Los jóvenes y la diversidad contra la intolerancia

Hind Rzigui

Presidenta de G-CHIME, Asociación para la inclusión social de la mujer musulmana, y activista en contra de la islamofobia de género

Safiya Kerchaoui

Estudiante de Sociología y activista antirracista

En los últimos años, con el auge de la ultraderecha y el aumento de las migraciones, ha crecido la discriminación hacia los colectivos y las minorías que conforman las sociedades europeas. En el ámbito español, la inclusión social de la diversidad está aún muy lejos de la realidad y, por ello, varias asociaciones juveniles se han visto obligadas a tomar la iniciativa para tratar, poco a poco, de solucionar las necesidades de la comunidad frente a la insuficiencia de las medidas impuestas por las instituciones. En este contexto nace G-CHIME, creada por y para mujeres musulmanas, que, desde 2018, realiza un trabajo imprescindible para la inclusión y la creación de espacios en clave de islamofobia de género. G-CHIME trabaja de manera horizontal y desde la empatía para atender las necesidades de las mujeres musulmanas en varios ámbitos de la sociedad. Con su labor, intenta paliar así la falta de recursos institucionales a la hora de hacer de este país un lugar más inclusivo que reconozca sus propias diversidades.

Plantando cara a la islamofobia

No son pocas las noticias que recibimos a diario a través de diferentes medios de comunicación y/o redes sociales romantizando el trabajo realizado por las juventudes que plantan cara a las diversas problemáticas sociales. Con ese trabajo, no solo buscamos manifestarnos en contra de la poca tolerancia que muestran los espacios políticos hacia la diversidad étnico cultural existente en nuestros países, sino que, además, podemos acabar creando los espacios necesarios para una recolecta indispensable de las necesidades actuales más relevantes para la juventud.

Los efectos del auge de la ultraderecha a lo largo y ancho del continente europeo son muy previsibles: nos encontramos con un aumento muy marcado de la discriminación activa hacia los colectivos y las minorías que conforman nuestras sociedades, y esta discriminación viene acompañada de una legitimación del discurso del odio. Es algo muy evidente, porque si un político puede asegurar que cierta comunidad es delictiva dentro del propio parlamento, ¿cómo no podría hacer lo mismo una persona a pie de calle? No solo nos referimos a las agresiones visibles, sino a cómo la normalización de este tipo de delitos de odio bajo la etiqueta de «libertad de expresión» afecta directamente a nuestro acceso a las oportunidades y/o formaciones académicas y laborales.

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