El título de este artículo, que reproduce una cita de Albert Einstein, se refiere a lo difícil que resulta combatir los prejuicios arraigados en nuestra conciencia. Según estos, la mayoría de las historias migratorias que componen el texto empezarían en una patera; sin embargo, la realidad muestra que los coches y las carreteras son mucho más frecuentes. Así, pondremos dos ejemplos: el primero empieza en una carretera del norte de África; el segundo, en Europa del Este. Dos puntos cardinales, dos niñas, dos culturas, dos trayectos diferentes y un mismo destino. Contar estas dos historias supone narrar un viaje y aceptar el desarraigo y la nostalgia, pues, como afirma la escritora Margaryta Yakovenko, «partir es partirse, partir siempre es morir un poco. Para los exiliados, emigrados y peregrinos, la patria siempre será el camino».
Ninguna de nosotras lo escogió: la migración desde los ojos de la infancia
Un día, alguien, decidió tomar una decisión por el «bien» de ellas, en busca de «un futuro mejor» que en sus países de origen, por razones de lotería geográfica e histórica, no gozan. Ambas sufren entonces las consecuencias de unas decisiones que no han tomado, ya que, como si de un truco de magia se tratase, ese futuro mejor, que tan claramente cristalizó a los ojos de sus progenitores, acabaría volviéndose opaco porque, como bien es sabido, la realidad siempre se encuentra plagada de goteras.
Una emprende el viaje debajo de las piernas de su tía en un coche, creyendo que se iba de paseo, por lo que no consideró la idea de despedirse de su padre, su madre, su hermano ni su abuela, la mujer que la había criado. Por entonces, su abuela estaba muy ilusionada buscándole un colegio donde inscribirla para iniciar su etapa escolar, y acabaría perdiendo la cabeza al saber de su partida.
La otra partió se fue arropada por su padre en un autocar tras haberse despedido de su familia y de su tía, su tutora legal durante ese año, después de que sus padres se marcharan para acondicionar su nueva vida. Ella pensaba únicamente en reencontrarse con su madre, pues a través de los ojos de un niño no existen incógnitas, solo certezas esperanzadoras.
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