Génova y España: un eje mediterráneo entre geopolítica, finanzas y comercio en la Edad Moderna
La España imperial, en particular después de los estudios fundamentales de Koenigsberger, Elliott y Hespanha, ha recibido una atención historiográfica creciente y persistente, que en los últimos años se ha abordado cada vez más desde una perspectiva global. Por otra parte, las más recientes colaboraciones internacionales —que han involucrado también a historiadores italianos como Gaetano Sabatini, Manfredi Merluzzi y otros— han contribuido a reactivar aún más el debate sobre la categoría de «imperio policéntrico». Sin duda, la dispersión territorial fue una de las características más definitorias de la experiencia de la Monarquía Hispánica durante la primera edad moderna; y frente a este elemento, los problemas que los monarcas de los Habsburgo tuvieron que enfrentar iban más allá del pluralismo jurídico y la delicada negociación política con las élites locales. Mantener unido un imperio, y sostener guerras para conservarlo y luchar contra sus enemigos, requería finanzas sólidas, instrumentos y conocimientos militares, así como sistemas logísticos complejos y eficientes.
Génova y los genoveses desempeñaron un papel primordial a la hora de garantizar el funcionamiento del Imperio español, obteniendo beneficios y posiciones de poder, pero llegando a verse, en más de una ocasión, implicados de manera peligrosa en las intrigas de la política internacional. Ciertamente, el Comune de Génova, con sus mercaderes y sus flotas, había experimentado una gran expansión entre los siglos xiii y xiv en el Mediterráneo oriental y en el mar Negro, para luego orientar sus intereses hacia Occidente, a raíz de la progresiva consolidación del Imperio otomano en la zona. Al mismo tiempo, la apertura y regularización de la «ruta de Poniente», trazada precisamente por los genoveses y destinada al comercio marítimo con el norte de Europa (Flandes, Inglaterra), había convertido a la península ibérica en un importante nodo de un nuevo y más intenso sistema de intercambios europeo. En el siglo xv, las comunidades genovesas en las principales ciudades españolas de las Coronas de Castilla y de Aragón constituían el grupo extranjero predominante, articulando la economía y operando activamente en el ámbito del crédito.
El momento decisivo en la incorporación de Génova dentro de la órbita española se produjo durante la fase crucial de las «guerras de Italia», la que preparó el triunfo de Carlos v en Bolonia —con la coronación de 1530 en la catedral de San Petronio—. Mientras se encontraba en el mar para ayudar a Francisco i a tomar Nápoles, el noble genovés Andrea Doria decidió traicionar la causa francesa y aliarse con el rey-emperador, al que aseguró el servicio de su flota de galeras. El famoso asiento entre ambos se firmó el 11 de agosto de 1528; y dos semanas después, Doria se convirtió en general del ejército del Mediterráneo, en nombre de los Habsburgo. Para España, la contribución de la llamada «escuadra de Génova» constituyó una garantía hasta la guerra de los Nueve Años —o guerra de la Liga de Augsburgo—. No debe subestimarse la importancia de este punto de inflexión también para la historia de Génova, sobre todo en su papel como eje de la Monarquía. De hecho, Andrea Doria, en octubre de 1528, puso en marcha una comisión de doce reformadores que elaboró una reforma del régimen político interno, favoreciendo la evolución del Comune medieval hacia una verdadera República (aristocrática), finalmente saneada de las endémicas luchas de facciones de las décadas anteriores.
¿En qué medida la pequeña República de Génova —que se corresponde, de forma aproximada, con la actual Liguria— pudo resultar útil para el gran coloso imperial de los Habsburgo? Desde un punto de vista sistémico, los niveles sobre los que se apoyó la alianza fueron tres: logístico, financiero y militar. Partiendo de este último, cabe señalar que el dispositivo naval genovés creció con el tiempo, después del asiento de 1528. Las doce galeras concedidas en arrendamiento por Andrea Doria pronto se convirtieron en quince, y la flota de los «particulares» genoveses —armadores de la nobleza que siguieron el ejemplo de Doria— superó las treinta unidades a lo largo del siglo. Es difícil reconstruir el número exacto de galeras genovesas al servicio de España entre los siglos xvi y xvii, debido a los armamentos y desarmamientos que seguían las distintas campañas militares, así como a algunas ventas a la Corona o traspasos de una escuadra a otra. Por ejemplo, cuando en 1618 el duque de Lerma quiso asegurar la defensa de las costas de la Corona de Aragón, solicitó al rey la compra de cuatro galeras que ya formaban parte de sus distintas escuadras en el Mediterráneo; y Carlo Doria, duque de Tursi, cedió la San Francesco, incluyendo los cincuenta esclavos y los noventa y cuatro buonavoglia de la tripulación. En cualquier caso, el apoyo brindado por los genoveses con sus galeras y su saber marítimo y naval —el Arsenal de Génova construía cascos para la flota española— fue esencial. En todas las principales batallas navales no faltó el apoyo de la escuadra «doriana»; y gracias a los armadores ligures leales fue posible mantener los enlaces entre los distintos eslabones del sistema (la península ibérica, el Estado de los Presidios de Toscana, y los reinos de Nápoles, Cerdeña y Sicilia), y movilizar hombres, equipamientos y mercancías —¡incluyendo la plata! — entre el sur y el norte de Europa.
Para asegurarse del control de las rutas en el Mediterráneo occidental, así como para facilitar los desplazamientos dentro de un escenario tan vasto, no se podía prescindir de Génova y de las dos riberas sobre las que gobernaba la República. Las guerras libradas a lo largo de los siglos xvi y xvii modificaron las necesidades logísticas de la Monarquía. Si ya en la última fase de las guerras de Italia, la alianza genovesa permitió a Carlos v adquirir una superioridad determinante en el mar; el estallido de la revuelta en los Países Bajos otorgó una absoluta centralidad estratégica al trayecto que desde las costas ligures avanzaba hacia los pasos alpinos — el llamado Camino Español —. A partir de los años sesenta, una de las razones que más consolidó las relaciones entre Génova y Madrid fue la disponibilidad de los «pasos» para los soldados que llegaban desde España para dirigirse hacia el norte, o que descendían del Estado de Milán para embarcarse. Las negociaciones entre el embajador español en la ciudad y el gobierno aristocrático en materia de tránsitos militares dejaron, de hecho, una huella considerable en el Archivo de Génova. Precisamente por la delicadeza de la cuestión —y para no someterse al poder coercitivo de la República—, Felipe ii se interesó por los acontecimientos del Marquesado de Finale, un feudo imperial cuyo dominio estaba disputado, para decidir finalmente ocuparlo militarmente. La posesión española de Finale y la consiguiente presión derivada de la construcción de un puerto destinado a facilitar las operaciones logísticas, representaron una de las mayores fuentes de tensión entre los dos aliados desde finales del siglo xvi. Sin embargo, en realidad el Marquesado no estuvo a la altura de las necesidades de la Corona, y el territorio de la República conservó su importancia durante todo el período considerado.
El aspecto sin duda más conocido en la creación de este eje hispano genovés en el Mediterráneo durante la primera edad moderna es el relacionado con el dinero. Los operadores genoveses implicados en el apoyo al proyecto de los Habsburgo no eran solo armadores o hábiles comandantes navales, sino también —y quizás sobre todo— ricos financieros y empresarios del crédito. Para permitir que Carlos de Habsburgo obtuviera los votos necesarios para la elección imperial, las sociedades genovesas de los Grimaldi y los Fornari-Vivaldi aportaron 110.000 florines, que equivalían aproximadamente a un octavo del total. El compromiso de los banqueros de la República con las finanzas de Carlos v alcanzó su apogeo en los años cincuenta, cuando el porcentaje de sus préstamos cubría el 50,8 por ciento de las necesidades: la suma movilizada entre 1552 y 1556 rondó los cinco millones de ducados. En vísperas de la suspensión de pagos decretada por Felipe ii, en 1575, los financieros genoveses estaban expuestos por casi quince millones, correspondientes al 63 por ciento de toda la deuda de la Corona. Y el culmen de las fortunas de los «hombres de negocios» ligures, la expresión más nítida de la simbiosis entre Génova y la Monarquía, se produjo a caballo entre los siglos xvi y xvii. Basta pensar que, en la primera década del reinado de Felipe iii, antes de que se sancionara la tregua con los rebeldes holandeses, el 88 por ciento del dinero prestado al soberano procedía de inversores genoveses, ya dueños incontestables de las finanzas españolas. Pero no se trataba solo de asegurar a los monarcas Habsburgo grandes sumas de dinero, sino de proporcionar sofisticados servicios bancarios para transferir el capital de una plaza a otra. En la práctica, mediante las ferias de cambio, que los genoveses supieron controlar llevando estas actividades a Italia —primero a Piacenza, luego a Novi Ligure —, la plata americana se transformaba en órdenes de pago a favor de los soldados españoles en Flandes o en otros teatros de guerra europeos.
Los genoveses capitalizaron estos servicios, transformando profundamente el rostro de la ciudad con la construcción de palacios e iglesias. Paralelamente, llevaron a cabo un verdadero asalto a los recursos de los reinos dependientes de la Corona española, sobre todo en Italia: feudos, cargos administrativos, beneficios eclesiásticos y contratos fiscales terminaron en manos de los nobles más ligados a la Monarquía, implicados en los asientos de dinero y en los de galeras. Otra manera en que España contribuyó a afianzar la relación con Génova y los genoveses fue la apertura de ricos mercados comerciales repartidos por todo el mundo. Desde la apertura de la Carrera de Indias, los genoveses supieron integrarse obteniendo naturalizaciones —registradas en los archivos de Sevilla— o recurriendo a testaferros. Y el puerto de Génova, la ciudad, su tejido manufacturero y su mundo laboral giraron en torno a la península ibérica y a los dominios en el Nuevo Mundo durante toda la Edad Moderna, incluso mucho más allá del fin de la dinastía de los Habsburgo en el trono español. Algunas de las principales producciones genovesas, desde los tejidos de seda hasta el papel, tuvieron su destino principalmente en España, y desde allí una parte se exportaba a América.
Además de las atractivas oportunidades económicas, la Corona ofrecía a Génova una protección militar, y en este ámbito se jugaron, en cierta medida, los destinos de la alianza. Pasando del plano sistémico al diacrónico, es posible observar los momentos y comprender las razones de la fisura en la relación, así como del debilitamiento de este importante eje geopolítico y económico. El apoyo decisivo que los genoveses brindaban a los Habsburgo constituía una especie de escudo protector para la República, que podía permitirse gastar relativamente poco en el reclutamiento de hombres y la adquisición de armamentos, pues confiaba en la poderosa defensa de España. Sin embargo, la complicada coyuntura de los años veinte del siglo xviii provocó un enfriamiento repentino en el eje Génova-Madrid. Con ocasión de la crisis bélica por la Valtelina, los enemigos del rey católico (Francia, Ducado de Saboya, República de Venecia) acordaron una maniobra de distracción destinada a alejar a las fuerzas españolas de ese frente: en 1625, 25.000 soldados bajo el mando de Carlos Manuel i atacaron el territorio de la República. Cabe señalar que varias décadas antes, entre 1553 y 1559, Génova había sufrido un ataque franco otomano a las costas del Reino de Córcega, precisamente debido a su estrecha relación con España. Volviendo a 1625, fue también gracias a la ayuda de las tropas provenientes del Estado de Milán que Génova frustró la amenaza, concluyendo así la llamada «primera guerra de Saboya» sin resultados. La configuración cambiada de los equilibrios internacionales tras la muerte de Vincenzo ii Gonzaga, en 1627, y la apertura de una crisis de sucesión en el Ducado de Mantua, alejaron a la República del tradicional aliado habsbúrgico. Felipe IV y el conde duque de Olivares, de hecho, intentaron acercar al duque de Saboya con fines antiborbónicos, justo después de un intento —fallido— de conjura para derrocar al gobierno aristocrático genovés, orquestado por el propio Saboya.
Además, la enésima suspensión de pagos por parte de la Corona —justo a comienzos de 1627—, vinculada al proyecto de Olivares de sustituir a los banqueros genoveses por los marranos portugueses —también fallido—, generó un sentimiento de frustración y alimentó el coro de protestas del «partido» antiespañol en la ciudad. La élite dirigente genovesa no constituía un grupo homogéneo ni orientado de manera unánime en política exterior. Desde los primeros decenios posteriores a la reforma de Andrea Doria, el patriciado se había dividido internamente, llegando incluso a experimentar una crisis política muy fuerte —una especie de «guerra civil» por el poder— en 1575. A la facción filoespañola preponderante, compuesta principalmente por los interesados en el arrendamiento de galeras y los préstamos de dinero, se oponía un grupo de nobles insatisfechos con la «tutela» habsbúrgica, también porque estaban menos implicados en los negocios relacionados con el sistema imperial español. La recomposición tras la crisis de 1575 parecía haber devuelto estabilidad a la República, en nombre de una comunidad de intereses que se apoyaba precisamente en el vínculo con la Corona. En la práctica, incluso las familias de nobleza más reciente entraron a formar parte de la red de intereses genoveses que articulaba el mundo español. Por lo tanto, fue precisamente el delicado momento de la tercera década del siglo el que marcó un giro en el tradicional vínculo entre la Monarquía y la República, que se inclinó decididamente hacia una opción de neutralidad.
En esta cuestión, sin duda, influyó la ambigua conducta de la Corona española respecto al Marquesado de Finale, una auténtica espina en el costado para los genoveses, al constituir una suerte de enclave dentro de su territorio. Pero, de forma general, los años treinta vieron afianzarse en la escena política de la ciudad una formación firmemente «patriótica» —«republiquistas», según la definió el embajador español en Génova—, que no apreciaba la incómoda protección española y buscaba un fortalecimiento militar —sobre todo naval— de la República. En otras palabras, menos galeras arrendadas al rey de España y más barcos —incluso navíos de línea— al servicio de la flota pública. Además, entre las interesantes propuestas de este grupo de presión dentro del patriciado —nunca mayoría, pero en todo caso protagonista de una etapa política muy intensa— se encontraba el relanzamiento de los canales comerciales con el Levante otomano, algo impensable mientras el vínculo con Madrid permaneciera tan sólido. En realidad, fue la peste, en 1656-57, la que acabó con cualquier tipo de debate y diezmó de manera decisiva a toda una generación política. Y en 1659, cuando la Paz de los Pirineos estableció un nuevo orden europeo en el que España ya no era el centro, para Génova el tiempo de las decisiones parecía haber terminado. De hecho, el eje hispano genovés, que en realidad nunca había dejado de funcionar por completo, se convirtió en una especie de salvavidas para una República que empezaba a temer la agresividad de Luis xiv. El Rey Sol exigía de Génova los mismos servicios —apoyo logístico y naval, liquidez financiera, y asociaciones comerciales— que siempre se habían concedido, y que seguían siendo otorgados, a la Corona española. La titubeante actitud de los nobles en el gobierno, que ya utilizaban el discurso de la neutralidad como un débil paraguas protector, no hizo sino posponer la reacción violenta de Francia, que envió una poderosa flota a bombardear Génova en mayo de 1684. Una conmoción que, sin embargo, no provocó un cambio real en las alianzas. De hecho, durante la guerra de los Nueve Años, Carlos ii pudo contar en parte con el viejo aliado «italiano». Hace pocos meses se reconstruyó la curiosa historia de un exvoto realizado por Giovanni Andrea ii Doria Del Carretto en 1694, tras salvarse de una tormenta mientras realizaba una operación logística con sus galeras privadas para los españoles en aguas de Córcega. Una época llegaba efectivamente a su fin, y con la muerte del último soberano de los Habsburgo —1 de noviembre de 1700— todo el sistema que había permitido a Génova y a los genoveses mantener una sólida posición en el escenario internacional se derrumbó definitivamente.
La República se encontró sin un aliado de referencia como en los siglos xvi y xvii, y la ausencia de vínculos abrió una inédita fase de experimentalismo en política exterior que merecería nuevos y actualizados estudios. Al fin y al cabo, aunque la España borbónica dejó de ser un faro en materia de relaciones internacionales, los negocios entre Liguria y la península ibérica continuaron prosperando. En este sentido, mientras la geografía de las inversiones financieras experimentó una notable diversificación, la mirada del puerto y de sus operadores comerciales siguió dirigida hacia el oeste. Se abría el siglo de la «revolución de los consumos» y la moda de los productos suntuarios americanos (azúcar, tabaco, cacao, café), por lo que la red genovesa se ajustó en consecuencia, movilizando hombres, capitales y navíos. La comunidad más importante, no por casualidad, se ubicó en Cádiz, terminal de las mercancías procedentes de las colonias españolas. En el marco del nuevo impulso globalizador proporcionado por los vínculos Atlántico-Mediterráneo, el probado eje España-Génova operó con notable ritmo, contribuyendo a la redistribución de los productos americanos en el Mare Nostrum.
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