Entrevista con la cineasta Sarah Francis

Sergi Doladé

Director de la Asociación Internacional de Productores Independientes del Mediterráneo (APIMED)

Las jóvenes directoras árabes están dejando huella en el panorama cinematográfico mundial con documentales que abordan temas que van desde las experiencias y los sentimientos más personales hasta el amor. Hay una nueva generación de cineastas árabes dignas de admiración y elogio, que se esfuerzan constantemente por perfeccionar su oficio y llevar las narrativas árabes a las mayores alturas del ámbito global. Y lo han logrado. Una y otra vez, las directoras árabes están haciendo historia gracias a unas representaciones muy cuidadas de cómo son realmente las sociedades del Medio Oriente y África del Norte, y en esas representaciones desafían los estereotipos culturales que Hollywood perpetuó durante décadas. Una de nuestras cineastas árabes emergentes favoritas es Sarah Francis, que creció y estudió en Beirut. Desde 2005 ha trabajado como directora independiente para muchas productoras y ha participado en varios talleres y laboratorios. Su primer largometraje documental, Birds of September (2013), se estrenó en la competición principal del Festival CPH:DOX y se proyectó en varios festivales internacionales. La película fue reconocida con varios premios en Francia, Corea del Sur, Irlanda y Marruecos. Su trabajo también incluye cortometrajes como Nawal’s Rituals, producido en 2014. En 2020, su segundo largometraje, As Above, So Below, se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Berlín y fue muy bien recibido internacionalmente. Ese mismo año, Sarah Francis se reencontró con la pintura, una práctica que había estado explorando de forma esporádica y privada a lo largo de varios años.

Sergi Doladé: ¿Qué fue lo que te llevó a hacer películas?

Sarah Francis: Yo era una adolescente curiosa e interesada en las artes y las humanidades. Crecí en Beirut en los años ochenta y noventa, y supongo que las películas fueron para mí una forma de cuestionar el mundo, pero también de reinventarlo. Había algo mágico en las películas en pantalla grande, y la perspectiva de crear una yo misma era muy inspiradora. Me fascinaba la idea de poder sumergirme en cualquier tema y estado de ánimo durante un tiempo determinado, así como explorar diferentes medios: escribir con palabras y con la imagen, con el sonido, sumergirme en la intimidad de las personas. Y luego sentí que era una forma de alternar entre el trabajo en solitario y la pertenencia a una comunidad. Fue todo eso lo que me llevó a hacer películas. El cine era la promesa de algo lo suficientemente amplio y emocionante como para contener todas mis preguntas y experiencias con el mundo, como para vivir varias vidas a la vez. Tenía la sensación de que me ofrecía muchas posibilidades. En retrospectiva, supongo que exigí y esperé mucho de él. Era idealista, pero tal vez fue un acto de emancipación, de rebelión, una suerte de pacto personal con el mundo

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