Es difícil sentirse identificado en el paisaje de una ciudad moderna, puesto que resulta casi imposible encontrar en ella las propias señas de identidad. La literatura incita a la reflexión sobre el espacio público de la mano de Javier Pérez Andújar en su obra Paseos con mi madre (Tusquets, 2011), un recorrido autobiográfico por barrios inundados de hormigón del extrarradio barcelonés. Este paisaje es un elemento en común que tienen las grandes urbes. Actualmente, están surgiendo una serie de nuevas propuestas urbanísticas desde colectivos feministas que proponen alternativas a esas plazas duras.
San Adrián seguirá estando más cerca de Blade Runner que de Barcelona
Javier Pérez Andújar
Es difícil sentirse identificado en el paisaje de una ciudad moderna, imposible encontrar las propias señas de identidad en una urbe contemporánea. La literatura nos incita a la reflexión sobre los espacios públicos, de la mano de Javier Pérez Andújar en su novela Paseos con mi madre (Tusquets, 2011), donde realiza un recorrido autobiográfico por los barrios inundados de moles de hormigón del extrarradio barcelonés en los que transcurrió su infancia y juventud. Un paisaje común a todas las grandes urbes. Lugares que fueron puerta de entrada y acogida durante el desarrollo industrial, años en los que muchos abandonaron su lugar de origen rural buscando una oportunidad en la ciudad, donde hoy: «La inmigración original que ha podido escapar de estos sitios les ha dejado la cama caliente a los que llegan ahora de África, Asia, el este de Europa; pero con treinta, cuarenta años de calor y humedad acumulados, amontados como sábanas. La gente que llegó de los lugares más pobres de España está cediendo su hueco a la gente que llega de los lugares más pobres del mundo» (Pérez Andújar, 2011: 67).
Gentes en busca de oportunidades, tan difíciles de alcanzar hoy como antaño, barrios que provocan un profundo desarraigo en sus habitantes. Pérez Andújar lanza su mirada crítica. Pasear es narrar la historia reciente, bajo la perspectiva de esos personajes que poblaron el paisaje de la otra historia, la no oficial. Generaciones que quedaron en tierra de nadie, sin el arraigo de los padres que revivían la historia de sus ancestros y sin llegar a integrarse en el nuevo hábitat. Estar en tierra de nadie, unido a la tierra del fracaso, el lugar de los que no logran alcanzar su objetivo. «Barcelona es la novia cadáver del flamenco» (2011: 135). Paseos de regreso, ejercicio de memoria; memoria de la transición que tantos cadáveres dejó en los arrabales, hijos del frenético desarrollismo.
Javier, «el hijo de la Isabel» –así se autodenomina en ese primer paseo literario por San Adrián del Besós–, regresa una y otra vez a esos espacios –término que él detesta– en los que transcurrió su vida. Es un narrador que habita un extraño orden temporal en el que nos describe su pasado con proposiciones en futuro: «El tiempo no importa […] porque todo, presente, pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez, y de esa manera hay que escribirlo. Todo, todo, todo, al mismo tiempo» (2011: 80). Escribe su pasado en condicional, pero el relato demuestra cuán incondicional o predecible era.
Javier describe a través de sus propias sensaciones el lugar común de una generación de hombres de extrarradio: «lo que estamos atravesando son los bloques de los veinticinco años de paz y treinta de aluminosis» (2011: 45). Ofrece numerosos referentes culturales que convulsionaron una generación, «una foto de cuando la gente normal y corriente prefería ir con traje a ir con chándal» (2011: 142). Relata los acontecimientos sucedidos en los últimos cincuenta años −la edad del autor−, en un análisis que explica la historia reciente de España, el final del franquismo y de la transición, contado desde la perspectiva de personajes marginales. Javier saldrá de ahí, será filólogo y luchará para conquistar el poder de la cultura «porque en el colegio lo que he visto es que las palabras son el poder» (2011: 28). La suya es una narración fragmentada, anacrónica, que comienza en la actualidad paseando con su madre y se remonta a momentos anteriores, sin orden temporal concreto, es solo un regreso: «Cada semana regreso a la periferia, al río, a los bloques, a la autopista, a las vías, cada vez en busca de una dosis de mí mismo» (2011: 14). Dosis que nunca es suficiente, porque el origen es algo más que un lugar y la identidad no es solo un paisaje.
Con fina ironía habla de los cambios sucedidos en esa Barcelona que no es Barcelona: «Ahora hay charcas con ranas donde antes había charcos con ratas. Con solo cambiar una letra puede transformarse el mundo» (2011: 13). El paseo es la búsqueda de una identidad imposible de encontrar en la ciudad, es un ejercicio de reconocimiento en lugares lejanos, mientras que lo cercano provoca extrañeza. Así se siente el protagonista: a pesar de su salto, de sus oportunidades logradas, siente que ha quedado en tierra de nadie, unido a la tierra del fracaso, de la lucha obrera que no logró alcanzar su objetivo. En ese sentido, la novela es un proceso de indagación en la memoria colectiva. La memoria, su memoria, nos conduce y nos guía sobre otras luchas actuales contra la marginalidad, porque permanecen los motivos de lucha, múltiples caras, espejos de la condición periférica. Reflexionemos, pues, a través del urbanismo que nos determina e identifica, esa condición de lugares duros que a pesar de estar frente a nuestro mar Mediterráneo, tan luminoso e inhóspito, le dan la espalda. «Barcelona tiene el Mare Nostrum a sus pies y levanta un Maremagnum para taparlo. No le hace falta mirar al Mediterráneo porque esa tarea la ha externalizado, ya se encarga de ello la estatua de Colón subido a su columna como Simeón Estilita» (Pérez Andújar, 2011: 43).
El Mediterráneo, lejos de ser una frontera entre culturas, ha constituido un espacio común y punto de fusión de civilizaciones donde las corrientes culturales han fluido de una a otra orilla. Las costumbres, los modos de vida y sus asentamientos se han visto condicionados por un clima común y una cultura que tienen la misma génesis. Las particularidades del terreno propiciaron un urbanismo que es característico de las poblaciones de la cuenca mediterránea. Un recorrido por los países mediterráneos observando sus construcciones tradicionales evidencia que hay numerosos elementos comunes, tanto en los materiales como en los sistemas de edificación. Una casa de una localidad como Mojácar es similar a las de la isla griega de Santorini o a las de la tunecina Sidi Bou Sailg. Arquitectura y urbanismo son la síntesis de la cultura en la que se desarrollan. A pesar de la orografía de la costa mediterránea, con desniveles que obligan a optimizar el espacio, la plaza pública ha sido lugar de expresión popular condicionada siempre por la proximidad de un edificio singular: lugar de culto o mercado. Sin embargo, las grandes ciudades se han adaptado a las costumbres del capitalismo y la arquitectura de sus centros urbanos ya solo invita a entrar en los comercios y a circular. La planificación urbana nunca fue neutral y el poder determinó la conformación de las urbes desde sus inicios. Detrás de cualquier decisión urbanística hay siempre una intencionalidad que prima cuestiones económicas o políticas.
Zygmunt Bauman, en su texto Confianza y temor en la ciudad, observa una realidad cada vez más patente en casi todas las ciudades del mundo. Se trata de zonas cuyos habitantes tienen una especie de conexión universal, zonas próximas a los lugares valiosos del paisaje urbano, a regiones distantes y, al mismo tiempo, completamente aisladas de sitios y personas muy cercanos pero distantes en lo económico (2006: 17). Algo similar a la distancia abismal que hay en la novela de Pérez Andújar entre Barcelona y San Adrián, una población del cinturón urbano barcelonés. Por otro lado, observamos cada vez más cómo en el mundo existen viviendas o edificios enteros que solo sirven para proteger a sus habitantes. Lo vemos en Barcelona, pero también en Roma, en Estambul o El Cairo: barrios enteros donde la vida transcurre al margen de las pulsiones ciudadanas. Es característica común de todas las ciudades que «son lugares repletos de desconocidos que conviven en estrecha proximidad» (Bauman, 2006: 26). El desconocido, por definición, genera incertidumbre, y el miedo tiende a descargarse contra los forasteros. Se erigen barreras alrededor de las casas, de los bloques de viviendas, de los parques, de las plazas… La nueva estética de la seguridad impone la vigilancia para fortificar una existencia inestable. Las ciudades sufren cada vez más esa segregación y, si antiguamente protegían a sus habitantes, hoy se asocian más con el peligro que con la seguridad. Las innovaciones tecnológicas en urbanismo o arquitectura de la seguridad no son más que el equivalente moderno a los fosos y torreones de las antiguas murallas. Pero el aislamiento no hace más que aumentar el miedo: cuanto más desconocido e incomprensible es el Otro, más terrorífico nos resulta.
La segregación en barrios residenciales es un negocio redondo para los constructores. La ciudad moderna del siglo xx diferenció lugares por usos. La presión inmobiliaria terminó expulsando de la ciudad los usos no rentables, y las periferias mutaron a urbanizaciones, «donde lo urbano desaparece en una sucesión de viviendas o una sucesión de espacios para el consumo, para el ocio o para el trabajo. “No lugares” o espacios donde no sucede nada, donde no hay posibilidad de encuentro ni de intercambio» (Velázquez, 2015: 76). Una estrategia urbanística contraria a la actual, que creara espacios públicos abiertos y hospitalarios donde personas diferentes pudieran compartir experiencias, contribuiría al afianzamiento de vínculos sociales. El entendimiento mutuo proviene de la experiencia compartida, y esta solo puede darse en un espacio común de convivencia. Cuando Pérez Andújar en su novela habla de identidad, habla de memoria… esa memoria que recupera ideales y prepara para la lucha. Aún existen numerosas plazas asoladas por el hormigón, ahí sigue el legado, pero «Nada hay más revolucionario que una plaza» (2011: 60).
Gianluca Solera en su reciente texto Citizen Activism and Mediterranean Identity (2016) explora la vitalidad rebelde del Mediterráneo. Los movimientos de lucha desde 2011 en toda la cuenca mediterránea generaron reivindicaciones sociales, políticas y económicas comunes contra la austeridad. Una mecha revolucionaria que se extendió desde la plaza Tahrir a la Puerta del Sol, pasando por la Casbah o la Syntagma, creando imaginarios y prácticas organizativas que cambiaron para siempre las políticas de ambas orillas. La precariedad ha unido a identidades, clases y generaciones distintas que vuelven a ocupar los espacios públicos en acciones colectivas. Un Mediterráneo más abierto y solidario es posible, y recientes manifestaciones como las de Barcelona en favor de los derechos de las personas refugiadas y migrantes evidencian una auténtica identidad mediterránea solidaria. Somos el resultado de la mezcla de sangres y estirpes. El alma de ciudades como Barcelona, Nápoles y Marsella está marcada por la permanencia histórica de comunidades extranjeras. Una reflexión sobre la identidad de las ciudades y sociedades mediterráneas debe incluir esa diversidad con toda su riqueza cultural (Angelilli, 2017).
La heterogeneidad de las personas y los usos que hacen del espacio público han de ser tenidos en cuenta en la planificación. Desde hace años, colectivos feministas proponen alternativas a esas «plazas duras, de cemento, que no invitan a jugar, ni a detenerse, sino a cruzar, a caminar, a seguir produciendo o consumiendo» (Alzola, 2017). La falta de árboles solo es útil para la vigilancia de la plaza. Otro tipo de ciudad es posible, «el objetivo principal es hacer barrios y ciudades con redes adecuadas para la vida cotidiana de todas las personas que conviven en un territorio» (Muxí et al., 2011: 113). Deben entretejerse en los recorridos cotidianos los equipamientos de manera que generen calles con vida. Construyamos ciudades inclusivas que tengan en consideración los aspectos ambientales y las relaciones sociales, que sean herramienta de transformación de la sociedad y, para ello, todos los ciudadanos y ciudadanas deben participar en la definición del modelo urbano. «Se trata de construir, o reconstruir, barrios que no perpetúen las diferencias y las desigualdades de género, clase, raza o edad. […] Los espacios físicos condicionan el derecho a la ciudad, entendida según el artículo I de la Carta Europea de Salvaguarda de los Derechos Humanos en la Ciudad como espacio colectivo que pertenece a todos los habitantes, los cuales tienen derecho a encontrar las condiciones para su realización política, social y ecológica, asumiendo deberes de solidaridad» (Muxí et al., 2011: 107).
El diseño urbanístico no es solo cuestión de estética. Las fronteras no se construyen en base a las diferencias, sino que son las fronteras las que construyen diferencia. Si miramos alrededor vemos que no hay dos personas iguales, todos y cada uno estamos hechos de diferencias. Esa es nuestra esencia. El espíritu de la ciudad se forma precisamente del contacto diario entre desconocidos, de pequeñas interacciones cotidianas y de palabras y saludos fugaces que allanan las ásperas aristas de la vida. Construyamos un urbanismo integral que facilite la relación, la comunicación y la celebración… «que todos los cantes sean hondos y tremendos como lo es la condición humana» (Pérez Andújar, 2011: 155).
Bibliografía
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