Es el caso de la película Le fil (2010) del director tunecino Mehdi Ben Attia. Se trata de una producción franco-belga subvencionada por el gobierno de Túnez con la condición de que no fuera difundida en dicho país. El film se apoya en dos actores muy potentes: la ítalo-tunecina Claudia Cardinale, que nació y pasó toda su adolescencia en Túnez, y el francés de padres argelinos Salim Kechiouche, que encarna el prototipo del hombre árabe con fuerte carga sexual y que interpreta el papel de Bilal, el jardinero, que acaba de volver a Túnez.
A pesar de cierta visión estereotipada e idealizada que tiende hacia el orientalismo, la película nos presenta una ficción social sobre la burguesía tunecina muy poco presente en el cine de ese país. Sin embargo, este film militante, según el director, se demarca de la crítica social que caracteriza al cine tunecino al fusionar las dimensiones psíquica y social. El título El hilo, es una metáfora de las ataduras a los orígenes y del regreso de un hijo único, Malik, a casa de su madre en Túnez, tras una larga estancia en Francia. Aunque le repite constantemente que es libre, esta madre invasora, que también se ha sentido excluida por el hecho de ser cristiana y casarse con un musulmán, intenta que se integre en la alta sociedad tunecina organizándole encuentros con mujeres que él rechaza. Malik, interpretado por el actor franco-indio Antonin Stahly, se encierra en su propio silencio sin ser capaz de convertirse en un motor de transformación de la mirada social sobre la homosexualidad y contribuyendo a las prácticas y los encuentros sexuales furtivos, hasta que es descubierto por su madre en los brazos del jardinero Bilal.
La homosexualidad se vive, pues, como un secreto paralizante en una sociedad burguesa que, por otra parte, parece acomodarse bastante bien a este hecho, buscando estrategias de protección y ocultación guiadas por la doble moral. El obstáculo más importante sería por tanto la autocensura nacida de la preocupación por conformarse al orden social. Como apunta Caillé, el tema de la diferencia de clase social entre los dos amantes se superpondrá al de la dimensión sexual, siendo este en realidad el mayor obstáculo entre los dos protagonistas. En este sentido, la diferencia de clase sustituiría de alguna manera a la diferencia hombre/mujer de una relación heterosexual.
Para concluir, queremos subrayar que las producciones culturales y las investigaciones que tratan frontalmente el tema de las sexualidades denominadas marginales o no normativas en África en general y en el Magreb en particular y se comprometen en la desconstrucción de una imagen despreciativa de la mujer y contra la homofobia o la transfobia son escasas. En este sentido, retomaremos las palabras de Olivier Barlet, director de la prestigiosa revista Africultures, que dedicó por fin en 2013 un número a las «Homosexualidades en África»: «la hostilidad explícita o implícita hacia aquellos y aquellas que tienen preferencias amorosas o sexuales hacia individuos del mismo sexo y/o que expresan un género diferente del que se asignó a su sexo de nacimiento constituye una forma de ostracismo y un crimen contra la humanidad».