Dame a luz

Tatiana Rakočević

Montenegro

A las víctimas de la violencia obstétrica, que nadie ha logrado contabilizar aún.

«Seis dedos», dijo limpiándose la secreción brillante de las manos.

El gesto encerraba algo perturbador: tal vez, antes de hacer la ronda, se había hurgado la nariz o, en el peor de los casos –me odié mientras lo pensaba–, había examinado a otra mujer de parto, una con una higiene menos estricta que la mía, y la había examinado de la misma forma que me examinó a mí. De camino a la habitación, seguro que tocó al menos tres puertas con la palma de la mano o el codo, y al salir de la sala de operaciones agarró directamente el pomo de la puerta. Que yo supiera, estrechó la mano, una sola vez, de un padre primerizo, lo cual supuse por el hecho de que este había hecho la ronda con una botella de brandy, y en esa ocasión, después de lamerse con afán el pulgar, rascó la superficie de la cubeta metálica para eliminar unos restos de sangre seca. Y lo consiguió: ahora tenía los restos debajo de la uña.

Cuando, después de muchos titubeos, traté de recordarle que se enjuagara las manos –con la esperanza de que no le importara, solo un poco si era posible–, me miró como si acabara de decirle que él era el padre de mi hijo. Y, luego, para dejar bien clara su superioridad, preguntó:

–¿Quién es el médico aquí, tú o yo?
Por miedo o simplemente por sorpresa, no repliqué.

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